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Chapter 9 - La verdad entre las sombras

Alonso no durmió aquella noche.

Después de abandonar los archivos regresó a sus aposentos, pero el sueño parecía haber desaparecido junto con todas las respuestas que había creído tener sobre su vida.

Adrián.

Aquel nombre no dejaba de perseguirlo.

Cada vez que cerraba los ojos veía el retrato.

La sonrisa.

Los ojos.

El parecido.

Y la expresión de terror que cruzó el rostro del rey cuando hizo aquella pregunta.

"¿Por qué me parezco tanto a él?"

Ningún padre reaccionaba así por una simple coincidencia.

Algo estaba ocultando.

Y Alonso estaba decidido a descubrir qué era.

A la mañana siguiente abandonó el castillo sin escolta.

Necesitaba hablar con alguien que hubiera estado allí antes de que todo cambiara.

Alguien que no obedeciera al rey.

Alguien que aún recordara.

Las calles de Flotopía comenzaban a llenarse de comerciantes y aldeanos.

La mayoría saludaba al príncipe con respeto.

Otros simplemente inclinaban la cabeza.

Pero Alonso apenas prestaba atención.

Buscaba rostros viejos.

Personas mayores.

Gente que hubiera vivido suficiente para recordar los años que parecían haber desaparecido de la historia.

Finalmente encontró a quien buscaba.

Una anciana vendía flores cerca de la plaza central.

Tenía el cabello completamente blanco y unas manos arrugadas por el tiempo.

Alonso la reconoció.

Cuando era niño ella solía trabajar en los jardines del castillo.

—¿Señora Elena?

La mujer levantó la vista.

Durante unos segundos pareció sorprendida.

Después sonrió.

—Príncipe Alonso.

—Ha pasado mucho tiempo.

—Demasiado.

La anciana observó su rostro.

Y por un momento aquella sonrisa desapareció.

Como si hubiera visto algo que la inquietaba.

—¿Ocurre algo? —preguntó Alonso.

—No.

Mintió.

Alonso lo notó.

Y decidió aprovecharlo.

—Necesito hacerle unas preguntas.

La mujer palideció.

—No creo poder ayudarle.

—Es sobre mi familia.

Ahora sí parecía asustada.

Miró alrededor antes de responder.

—Algunas preguntas es mejor no hacerlas.

Alonso sintió una punzada en el pecho.

Todos repetían lo mismo.

Todos.

—¿Conoció al príncipe Adrián?

El cubo de flores cayó de las manos de la anciana.

El agua se derramó sobre el suelo.

El silencio pareció congelar la plaza.

—¿Quién le habló de él?

—Así que sí existió.

La mujer bajó la mirada.

—Debe marcharse.

—Solo quiero saber quién era.

—No.

—¿Por qué?

—Porque la gente que habla demasiado termina desapareciendo.

Aquellas palabras hicieron que Alonso se estremeciera.

La anciana recogió rápidamente las flores.

—Olvide ese nombre.

—No puedo.

—Entonces rece para que él nunca descubra que está investigando.

—¿Mi padre?

La mujer no respondió.

Y aquello fue respuesta suficiente.

Horas después Alonso seguía caminando por las calles del reino.

Cada persona a la que preguntaba reaccionaba igual.

Miedo.

Silencio.

Nerviosismo.

Como si Adrián fuera un fantasma del que nadie podía hablar.

Y eso solo confirmaba una cosa.

El rey estaba ocultando algo.

Algo enorme.

Al caer la tarde llegó hasta la zona más antigua del reino.

Allí vivían pocas personas.

La mayoría eran ancianos que apenas salían de sus hogares.

Mientras avanzaba por un camino de tierra escuchó una voz.

—Sabía que vendrías.

Alonso se detuvo.

Una mujer anciana permanecía sentada frente a una pequeña casa cubierta de enredaderas.

No la conocía.

Sin embargo, ella parecía conocerlo perfectamente.

—¿Quién es usted?

La mujer sonrió.

—Alguien que lleva demasiado tiempo esperando.

—¿Esperando qué?

—Que las mentiras comenzaran a romperse.

Alonso sintió un escalofrío.

Aquella mujer le recordaba demasiado a la anciana que había entregado el diario a Rosa.

—Busco respuestas.

—Lo sé.

—Entonces ayúdeme.

La anciana observó el cielo unos segundos.

—¿Qué quiere saber?

—Todo.

Ella soltó una pequeña risa.

—Nadie está preparado para saberlo todo.

—Yo sí.

—Eso dicen todos.

El silencio se instaló entre ambos.

Finalmente la mujer habló.

—Te pareces mucho a él.

Alonso sintió que el corazón se detenía.

—¿A Adrián?

La anciana asintió.

—Demasiado.

—¿Quién era?

Ella permaneció callada durante varios segundos.

Como si estuviera luchando contra sus propios recuerdos.

—Era un buen hombre.

—¿Y qué ocurrió?

—Se enamoró.

Alonso frunció el ceño.

—¿Eso fue un crimen?

—En este reino sí.

—No entiendo.

—Todavía no.

La mujer volvió a guardar silencio.

Después añadió algo que hizo que la sangre abandonara el rostro del príncipe.

—Tu padre murió hace muchos años.

Alonso quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Lo enterraron antes de que fueras lo bastante grande para recordarlo.

El príncipe sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—Está equivocado.

—No.

—Mi padre está vivo.

La anciana lo observó con tristeza.

—¿De verdad crees eso?

Alonso retrocedió un paso.

—¿Está hablando del rey?

—No.

Aquella única palabra bastó para destruir cualquier sensación de seguridad que aún conservaba.

La anciana bajó la mirada.

—Hay verdades que el tiempo intenta enterrar.

Pero siempre terminan encontrando el camino de regreso.

Esa noche Alonso regresó al castillo completamente alterado.

Cada pensamiento chocaba contra otro.

Cada respuesta generaba nuevas preguntas.

Adrián.

Su madre.

Los retratos.

Las páginas arrancadas.

La reacción del rey.

Y ahora aquella mujer asegurando que su verdadero padre había muerto hacía años.

Era imposible.

¿O no?

Mientras cruzaba los pasillos del castillo algo llamó su atención.

Una puerta.

Una vieja puerta de madera que recordaba de su infancia.

Siempre permanecía cerrada.

Siempre.

Recordó haber preguntado una vez qué había detrás.

Su madre le había dicho:

—Es una habitación que pertenece al pasado.

Y su padre había cambiado inmediatamente de tema.

Alonso se acercó.

La cerradura estaba oxidada.

Como si nadie hubiera entrado en años.

Sin pensarlo demasiado empujó.

La puerta cedió lentamente.

El polvo flotó en el aire.

Era una habitación olvidada.

Cubierta con sábanas blancas.

Muebles antiguos.

Retratos.

Libros.

Y sobre una mesa descansaba una espada.

Una espada ceremonial.

Alonso la reconoció.

Había aparecido en varios de los retratos de Adrián.

Su respiración se aceleró.

Caminó lentamente hasta ella.

Y entonces vio algo grabado en la empuñadura.

Dos iniciales.

A. V.

No eran las iniciales del rey.

Alonso pasó los dedos sobre el metal.

Y justo debajo encontró una frase.

Una frase casi borrada por el tiempo.

"Para mi hijo."

El príncipe sintió que el corazón dejaba de latir por un instante.

Porque aquella espada jamás había pertenecido al rey.

Y porque alguien había querido que nunca la encontrara.

A varios kilómetros de allí, dentro del bosque encantado, Rosa observaba las llamas de la chimenea mientras su madre permanecía en silencio.

El ambiente llevaba días siendo tenso.

Desde la discusión sobre el diario, ninguna de las dos había vuelto a hablar del tema.

Hasta que Rosa rompió el silencio.

—¿Quién era Adrián?

La taza que sostenía su madre cayó al suelo.

Y por primera vez en años...

Rosa vio auténtico miedo en los ojos de la mujer.

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