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Chapter 41 - Capítulo I —El silencio

Al día siguiente, el fuego seguía ahí, atrapado en mi pecho, que volvía con cada respiración. El aire me entraba tibio, como si mis pulmones ya no supieran enfriarse. A ratos parecía una fiebre, pero mi cuerpo no temblaba.

Preferí no decir nada. Todos cargaban con suficientes problemas, y yo no quería añadir otro. Aun así, Tobías no se apartó. Caminaba a mi lado en silencio, observándome de reojo, como si la herida en su brazo no existiera… o como si hubiera decidido ignorarla por mí.

Me cubrí el rostro con una capucha y un cubrebocas. No para protegerme, sino para ocultar el enrojecimiento de mi piel.

En la azotea, el viento nocturno golpeó mi cara con fuerza. Debería haber sido suficiente, pero… no lo fue.

El calor seguía acumulándose.

Sostuve una radio de comunicación entre los dedos más tiempo del necesario.

Si mi creadora contestaba, tal vez obtendría respuestas.

Y si no…

tendría que aprender a convivir con eso que ardía dentro de mí.

La noche cayó sobre la base.

A Tobías siempre le había parecido que, cuando oscurecía, el lugar se volvía más pequeño. Como si las paredes escucharan. El fuego de la chimenea crujía, y cada sonido le recordaba que no había espacio para errores.

Rosa estaba frente al fuego.

La luz dibujaba sombras duras en su rostro, revelando un cansancio que ella intentaba ocultar.

Él lo notó de inmediato. Siempre lo hacía. Incluso cuando fingía no mirar.

—Parece que es necesario que regrese al norte —dijo, más por costumbre que por certeza—. ¿No creen?

Rosa tardó en responder.

Esperó que alguien más hablara.

Pero el lugar permaneció en silencio. Nadie dio un paso al frente. El norte no necesitaba ser dicho dos veces para atemorizar a los demás.

Rosa y los demás lo entendió entonces.

Y fue ella quien habló.

—Sigo sin comprender por qué has cambiado —dijo al final—. Te apartas del equipo… y eso me preocupa.

Tobías desvió la mirada. No porque no supiera qué decir, sino porque decirlo sería cruzar una línea que ya no podía permitirse.

—Todos aquí lo saben —respondió—. Soy el único que puede escapar, si todo empeora.

Se quitó la máscara. El aire le resultó más frío de lo que esperaba. Sus ojos ya no reflejaban lo mismo que antes, eso también lo sabía. Aun así, forzó una sonrisa breve cuando cruzaron miradas.

—¿Qué te ha pasado? —preguntó Rosa—. Hace unos días eras distinto.

Tobías hizo girar una moneda entre los dedos. El metal estaba frío. Regular. Predecible. Eso le ayudaba a pensar.

—Las cosas cambian —dijo—. Siempre lo hacen.

No añadió nada más. No debía.

Rosa bajó la mirada. Tobías vio cómo esos labios temblaban, apenas. No era el momento de consolarla. No si quería protegerla de lo que venía.

—Déjamelo a mí —añadió—. Conseguiré la información.

Extendió una mano hacia ella. La otra permaneció cerca de su pecho, como si algo ahí dentro pesara más de lo normal. Rosa asintió en silencio.

—No cometas ningún error… tonto —murmuró.

Tobías no respondió.

Para cuando ella terminó la frase, él ya se había marchado.

La cafetería se alzaba en lo alto de un coloso de acero y vidrio, un monumento que parecía rozar las nubes.

Desde allí arriba, la capital de Roster se veía distinta. Ordenada. Tranquila. Como si los problemas fuera una ilusión.

En una esquina apartada, apenas iluminada por una lámpara de mesa, se sentaba una mujer solitaria. Su presencia no pasaba desapercibida. Tobías lo supo en cuanto entró.

Frente a ella, una pantalla brillaba con un flujo constante de imágenes. Fotografías tomadas por la red de cámaras que nació después del secuestro del rey Ethan. No mostraban el pasado. Vigilaban el ahora.

Cada imagen. Cada sombra. Cada rastro, era observado con una paciencia que rozaba la obsesión.

Tobías apoyó la frente contra el vidrio y soltó un suspiro cansado, todo mientras imagina el rostro de Rosa.

Al apartarse, sostuvo la taza de café con ambas manos. El calor lo anclaba al presente.

Pero su mente regresaba, una y otra vez, a los días en que fue raptado y torturado.

Sus ojos, tan profundos como el líquido oscuro que contenía la taza, se perdían en un abismo de pensamientos y reflexiones. A medida que la oscuridad se extendía tras el vidrio, los fragmentos de información se entretejían en su mente, formando un mapa incompleto que apuntaba, una y otra vez, hacia el paradero del caballero ejecutor.

—Tobías… Tobías.

La voz llegó despacio, casi rozándole el oído.

—¿Por qué eliges la soledad? —continuó—. Nunca te negué nada.

Él apretó la taza hasta que se oyó un crujir.

—Tú nunca entenderías —dijo sin mirarla—. No conoces el amor. Ni la compasión.

Cuando giró, ella ya estaba frente a él.

—Nunca me engañarás —añadió—. Te sometiste a las mismas mejoras que nosotros… y aun así sigues vacía.

La risa de la mujer fue breve.

—Te quiero a mi lado —dijo—. Tu conocimiento me hace falta. Si vienes conmigo, te daré la libertad que tanto anhelas.

Extendió la mano y sus dedos se deslizaron por los cabellos dorados de Tobías sin pedir permiso, deteniéndose un segundo de más, lo bastante cerca para que él sintiera su respiración agitada rozándole la piel.

—Dime —susurró—. ¿Cómo piensas sacarme de este juego?

Tobías no retiró la mirada.

—Tengo un reemplazo… Si aceptas, lo despertaré de su letargo.

El silencio se alargó entre los dos.

—¿En ese nuevo mundo… Rosa y los demás existirán? —preguntó Tobías.

La mujer deslizó los dedos por su pecho, como si deseara confirmar ese miedo latir.

—La oferta es solo para ti.

Tobías apartó esa mano antes de que lo alcanzara.

—Aunque sea mi única salida —dijo—, nunca la abandonaré.

Ella sonrió.

—Es una pena. Una mente como la de Liliana Winter habría sido útil.

Cuando desapareció, Tobías se quedó mirando su reflejo en el cristal.

—A estas alturas… —pensó— ya no sé quién es realmente la máquina.

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