EVAN.
Ya era de noche. El jardín de la casa se mantenía en un silencio suave, apenas interrumpido por el crujido de las hojas al moverse con la brisa. Me había quedado afuera, de pie cerca del viejo árbol que siempre estuvo ahí, desde que tengo memoria. El aire estaba frío, pero no incómodo. Tenía las manos en los bolsillos del abrigo mientras observaba el cielo. Algunas estrellas lograban asomarse entre las luces de la ciudad.
Los demás seguían dentro, riendo, hablando… Lucía seguramente organizando alguna especie de plan de invasión leguminosa con Emma. Mis padres, hace un rato, nos habían dicho que podíamos quedarnos esta noche. Que había una habitación libre y que no era molestia. Pero Lucía y yo teníamos un hotel reservado, uno al que ya habíamos pagado por adelantado —sin reembolso, por supuesto— y aunque la idea de quedarnos sonaba tentadora, preferimos no hacer cambios de último minuto.
Aun así, aceptamos quedarnos para la cena. Era lo justo. Y sinceramente, también lo agradecía. Estar aquí… con todos ellos. Escucharlos.
Escucharlos vivos.
Sentí la puerta de la casa abrirse suavemente. Escuché el chirrido de las bisagras, seguido de pasos pesados, pausados. No me giré, porque ya sabía quién era.
Mi padre apareció a mi lado, abrigado hasta el cuello, con un gorro de lana que le tapaba las orejas. Se paró junto a mí, sin decir nada durante unos segundos. Solo levantó la mirada al cielo igual que yo.
—¿Sabes? —dijo, con esa voz que siempre parecía arrastrar algo de cansancio, pero también calma—. Cuando eras niño, solíamos hacer esto. Salir a ver el cielo en las noches. Bueno… cuando no llegaba tan hecho polvo del trabajo.
Sonreí un poco, sin mirarlo. Sabía exactamente de qué hablaba.
—Emma y Thomas no se quedaban quietos nunca —continuó—. Si salíamos los cinco, duraban cinco minutos antes de que alguien se pusiera a correr o se tropezara. Así que casi siempre éramos tú y yo. Tú… y tus preguntas raras sobre las estrellas.
—¿Raras? —me reí entre dientes—. Eran preguntas filosóficas.
—Preguntaste una vez si el cielo era una sábana azul que se rompía cuando soñábamos —dijo él, con una sonrisa que me hizo reír por completo.
—Ajá. Filosofía pura.
Mi padre bufó con suavidad, frotándose las manos.
—Siempre fuiste callado. Tranquilo. Como si pensaras demasiado todo. A veces me preocupaba que te sintieras solo.
Bajé la mirada al pasto por un momento, escuchando su voz mezclarse con el viento. Me tomó un par de segundos responder.
—A veces lo estaba —admití, sin amargura. Solo como quien acepta un hecho que ya no duele.
Mi padre asintió despacio, como si lo entendiera.
—Pero nunca dudé de que eras fuerte.
Me quedé en silencio un momento, sintiendo que esa frase me caía más pesada de lo que debería.
—No sé si fuerte es la palabra —dije, con un suspiro leve—. Pero… aprendí a aguantar.
—A veces es lo único que uno puede hacer —respondió él.
Nos quedamos en silencio. Dos hombres mirando el cielo nocturno, recordando lo que fuimos, tratando de comprender lo que somos ahora. El cielo seguía arriba, impasible. Las estrellas seguían ahí, algunas tal vez ya muertas desde hace siglos, pero aún visibles.
—Ella te quiere mucho —dijo de pronto.
No necesitó decir su nombre.
—Lo sé —respondí.
—Y tú a ella.
—También lo sabes.
Mi padre giró apenas el rostro hacia mí, y en ese gesto tranquilo había algo que no siempre se dejaba ver: orgullo. De ese que no necesita aplausos ni discursos.
—Me alegra que no estés solo, Evan.
Tragué saliva.
—Yo también.
El viento sopló otra vez, y por un segundo, me sentí como ese niño que se sentaba junto a su padre en el pasto húmedo, preguntando si las estrellas eran agujeros en el techo del universo. Solo que ahora, ese niño cargaba cicatrices, historias, nombres. Y dentro de él, creciendo lento y fuerte… un nuevo comienzo.
Frijolito.
—¿Y el trabajo? —le pregunté, rompiendo el silencio mientras mis ojos seguían una estrella fugaz que cruzaba muy lejos. O tal vez fue un avión, ya ni sabía—. ¿Sigue todo igual con la logística?
—Más o menos —respondió, encogiéndose de hombros dentro del abrigo—. A veces entretenido, la mayoría del tiempo aburrido. Pero es un trabajo. Se hace lo que se tiene que hacer.
Asentí despacio.
—¿Y Emma y Thomas?
—Ayudan en casa —dijo con una sonrisa—. Aunque no están mucho. Emma pasa más tiempo en el hospital pediátrico que aquí. Ya sabes, su práctica. Thomas… bueno, él sí aparece más, aunque con sus horarios, es casi como tener un compañero de cuarto que aparece de madrugada a vaciar el refrigerador.
Sonreí, imaginando eso. No era difícil.
Me quedé callado unos segundos, pensándolo bien antes de soltarlo.
—¿Necesitan dinero?
Mi padre me miró de reojo.
—Tengo bastante —agregué rápido—. No lo digo por presumir. Y tampoco es que me haya ganado todo de la mejor manera. No todo fue con trabajos limpios, ya lo sabes. Pero… hay algo de protección, cosas que acumulé… y no me sirve guardarlo si ustedes lo necesitan.
Mi padre no respondió de inmediato. Bajó la mirada al pasto, como si considerara cada palabra que diría antes de hablar.
—No lo necesito, hijo —dijo al fin, con voz tranquila—. No porque rechace de dónde viene. Sé perfectamente lo que hiciste para sobrevivir. Pero tú estás por tener una familia.
Volteé a verlo, y sus ojos ya no miraban el pasto, sino directamente los míos.
—Vas a necesitar ese dinero —continuó—. Una casa, pagar el hospital después del parto, pañales, leche, cunas, ropa, un coche que aguante las patadas de un infante rabioso. Y eso solo al principio. Luego vienen los cumpleaños, la escuela, los libros… y conforme crezca, vas a darte cuenta de que cada etapa trae su propia lista de cosas. Créeme, lo vas a necesitar.
Me quedé callado. El nudo que tenía en la garganta desde que llegamos se hizo más apretado.
—Estoy aterrado —confesé.
Y ahí estaba. Crudo. Sin filtros. Sin el escudo que había llevado puesto por años.
—No solo por ser padre… —añadí en voz más baja—. Tengo miedo de que todo lo que viví, todo lo que hice, regrese a hacerle daño a Lucía. A frijolito. O a ustedes. Todo lo malo que arrastro. Lo que fui. Lo que aún soy en algunas partes. No sé cómo se cría a un bebé. No sé qué enseñarle. No sé si voy a hacerlo bien. ¿Y si fallo? ¿Y si soy como esos hombres que me rompieron? ¿Y si…?
Sentí la mano de mi padre apoyarse firme en mi hombro.
—Nadie está preparado —dijo—. Créeme. Ningún hombre lo está. Uno aprende en el camino. Y se equivoca. Y vuelve a intentarlo. Y cuando siente que ya entendió algo, el niño crece y hay que volver a aprender desde cero.
Tragué saliva.
—Pero si tú nos dejas —añadió con calma—, tu madre y yo vamos a ayudarte. A estar ahí. A enseñarte lo que podamos. Y más que nada… a recordarte que no estás solo. No más.
No pude responder de inmediato. Solo asentí, bajando la cabeza, sintiendo el ardor detrás de los ojos y reprimiendo cualquier señal de debilidad. Aunque, por primera vez, tal vez no habría pasado nada si me rompía un poco.
Porque él estaba ahí.
Respiré hondo. El aire nocturno me llenó los pulmones con esa mezcla de calma y frío que solo se encuentra en un jardín silencioso y bajo las estrellas. Pero dentro de mí, nada estaba en calma.
—Papá…
Él me miró, aún con su mano en mi hombro.
—Si algo me pasa… —dije, sintiendo la lengua pesada, como si las palabras fueran cuchillas que se clavaban en la garganta—. Lo que sea. Un accidente. Algo que arrastre del pasado. Alguien que venga a cobrar algo. Cualquier cosa. Si algo me llega a pasar…
Tragué saliva. Su rostro se mantuvo sereno, pero atento. Esperó sin interrumpirme.
—Cuídalos. A Lucía. A frijolito. Que no les falte nada. Pero más que eso… que nunca le cuenten a mi hijo quién fui. Lo que hice. Lo que disfruté hacer. Que no sepa la clase de asquerosidad humana que fui… Solo quiero que sepa que lo intenté. Ser alguien mejor. Ser su padre. Ser más.
Mi voz se quebró un poco.
—Solo quiero que sepa que su padre lo intentó. Que trató de ser un hombre normal. Un buen padre. Que lo amó, que lo amó más que a nada. Y que, si por alguna razón no está… fue porque hizo todo por protegerlos. Pero no quiero que crezca sabiendo la mierda que fui.
Hubo un silencio. Largo, pero necesario.
Mi padre desvió la mirada hacia el cielo, suspirando profundo. Luego me miró otra vez, y su voz fue firme, pero cargada de una tristeza vieja, conocida.
—Si eso llegara a pasar… claro que los cuidaría. Pero no voy a mentirle. No le mentiría a tu hijo. No le contaría lo que hiciste… no con detalles, al menos. Pero le diría la verdad que importa: que luchaste. Que cambiaste. Que hiciste todo lo posible por protegerlo. Y eso, hijo… eso no lo hace un monstruo. Lo hace un padre.
Me quedé callado. Me dolía el pecho, no por lo que dijo… sino porque me lo dijo de verdad.
—Y no tengas miedo de que no estés listo —continuó—. Nadie lo está. Ni yo lo estuve contigo, ni con Emma, ni con Thomas. Pero si tú nos dejas… tu madre y yo estaremos para ayudarte. Siempre.
Se acercó y me abrazó con fuerza. Sin más palabras.
—Gracias por volver —susurró—. Aunque haya sido años después… gracias por volver con vida. Con eso basta, Evan. Con eso basta y sobra.
Sentí mis manos temblar un poco, pero no las solté. No esta vez.
No supe cuánto tiempo estuvimos ahí. Solo sentí el calor del abrazo, el alivio que no sabía que necesitaba, y la noche cubriéndolo todo como un manto espeso. Las palabras de mi padre seguían ahí, dándome vueltas por dentro, como un eco que se aferraba a mi pecho.
Entonces escuché pasos suaves sobre la madera del porche, y al voltear, ahí estaba ella.
Lucía.
Llevaba mi chamarra puesta encima del vestido largo y sencillo que había elegido para esa noche. Sus ojos se movieron entre nosotros, y por un segundo, pareció que algo se le apretaba en el pecho al vernos así.
—¿Interrumpo? —preguntó con esa media sonrisa suya, que siempre aparecía cuando quería romper un momento serio sin herirlo.
—Nunca —dije, separándome apenas de mi padre.
Él asintió, dándole un gesto cálido.
—Lucía —la saludó—. Salgo un momento, necesito calentarme un poco antes de que se me congelen los huesos.
Ella le dedicó una mirada amable, y lo vio desaparecer hacia adentro. Luego caminó hacia mí, despacio, hasta quedar frente a mí. Estábamos bajo el cielo abierto, las estrellas titilando encima como testigos silenciosos.
—¿Estás bien? —me preguntó, alzando una ceja.
—Sí. Solo… hablando con él. Cosas de padre e hijo, supongo.
—Ya veo —susurró, mirándome con más atención. Luego se acercó un poco más, metiendo sus manos frías entre las mías—. Te conozco. Estás sobrepensando otra vez, ¿cierto?
No lo negué. No podía.
—No quiero fallarles, Lucía. A ti, a frijolito. No quiero arrastrar lo que fui… a lo que somos.
—Evan —dijo mi nombre con un tono suave, pero firme—. Tú no eres el mismo. No del todo. A veces te persigues a ti mismo como si fueras tu propio enemigo. Pero yo te veo. Y te conozco. Y sé quién eres cuando me abrazas en las noches y me pides que le hable a nuestro bebé. Sé quién eres cuando preparas mi desayuno aún con el pie adolorido. Sé quién eres cuando me dices que tengo que dormir más, aunque tú no lo hagas. Ese eres tú. Y ese es el padre que va a tener frijolito.
Mi garganta se cerró por un segundo. No supe qué decir. Solo la abracé, sosteniéndola como si el frío no pudiera alcanzarnos así.
—Nos queda media hora para la cena —dijo ella, apoyando su cabeza en mi pecho—. ¿Nos quedamos aquí un ratito más?
—Todo el tiempo que quieras.
Y ahí nos quedamos. Bajo las estrellas. En silencio. Con el mundo en pausa… y el corazón latiendo por algo más grande que el miedo.
Volvimos a entrar. El calor del interior nos envolvió como una manta acogedora. Lucía fue directo al sofá con una sonrisa soñolienta y se dejó caer junto a Emily, que ya hojeaba una revista de recetas como si en serio fuera a hacer alguna.
Yo vi a mi madre en la cocina, colocando platos sobre la mesa con la misma precisión de siempre. Me acerqué sin pensarlo dos veces.
—Voy a ayudarte con eso —le dije.
Ella me miró apenas de reojo, con esa ceja arqueada que siempre usaba cuando sabía que no había forma de detenerme.
—Está bien —respondió simplemente.
Me quité el suéter, lo dejé sobre una de las sillas y me subí un poco las mangas de la camisa térmica que llevaba debajo. Ni siquiera me di cuenta. Era ya una costumbre cuando iba a trabajar con agua o en la cocina. Un gesto automático.
Hasta que sentí el silencio.
No lo vi, lo sentí. La ausencia de palabras, el aire cambiando de peso, su mirada fija en mí.
Levanté la vista. Mi madre tenía una cuchara en la mano, pero no se movía. Estaba viéndome. No al rostro. No a los ojos.
A mis brazos.
A las cicatrices.
A la herida más reciente, esa en la parte alta del antebrazo, donde todavía había costra y una pequeña mancha rojiza que parecía que no quería dejar de doler. Justo donde había entrado la última bala. Justo donde no me había molestado en ocultar nada porque… ya no pensaba que tenía que hacerlo.
Me quedé quieto. Por dentro, mil pensamientos comenzaron a correr.
Y entonces ella dejó la cuchara, sin decir nada, y caminó hacia mí.
Me tomó del brazo con cuidado, con esa delicadeza que solo una madre puede tener. Sus dedos rozaron la piel, sin apretar. Solo observó, como si leer la historia escrita en mi carne le dijera más de lo que yo jamás podría explicar con palabras.
—Evan… —susurró—. Esto fue reciente.
Asentí apenas.
—El último… fue hace tres meses y algo —dije con voz baja—. En las piernas, pie, en la espalda… y este.
Ella respiró profundo. Pero no lloró. No gritó. Solo me abrazó. Como si al rodearme con los brazos pudiera proteger todo lo que ya había pasado.
—Pensé que había visto lo peor en mi vida… —murmuró cerca de mi oído—. Pero ver esto, sabiendo que no estuve para cuidarte, duele más que nada.
—No era tu trabajo —le dije, devolviendo el abrazo—. No podías hacer nada. Nadie podía.
—Yo soy tu madre —replicó—. Siempre querré poder hacer algo.
Nos quedamos así unos segundos, hasta que escuchamos a mi padre decir desde la sala:
—¿Ya van a tardar mucho o vamos a morir de hambre?
Mi madre se rió bajito, como si ese momento doloroso hubiera encontrado una grieta para dejar entrar algo de luz.
—Vamos, soldado —me dijo, sonriendo apenas—. Ayúdame a llevar los platos antes de que tu padre saque las galletas como entrada.
Le seguí el paso, aún con la garganta cerrada. Con la sensación de que, a pesar de todo, esa noche… estaba empezando a sanar algo más que una cicatriz.
Nos fuimos acomodando en la mesa. Lucía se sentó a mi lado, como siempre hacía, como si su sitio estuviera anclado al mío por naturaleza. Al pasar detrás de mí, dejó caer su cabeza sobre mi brazo mientras caminábamos, y yo no dije nada. Solo sonreí leve, sintiendo ese calor familiar que me hacía pensar que todo estaba bien aunque a veces el mundo se sintiera podrido.
—A ver —dijo Emma, con una sonrisa pícara mientras dejaba su vaso sobre la mesa—, cuéntanos más de esa gente que te cuidó. Dijiste que eran como familia… y también que a veces te trataban como si fueras un niño.
—¿Mi equipo? —pregunté, y todos asintieron—. Son… son gente muy distinta entre sí. Raros, peligrosos, tercos. Pero sí, me cuidaron. Como uno de ellos. Y a veces, como si fuera su hijo.
Lucía rió bajito, dejando su mano sobre la mía sin decir nada.
—Éramos nueve. Diez conmigo. La líder se llama Selene —dije mientras pasaba una servilleta a mi madre—. Ella fue… como una figura materna para mí. Era seria, pero juro que esa mujer golpeaba como un maldito dios. Si no esquivabas uno de sus puñetazos, mejor despídete de tres de tus dientes.
—¡¿Qué?! —dijo Emma entre risas— ¿Eso era parte del entrenamiento o del cariño?
—Ambos —respondí, encogiéndome de hombros—. Luego está Pleto, aunque todos le decíamos Stitch. Era el médico del equipo. Sin filtro. Literal. Una vez me cosió una herida mientras me decía que gritaba como un cerdo desollado. Cero tacto, pero sabía lo que hacía.
—Suena… encantador —dijo mi madre, aunque tenía una sonrisa curiosa.
—Iván y Raúl eran los maestros del arsenal. Los que me enseñaron todo sobre armas, tácticas, cómo no volarme un dedo. Iván fue el más... niñero. El que se preocupaba de que comiera, de que no hiciera tonterías. Bueno, no demasiadas.
—Fracasó —dijo Lucía de inmediato con una sonrisa burlona, y todos rieron.
—Luego está Dante. Le digo "Padrino" porque fue con él con quien bebí alcohol por primera vez. Whisky barato y consejos aún más baratos —dije, entrecerrando los ojos con cierta nostalgia.
—¿Y hay chicas? —preguntó Thomas con interés.
—Camila era la francotiradora. Precisa como el demonio. Pero nunca me dejó tocar sus rifles. Nunca. Según ella, "niño no toca mis cosas". Luego está April... —me detuve un segundo y miré a Lucía de reojo—. Ella era el diablo. Enojada, no querías ni estar en la misma habitación que ella. Pero era leal. Muy.
—¿Y hay otra? —preguntó Emma.
—Si, Valeria, la hacker del grupo. Personalidad rara. Como… una mezcla entre genio de computadoras y otaku sin vergüenza. Pero era linda conmigo. Como una hermana mayor. Siempre se preocupaba por si dormía o comía. Me ayudaba a aprender idiomas, también.
—Faltó uno —dijo Lucía, como quien sabe que está soltando la bomba—. Cherry.
—Dios… Cherry —resoplé, rodando los ojos.
—¿Cherry? —repitió mi padre entre ceja alzada.
—No es su nombre real, obvio. Solo su apodo. Ese idiota era el bromista del grupo. Si había peligro, decía cosas como: "No te mueras sin ver un par de tetas reales", o "si mueres virgen, revives como zombi con acné". Y no lo decía una vez. Lo decía todo el tiempo. Me enseñó… cosas. Estupideces para coquetear. Y tristemente, algunas funcionan.
—¿Funcionaron conmigo? —preguntó Lucía con una sonrisa falsa.
—¡No! —dije rápido—. Nunca. Pero una vez… en un centro comercial, antes de que empezáramos tú y yo... sí funcionó.
—Y también me confesaste que hiciste cosas con April, ¿o ya se te olvidó?
Todos voltearon a verme con una mezcla de escándalo y risas contenidas. Yo solo hundí el rostro en las manos.
—Fue una vez… Y fue antes de Lucía, maldita sea —gruñí.
—El señor fanático de las mujeres mayores —dijo Lucía con tono burlón, y me dio un leve codazo.
—Eso fue Cherry. Él me decía que las mujeres mayores sabían lo que querían, que no jugaban —me defendí.
—¿Y los idiomas? —preguntó Emma, divertida.
—Él sabe varios —dijo Lucía, orgullosa—. Ya lo dijo cuando contó su historia horas atrás. Pero su acento francés… ese sí es una maldita joya. No me importa lo que digan, cuando habla en francés me dan ganas de que me conquiste Napoleón.
Todos rieron.
Yo solo me encogí en mi asiento, ocultando la sonrisa detrás del vaso de agua.
Por un momento… sentí que eso era familia. Caótica. Ruidosa. Improbable. Pero real.
Aprovechando el ambiente relajado, tomé otro sorbo de agua y me giré un poco hacia Emma y Thomas, que estaban en el otro lado de la mesa, riendo todavía por lo de Cherry y mi acento francés.
—Y bueno… —dije, rascándome la nuca con cierta curiosidad—, ¿alguno de ustedes ya tiene pareja? ¿Novio, novia? Lo que sea, no juzgo. Nada me sorprendería después de lo que acaban de escuchar.
Emma soltó una carcajada y, sin decir nada, me lanzó una servilleta hecha bolita que me dio justo en la frente.
—¡Oye! —reclamé, sobándome con fingido drama.
—Tonto —dijo con una sonrisa burlona—. Sí, estoy saliendo con alguien. Desde hace unos meses. Ya lo traje a casa una vez, pero tú estabas… bueno, perdido —dijo con tono más suave, sin rencor.
—¿Y qué tal? ¿Lo aprueba la jefa? —dije, señalando a mamá.
—Más de lo que pensé —admitió ella—. Es pediatra también. Nos conocimos en el hospital. Es un poco torpe, pero buena gente. Y me hace reír, que ya es ganancia.
—Entonces ya tengo que ponerle apodo, ¿eh? —dije divertido.
—Si lo haces, que sea uno bonito, o te lanzo el salero —advirtió sin perder la sonrisa.
Luego giré la mirada a Thomas, que jugaba con su vaso sin decir mucho, hasta que notó que lo estaba observando.
—¿Y tú, hermano? ¿Qué cuentas?
—Desde hace un año —dijo, alzando las cejas con una sonrisa más tímida—. Es una relación tranquila, nada intenso. Pero ahí va. Hay… planes de vivir juntos, creo. O algo así.
—¿Creo? —repetí entrecerrando los ojos.
—Bueno, quizá —dijo, encogiéndose de hombros—. Cuando termine la universidad. Tal vez. Si el mundo no colapsa antes.
—Oh, qué maduro suena eso —dije con fingida solemnidad—. Si el mundo no colapsa antes.
—Hermano —añadió Emma, negando con la cabeza—, tú eres el menos calificado para hablar de relaciones estables.
—Touché —admití riendo.
—Y dime algo —preguntó Emma, apoyando la barbilla en su mano con esa mirada que solía tener cuando se le cruzaba alguna duda existencial—, ¿esa organización te dio educación? O sea, ¿estudiaste algo?
Me rasqué la sien, algo confundido por la forma en que lo planteó, y solté una pequeña risa.
—La organización, como tal, no. Lo único que querían era que siguiera órdenes y no muriera en el proceso —respondí, con cierta ironía.
Lucía me miró de reojo, como diciéndome que moderara el tono, pero Emma solo asintió, comprensiva.
—¿Entonces cómo aprendiste? —insistió.
—Mi equipo. Ellos me enseñaron —dije, ya con una sonrisa algo más genuina, casi nostálgica—. En los trayectos largos, mientras íbamos de un punto a otro, Valeria me enseñaba historia y literatura. Stitch… bueno, cuando no estaba sacándome metralla del cuerpo, me explicaba biología, química, cosas médicas. Iván también aportó lo suyo, y… por alguna razón, Cherry era un maldito genio en matemáticas.
—¿Cherry? ¿El mismo que decía lo de las tetas? —preguntó Emma, frunciendo el ceño.
—Ese mismo —reí—. El tipo hablaba como un cavernícola, pero podía resolver integrales triples mientras masticaba chicle y se quejaba de lo feo que eran mis apuntes.
Thomas soltó una carcajada, y mi madre nos miró desde la cocina con una mezcla entre "qué bueno que se están riendo" y "no hablen de tetas en la mesa".
—Y si tuviera que ubicarme en algún nivel educativo, diría que estaría al nivel universitario. O poquito más —admití con honestidad, alzando los hombros—. Sin proyectos finales innecesarios, sin exámenes horribles ni esas cosas. Pero tuve mucho tiempo para aprender. A veces… demasiado.
—¿Y en qué eras bueno? —preguntó Thomas, curioso.
—Física —dije sin dudar—. En serio. Suena exagerado, pero… cuando se trata de física, soy un maldito maestro. Tenía que entender trayectorias, estructuras, vibraciones, densidades. No era solo saber disparar, era saber cómo funcionaba todo alrededor del disparo. Me fascinaba. Me sigue fascinando.
Emma se cruzó de brazos, medio sonriendo.
—Entonces, si esto de ser papá no funciona, siempre puedes ser profesor.
—Con mi historial, me meterían a prisión antes de pisar una universidad —bromeé, haciendo reír a todos.
Lucía solo apretó mi mano un poco más fuerte.
Y yo… bueno, no lo decía en voz alta, pero verlos así, sonriendo, preguntando, queriendo conocerme de nuevo… dolía. Dolía bonito. Como si algo roto estuviera sanando lento, muy lento, pero sin pausa.
Ya estaban en la puerta. El aire nocturno era fresco, y el cielo, despejado. La ciudad tenía ese silencio particular que ocurre justo antes de la medianoche, como si incluso el mundo respirara más lento.
Lucía apoyaba su cabeza contra mi hombro, medio dormida, mientras esperábamos el Uber que nos llevaría de regreso al hotel. Emma, con los brazos cruzados y un nudo en la garganta, rompió el silencio.
—¿Seguros que no quieren que los lleve? No tengo problema en hacerlo, de verdad...
—Está bien, Emma. Gracias —le respondí, acercándome a abrazarla—. Ya pedimos el Uber, está a unos minutos.
Ella no aguantó. Me abrazó con fuerza, como si ese gesto pudiera evitar que volviera a desaparecer. Soltó unas lágrimas silenciosas que mojaron mi camisa.
—Te extrañé, tonto… —susurró.
—Y yo a ti… mucho más de lo que imaginas.
Thomas apareció a los pocos segundos, y sin decir nada, me abrazó también. Me dio dos palmadas en la espalda y luego me dijo:
—Eres un idiota por hacer que nos preocupáramos tanto, pero… qué bueno que estás aquí.
—Gracias por no haberme olvidado —le respondí, mirándolo con sinceridad.
Entonces mi padre se acercó, firme pero con los ojos brillosos. Me dio un abrazo fuerte, como de esos que solo da cuando no tiene palabras que valgan. Y luego, la más esperada… mi madre.
Estaba hecha un mar de lágrimas. Apenas me miró, ya estaba envolviéndome en sus brazos.
—Solo… espero que esto no sea un sueño —dijo entre sollozos—. Que mañana despierte y sigas aquí… vivo… y casi sano.
Solté una risa suave, conmovido por su forma tan suya de decir las cosas.
—No es un sueño, mamá. Y no estoy "casi sano"… estoy completamente sano.
Justo cuando terminé de decirlo, Lucía me dio un pequeño golpecito con su pie izquierdo.
—¡Auch! —me quejé en voz baja, y todos rieron.
—Mentiroso —murmuró Lucía sin despegarse de mí.
Mi madre me besó la mejilla con ternura y me sostuvo el rostro como si fuera aún un niño.
—Vuelve mañana, ¿sí? No sé si lo recuerdas, pero solía prepararte tu comida favorita los viernes… y la hice por si acaso.
Le sonreí, sintiendo cómo ese nudo en la garganta crecía.
—Estaré encantado, mamá. No me lo perdería por nada.
En ese momento, llegó el Uber. El sonido del motor apagándose nos hizo volver a la realidad.
—Hora de regresar —dije con voz baja—. Lucía se va a quedar dormida de pie si no nos vamos.
Los abracé una vez más. Esta vez, con Lucía entre mis brazos y los de ellos. Cerré los ojos, queriendo guardar ese momento. Sentirlos, olerlos, estar ahí… era real.
—Y si quieren —les dije, mientras me separaba poco a poco—, mañana o los días siguientes… pueden ir con la policía. Avisar que aparecí, que ya no estoy perdido. Que estoy vivo. Así podrían cerrar mi caso… y, bueno… recuperar mi identidad.
Todos me miraron en silencio, pensativos.
—Claro, sólo si quieren. Están en su derecho, como les dije. No hay presión.
—Veremos eso mañana, hijo. Por hoy… ya nos diste suficiente paz —dijo mi padre.
Lucía y yo nos subimos al Uber, y mientras el auto arrancaba, los vi por la ventana. Mi familia. Mi casa. Mis raíces.
Ya en la habitación del hotel, el silencio era distinto. No era incómodo, ni denso. Era cálido. Como si todo lo vivido ese día se estuviera asentando en su lugar, lentamente. La habitación apenas iluminada por la luz tenue de la lámpara de noche.
Estaba acostado, y Lucía, como tantas otras noches últimamente, estaba encima de mí. Abrazándome, su rostro escondido contra mi cuello, su respiración calmada y cálida.
—Últimamente me estoy durmiendo así —murmuró con una sonrisita, dejando escapar un suspiro.
—Sí, ya lo noté —respondí, acariciándole la espalda con una mano—. Te estás acostumbrando a usarme de almohada, ¿eh?
—Eres cómodo… además, no peso mucho —dijo mientras se acomodaba mejor sobre mí, su voz sonando adormilada.
—Eso crees tú —respondí con una risa baja.
Lucía levantó la cabeza solo para pellizcarme el brazo.
—¡Grosero! —dijo con una falsa indignación mientras me daba un par de besos suaves en el cuello—. Me gustas así flaco, pero fuerte, ¿sabes?
—Ahora suenas como Cherry —bufé entre risas.
Ella rio también, antes de calmarse y volver a acomodarse contra mi pecho.
—¿Cómo te sentiste? —preguntó de pronto, con voz más suave, más seria—. Verlos otra vez… después de tanto.
Tomé aire. Lo solté despacio.
—Fue… ufff… un caos mental. Como si mi cerebro estuviera procesando veinte emociones al mismo tiempo y ninguna tuviera sentido. No quería contarles nada de mi vida… todo lo que hice, lo que viví. Pero ya viste cómo es mi mamá…
—Sí —asintió, sonriendo contra mi piel—. No te dio tregua… y no fuiste el único, ¿eh? A mí también me hizo mil preguntas. Me sentí como en un juicio.
—Son intensos —le dije, riendo por lo bajo.
—Lo son —repitió ella, divertida—. Pero son familia. Se nota que te aman.
—Y yo aprenderé a amarlos a ellos —susurré.
Hubo un momento de silencio. Su respiración seguía siendo constante, calmada. Se sentía bien. Se sentía... en casa, por más irónico que fuera, estando en un hotel.
—Gracias —dije de pronto.
—¿Por qué?
—Por estar aquí. Por acompañarme. Por abrazarme así, cuando siento que el mundo es demasiado.
Lucía levantó la cabeza de nuevo y me miró con esos ojos oscuros que me leían sin esfuerzo.
—No tienes que agradecerme, Evan. Estoy aquí porque quiero estar contigo. Porque te amo. Y porque nadie debería cargar todo esto solo.
Me besó suavemente, sin prisa. Y luego volvió a recostarse sobre mí, abrazándome como si quisiera fundirse conmigo.
—¿Qué haría sin ti? —susurré.
—Dormirías solo y con frío —respondió con una sonrisa traviesa.
Nos reímos juntos.
