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Chapter 47 - Mansion Malfoy II

Después del incidente del ave, el ambiente del jardín quedó… cargado.

Lucius fue el primero en girarse con impecable compostura.

—Pasemos al comedor —ordenó con voz suave, aunque sin dejar espacio a discusión.

El grupo avanzó por los largos pasillos de la mansión Malfoy. Las paredes estaban adornadas con retratos antiguos que observaban con curiosidad mal disimulada a los invitados. Algunos murmuraban en voz baja al paso de Anya, que caminaba tomada de la mano de Severus, balanceando despreocupadamente una de las plumas del pavo real.

León caminaba un paso detrás, atento a cada gesto de Draco.

El comedor era amplio, de techos altos y una mesa interminable cubierta con porcelana fina y cubiertos perfectamente alineados.

—Tomen asiento —dijo Lucius.

Severus ocupó su lugar con rigidez controlada. Anya se sentó a su lado… y de inmediato empezó a balancear los pies bajo la mesa.

Lucius entrelazó los dedos y observó a los niños con una sonrisa educada que no alcanzaba a sus ojos.

—Bien —comenzó—. Ya que estamos reunidos, creo que es adecuado conocer mejor a los… nuevos miembros de la familia Snape.

León tensó ligeramente la espalda.

—Dime, Anya… ¿qué edad tienes? Pregunto Lucius

—Seis —respondió orgullosa—. Y medio. Eso es importante.

—Por supuesto —dijo Lucius

Lucius giró entonces su atención hacia él.

—Leon —dijo, pronunciando el nombre con cuidado—. He oído bastante sobre ti. Primer lugar de tu año. Slytherin. Talento notable.

Draco apretó la mandíbula.

—Gracias, señor —respondió León con cortesía impecable—. Solo hago mi mejor esfuerzo.

Lucius entrelazó los dedos sobre la mesa y fijó su mirada gris en León.

—Leon —dijo con voz tranquila—. Estás en Slytherin. Eso significa ambición, astucia… y saber elegir bien tus batallas.

Draco enderezó la espalda, interesado.

—Dime —continuó Lucius—, si estuvieras en una situación donde obedecer una orden te daría ventaja inmediata, pero desobedecerla te permitiría ganar poder a largo plazo… ¿qué harías?

León no respondió de inmediato.

Pensó.

—Dependería de quién dio la orden —dijo al fin— y de si esa persona seguiría siendo útil después.

Lucius sonrió, apenas.

—Interesante. Supongamos que quien da la orden es más poderoso que tú ahora.

—Entonces obedecería —respondió León—. Pero no ciegamente. Observaría. Aprendería. Esperaría el momento en que ya no lo necesite.

Draco frunció el ceño.

—Eso es cobardía —murmuró.

León giró apenas la cabeza hacia él.

—No —dijo con calma—. Es supervivencia inteligente.

Severus levantó la mirada del plato, atento.

Lucius asintió lentamente.

—Bien dicho. Segunda pregunta.

Tomó su copa, dio un pequeño sorbo y continuó:

—Un compañero de casa comete un error grave. Si lo delatas, tú asciendes. Si lo cubres, pierdes una oportunidad… pero ganas un aliado. ¿Qué eliges?

León no dudó esta vez.

—Lo cubro.

Draco abrió los ojos, incrédulo.

—¿Qué?

—Un aliado fiel vale más que un ascenso rápido —continuó León—. El poder compartido dura más que el poder solitario.

Lucius lo observó con más intensidad.

—¿Y si ese aliado te traiciona?

—Entonces el error fue mío —respondió León—. Y la próxima vez, elijo mejor.

Un silencio pesado cayó sobre la mesa.

—Última —dijo Lucius—. Dime, Leon… ¿qué es lo más importante para un Slytherin?

Draco sonrió con seguridad, como si supiera la respuesta correcta.

León bajó la mirada… y luego la alzó, firme.

—Saber qué proteger —dijo—. Porque el poder sin algo que defender… no significa nada.

Anya levantó la cabeza de su postre.

—¡Yo! —dijo alegre—. León me protege a mí.

León sonrió apenas.

Lucius sostuvo la mirada del muchacho durante varios segundos… y finalmente soltó una risa baja.

—Severus —dijo—. Has criado a un buen Slytherin.

—Lo sé —respondió Snape con sequedad

Draco apretó los cubiertos, los celos lo inundaban, al ver como su padre apreciaba a Leon.

Eso… eso no debía pasar.

Dejó los cubiertos sobre el plato con un clac seco.

—Padre —dijo, alzando la voz—. Si Leon es tan bueno como dices… debería poder demostrarlo.

Lucius alzó una ceja.

—¿Y cómo sugieres que lo haga, Draco?

Draco se levantó, mirando directamente a León.

—Un duelo amistoso —dijo—. Nada serio. Solo magia básica. Entre compañeros de Slytherin.

Narcisa llevó una mano a los labios.

—Draco…

—Es buena idea —intervino Lucius tras un segundo de silencio—. Un duelo revela más que mil palabras.

Severus levantó lentamente la mirada.

—No toleraré imprudencias —dijo con frialdad—. Si esto ocurre, será bajo reglas claras.

León se levantó despacio.

—No tengo problema —respondió—. Si Draco lo desea.

Leon tambien quería darle una lección a Draco por la mirada desdeñosa que habia lanzado a Anya.

Draco sonrió, seguro de sí mismo.

—En el salón de duelos —dijo—. Ahora.

Anya levantó la cabeza de golpe.

—¡Leon, no le pegues fuerte! —dijo preocupada—. Papá dijo que es visita.

León parpadeó… y asintió.

—Lo tendré en cuenta.

Todos se trasladaron al salón de duelos.

El suelo de mármol reflejaba la luz de las antorchas encantadas.

Lucius y Severus observaban desde un lateral; Narcisa permanecía junto a Anya, que miraba con los ojos muy abiertos.

Draco y León se colocaron frente a frente.

—Reverencia —ordenó Lucius.

Ambos lo hicieron.

La de Draco fue rígida.

La de León, impecable.

—Cuando estén listos —dijo Severus—. Expelliarmus únicamente. Nada más.

Draco levantó la varita de inmediato.

—No esperes piedad.

—Nunca lo hago —respondió León con calma.

—¡Empiecen!

Draco, con el orgullo herido, fue el primero en atacar.

—¡Expelliarmus!

El rayo rojo salió disparado con fuerza, pero León ya se había movido. Giró sobre su eje con precisión, dejando que el hechizo pasara silbando junto a su hombro.

Sin perder tiempo, alzó la varita.

—¡Tarantallegra!

El hechizo impactó de lleno.

Las piernas de Draco comenzaron a moverse solas, primero con pequeños saltos torpes… luego con giros exagerados y pasos ridículos. Sus brazos se agitaron sin control mientras su cuerpo lo obligaba a bailar como si estuviera en una grotesca función.

—¡JAJAJAJA! —la risa de Anya estalló sin contención—. ¡Está bailando! ¡Leon, míralo!

Lucius Malfoy apretó las manos con fuerza, los nudillos blanqueándose.

Narcisa dio un paso adelante, visiblemente preocupada.

Severus, en cambio… sonrió apenas.

Una sonrisa mínima, peligrosa.

León mantuvo la varita baja, esperando con calma. Cuando el hechizo se disipó, Draco cayó de rodillas, rojo de vergüenza y rabia.

—¡TÚ…! —escupió— ¡VAS A PAGARLO!

Se levantó de un salto y comenzó a lanzar hechizos uno tras otro.

—¡Flipendo!

—¡Stupefy!

—¡Diffindo!

León se movía entre ellos con una serenidad inquietante. Bloqueaba algunos con hechizos precisos, esquivaba otros con simples pasos laterales. Ninguno lo alcanzaba.

La respiración de Draco se volvió errática. Sus ojos ardían de furia.

—¡SERPENSORTIA! —gritó, perdiendo todo control.

Del extremo de su varita emergió una serpiente negra, que cayó al suelo con un siseo furioso y, sin dudarlo, se lanzó directo hacia León.

—¡LEON, CUIDADO! —gritó Anya, llevándose las manos al rostro.

Pero León no retrocedió.

Ni siquiera levantó la varita.

Alzó una sola mano.

El aire descendió bruscamente de temperatura.

Cuatro águilas de hielo surgieron de la nada, majestuosas, afiladas, brillando con un azul gélido. Batieron las alas al unísono.

Una de ellas se lanzó contra la serpiente, atrapándola con sus garras antes de que pudiera reaccionar. Con un movimiento seco, la destrozó en fragmentos de energía que se disiparon en el aire.

Las otras tres se abalanzaron sobre Draco.

—¡¿QUÉ—?! —no alcanzó a terminar.

Las águilas lo rodearon, picoteando, rasgando su túnica, arrancando botones y desgarrando la tela con precisión cruel pero controlada. Draco gritó y se cubrió el rostro con los brazos.

En ese instante, una de las águilas descendió en picada, le arrebató la varita de la mano y voló hasta depositarla, con delicadeza casi burlona, en la mano de León.

Un segundo después, las cuatro águilas explotaron en una lluvia de pequeños cristales de hielo que tintinearon al caer… y se desvanecieron.

Silencio.

El duelo había terminado.

Draco cayó de rodillas, respirando agitadamente, su ropa hecha un desastre.

Lucius dio un paso al frente, con los ojos abiertos por la sorpresa.

—¿Magia… sin varita? —murmuró, incrédulo.

Narcisa corrió hacia Draco, arrodillándose junto a él.

—Draco, cariño, ¿estás herido?

León avanzó un paso y dijo con calma:

—No se preocupe, señora Malfoy. Solo son raspones superficiales. Nada grave.

Severus asintió, claramente satisfecho.

—Excelente control, León —dijo—. Muy bien ejecutado.

Luego se acercó a Narcisa y le entregó un pequeño frasco.

—Es esencia de díctamo. Curará las heridas rápidamente.

Narcisa vertió la poción sobre los rasguños, observando con asombro cómo la piel de Draco sanaba casi al instante.

—Gracias, Severus —dijo con sinceridad.

Lucius permanecía en silencio, observando a León como si lo viera por primera vez.

No con desprecio.

No con duda.

Sino con una peligrosa mezcla de interés… y respeto.

Y Anya, desde atrás, rompió el silencio con una sonrisa radiante:

—¡Leon ganó! ¡Fue increíble!

León cerró la mano alrededor de la varita de Draco… y se la devolvió.

—Buen intento —dijo—. Pero la próxima vez, piensa antes de atacar.

Draco no respondió.

Pero esa derrota… no la olvidaría jamás.

Después del duelo, el trío Snape se despidió de la Mansión Malfoy sin más incidentes. Las llamas verdes de la chimenea los envolvieron uno a uno y, en cuestión de segundos, Spinner's End volvió a recibirlos con su habitual silencio.

Apenas cruzaron la sala, Anya se dejó caer sobre el sofá como un saco de plumas.

—Fue un día largo… —murmuró antes de quedarse profundamente dormida, abrazando uno de sus peluches.

León la observó un momento y luego soltó un largo suspiro.

—Padre… eso sí que fue aburrido —dijo, pasando una mano por su cabello—. Y tener que responderle así al señor Malfoy… ¿de verdad era necesario?

Severus se quitó la capa con calma, dejándola sobre el respaldo de una silla.

—Era necesario, León —respondió con voz firme—. Recuerda esto: mantén a tus amigos cerca… y a tus enemigos aún más cerca.

León frunció el ceño.

—Como sea. Lo único bueno es que no tendré que volver ahí.

—No te preocupes por eso —dijo Severus, acercándose al sofá.

Con sorprendente cuidado, levantó a Anya en brazos. La niña se removió apenas, murmuró algo ininteligible y apoyó la cabeza contra su pecho, completamente dormida.

—Vamos a descansar —añadió Severus mientras se dirigía hacia las escaleras—. Ha sido un día largo para todos.

Antes de subir, se detuvo un segundo y miró a León por encima del hombro.

—Y León… el duelo fue excelente.

León alzó la vista, un poco sorprendido.

—Gracias, padre.

—Pero no dejes que se te suba a la cabeza —continuó Severus—. Mañana practicaremos más.

León sonrió levemente y asintió con determinación.

—Sí, padre.

Severus subió las escaleras, llevando a Anya a su habitación. Mientras la acomodaba con cuidado entre las sábanas y la cubría, pensó que, pese a todo, aquel día había salido mejor de lo esperado.

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