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Chapter 41 - Capitulo 40

[Duquesa Luneth]

El aire en la pequeña sala del jefe del pueblo era pesado, cargado del olor a madera vieja y a té de hierbas. Mariela estaba firme a mi lado, vigilante, como siempre, con la mirada fija en cualquier movimiento que pudiera distraernos de nuestro objetivo. Yo, por mi parte, me senté con los brazos cruzados, pensando que cada vez que llegábamos a un pueblo, la esperanza que me había acompañado desde el primer día empezaba a resquebrajarse un poco más.

El jefe del pueblo, un hombre de mediana edad con cabellos entrecanos, nos miraba con una mezcla de respeto y cierta incomodidad.

—Duquesa Luneth —comenzó con un ligero inclinar de cabeza—, he revisado los registros, y lamento informarle que el nombre "Neyreth" no me es familiar.

Lo miré fijamente, sin esconder la punzada de frustración que sentía.

—¿No hay ningún registro de un niño que coincidiera con la descripción que le di? —pregunté, tratando de mantener la calma—. Aunque hubiera llegado con otro nombre… al menos habría alguna descripción que coincidiera.

El hombre negó con la cabeza, frunciendo el ceño.

—No, señora. Según los registros de mi predecesor, que lamentablemente falleció hace unos años, no hay constancia de un niño como el que describe. Si alguien hubiera llegado, incluso con otro nombre, habría algún registro de su aspecto, edad o cualquier detalle distintivo.

Me pasé la mano por la frente, la irritación mezclada con desesperanza. Podía sentir cómo la tensión subía dentro de mí, ese nudo en el estómago que no desaparece con nada.

—Entonces… —murmuré, con voz más baja, casi para mí misma—, nada de lo que hemos encontrado aquí sirve.

—No exactamente —respondió el jefe con cautela—. Si es como las circunstancias que usted menciona, entonces es posible que, en caso de un ataque o algún incidente, el registro no se haya hecho a propósito. Tal vez el anterior jefe decidió proteger al niño o, simplemente, nunca llegó aquí. —Hizo una pausa, y su expresión se suavizó—. Si lo desea, puedo intentar recopilar relatos de los habitantes del pueblo. Algunos podrían recordar algo de hace años, aunque… advierto que esto podría tardar bastante.

Miré a Mariela, quien me devolvió una leve inclinación de cabeza. Sabía lo que estaba pensando: incluso un indicio, un rumor, cualquier fragmento de memoria podría ser vital.

—Entonces adelante —dije finalmente, inclinándome ligeramente—. Que tome el tiempo que necesite. Todo lo que pueda encontrar será bienvenido.

El hombre asintió y sacó un pergamino y un pequeño libro de notas, preparado para tomar apuntes mientras hablaba con la gente del pueblo. Mariela se acomodó junto a mí, sus dedos rozando la empuñadura de su estoque, lista para cualquier eventualidad, mientras yo miraba a través de la ventana, los rayos del sol entrando tímidamente y recordándome que la búsqueda continuaba.

—Duquesa —dijo el jefe con un gesto respetuoso—, empezaré con los relatos de los más ancianos. Muchos han vivido aquí durante décadas y podrían recordar algo.

—Bien —dije, apoyando mis manos sobre la mesa—. Cada detalle cuenta. Cada susurro, cada historia que recuerden puede acercarnos un paso más a él.

Mariela murmuró a mi oído:

—Mi señora, esto podría llevar días, incluso semanas.

Asentí sin mirarla. —Lo sé, Mariela. Y esperaré lo que sea necesario. No puedo dejar que se enfríe la pista. No puedo.

El jefe asintió y salió de la sala, comenzando a interrogar a los habitantes. Escuché cómo algunos murmullos se filtraban por la puerta entreabierta, palabras que hablaban de niños que habían desaparecido, de noches de tormenta, de viajeros que pasaban y nunca regresaban. Cada palabra, cada relato, encendía una chispa dentro de mí: la esperanza de que, en algún lugar de este pueblo, alguien recordara a mi hijo.

Me recosté en la silla, cruzando los dedos con fuerza, deseando que, al final de este arduo camino, la búsqueda no fuera en vano.

—Mariela —dije finalmente, en voz baja—. Quédate a mi lado. Necesito tu juicio. Necesito tu fuerza. Y, sobre todo… necesito que me recuerdes que no puedo rendirme, no importa lo difícil que se ponga.

Ella asintió solemnemente. —Siempre, mi señora. Hasta el final.

El tiempo parecía haberse detenido mientras esperábamos, Mariela a mi lado, firme como siempre, y yo mordiéndome ligeramente el labio, controlando mi ansiedad. Media hora. Una hora. Dos. Tres… cuatro. Cada minuto que pasaba parecía alargar la espera hasta un límite casi insoportable.

Finalmente, la puerta se abrió con un chirrido leve, y el jefe del pueblo entró, seguido de un joven que sostenía con cuidado de un brazo a un hombre mayor. Mi corazón dio un salto.

—Duquesa —dijo el jefe, inclinándose con respeto—, he encontrado a alguien que podría reconocer el nombre de Neyreth. Es un médico mágico que trabajó en este pueblo hace algunos años. Pero según me contó, este joven que lo acompaña fue su aprendiz.

El aprendiz se inclinó ante mí, con la expresión seria pero nerviosa.

—Mi señora, hace unos años fui acogido por mi maestro —comenzó, su voz temblorosa por la emoción—. Él me habló de un arrepentimiento que llevaba consigo desde hacía mucho tiempo. Según contó, hace casi diez años, un grupo de comerciantes encontró a un niño herido en medio de un bosque. Yo fui uno de los que lo cuidó durante algunas semanas, hasta que mi maestro tuvo que marcharse por trabajo y no podía llevar al niño consigo. Los comerciantes tampoco pudieron hacerse cargo, así que en un pueblo se vieron obligados a separarse. Le dieron suministros al niño, y mi maestro le proporcionó una herramienta mágica que le permitió cambiar su apariencia: cabello negro y ojos negros.

Mariela y yo nos miramos, el peso de la revelación golpeándonos con fuerza.

—¿Una herramienta mágica para cambiar su apariencia? —susurré, apretando los labios—. Entonces, el niño que llegó al pueblo anterior con la descripción diferente… quizá era él.

El aprendiz asintió con gravedad.

—Sí, señora. Mi maestro siempre se arrepintió de no habérselo llevado consigo. Sabía que el niño había sido atacado y separado de su madre, y que se había embarcado en un viaje para regresar a su hogar. Pero nunca supimos más de él. Tal vez murió en el camino, capturado por aquellos que lo atacaron, o tal vez sigue vivo. Mi maestro, debido a la edad, ha comenzado a desarrollar demencia y no recuerda mucho. Pero siempre me contó que el niño tenía cabello plateado y ojos celestes, aunque usaba la herramienta para ocultarse.

El peso de todo lo dicho me dejó sin aliento. Mariela me dio un leve toque en el hombro, una señal silenciosa de apoyo.

—Entonces… —dije finalmente—, si ese niño llegó al pueblo anterior con otra apariencia, probablemente sea Neyreth. Lo atacaron allí, sí… es él.

De repente, escuchamos un murmullo que se volvió un grito ahogado. El anciano médico, que había estado recostado contra la pared, abrió los ojos con intensidad desorbitada.

—¿Neyreth? —susurró, temblando—. ¿Dónde? ¿Dónde está? ¿El niño… logró llegar a casa?

Se levantó tambaleante, como si el nombre hubiera despertado recuerdos dolorosos o perdidos. Su mirada estaba vacilante, delirante incluso, pero la chispa de reconocimiento brillaba en ella. Me acerqué con cuidado, extendiendo mis manos para tomar las suyas.

—No… no es Neyreth —le dije con suavidad—. Soy su madre. Necesito saber qué sucedió hace diez años.

El anciano parpadeó, confundido, como si la memoria luchara por tomar forma.

—Lo siento… —susurró, con voz quebrada—. Lo siento, niño… no pude llevárte. Mi trabajo… no podía. Fue mi culpa.

Sentí cómo una lágrima caía por la mejilla del anciano, y sin pensarlo, lo abracé con fuerza, intentando transmitirle que no había necesidad de culparse.

—No tiene que disculparse —dije, con voz firme pero suave—. Neyreth sigue vivo. Está buscando regresar a casa. Lo importante es que nos diga todo lo que recuerde: dónde estuvo, con quién, qué pasó.

El anciano suspiró profundamente, como si el peso de esos años de recuerdos y arrepentimientos finalmente pudiera liberarse un poco.

—Tenga cuidado con Neyreth —dijo, con un hilo de voz temblorosa—. Las montañas del norte… son peligrosas. Si te diriges hacia allá, debes asegurarte de que nadie te encuentre antes de tiempo.

Mariela y yo nos miramos, y un escalofrío recorrió mi espalda. Las montañas del norte… eran exactamente de donde veníamos del último pueblo antes de llegar aquí. Parecía que, de alguna manera, nos dirigíamos en dirección contraria a él. ¿Hacia dónde podría haber ido ahora?

El joven aprendiz intervino entonces, con voz baja pero firme:

—Mi maestro también me contó que, antes de que los comerciantes lo encontraran, el niño estuvo bajo el cuidado de una anciana y su hijo. Pero parece que la gente que lo atacó antes los encontró. Ambos fueron asesinados por proteger al niño.

Mi corazón se tensó, el dolor de una memoria fragmentada golpeándome.

—¿Y dónde lo encontraron los comerciantes? —pregunté, tratando de mantener la calma, controlando la emoción—. ¿Más al sur?

El joven asintió.

—Sí, duquesa. Aproximadamente a una o dos semanas de camino. No puedo confirmar si esa casa aún existe o si la historia de la anciana y su hijo es completamente cierta. Mi maestro solo relató lo que pudo recordar.

Suspiré, cerrando los ojos por un instante, tratando de absorber toda la información. Cada pieza del rompecabezas me acercaba más a Neyreth, aunque también dejaba un rastro de incertidumbre.

—Está bien —dije finalmente—. Gracias por contarnos esto. Lo necesitamos para seguir adelante. No descansaremos hasta encontrarlo.

—Mariela —hable de nuevo, mi voz firme pero cargada de emoción—, necesitamos enviar noticias a mi esposo. Que sepa que hemos encontrado la primera pista de Neyreth.

Mariela asintió, inclinándose ligeramente.

—Por supuesto, mi señora.

Volteé hacia el jefe del pueblo.

—Necesito papel y tinta, lo antes posible.

Él asintió y, sin palabras, se dirigió a su escritorio. Después de unos segundos, sacó una hoja blanca y un pequeño tintero, dejándolos cuidadosamente sobre la superficie de madera.

—Aquí tiene, duquesa —dijo, con un gesto respetuoso—.

Agradecí con un leve movimiento de cabeza y me acerqué al escritorio. Mariela permanecía a mi lado, vigilante mientras tomaba la pluma y comenzaba a escribir. Cada palabra era medida, cada línea cuidadosamente trazada. No podía dejar que la emoción se filtrara demasiado; esta carta debía ser clara y precisa, para que mi esposo entendiera la importancia del hallazgo sin alarmarse innecesariamente.

"Mi querido Vyrenthal," comencé, mis dedos apretando la pluma con fuerza. "Hoy hemos encontrado la primera pista de nuestro hijo Neyreth. Después de tanto tiempo buscando sin descanso, finalmente hay un rastro que podría guiarnos hacia él. Un médico mágico en el pueblo nos contó que hace casi diez años cuidó de un niño que coincidía con su descripción, y que fue separado de nosotros debido a circunstancias fuera de nuestro control..."

Mientras escribía, Mariela murmuró:

—Es increíble, mi señora. Después de tantos años… parece que finalmente hay esperanza.

Asentí sin levantar la vista de la hoja, continuando.

"El niño fue encontrado por un grupo de comerciantes, y antes había estado bajo la protección de una anciana y su hijo, quienes aparentemente fueron asesinados por protegerlo. Aunque no podemos confirmar cada detalle, sabemos que Neyreth sigue vivo y que ha estado buscando regresar a nosotros. Estoy segura de que, con esta información, podremos seguir su rastro y reunirnos con él."

Doblé cuidadosamente la hoja, colocando la carta en la palma abierta de mi mano.

Mariela asintió, y con un gesto, me dio espacio. Extendí mis manos, concentrando mi mana cuidadosamente alrededor de la carta. Poco a poco, el aire frente a mí comenzó a solidificarse en formas cristalinas. Primero tímidas, luego con mayor precisión, hasta que ante nosotros emergió la figura de un ave hecha completamente de hielo. Sus alas brillaban con un resplandor azul pálido, y sus ojos parecían chispear con energía contenida.

—Mi ave veloz —susurré, acariciando el hielo que la componía mientras ajustaba la energía—. Debes llevar esto directamente a Vyrenthal. No hay margen de error.

El ave permaneció quieta un instante, como reconociendo la importancia de la misión. Luego, con un parpadeo, envolví cuidadosamente la carta entre sus alas de hielo, asegurándome de que estuviera protegida y que la magia la impulsara sin demora.

—¡Vuela! —exclamé, acumulando mana en mis manos, liberándolo con un suave gesto que impulsó al ave hacia el cielo.

El ave batió sus alas con fuerza y velocidad inhumana, elevándose entre las nubes que comenzaban a formarse fuera de la ventana. En un instante, desapareció de nuestra vista, llevando consigo la noticia más importante de estos últimos años.

Mariela suspiró, relajando un poco la tensión de sus hombros.

—Mi señora… lo logró. La carta está en camino.

Asentí, sintiendo una mezcla de alivio y ansiedad.

—Sí, Mariela. Pero esto es solo el comienzo. Cada segundo cuenta ahora. Debemos encontrar a Neyreth antes de que cualquier otra cosa lo detenga.

El joven aprendiz nos miró, con cierta esperanza en los ojos.

—¿Realmente cree que aún sigue vivo? —preguntó, con voz baja.

—Lo sé —respondí, con la voz firme—. Este niño, mi hijo, tiene la fuerza para sobrevivir a lo imposible. Y nosotros haremos todo lo que esté en nuestras manos para reunirnos con él.

Mariela me dio un leve asentimiento, y juntas nos preparamos para dar el siguiente paso. La búsqueda apenas comenzaba, pero por primera vez en años, sentí que la luz de la esperanza no se apagaba.

***

[Eiren]

El despacho del conde Vion era amplio, cálido, pero con ese aire cargado de autoridad que hacía imposible relajarse del todo. Las paredes estaban tapizadas con mapas antiguos, retratos de familia y trofeos de caza. Un gran ventanal dejaba pasar la luz de la tarde, que teñía de dorado las copas de vino servidas sobre la mesa.

Frente a mí estaban el conde Vion, con esa mirada serena pero analítica que parecía leer cada gesto que hacía, y a su derecha, el marqués Shtile, cuyo porte era tan impecable como el brillo de su anillo.

A un costado estaban Kyle y Keny, los hijos del conde, junto a las hijas del marqués, Maylen y Cloe, que parecían más interesadas en estudiar mi semblante que en seguir la conversación.

Yo estaba sentado frente a todos, sintiendo la atención de demasiados ojos sobre mí.

El conde fue el primero en hablar:

—Entonces, joven Eiren —su voz era grave, medida—, respecto a lo del patrocinio... lo hemos discutido detenidamente con el marqués Shtile. Él será quien formalmente te patrocine ante la academia, pero seguirás siendo considerado parte de mis hombres. —Hizo una pausa, entrelazando los dedos sobre la mesa—. No quiero que se dé pie a reclamos de jurisdicción, ni que el marqués crea que puede enlistarte entre sus filas, ¿de acuerdo?

El marqués soltó una suave risa. —Vamos, Vion, ¿acaso crees que voy a robártelo? —dijo, aunque sus ojos se desviaron hacia mí con un brillo astuto—. Pero entiendo tu punto. Lo importante es que esté bien respaldado.

—Exactamente —respondió el conde—. Con las reinscripciones dentro de unos meses, tendremos tiempo para entrenarlo, enseñarle lo que aún le falta y reforzar su manejo de etiqueta y táctica. No hay prisa, pero tampoco tiempo que perder.

Asentí, con una mezcla de respeto y nerviosismo.

—Agradezco… mucho esta oportunidad —dije, intentando sonar tranquilo—. No tengo palabras para expresarlo, en serio.

El marqués me observó fijamente. —Tu humildad te honra, chico, pero —apoyó el codo en la mesa, inclinándose hacia adelante—, si realmente quieres que esto funcione, necesitamos conocer más de ti. Mencionaste una búsqueda personal... buscar a tu madre y tu familia, ¿verdad?

Respiré hondo. Aquello no era algo que quisiera hablar frente a tanta gente, pero si de verdad iban a ayudarme… no tenía sentido ocultarlo más.

—Sí —admití—. Es algo que llevo conmigo desde hace mucho.

El conde asintió lentamente. —Bien, entonces empecemos por lo esencial. ¿Qué recuerdas de tu madre? ¿Algún nombre, rasgo físico, región, cualquier cosa que nos ayude a acotar la búsqueda?

Me quedé en silencio un momento. Las imágenes eran difusas, fragmentadas como piezas de un sueño antiguo.

—Recuerdo que todo sucedió en el noroeste… —dije con voz baja, buscando los recuerdos en mi mente—. Mi madre y yo estábamos viajando hacia el norte, de regreso a casa. Pero fuimos atacados.

Maylen, la hija mayor del marqués, frunció el ceño. —¿Atacados? ¿Por quién?

Negué con la cabeza. —No lo sé… solo recuerdo el caos, el fuego y el ruido del acero. Me separé de ella cuando caí por un acantilado. —Tragué saliva—. No sé cómo sobreviví, pero desde entonces supe que debía seguir hacia el norte. Cada paso que di fue con la idea de regresar a casa, aunque… el destino se encargó de desviarme una y otra vez.

El conde apoyó un brazo sobre el escritorio, pensativo. —¿Y en cuanto a su apariencia?

—Era de piel muy blanca —respondí, cerrando los ojos un momento—, sus ojos eran como los míos… un azul pálido, casi como el hielo. Y su cabello… era plateado.

El silencio se extendió unos segundos. Noté cómo las miradas entre el marqués y el conde se cruzaban brevemente.

—¿Recuerdas algún otro detalle? —preguntó Cloe, con curiosidad contenida.

—Solo fragmentos —continué—. Tenía tres hermanos… una hermana mayor y dos menores. Yo era el segundo hijo. —Suspiré—. También recuerdo a otra mujer, no era mi madre, pero estaba allí el día del ataque. Rubia. Mi madre la llamó para que me ayudara… recuerdo su nombre. Mariela.

El marqués y el conde se quedaron completamente quietos.

Kyle me miró confundido. Keny, en cambio, frunció el ceño de manera leve, como si algo dentro de él se encendiera.

El marqués se enderezó lentamente en su asiento.

—¿Mariela, dijiste? —repitió, con voz grave.

—Sí. Ese era su nombre.

Hubo un silencio prolongado. Entonces el marqués entrecerró los ojos. —Dijiste que habías recordado más cosas hace poco, ¿no?

—Sí —asentí—. Después de cierto… incidente, comencé a recordar partes de mi pasado.

—Entonces… —el marqués cruzó los brazos—, ¿podrías decirnos tu nombre real? No el que usas ahora. Si lo conocemos, tal vez podamos ayudarte de forma más concreta.

Tomé aire. No sabía si debía hacerlo, pero si de verdad querían ayudarme…

—Mi nombre real es Neyreth.

La palabra pareció congelar el aire en la habitación.

El marqués y el conde se miraron mutuamente, los ojos muy abiertos.

Kyle y Cloe se quedaron boquiabiertos, mientras Keny, a mi izquierda, bajó la mirada un instante, como si hubiera esperado o temido escucharlo.

—¿Podrías… repetirlo? —dijo el conde, apenas audible.

—Neyreth —repetí, con firmeza—. Ese es mi nombre real.

El marqués se llevó una mano a la boca, como si necesitara un momento para procesarlo.

—¿Tu edad? —preguntó el conde, en voz baja.

—No lo sé con exactitud —respondí—. Mis padres adoptivos calcularon que tenía unos diecisiete cuando me encontraron hace dos años. Así que… ahora debo tener diecinueve, supongo.

El marqués soltó un leve jadeo, como si todo empezara a encajar.

—Dime algo, muchacho… —dijo, inclinándose hacia adelante—. ¿Siempre has tenido el cabello así? Negro con plateado.

Negué lentamente. —No. Originalmente era completamente plateado. Pero hace años… absorbí el mana de una herramienta mágica que alteraba la apariencia. Me cambió por completo, hasta hace unos meses que… el efecto desapareció.

Keny chasqueó la lengua suavemente. —Con razón no te reconocí cuando te vi ayer… —murmuró.

Sonreí apenas. —Sí, fue algo… complicado.

El marqués se recargó en su asiento, soltando un suspiro largo, casi incrédulo. —Chico… —dijo, con una sonrisa tensa—, creo que encontrar a tu familia no será tan difícil como crees.

Fruncí el ceño. —¿Por qué dice eso?

El conde Vion fue quien respondió, su tono cargado de gravedad.

—Porque hace diez años —empezó— corrió el rumor de que el segundo hijo de una familia ducal había muerto en un ataque en el noroeste. El cuerpo nunca fue hallado, y aunque muchos lo dieron por muerto, hubo quienes creyeron que sobrevivió. Su familia buscó durante años… recorrieron medio continente, pero con el tiempo, se rindieron.

Me quedé helado. —¿Una familia ducal…?

El marqués asintió lentamente. —Del norte. La única casa conocida por portar magia de hielo… y por su linaje de ojos azul pálido y cabellos plateados.

Keny me miró directamente, serio, sin una sola pizca de duda.

—La Casa Vyrenthal —dijo en voz baja.

El corazón me dio un vuelco tan fuerte que sentí que el aire me abandonaba.

El marqués asintió, cruzando los brazos. —Si tu nombre es Neyreth, y si tu descripción coincide… entonces no hay duda. Tú eres el segundo hijo perdido de los duques del norte.

No supe qué decir. Mi mente se quedó en blanco. Todos me miraban con expectación, como si esperaran que confirmara algo que ni yo mismo podía creer.

—Yo… —balbuceé— eso… eso no puede…

—Tiene sentido —interrumpió el conde—. Tu aspecto, tus recuerdos, el nombre de esa soldado, Mariela… y tu dominio del hielo. Todo encaja, muchacho.

Maylen se cubrió la boca, sorprendida. Cloe me miraba con una mezcla de asombro y curiosidad.

Keny, en cambio, solo me observaba en silencio. Su mirada decía mucho más de lo que las palabras podían.

—Entonces… —logré decir, con la voz entrecortada— ¿mi familia… todavía está viva?

El marqués sonrió levemente, con un brillo en los ojos.

—Oh, muchacho… si es como pienso, tu madre nunca dejó de buscarte.

Me quedé inmóvil.

El despacho entero parecía girar lentamente a mi alrededor, como si el mundo mismo se resistiera a procesar lo que acababa de escuchar.

La Casa Vyrenthal.

Mi familia.

Mi madre…

Por un instante, mis pensamientos se desbordaron.

El aire se atascó en mi garganta, y una presión ardiente subió hasta mi pecho.

Mis manos temblaban. Me las llevé al rostro, cubriéndome la boca, apretando la mandíbula con fuerza.

—Siempre estuve… —susurré entre los dientes, apenas audible— siempre estuve tan cerca… tan malditamente cerca del norte…

Una risa amarga se escapó de mi garganta, temblorosa, rota.

Sentí cómo mis labios se movían sin control bajo mi propia mano, y entonces, antes de poder detenerla, una lágrima caliente se deslizó por mi mejilla.

—Tantos años… —mi voz se quebró—. Tantos años… y estuve tan cerca de ellos… de ella…

El maná dentro de mí reaccionó antes de que pudiera contenerlo. Una corriente fría se filtró desde mis manos, extendiéndose por el suelo de mármol como una bruma helada.

El aire del despacho se volvió más denso, el aliento visible.

Las copas de vino en la mesa se empañaron, y un par de escarchas comenzaron a trepar por los bordes de las ventanas.

Keny me observaba sin moverse. No dijo nada. Solo me dejó sentirlo.

Entonces escuché la voz de Kyle, tranquila pero firme:

—Si realmente eres tú, Neyreth… —me miró directamente, con seriedad—, entonces hay algo que deberías saber.

Parpadeé, intentando recuperar el control. El frío empezó a disiparse, mientras respiraba con fuerza.

—¿Qué cosa?

Kyle se acomodó en su asiento, cruzando los brazos. —Tu hermana mayor… la heredera del ducado. Sivelle Vyrenthal. Podría ser la primera con la que puedas reunirte.

Mi cuerpo se tensó. —¿Mi hermana? ¿Por qué ella?

El frío comenzó a ceder en el ambiente, como si mi maná respondiera a la calma que intentaba forzarme.

Kyle asintió. —La conocí hace tres años, cuando aún estaba en la academia. En ese entonces, ella ya era conocida como una de las estudiantes más talentosas de toda Altherio. —Alzó una ceja—. Si no me equivoco, este es su último año allí.

El marqués entrecerró los ojos. —Altherio… —repitió, pensativo—. Esa academia solo admite a los más destacados: hijos de duques, marqueses y miembros de la realeza. Incluso algunos príncipes estudian ahí.

—Así es —confirmó Kyle—. Yo pude ingresar gracias a la ayuda de un familiar, pero salir de allí con su reputación es otra historia. —Sonrió levemente—. Si quieres encontrar a tu hermana, ese sería el lugar donde empezar.

El marqués se recargó en el respaldo de su silla. —Mi hijo mayor también estudia allí. En dos años se graduará. —Me miró—. Si todo esto se confirma… podrías incluso cruzarte con ambos.

Asentí lentamente, intentando ordenar mis pensamientos.

Por un momento, sentí que la presión en mi pecho se hacía más ligera.

Todo aquello que había creído imposible, ahora se desplegaba frente a mí con una claridad que dolía.

—Pensé… —dije, con una media sonrisa temblorosa— pensé que esta búsqueda me tomaría años. Que tal vez… moriría sin saber la verdad.

Keny me observaba en silencio, su expresión era una mezcla entre alivio y prudencia.

—Y, sin embargo… —continué, bajando la mirada hacia mis manos—, bastó un solo día para que todo encajara. Fue tan rápido… que casi parece ridículo.

El marqués rio suavemente. —La vida tiene un extraño sentido del humor, chico.

Yo negué. —Sí… ridículo… —murmuré, apretando los puños—. Por creer que todo esto sería difícil, por pensar que estaba tan lejos… cuando siempre estuve tan cerca.

Una punzada me atravesó el pecho.

Y entonces, sin previo aviso, una calma extraña se apoderó de mí.

La lágrima que aún colgaba de mi mentón se congeló en el aire, cayendo como un diminuto cristal que se quebró al tocar el suelo.

El ambiente cambió.

No frío, sino tenso. Determinado.

Levanté la mirada, y mis palabras salieron con un tono mucho más bajo, firme.

—Entonces… mi búsqueda parece ya no tener tanto propósito.

Todos me miraron.

El conde inclinó ligeramente la cabeza. —¿A qué te refieres?

—A que… —mi voz se endureció—, ya encontré lo que buscaba. Sé quién soy. Sé que mi madre sigue viva. Sé que mi familia existe.

Guardé silencio un instante.

Luego añadí:

—Ahora viene la siguiente parte.

El marqués arqueó una ceja. —¿La siguiente parte? —preguntó, con un interés genuino—. ¿Y cuál sería esa, muchacho?

Lo miré directamente. Mis dedos se crisparon apenas sobre la tela del pantalón.

—Buscar a los malditos que nos atacaron hace diez años. —Mi voz salió fría, precisa, sin temblar—. A los responsables de separarnos.

Un silencio denso se adueñó del despacho.

El marqués frunció el ceño. —¿Quieres decir que…?

Asentí. —Si mi familia no los ha eliminado aún, entonces lo haré yo mismo.

El conde dejó escapar un suspiro, apoyando los codos en la mesa. —Eiren… —dijo con suavidad—, entiendo tu enojo. Pero ir por ese camino… es peligroso.

—No busco venganza ciega, señor —le respondí, sin apartar la mirada—. Solo… justicia.

Keny me miró con atención. Sabía —lo sentía— que no le creía del todo. Ella podía ver lo que escondía detrás de esas palabras, pero no dijo nada.

El marqués cruzó las manos, observándome en silencio durante varios segundos, antes de hablar con tono más grave.

—Entonces… harás bien en prepararte. Si lo que dices es cierto, tu destino está muy lejos de haber terminado.

—Lo sé —respondí con firmeza.

Y lo sabía.

Porque aunque para ellos mi historia terminara con la reunión de una familia perdida… para mí, apenas comenzaba otra más oscura.

Una que debía concluir con el nombre de Miller borrado de la faz del continente.

No por venganza.

Sino por limpiar lo que él mismo ensució: mi nombre.

****

[Keny]

El silencio del despacho pesaba más que cualquier reunión de guerra a la que hubiera asistido.

Eiren estaba ahí, en el sofá frente a mi padre, el conde Vion, con esa expresión que parecía tallada en piedra, como si no quisiera que nadie leyera lo que pasaba dentro de él. Una mano cubría parcialmente su boca, la otra descansaba sobre el reposabrazos, los dedos rígidos, como si cada palabra que había escuchado lo hubiera tensado por dentro.

Mi padre fue el primero en romper el silencio.

—Entonces, muchacho —dijo, cruzando las manos sobre el escritorio—, el camino frente a ti es claro, aunque bifurcado. Puedes entrar directamente en la Academia Altherio si demuestras tus capacidades. El marqués Shtile respalda tu ingreso, pero debes probar que el patrocinio no es solo un favor político.

Se inclinó hacia adelante, su mirada era tan seria como su tono.

—Eso te permitirá encontrarte pronto con tu hermana… Sivelle. O —añadió tras una breve pausa— puedes posponerlo todo para perseguir lo que tú llamas justicia. Pero debes entender algo: cada elección tiene un costo. ¿Cuál estás dispuesto a pagar?

Eiren levantó apenas la mirada. Sus ojos pálidos, cargados de algo entre furia contenida y duda, se movieron entre el marqués y mi padre.

—No lo sé —dijo finalmente, con voz baja, rasposa, como si se forzara a hablar—. No quiero volver a perder tiempo. Pero si ignoro lo que pasó ese día… si dejo a esos hombres impunes… ¿qué clase de regreso sería el mío?

El marqués Shtile soltó un suspiro y se reclinó en su silla.

—Hijo, la venganza rara vez cierra heridas —dijo con tono paternal, aunque sus ojos estaban más evaluando que consolando—. Pero el reencuentro… ese sí puede sanar. No digo que olvides, sino que priorices lo que realmente importa ahora.

Eiren no respondió. Solo se quedó mirando un punto invisible frente a él.

Yo, sentado al lado de Kyle, podía sentir la tensión en el aire. Sabía lo que pasaba por su cabeza. Esa mirada la había visto demasiadas veces en muchas personas, esa lucha entre el impulso y la razón, entre el fuego del pasado y el peso del presente.

Entonces fue Maylen quien habló, con una serenidad que contrastaba con el ambiente.

—Si fuera tú, elegiría el camino corto.

Todos giramos hacia ella. Su voz no tembló.

—Diez años son demasiados, Eiren. Toda la nobleza conoce lo que ocurrió con los Vyrenthal después de tu desaparición —continuó—. La duquesa se encerró durante meses, sin dejarse ver. El duque movilizó todas las fuerzas posibles, incluso vasallos leales, para buscarte. No hubo rincón del norte que no pisaran. Fue una tragedia para ellos… y lo sigue siendo.

Eiren la miró en silencio.

Maylen bajó la mirada solo un instante antes de seguir:

—Hasta el día de hoy se rumorea que tu madre, la duquesa Luneth, delira a veces… que llama tu nombre en medio de la noche. Muchos dicen que por eso nunca asiste al consejo del reino. Solo el duque y tu hermana representan al ducado. —Sus ojos se suavizaron—. Si regresas ahora, podrías salvarlos… devolverles lo que les arrebataron.

Hubo un silencio profundo, roto solo por el crepitar del fuego en la chimenea.

Eiren entrecerró los ojos.

—¿Salvarlos…? —repitió en voz baja.

—Sí —respondió Maylen, firme—. Ningún padre quiere pasar el resto de su vida creyendo que su hijo murió. Ninguna madre debería seguir sufriendo diez años por una pérdida que nunca fue real.

Kyle se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas.

—Tiene razón —dijo—. A veces la mejor forma de vencer al pasado no es destruirlo, sino enfrentarlo de pie. No con una espada, sino con tu propia existencia.

Eiren cerró los ojos. Podía ver cómo apretaba la mandíbula, cómo el músculo le temblaba levemente. Yo lo observaba… y por primera vez desde que lo conocí, vi algo quebrarse en él.

No era debilidad, no. Era humanidad.

Mi padre lo miró largo rato antes de hablar otra vez.

—Eiren… o mejor dicho, Neyreth. —Su voz fue más suave esta vez—. Has cargado con algo que nadie de tu edad debería soportar. Pero si de verdad quieres hacer justicia, hazlo después de ver a tu madre.

Se inclinó hacia atrás, respirando profundo.

—Te lo digo no como conde, sino como padre. Si uno de mis hijos hubiera desaparecido durante diez años y de pronto regresara… no me importaría si venía herido, roto o lleno de dudas. Solo me importaría que estuviera vivo.

La mirada de Eiren se nubló. Pasaron varios segundos antes de que hablara.

—No entiendo por qué… pero escucharlo de ustedes hace que duela más. —Soltó una risa breve, amarga—. Supongo que porque me recuerda que… sí, todo ese tiempo, estuve tan cerca. Tan malditamente cerca.

Maylen se levantó de su asiento, dio un paso hacia él y dijo con voz más baja:

—Entonces no lo pienses más. Ya esperaste una década. ¿Qué son unos meses más si significan volver a casa?

Él la miró, y por un instante pensé que iba a replicar… pero solo bajó la cabeza, como si la idea de "volver a casa" aún fuera demasiado grande para él.

Mi padre asintió lentamente, comprendiendo el silencio.

—Decídelo pronto, Eiren. Porque una decisión como esta define no solo quién eres, sino quién volverás a ser.

Y ahí quedó todo.

Eiren seguía con la mano cubriéndose la boca, los ojos perdidos en algún punto entre el fuego y la ventana.

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