[Mariela]
Caminaba detrás de mi señora, la duquesa Luneth Vyrenthal, sin atreverme a decir una sola palabra.
El eco de sus pasos resonaba sobre las piedras húmedas del camino, un ritmo constante, contenido, como si cada pisada fuese una forma de impedir que la culpa se le escapara del pecho.
El viento del atardecer arrastraba el polvo de la ciudad del oeste, pero ni siquiera eso lograba distraerme de los pensamientos que me martillaban la cabeza desde que salimos de aquel callejón.
El chico… Kyot.
Su voz aún resonaba en mis oídos, con aquella calma que sólo alguien que ha visto demasiadas cosas puede sostener. Dijo el nombre del joven maestro sin saber lo que provocaría. Neyreth.
Diez años habían pasado desde la última vez que escuché ese nombre en voz alta… y sin embargo, bastó oírlo una sola vez para que el pasado se desatara como una tormenta dentro de mí.
Mi señora caminaba unos pasos delante, el cabello plateado recogido con rigidez, la capa ondeando con la brisa. No necesitaba verla de frente para saber lo que pasaba por su mente.
La conocía demasiado bien. Su silencio no era tranquilidad… era contención. Era la forma en que ocultaba el abismo que se abría bajo sus pies cada vez que recordaba aquella noche.
Esa maldita noche.
Recuerdo el rugido del trueno, el olor metálico de la sangre y el barro. El carruaje volcado entre los árboles, los caballos chillando y retorciéndose en el suelo.
Habíamos sido emboscados.
Los enemigos aparecieron entre las sombras del bosque como si la oscuridad misma los hubiera engendrado. Eran hábiles, coordinados. Mataron a los escoltas de la avanzada antes de que pudieran reaccionar.
Yo luché. Por los dioses, luché con todo lo que tenía.
Mi espada cortó carne y hechizo por igual, pero no fue suficiente. Tres magos… tres malditos hechiceros se interpusieron entre mí y la duquesa. Uno de ellos me quebró el brazo con un golpe de fuerza mágica, otro me hirió la pierna. Caí al suelo, impotente, viendo cómo el fuego y el hielo se mezclaban en el aire.
Y allí estaba él.
El joven maestro Neyreth, apenas un adolescente, temblando, con la mano de su madre aferrada a la suya mientras el carruaje se balanceaba al borde del acantilado.
—¡Mariela, ayúdame! —gritó ella.
Todavía puedo oírlo.
Su voz.
Su desesperación.
Intenté moverme. Intenté arrastrarme. Pero mi pierna no respondía, mi brazo colgaba inútil. Ni siquiera podía sostener mi espada.
Vi cómo un hechizo golpeó a la duquesa, drenando su fuerza, haciendo que sus dedos se abrieran sin querer.
Y luego… él cayó.
El joven maestro cayó al vacío.
El sonido del viento, el eco de su grito, el chasquido de las ramas al romperse… lo recuerdo todo.
La duquesa gritó su nombre con una voz que ya no era humana.
Y entonces… todo se volvió hielo.
El bosque entero se congeló en un instante.
Los enemigos, los árboles, el mismo suelo. La tormenta se detuvo, el viento cesó.
El poder de mi señora desató un invierno enloquecido que arrasó con todo, excepto conmigo… aunque, a veces, desearía haber sido alcanzada también.
Porque sobreviví.
Y con esa supervivencia vino el peso de la culpa.
Después de esa noche, volvimos al ducado destrozados.
El duque no pronunció palabra cuando le dimos la noticia. Se limitó a cerrar los ojos y ordenar una búsqueda total. Durante meses rastreamos cada rincón de las tierras del oeste, cada bosque, cada río. Ni una sola pista. Ni un cuerpo.
Nada.
Y mi señora… mi señora se quebró.
Las noches eran un infierno. La oía gritar el nombre del joven maestro, una y otra vez, hasta quedarse sin voz. Otras veces despertaba temblando, jurando que lo había visto entre sus sueños, que lo sentía vivo.
Pero nunca hallamos prueba alguna.
Diez años.
Diez años de silencio, de resignación disfrazada, de lágrimas secas.
Hasta hoy.
Hoy, un chico con mirada cansada y fuego en las manos nos dijo el nombre que habíamos dado por perdido.
Hoy, mi señora volvió a respirar como si el aire tuviera un propósito.
Y yo… yo no sé cómo sentirme.
Porque si el joven maestro Neyreth vive, entonces esa noche… esa maldita noche no fue sólo un fracaso, sino una herida abierta que podría volver a sangrar.
Mientras avanzábamos hacia la residencia de la marquesa Arienne, la duquesa no pronunció palabra.
Pero yo veía cómo su puño se cerraba con fuerza bajo la capa.
Y entendí.
No descansaría hasta verlo con sus propios ojos. Hasta tocarlo. Hasta pedirle perdón.
Yo la seguía unos pasos atrás, observando la rigidez de su espalda, los puños cerrados bajo los pliegues de su manto, los movimientos medidos, como si todo su cuerpo se esforzara por no desmoronarse. La conozco demasiado bien: cuando guarda silencio, no es calma… es tormenta contenida.
Las luces de las farolas comenzaban a encenderse, tiñendo las calles del oeste con un brillo dorado que contrastaba con el frío que se acumulaba en el aire.Y aun así, mi señora caminaba con un paso firme, el mentón alzado, la mirada fija al frente. Era la duquesa Vyrenthal —la mujer que había congelado un bosque entero en su desesperación—, pero también era una madre que acababa de escuchar que su hijo, al que creyó muerto durante diez años, podría seguir vivo.
Por dentro, lo sabía: su corazón debía estar desgarrándose.
Cuando llegamos a la entrada de la residencia, los guardias de la marquesa se cuadraron de inmediato. Ella no les dedicó ni una mirada.
Entró directamente, y yo la seguí, cerrando las puertas detrás de nosotras.El pasillo estaba silencioso, los sirvientes no se atrevieron a hablar; todos conocían su semblante cuando algo grave la perturbaba.
Subimos las escaleras.Y justo antes de llegar a su habitación, se detuvo.
—Mariela… —dijo al fin, sin girarse.
Su voz… era baja, quebrada.
—Mi señora —respondí con una reverencia, controlando el temblor de mi propia voz.
Permaneció quieta unos segundos, como si las palabras se le atascasen en la garganta. Luego, apenas giró el rostro, mostrando su perfil bajo la tenue luz de una lámpara. Sus ojos celestes tenían un brillo extraño… entre ira y tristeza.
—Durante diez años —susurró— he vivido con el peso de haberlo perdido. De haberlo soltado con mis propias manos.
No supe qué decir.
Cada palabra que se me ocurría sonaba vacía, insuficiente.
—No fue su culpa, mi señora… —alcancé a decir.
Ella me miró entonces, y su mirada fue suficiente para silenciarme.
No con enojo, sino con dolor.
—Claro que lo fue —replicó, su voz apenas más fuerte que un suspiro—. Era mi deber protegerlo. Mi deber mantenerlo a salvo. Y aquella noche… lo dejé caer.
Bajó la mirada. Sus manos temblaban.
—Yo… —intenté hablar, pero ella me interrumpió con un leve gesto.
—Tú hiciste todo lo que pudiste, Mariela. —Su tono se suavizó, pero seguía cargado de un cansancio insoportable—. Lo sé. Fuiste herida, casi mueres. Pero yo… yo soy su madre. No tengo excusas.
El silencio volvió a llenarlo todo.
El sonido distante de una campana en la plaza marcó la hora.
—¿Cree realmente que es él? —me atreví a preguntar.
—Sí —respondió sin dudar—. Ese chico, Kyot… no tenía razón alguna para mentir. Y ese nombre que mencionó… Eiren.
Su voz tembló al pronunciarlo.—Ese debe ser el nombre que usó mientras no recordaba quién era.
Suspiró hondo y apoyó una mano sobre la pared, como si el peso de los años se le viniera encima de golpe.
—Vivió con una familia… —murmuró—. Lo cuidaron, lo protegieron… le dieron un nuevo nombre. Mientras yo lo lloraba cada noche.
Me dolió verla así.
La duquesa Vyrenthal, la mujer más fuerte del norte, reducida a una madre con el corazón hecho pedazos.
—Iremos a ese pueblo, Mariela —dijo finalmente, enderezándose con decisión—. Veremos a esa familia. Quiero saber quiénes fueron los que lo cuidaron cuando yo no pude. Quiero… agradecerles.
—Y después… —empecé.
—Después iremos al Este —me interrumpió—. Si ese conde Vion realmente lo tomó bajo su protección, quiero verlo con mis propios ojos. Quiero saber si mi hijo… aún me recuerda.
Sus palabras fueron un golpe directo a mi pecho.
Por un momento, el brillo en sus ojos se volvió más frío, más duro.
—Y si alguien se atrevió a hacerle daño de nuevo —añadió, con una calma tan gélida que heló el aire—, juro que esta vez no quedará piedra sobre piedra.
Asentí sin decir nada.Porque sabía que lo decía en serio.
Mi señora se giró hacia mí y, por un segundo, me pareció ver a la misma mujer que, diez años atrás, se alzó entre el hielo y la desesperación.Solo que ahora… tenía un propósito.
Y yo, Mariela, su guardiana, juré en silencio que esta vez no fallaría. Ni a ella… ni al joven maestro Neyreth.
Los pasos resonaron en el pasillo de mármol, rápidos, seguros, con el sonido de los tacones golpeando el suelo en una cadencia urgente.
Giré de inmediato hacia la fuente del ruido y vi venir a la marquesa Arianne, su largo vestido color vino rozando el suelo mientras avanzaba con una expresión de profunda preocupación.
Su presencia siempre imponía elegancia y temple, pero en ese momento, su mirada estaba cargada de ansiedad.
—¡Mariela! —llamó, apenas a unos metros de mí—. ¿Dónde está la duquesa? Mis guardias me informaron que regresó hace poco, pero que su semblante no era bueno. ¿Qué ha sucedido?
Me enderecé de inmediato, colocando el puño sobre el pecho en señal de respeto.
—Mi señora, la duquesa se encuentra en su habitación —respondí con voz firme, aunque mi pecho aún pesaba con lo ocurrido hacía poco—. Está descansando… o al menos intentando hacerlo.
La marquesa frunció el ceño, su paso no se detuvo mientras se acercaba.
—Descansando —repitió, como si la palabra no tuviera sentido en ese contexto—. ¿Qué pasó, Mariela? No me gusta verla así. Tiene la mirada de quien ha visto un fantasma.
Tragué saliva, sabiendo que lo que estaba por decir removería viejas heridas.
—Se trata del joven maestro Neyreth, mi señora.
Los ojos de la marquesa se abrieron de par en par, su voz tembló apenas cuando habló:
—¿Qué dijiste?
—Hemos… hemos conocido su posible paradero —dije despacio, eligiendo las palabras con cuidado—. Y no solo eso, también hemos sabido fragmentos de lo que fue su vida todos estos años.
La marquesa se quedó en silencio por unos segundos, procesando la noticia. Luego dio un paso hacia mí, con una mezcla de incredulidad y esperanza brillando en sus ojos.
—¿Dónde está? ¿Dónde encontraron esa información? —preguntó con rapidez.
—Un joven, miembro de un grupo mercenario, lo conoció hace años —le expliqué—. Dice que lo vio hace unos meses en un pueblo del sur del oeste… y que después viajó hacia el Este.
La marquesa alzó una mano hacia su pecho, como si intentara calmar el repentino temblor de su respiración.
—Entonces… ¿es cierto? ¿Está vivo?
Asentí lentamente.
—Todo apunta a que sí, mi señora.
Sus labios se separaron, como si fuera a decir algo más, pero la emoción le ganó por un instante.
Entonces, con paso decidido, se adelantó, su vestido ondeando con el movimiento.
—Hazte a un lado, Mariela —dijo con suavidad, pero con un tono que no admitía réplica—. Debo verla.
—Por supuesto, mi señora.
Me moví hacia la pared, dejando libre el camino.
La marquesa se detuvo un momento frente a la puerta de la habitación de la duquesa, respiró hondo, como preparándose para algo grande, y luego empujó las puertas con decisión.
El aire frío que escapó de la habitación fue lo primero que nos recibió; era como si la temperatura hubiera descendido varios grados desde que mi señora había entrado.
Desde el umbral, podía ver a la duquesa Luneth de pie junto a la ventana, aún con el manto puesto, la luz de la luna bañando su cabello plateado, haciéndolo brillar como un río congelado.
La marquesa dio un par de pasos dentro, su voz tembló apenas, cargada de emoción y preocupación.
—Luneth… —dijo con suavidad—. Por favor, dime que lo que acabo de escuchar es cierto.
La duquesa se giró despacio.
Su expresión… era serena, pero en sus ojos se notaba la tormenta que aún ardía.
Y yo, desde la puerta, observé en silencio cómo dos viejas amigas —dos mujeres nobles que habían compartido alegrías y duelos— volvían a enfrentarse al nombre que las había atormentado durante una década:
Neyreth Vyrenthal.
*****
[Duque Vyrenthal]
El crujido del hielo resonaba en mi despacho como un lamento.
El aire era tan frío que cada respiración se convertía en una nube blanca, suspendida por unos segundos antes de desaparecer. No me había dado cuenta de cuánto maná había liberado… o quizás no quise detenerlo.
La carta temblaba en mis manos —no por miedo, sino por el peso de lo que acababa de leer—.
El pájaro de hielo que la trajo, el mensajero que mi esposa suele crear, se había hecho añicos en cuanto la carta fue entregada. Ese sonido, ese estallido helado, había sido el anuncio de algo que mi alma anhelaba y temía desde hace una década.
"Hemos encontrado su rastro… nuestro hijo está verdaderamente vivo."
Mis dedos se apretaron sobre el pergamino, y un leve temblor recorrió mi brazo.
No era posible contener la emoción, ni la furia, ni la desesperación que renacía con esa sola frase.
Diez años. Diez años de silencio, de vacío, de buscar entre ruinas y falsos rumores, y ahora… una carta, escrita con la pulcritud de mi esposa, me traía lo que parecía imposible.
—…Arthen —murmuré, leyendo el nombre del pueblo una y otra vez—. Al sur del oeste…
La tinta en la carta estaba un poco corrida; quizás lágrimas habían caído sobre ella.
Luneth.
Incluso sin verla, podía sentir en esas palabras el temblor contenido, la esperanza y la culpa. Ella lo había sentido antes que nadie… aquel tirón interno hace meses, esa punzada en el pecho que nos hizo saber, de algún modo, que nuestro hijo seguía con vida.
Me llevé una mano al rostro, exhalando con fuerza.
El frío del despacho se intensificó. Las cortinas se habían congelado en sus pliegues, los cristales de las ventanas mostraban fractales de escarcha creciendo como flores de invierno.
—…Después de todo este tiempo —susurré, apretando la carta contra mi pecho.
La puerta se abrió con un crujido y entró el segundo capitán Larn.
Su respiración se condensó al instante en el aire gélido del lugar, y se detuvo en seco, golpeando el puño contra el pecho.
—¡Mi señor duque!
—Larn… —mi voz salió grave, quebrada apenas por la intensidad contenida—. Escucha con atención.
El hombre asintió, firme, con el rostro endurecido por años de servicio.
—Lo escucho, mi señor.
—Quiero que reubiques a todos los hombres que habías movilizado. Quiero a los mejores. Ningún incompetente tocará esta búsqueda. Envía al destacamentos hacia el oeste, hacia un pueblo llamado Arthen. Quiero que alcancen a la duquesa en ese lugar. Quiero cada rincón revisado, cada nombre registrado, cada testigo interrogado. Si ese lugar fue donde lo vieron por última vez… —apreté los dientes, el hielo en el suelo crepitó bajo mis botas— …entonces lo rastrearán desde allí hasta el Este.
Larn inclinó la cabeza.
—¿El joven maestro…? ¿Entonces…?
Asentí despacio.
—Fue visto hace cuatro meses.
El capitán contuvo el aliento por un segundo, como si esas palabras lo hubieran golpeado en el pecho.
—…Por los cielos.
—Y eso no es todo —continué—. Vivió dos años con una familia que lo rescató después de un incidente. Esa familia lo llamó Eiren. Quiero que averigüen quiénes son, dónde viven, y que estén bajo nuestra protección de inmediato. Nadie los tocará.
—Entendido, mi señor.
Larn se irguió con solemnidad.
El capitán asintió con una reverencia profunda y salió sin decir palabra.
Cuando la puerta se cerró, me quedé solo otra vez.
Miré la carta sobre el escritorio, y por primera vez en años, una sonrisa temblorosa cruzó mi rostro.
—Aguanta un poco más, hijo mío… —susurré, con la voz quebrada por la emoción—. Tu padre ya ha empezado a moverte el mundo.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda y, justo en ese instante, la puerta se abrió con un golpe seco.
Ahí estaban, Niva e Isen, mis hijos menores, con los ojos abiertos de par en par. La sorpresa y el desconcierto se reflejaban en sus rostros. Incluso antes de que hablaran, ambos habían sentido el poder que había emergido de mí sin que siquiera me diera cuenta.
—Padre… —dijo Niva con voz temblorosa, señalando el hielo que cubría cada superficie—. ¿Qué… qué está pasando?
Isen estaba más directo, frunciendo el ceño y mirando a su alrededor con tensión:
—¡Padre! Toda la oficina está congelada… ¿qué sucede?
Me agaché un poco para quedar a su altura, mi mirada alternando entre ambos. Sentí cómo mi corazón se aceleraba, pero también una calma interior me recorrió al saber que ellos aún podían percibir la fuerza y la emoción contenida.
—Ya saben —les dije con voz firme, pero cálida—. Ya sabemos dónde está su hermano.
Los ojos de Niva se abrieron aún más, mientras Isen comenzó a balancearse sobre sus pies, intentando comprender.
—¿Neyreth… en dónde está? —preguntó Niva, con la voz quebrada por la esperanza y el asombro.
Asentí, y una leve brisa helada salió de mis manos, condensándose en diminutos cristales a mi alrededor.
—He enviado hombres inmediatamente hacia el Este, para localizarlo y traerlo de regreso. No sabemos exactamente dónde se encuentra ahora mismo, pero están en camino.
Isen dio un pequeño paso hacia mí, aún mirando con incredulidad:
—¿El Este? ¿Eso significa… que estará lejos de aquí por mucho tiempo?
—No demasiado —respondí—. Además, enviaré una carta a Sivelle. Ella está en la capital, terminando sus estudios en la academia. Sabemos que es la más cercana al Este, así que quiero que ella se adelante un poco. Que se prepare para recibir noticias y, si es posible, ayudar a guiar a los hombres que buscan a su hermano.
Niva miró a su hermano con asombro:
—¿Y… cómo sabrá qué hacer?
—Se lo explicaré en la carta —dije mientras recuperaba algo de compostura—. Le informaré que hombres han sido enviados al Este, que Neyreth ha sido visto recientemente, y que debe adelantarse con cuidado. Sus estudios no se verán afectados; también enviaré un mensaje a la academia para justificar su ausencia temporal.
Isen respiró hondo, y su expresión comenzó a suavizarse.
—Entonces… todo se está moviendo. Papá, ¿y mamá? ¿Vendrá también?
—Sí —contesté—. Luneth irá al Este después de asegurarse de la familia que cuidó de Neyreth durante esos dos años. Quiere verlos primero, confirmar que están a salvo, y luego seguirá con nosotros para reunirnos con su hijo.
Niva suspiró con alivio y se acercó para tomar mi mano:
—No puedo creer que finalmente… después de diez años, podamos encontrarlo.
—Ni yo —dije, apretando suavemente su mano—. Diez años de espera, pero ahora cada segundo cuenta.
Isen cruzó los brazos, intentando aparentar calma, pero la emoción brillaba en sus ojos:
—Entonces… todo esto significa que, finalmente, nuestra familia se reunirá.
Asentí con firmeza, dejando que un pequeño escalofrío de orgullo y determinación recorriese mi cuerpo:
—Sí, hijos míos. Finalmente, todo el esfuerzo, toda la espera, no ha sido en vano. Ahora debemos movernos con cuidado, asegurarnos de que cada paso sea seguro, y traer a Neyreth de regreso a casa.
Ambos me miraron, comprendiendo la gravedad y la esperanza al mismo tiempo, mientras afuera la nieve aún brillaba bajo el sol de la tarde, reflejando la luz que parecía anunciar que, por fin, los días de incertidumbre empezaban a llegar a su fin.
****
[Sivelle]
El golpe seco contra el vidrio me sobresaltó. Estaba concentrada en mis apuntes, repasando los últimos ensayos de invocación elemental antes del examen final, cuando escuché aquel crack tan familiar. Giré la vista hacia la ventana y lo vi: un pájaro de hielo, brillante, con alas translúcidas que destellaban bajo la luz del mediodía.
Mi corazón dio un vuelco.
Ese tipo de mensajero solo se usaba en mi familia cuando algo era verdaderamente urgente.
Me levanté de inmediato, abrí la ventana y extendí la mano. El ave se posó suavemente sobre mis dedos y, en cuestión de segundos, comenzó a deshacerse, dejando una capa de escarcha sobre mi piel y una carta perfectamente intacta.
El sello era inconfundible: el emblema del ducado Vyrenthal.
—Padre… —susurré mientras lo rompía con cuidado.
Desplegué la carta y comencé a leer.
"Sivelle,
Necesito que partas de inmediato hacia el Este, a la ciudad del Conde Vion. Se trata de tu hermano Neyreth.
Tu madre ha encontrado información concreta sobre su paradero. Una persona que lo conoció afirma haberlo visto hace unos meses, en el sur del Oeste, en un pequeño pueblo llamado Arthen.
Tu madre ya va en camino hacia ese pueblo, y he enviado a mis hombres hacia el Este. Ambos grupos se encontrarán a mitad del trayecto.
Tú, por tu parte, irás al Este y te reunirás con mis hombres para asistirte y asegurarte de que nada salga mal.
No te preocupes por la academia. Ya he enviado una carta justificando tu ausencia temporal. Sé que estás en tu último año, pero la familia viene primero.
—Tu padre,
Duque Nareth Vyrenthal."
Cuando terminé de leer, parpadeé un par de veces.
El corazón me latía tan fuerte que apenas escuchaba el murmullo del aula.
Y entonces, el peso de las palabras me golpeó de lleno.
Neyreth.
Mi hermano.
Después de diez años de silencio, de búsqueda, de rumores… ahora había un lugar, un nombre, una dirección.
Me puse de pie de golpe, el banco chirrió y la carta cayó sobre el escritorio.
—¡Pero qué mierda! —exclamé, sin pensar, con la emoción mezclada entre alivio y pura incredulidad.
El salón quedó en silencio.
Cientos de ojos se volvieron hacia mí.
Incluso los del profesor Hadrien Luthen, el infame maestro de teoría arcana, que dejó caer su pluma sobre el escritorio con un golpe seco.
—¡Joven duquesa Sivelle! —tronó su voz—. ¿Podría explicarnos la razón de su interrupción con ese lenguaje tan impropio de una dama, y menos de una Vyrenthal?
Tragué saliva, intentando contener la emoción que me hervía en el pecho.
—Lo siento, profesor… —dije, recogiendo la carta con manos temblorosas—. Pero debo retirarme. Es… un asunto familiar urgente.
—¿Ahora? —replicó, levantando una ceja.
—Sí. Ahora mismo. —Mi voz sonó más firme de lo que esperaba.
Sin dar más explicaciones, tomé mis cosas, doblé la carta y salí del aula con pasos rápidos.
Podía sentir las miradas de todos mis compañeros detrás de mí. Pero no me importaba.
Bajé por los pasillos de mármol de la Academia Imperial de Altherion, el lugar donde solo los herederos de sangre noble tenían derecho a estudiar. Las vitrinas con antiguos grimorios y los estandartes familiares me pasaban a los lados, pero yo solo pensaba en una cosa: Neyreth.
Aceleré el paso.
Tenía que encontrar a Miya, mi guardiana personal y compañera de estudio, que estaba en el otro edificio. Ella era la única que podía preparar el transporte en menos de una hora.
Salí al patio central, el aire fresco me golpeó el rostro, y por primera vez en años… sonreí con esperanza.
—Por fin… —susurré para mí misma, apretando la carta contra el pecho—. Por fin, hermano… te encontraremos.
