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Chapter 7 - 0

Para Nao, aquella figura hecha de sangre no era una revelación.

No era una señal.

No era un misterio a resolver.

Era solo… más tortura.

Otro escenario.Otro símbolo.Otra forma de recordarle que no importa qué haga, siempre habrá algo esperando romperlo.

Pero esta vez algo era distinto.

La diferencia entre la vida y la muerte ya no se basaba en cuánto podía sobrevivir.

Se basaba en cuánto quería hacerlo.

Y la respuesta era clara.

Cero.

No había rabia.No había deseo de venganza.No había impulso heroico.

Solo agotamiento absoluto.

El mundo se distorsionó una vez más, como si la realidad misma estuviera cansada de sostener la escena, y Nao apareció frente a uno de esos demonios particularmente irritantes.

Uno de los verdugos.

Altos. Delgados. Con extremidades largas como cuchillas y movimientos meticulosos. No mataban rápido. Cortaban primero. Desarmaban. Probaban. Disfrutaban el proceso.

El demonio inclinó la cabeza y dio el primer corte.

La hoja atravesó el aire y rozó el pecho de Nao.

La piel se abrió.

Pero no dolió.

Otro corte.

Otro más.

Nada.

La carne se abría… y se cerraba.La sangre salía… y se detenía.

Los golpes empezaron a rebotar.

No porque Nao estuviera defendiéndose.

Sino porque simplemente ya no había resistencia que romper.

El demonio retrocedió un paso, confundido.

Nao lo miró sin expresión.

—¿Eso es todo? —murmuró.

Entonces el mundo volvió a cambiar.

O quizá no cambió.

Quizá fue él quien se movió.

No estaba seguro.

Frente a él apareció el hombre.

El rey.

O tal vez él mismo.

Esta vez la sala estaba vacía.No había guardias.No había demonios.

Solo el trono detrás del hombre, y una alfombra roja que parecía absorber la luz.

El rey sonreía.

No como antes.

Esta vez había algo más directo en su mirada.

—Está bien —dijo con tono burlón—.Si sientes que lo que te hago es malicioso… hazmelo a mí.

Nao lo miró.

Confusión.

Resentimiento.

Aburrimiento.

Ya no tenía energía ni para odiarlo.

—El trabajo de los dioses —dijo Nao lentamente— es obedecer un credo.Ese credo es lo que los define.

El rey ladeó la cabeza.

Nao continuó:

—El tuyo es la vida.Es un juego del que no te puedes escapar.

Hubo un silencio pesado.

Por primera vez… el rey parecía sorprendido.

No ofendido.

No furioso.

Sorprendido.

Porque Nao no estaba pidiendo libertad.No estaba pidiendo misericordia.

Estaba señalando una jaula.

—Tú no me torturas porque quieras —añadió Nao—.Me torturas porque debes.

El rey entrecerró los ojos.

Y en ese instante algo cambió en su expresión.

Ya no había burla.

Había… curiosidad.

Nao esperaba un ataque.Un castigo.Una explosión de ira divina.

Pero no ocurrió.

El rey lo observó como si lo estuviera viendo por primera vez.

Y entonces Nao entendió algo inquietante:

Él no quería destruirlo.

No quería torturarlo eternamente.

Quería entenderlo.

Porque si Nao lograba salir del juego…entonces el credo del rey perdería sentido.

Y un dios sin credo deja de ser dios.

El rey sonrió levemente.

—Sería ilógico dejarlo así —murmuró.

Alzó la mano.

Y el mundo se quebró otra vez.

Nao regresó.

No a la cama.

No al castillo.

Al mundo real.

Cayó de rodillas sobre tierra húmeda.

El pecho le ardía.

Miró hacia abajo.

La sangre desbordaba de su cuerpo en oleadas calientes. Una herida abierta lo atravesaba por completo.

Frente a él estaba el demonio verdugo.

Inmóvil.

Esperando.

Nao respiró con dificultad.

No había sala blanca.No había trono.No había conversaciones filosóficas.

Solo sangre real.

Dolor real.

Y un enemigo real.

Por primera vez en mucho tiempo…

El dolor volvió.

Y con él, algo que creía perdido.

Instinto.

El demonio dio un paso al frente.

Y Nao sonrió.

No porque quisiera vivir.

Sino porque entendía algo nuevo.

Si el rey estaba atado a su credo…

Entonces el juego no era unilateral.

Y si el juego podía romperse…

Tal vez la duodécima vez no era un castigo.

Era una prueba.

El demonio atacó.

Y esta vez…

Nao levantó la mano.

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