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Chapter 8 - Capitulo 7

Alice.

Habían pasado solo unos días desde la noticia del doctor O'Connor, pero parecían semanas. Tal vez meses. La ciudad estaba… irreconocible.

Era sábado por la mañana y aun así las calles sonaban como si fuera un día laboral. Conversaciones por todos lados. Gente discutiendo afuera de cafeterías, en las paradas de autobús, incluso desde las ventanas abiertas de los departamentos. Donde caminara, donde me detuviera, donde intentara no escuchar… el nombre del doctor salía una y otra vez.

"¿Escuchaste lo del hospital?"

"Dicen que encontraron inconsistencias desde hace veinte años…"

"Mi cuñada ya hizo cita para pruebas…"

"¿Y si mi hijo…?"

"¿Y si yo…?"

Todos hablaban, nadie sabía nada, y el silencio se volvió imposible.

Caminaba hacia la lavandería con la ropa en una bolsa, tratando de ignorar las conversaciones. Pero era como si cada frase fuera una bala perdida que tarde o temprano iba a rozarme.

Pruebas de ADN.

Investigaciones.

Listas de nacimientos y defunciones revisadas.

Familias haciendo filas interminables en clínicas privadas.

El caos que una sola confesión había desatado… era casi surreal.

Llegué a la lavandería y escogí una lavadora al fondo, donde siempre había menos gente. Ni así escapé de las voces.

"…yo sí voy a hacer la prueba, por si acaso. No quiero enterarme dentro de veinte años…"

"…dicen que todo empezó con él, pero que probablemente había más médicos…"

"…¿te imaginas criar a un hijo que ni es tuyo…?"

Me mordí la lengua.

No era mi problema.

No era mi conversación.

Nadie sospechaba de mí. Nadie sabía quién era yo. Nadie tenía por qué mirar dos veces.

Pero aun así… cada palabra parecía dirigida hacia mí.

Encendí la lavadora, me crucé de brazos y me apoyé en la pared. Normal. Tranquila. Invisible.

La puerta de la lavandería se abrió y entró una pareja discutiendo en voz baja.

—Te digo que deberíamos hacer la prueba —dijo ella, con las manos temblando—. Yo estuve en ese hospital. Yo… yo me acuerdo del doctor.

—Y te estoy diciendo que nuestro hijo es nuestro hijo —respondió él, molesto, pero con miedo escondido en la voz—. No vamos a someternos a ese circo.

—¿Y si no lo es…?

—¡Es nuestro hijo!

Hubo un silencio contundente. Ella miró al piso. Él también.

Me aparté la mirada antes de que se dieran cuenta de que los observaba.

El caos que una verdad genera cuando llega demasiado tarde…

Suspiré y me pasé una mano por la frente.

Esto no iba a calmarse pronto.

La gente necesitaba culpables, necesitaba respuestas, necesitaba… algo.

Y yo necesitaba no llamar la atención.

El problema era que cada día eso se hacía más difícil.

Porque si la policía, o algún medio, o algún grupo de investigación llegaba a cruzar mi registro falso con el certificado de defunción… si encontraban inconsistencias en el archivo que hackeé… si Helix descubría que yo estaba aquí…

Tragué saliva.

Me obligué a no seguir esa línea de pensamiento.

El timbre de la puerta sonó de nuevo. Esta vez era una mujer mayor, llorando por teléfono.

—…sí, ya sé, hija, yo también quiero creerlo, pero tú naciste azul, ¿te acuerdas que te dije eso? Yo… yo nunca lo entendí. Y ahora… ahora no puedo no pensar en eso, no, no lo habíamos planeado. Pero yo también quiero saber…

Me di la vuelta. No quería escuchar. No quería sentir nada de eso.

La lavadora zumbaba. El piso frío bajo mis pies me anclaba, pero apenas.

Cómo decirles a todos ellos que entendía su desesperación.

Cómo decirles que a veces no hay respuestas, solo heridas que nunca cierran.

Cómo decirles que yo era una de esas respuestas que jamás esperarán encontrar.

Me senté en una de las sillas de plástico, con los brazos rodeando la bolsa vacía. Intenté concentrarme en el sonido constante de la máquina.

Y entonces lo admití, en voz baja, apenas audible:

—Esto solo está empezando…

Porque lo sabía.

Si una sola confesión de un hombre muerto había sacudido a toda la ciudad… entonces cuando la verdad saliera a flote—toda la verdad—la onda expansiva sería incalculable.

Y yo estaba justo en el epicentro. Una evidencia viviente de todo lo que él escribió en su carta.

Un bebé declarado muerto.

Un bebé entregado.

Un bebé que creció lejos de todo lo que debía ser suyo.

Yo.

Me llevé una mano a la frente, cerré los ojos y respiré hondo.

Daría lo que fuera por no tener razón.

Pero la tenía.

Y la ciudad lo descubriría, tarde o temprano.

De repente, mi teléfono vibró en el bolsillo del pantalón.

Miré la pantalla.

Número desconocido.

Pero el país de origen… imposible confundirlo.

Respondí.

—¿Sí? —dije en voz baja, asegurándome de que nadie estuviera demasiado cerca.

Del otro lado, la voz apareció, cálida, grave, un poco burlona aunque cargada de cansancio.

—Hey, chica. Ya lo debiste ver: la noticia recorrió el mundo entero en cuestión de horas.

Me apoyé en la pared.

—Sí. Aquí también… es un caos.

—¿Caos? —soltó una risa seca—. No tienes idea. Hay paísescompletos armando protestas frente a hospitales y dependencias de gobierno. Familias pidiendo expedientes, grupos exigiendo investigaciones internacionales… Muchos creen que además de ese tal O'Connor, hubo otros médicos, de todo el mundo, haciendo lo mismo.

Apreté los dientes.

—Parece serlo. No es ninguna sorpresa.

—Para nosotros no —dijo él—. Para el resto del mundo, sí. Y espérate… eso no es lo peor. Entre todas esas pruebas de ADN que la gente está haciéndose por paranoia… salió a la luz un montón de hijos que no eran del hombre de la familia. Así que ahora tienes un infierno desatado por dos lados distintos.

—…Vaya —susurré, frotándome la frente—. Eso explica por qué todos andan histéricos.

—Histéricos es poco. Lo llaman: La Semana del ADN. Peleas familiares por todas partes, demandas, separaciones, conspiraciones. Juro que nunca pensé ver algo así.

—Ni yo.

Hubo un silencio breve antes de que él bajara la voz:

—Dime algo… ¿Ya los encontraste?

Mi pecho se apretó. Cerré los ojos un segundo.

—Sí —respiré hondo—. Hace meses.

—¿Y?

—Y… —miré mis manos— no puedo acercarme así nada más.

—Bien —dijo él con firmeza—. Mejor que no lo hagas.

—Lo sé.

—A, escúchame —su tono cambió a uno mucho más serio—. Si esa organización llega a enterarse de que sigues viva… y que estás cerca de tu familia biológica, será cuestión de tiempo para que intenten localizarlos a ellos —y por ende— encontrarte a ti. No sabemos si alguna vez les interesó de verdad el origen de sus "niños", pero si lo supieran, aunque sea por accidente…

—No pienso quedarme mucho —lo interrumpí—. Solo unos meses. Quedarme al margen. Y luego irme.

—¿A dónde?

Lo pensé. No sabía la respuesta.

—A donde sea necesario —dije al fin—. Después de esto, tengo un solo plan. El mismo de siempre.

—A…

—Voy a destruir a Helix.

Silencio. No de desaprobación.

De reconocimiento.

—No por nada —seguí— recorrí medio mundo siguiendo rastros que apenas existían. Datos borrados. Documentos alterados. Instalaciones abandonadas. Encontrar a mi familia biológica… solo fue una parada en la ruta.

—Lo sé —murmuró él—. Y por eso te digo que ya está lista.

—¿Qué cosa?

—La identidad nueva. Completa. Cuando tú digas, la activamos. Documentos, historial, registros… todo.

Una presión subió por mi garganta. No lloré. No podía.

—Gracias.

—Haré cualquier cosa por una hermana de la Línea A —respondió él, sin dudar.

La frase me atravesó.

No éramos hermanos biológicos, pero… sí lo éramos. De otra manera. Única. Brutal.

Solo alguien como él podía entender.

—Debió servir de algo —añadí, intentando sonar ligera— encontrarnos años después y descubrir que tú también aprovechaste esa oportunidad.

—La que tú y B tuvieron —completó él.

Asentí aunque no pudiera verme.

—Sí… esa. Aunque no fue lo planeado.

—Ustedes dos fueron los primeros en intentarlo —dijo él, con un dejo de admiración y tristeza—. Tú lograste salir. Yo salí después. Pero él…

—B no pudo —terminé por él.

El silencio que siguió estuvo lleno de años de recuerdos que ninguno quería poner en palabras.

Finalmente, él preguntó con delicadeza:

—¿Aún piensas en él?

Respiré muy hondo.

El corazón me dolió, igual que siempre.

—No hay día que no lo haga —respondí.

Él no dijo nada durante unos segundos, como si también lo sintiera.

Después, su voz volvió suave, firme:

—Cuando estemos listos… iremos por ellos. Por todos. Y por él.

—Sí —susurré—. Por él.

La llamada terminó.

Yo seguí ahí, con el teléfono en la mano, oyendo el zumbido de la lavandería, sintiendo cómo el mundo seguía girando hacia algún abismo.

Pero yo ya había vivido en abismos antes.

Y sabía cómo salir de ellos.

***

Grace.

Nunca pensé que volvería a sentir este tipo de ansiedad en mi vida.

No esa… la antigua.

La que dolía en el pecho cada vez que veía a un bebé.

El sobre con los resultados de ADN todavía estaba en la mesa del comedor.

No necesitaba abrirlo de nuevo; me sabía los números de memoria.

Positivo.

Luke es nuestro hijo.

Lily es nuestra hija.

Biológicamente.

Completamente.

Pero aun así, seguíamos inquietos.

Era como si el mundo entero nos hubiera puesto en duda.

Michael salió de la cocina con dos tazas de café y dejó una frente a mí.

—¿Has dormido algo? —me preguntó.

Negué.

—Un poco. Supongo.

—Cariño… —se sentó a mi lado, su mano sobre la mía—. Todo salió bien. ¿Sí?

—Sí… —murmuré—. Pero no quita el miedo. En estos días he visto tantas noticias, tantas familias destruidas… y pensé… "¿Y si…?" Aunque no tenga sentido.

Michael apretó mi mano con suavidad.

—Nunca dudé de ti, Grace.

—Lo sé —susurré—. Eso no era lo que me preocupaba. Solo tenía miedo de que…no fueran nuestros.

Michael inhaló hondo. Yo también.

Ambos sabíamos de qué hablábamos realmente.

—Tenerlos desde su nacimiento —dijo él, mirando hacia la sala donde Lily y Luke estudiaban— es… es lo mismo que si los hubiéramos parido juntos. No podría amarlos más aunque el ADN dijera otra cosa.

Sonreí un poco.

—Yo tampoco.

El teléfono en la mesa vibró otra vez.

Reconocí el nombre: Mamá.

Michael me miró.

—¿Va a seguir llamando?

—Todos van a seguir llamando —respondí mientras lo miraba sonar—. Mis papás. Tus papás. Mis tíos. Hasta tu hermana llamó ayer solo para preguntar si sabemos algo nuevo.

Michael suspiró.

—Es que… ellos son los únicos que saben la verdad de lo que pasó con Beatriz. Y esto que salió en las noticias… —me miró directamente, con ese gesto que solo usaba cuando hablábamos de algo verdaderamente grave— …revivió todo.

Me quedé en silencio unos segundos.

Beatriz.

Mi pequeña.

Mi bebé.

La que vivió apenas unos minutos.

O al menos… eso creí durante veinticinco años.

El teléfono volvió a vibrar. Esta vez era mi suegra.

—¿Quieres que conteste? —preguntó Michael.

Negué rápido.

—No. No sabría qué decirles.

Michael se acomodó en el sillón, exhalando largo.

—Grace… llevamos días evitando hablar de esto, pero creo que… ya no podemos seguir haciéndolo.

—Michael…

—Ese doctor —continuó— fue el mismo que atendió el parto de Beatriz.

Tragué saliva.

El aire se me atascó en la garganta.

—No lo digas así.

—¿Cómo quieres que lo diga? —Michael apoyó los codos en las rodillas, mirándome con una mezcla de miedo y de esperanza—. Ese hombre… O'Connor… admitió haber intercambiado bebés vivos por cadáveres. Bebés sin problemas, sanos, entregados a quién sabe quién. Y… —su voz bajó— …Beatriz murió bajo su cuidado.

Apreté mis manos. Las uñas se me clavaron en la piel.

—Michael, no sabemos si…

—Lo sé —me interrumpió—. Claro que no sabemos. Pero… ¿cómo no pensarlo?

Mi respiración tembló.

No quería llorar.

Había llorado demasiado en estos días.

Demasiado en estos años.

—¿Y si…? —comenzó a decir.

—No termines esa frase —lo detuve.

Él guardó silencio.

Pero la pregunta quedó flotando.

La que yo misma había temido, evitado y anhelado al mismo tiempo.

¿Y si Beatriz no murió?

¿Y si fue… una víctima?

Michael habló otra vez, esta vez bajito, como si Luke y Lily pudieran escuchar:

—Nuestros padres llaman porque también lo están pensando. Mis papás recuerdan al doctor. Los tuyos también. Todos sabían lo que pasó. Todos sabían que hicimos una promesa:nunca hablar de Beatriz frente a nuestros hijos.

Nunca hablar del parto.

Nunca mencionar el nombre.

—Era lo correcto —susurré, sintiendo la garganta cerrarse—. No quería que crecieran… comparándose con alguien que no pudieron conocer. No quería cargarles nuestro dolor.

—Lo sé —respondió él—. Pero ahora… esa promesa se siente… distinta.

Me cubrí el rostro con ambas manos.

—Michael… si hay una posibilidad —sentí mi voz quebrarse—, una sola posibilidad de que Beatriz esté viva, no sé qué haría. No sé si podría soportarlo.

La esperanza duele más que la certeza.

Él se acercó, rodeando mis hombros.

—No vamos a saltar a conclusiones —murmuró—. Podría ser nada. Podría ser que el doctor… no la intercambió. Podría ser que… realmente falleció.

Asentí, aunque una parte de mí gritaba lo contrario.

Michael me miró a los ojos.

—Pero… también podría ser que… —tragó saliva— …que esté ahí afuera.

Mi corazón se detuvo.

Solo por un segundo.

Pero pude sentirlo.

—Grace —continuó con voz suave—, ¿crees que ha llegado el momento de… hablarlo con ellos? Con Luke y Lily.

Mi respiración se atoró en la garganta.

Michael lo dijo con tanta calma… pero el peso de esas palabras cayó sobre mí como un muro.

—¿Hablarlo… con ellos? —repetí, apenas un susurro.

No era una sorpresa. Lo habíamos discutido hace días, antes de que todo el mundo empezó a hablar de pruebas de ADN, de bebés robados, de diagnósticos falsos. Cuando nuestros hijos pasaron sus pruebas y salieron positivos —nuestros, totalmente nuestros—, una parte de mí sintió alivio… pero la otra parte, la que llevaba 25 años en silencio, no dejó de temblar.

Michael se acercó y se sentó junto a mí en la cama. Apoyó una mano cálida en mi rodilla, como si temiera quebrarme con un solo movimiento.

—Grace —repitió, más despacio—. Dime solo si lo estás considerando. No quiero presionarte.

Miré la ventana. Afuera, la noche era negra y húmeda, casi pegajosa. La clase de noche que hace que todos los recuerdos pesen más.

—Han pasado veinticinco años, Mike —dije, apenas audible—. Veinticinco…

—Lo sé.

—Luke tiene dieciocho. Lily doce. —Me limpié la mejilla; no me había dado cuenta de que estaba llorando—. Y siempre prometimos que… que no les romperíamos ese espacio seguro. Que no… no pondríamos sobre sus hombros la sombra de algo tan… tan devastador.

Él guardó silencio. No porque no supiera qué decir, sino porque me conocía demasiado bien.

—Ellos son felices —continué—. Tienen una vida normal. No quiero que comiencen a mirar hacia atrás preguntándose qué parte de nuestra historia les ocultamos… por vergüenza… o por culpa.

—Pero no lo ocultamos por eso —dijo él enseguida, con esa firmeza tranquila que solo Michael tenía—. Nunca fue vergüenza, Grace. Fue dolor.

—Lo sé —susurré, y mis dedos se cerraron alrededor del borde del edredón—. Pero también sé que… que esa decisión la tomamos cuando éramos jóvenes. Cuando estábamos destrozados. Y lo acepté… porque pensé que era lo mejor.

Él movió su mano, entrelazando sus dedos con los míos.

—¿Y ahora?

Mi garganta se apretó.

—Ahora… —respiré hondo, larga y lentamente—… ahora no sé qué hacer, Michael.

—Grace —dijo él con un tono más grave—, es tu decisión. Siempre lo fue.

Bajé la mirada hacia las manos entrelazadas. Amor, cansancio, miedo… todo mezclado en un nudo imposible.

—Pero ellos merecen saber quién fue Beatriz —susurré—. Merecen saber que… que tuvieron una hermana. Que existió. Que fue parte de nosotros… aunque solo estuviera unos minutos.

Michael cerró los ojos un instante, como si esas palabras lo golpearan también.

—Luke ya es un hombre —añadí—. Y Lily… —mi voz se quebró—… Lily está empezando a entender que el mundo puede ser cruel. Tal vez… tal vez es hora de confiarles este pedazo de nosotros.

—¿Entonces crees que…? —preguntó él, con cautela.

Tragué saliva. Sentí ese mismo vacío que sentí la noche en que perdimos a Beatriz. Un hueco que nunca dejó de doler.

—Sí —dije finalmente, con un hilo de voz que tembló pero no se rompió—. Creo que es momento.

Él apretó mis manos, como si aquello también fuera un cierre para él.

—¿Hoy? —preguntó en voz baja.

Negué con la cabeza.

—No. —Respiré con dificultad—. Mañana. Quiero… —miré hacia la caja que estaba sobre la mesa—. Quiero prepararme. No puedo contarles esto sin… sin tener claro cómo decirlo.

Michael asintió sin discutir. Se acercó más y apoyó su frente contra la mía, un gesto tan suave y tan íntimo que me desarmó.

—Voy a estar contigo en cada palabra —murmuró—. Lo sabes, ¿verdad?

Mis ojos se cerraron.

—Lo sé —susurré.

Y por primera vez en años, dije en voz alta aquello que siempre me había dado miedo pronunciar, incluso frente a él:

—Tengo miedo, Mich.

—Yo también —confesó él sin apartarse—. Pero ya no estamos solos en esto.

Mi pecho se apretó… pero al mismo tiempo, algo dentro de mí comenzó a aflojar.

Mañana.

Mañana mis hijos conocerían a Beatriz.

Mañana romperíamos el silencio.

***

Alice.

Apenas crucé la puerta lateral del hospital, el caos me envolvió como una tormenta cálida. Gente corriendo, enfermeras discutiendo con familiares alterados, doctores intentando calmar multitudes completas que exigían explicaciones. Todo por la confesión de O'Connor. Todo por bebés que quizá nunca murieron.

Mi bata blanca estaba ligeramente arrugada —a propósito—, porque nadie cuestiona a un médico cansado. El gafete falso colgaba de mi cuello, balanceándose con cada paso. Y entre el ruido, las alarmas y el llanto, yo era invisible. Perfecto.

Llevaba el teléfono apoyado en la oreja con un auricular piel a piel, como si fuera parte de mi rutina diaria. Era lo único que hacía creíble mi presencia: si estás al teléfono, todos asumen que eres alguien importante.

—Ya estoy dentro —susurré, doblando hacia un pasillo que reconocía vagamente de mis búsquedas—. El ala de neonatos está cerrada, pero voy a entrar de todas formas.

Del otro lado, la voz de Santiago sonó ronca, como siempre, como si la desconfianza lo hubiese abrazado de por vida.

—Bien. Porque necesitas saber esto, Alice —dijo sin pausa—. Estoy revisando todo lo que pude de los casos en los que O'Connor participó. Logré acceder a informes que no estaban digitalizados. Y… esto es peor de lo que pensamos.

Me detuve unos segundos cerca de un carrito con instrumentos. Tomé una carpeta para aparentar trabajo y seguí caminando.

—Define peor —murmuré.

—O'Connor no trabajaba solo. Ni de cerca. Encontré al menos seis personas más vinculadas directamente a… bueno, a los intercambios.

Un escalofrío me recorrió la nuca.

—¿Seis? —tragué saliva—. ¿Vivas?

—Sí —respondió él con un suspiro cargado—. Seis vivas. Tres fuera del país desde hace años. Dos muertas. Y otros nombres que no puedo rastrear. No sé si fueron asesinados, si huyeron… o si alguien los hizo desaparecer. Pero no me gusta cómo suena.

Empujé la puerta con la cadera para no llamar la atención. Entré a una zona casi vacía, con olor a alcohol y metal frío. Mi corazón martillaba rápido, pero mi voz salió estable.

—Estoy intentando entender cómo lo hacían —dije mientras avanzaba—. Pienso y pienso, y no logro encajar todo. ¿Cómo reemplazaban a un bebé vivo por uno sin vida en tan poco tiempo? ¿Cómo conseguían los cuerpos? ¿Cómo nadie se daba cuenta?

—Yo también lo pensé —dijo Santiago—. No es solo firmar un acta falsa. Tenían que tener acceso a bebés fallecidos en ese mismo hospital o tenerlos preparados de antemano. Dios… si tenían bebés sin vida guardados en algún depósito…

—Lo sé —interrumpí, sintiendo el nudo en mi estómago apretarse—. Lo pensé también. Que tal vez tenían… "reservas". Bebés que no sobrevivieron partos previos, o que murieron por complicaciones reales, guardados para usarlos en intercambios.

Me apoyé contra la pared, apretando los dientes.

—Podrían incluso fabricar certificados falsos, decir que murieron minutos después, manipular los tiempos… Pero aun así… ¿quién les entregaba los cuerpos? ¿Dónde los mantenían? ¿A qué temperatura…?

—Alice —dijo Santiago, más serio—. Hay otra posibilidad, lo sabes, ¿cierto?

—Sí —cerré los ojos un instante—. Bebés falsos.

—Exacto.

—Pero eso implicaría un esfuerzo enorme —dije—. Simular latidos, colores, temperatura… No sería imposible… pero sí costoso. ¿Quién lo financiaría? ¿Quién lo permitiría dentro del hospital?

Hubo un silencio breve, pesado.

—Quienes trabajaban con O'Connor —respondió al fin—. No sabemos sus motivaciones, ni si lo hacían por dinero, chantaje, poder… o por algo más grande. Pero seis personas no hacen una operación así solas. Necesitaron más manos. Más infraestructura.

—Helix —murmuré sin querer, aunque sabía que no podía afirmar nada. No con las pruebas actuales—. Pero no puedo unir los puntos todavía. No con evidencia directa de que sean los únicos que hacían este tipo de movimientos.

—Haz lo que viniste a hacer —dijo él, más bajo—. El caos está a tu favor. Nadie va a fijarse en ti. Pero ten cuidado; la policía está interrogando personal y revisando archivos físicos.

—Lo sé —respondí, doblando hacia el archivo de maternidad—. Estoy cerca.

Escuché cómo Santiago tomaba aire. Siempre hacía eso antes de decir algo importante. O peligroso.

—Alice… también investigué algo más.

—¿Qué cosa?

—Hubo doctores que renunciaron justo después del año en que naciste. Otros que se mudaron. Algunos… desaparecieron. Y hay un patrón: todos estuvieron bajo supervisión directa o indirecta de O'Connor.

Mis pasos se detuvieron por completo.

—Entonces no fue solo mi caso.

—No. Para nada. Y escucha… —bajó su voz—. No sé cuántos de ellos van a intentar huir ahora que todo salió a la luz. Pero si yo fuera ellos… ya estaría en otro continente.

Un grupo de enfermeras pasó a mi lado. Me aparté, fingiendo leer una carpeta. Nadie sospechó.

—Santiago —susurré apenas—. ¿Qué pasa si no fue solo mi generación? ¿Qué pasa si…?

—Si llevan haciéndolo desde antes. Décadas —terminó él por mí—. Sí. También pensé en eso. Generaciones enteras, Alice.

Sentí un escalofrío tan profundo que me cortó la respiración.

—Voy a entrar al archivo —dije, con la voz tensa—. Si O'Connor o sus cómplices manipularon documentos, tiene que haber algo aquí.

—No te arriesgues más de lo necesario —dijo Santiago—. Te lo advierto en serio. No tenemos idea de quién sigue aquí adentro o de quién seguía órdenes de quién.

—No vine hasta este hospital para detenerme ahora —le dije, y abrí la puerta del archivo con cuidado, dejando que el olor a papel viejo y humedad me golpeara—. Si hay un lugar donde pueda encontrar respuestas… es este.

—Entonces entraré contigo —respondió él, y pude escuchar el teclado de su computadora en segundo plano—. Cualquier cosa rara que aparezca en sistema, te aviso.

—Perfecto —dije, ajustándome el gafete—. Vamos a descubrir lo que O'Connor y sus socios hicieron.

El archivo era más pequeño de lo que esperaba. Filas de estantes metálicos, carpetas beige alineadas con una precisión casi obsesiva, cajas rotuladas con años, nombres, números que alguna vez significaron vidas enteras. Ahora solo eran polvo y papel.

Pasé los dedos por una de las carpetas.

Vacía.

La siguiente.

Vacía también.

Fruncí el ceño.

—No hay nada —murmuré—. O no aquí.

Del otro lado de la línea, Santiago guardó silencio unos segundos.

—¿Nada de nada? —preguntó finalmente.

—Nada relevante. Registros incompletos, hojas arrancadas, cajas que deberían tener expedientes de partos… y están vacías. Como si alguien se hubiera tomado el tiempo de limpiar todo esto con pinzas.

Abrí otra caja. Solo había formularios genéricos, sin nombres, sin firmas.

—O los destruyeron —continué—. O nunca los guardaron aquí. Tal vez todo lo delicado se manejaba fuera del sistema oficial.

—Eso encaja —dijo Santiago con un dejo de amargura—. Sabían que lo que hacían era ilegal, jamás lo habrían dejado en un archivo accesible.

Cerré la caja con cuidado y apoyé la frente un segundo contra el estante frío.

—Esperaba encontrar algo —admití—. Una anotación, un error, una fecha mal puesta. Algo que me dijera cómo fue exactamente.

—Alice —dijo Santiago, con tono más suave—. Déjame preguntarte algo, y no es por presionarte.

Suspiré.

—Dime.

—¿Qué estás buscando con exactitud?

Levanté la mirada, como si pudiera verlo a través del teléfono.

—¿Cómo que qué estoy buscando?

—Ya sabes cómo fuiste separada de tu familia al nacer —continuó—. Ya sabes quiénes son. Sabes que te dieron por muerta y que alguien te sacó de ese hospital. Sabes que O'Connor estuvo involucrado. Entonces… ¿qué más necesitas encontrar aquí?

Apreté la mandíbula.

—No es tan simple.

—Explícamelo —pidió—. Porque desde fuera, parece que ya tienes todas las respuestas importantes.

Me aparté del estante y caminé despacio por el pasillo estrecho, arrastrando los dedos por los lomos de las carpetas.

—No —dije al fin—. Tengo hechos. Fragmentos. Pero no tengo el cuadro completo.

—¿Cuál sería el cuadro completo?

Me detuve.

—Quiero saber quién tomó la decisión —respondí—. No solo quién ejecutó el intercambio, sino quién decidió que yo debía desaparecer.

Santiago no dijo nada, así que seguí.

—Quiero saber si fue un trato puntual o parte de algo sistemático. Si fue dinero. Si fue amenaza. Si fue ideología. Si fue una red. Quiero saber si mis padres… —tragué saliva— si ellos fueron seleccionados al azar o si yo lo fui.

—Alice…

—Y quiero saber —interrumpí— si alguien aquí dudó. Si alguien se negó. Si alguien intentó detenerlo. Porque si no hubo resistencia alguna… entonces el problema no fue O'Connor. Fue todo el sistema.

Hubo un silencio largo.

—¿Y si nunca encuentras eso? —preguntó Santiago con cuidado—. ¿Si esas respuestas murieron con ellos o se quemaron en algún archivo hace años?

Miré a mi alrededor. Todo ese lugar parecía un mausoleo de verdades enterradas.

—Entonces al menos sabré que busqué —dije—. Que no me conformé con "así fue".

Santiago suspiró.

—También hay otra cosa que no estás diciendo.

—¿Cuál?

—No solo buscas entender el pasado —dijo—. Buscas una razón para lo que vino después.

Cerré los ojos.

—Helix no me sacó de la nada —respondí en voz baja—. No "me encontraron". Alguien me entregó. Alguien abrió una puerta. Y si fue aquí… quiero saber quién la abrió.

—Aunque eso no cambie nada.

—Cambia todo —repliqué—. Cambia la narrativa. Cambia quién tiene la culpa. Cambia qué tan profundo llega esta mierda.

Abrí la última carpeta del estante.

Nada.

Solo una hoja amarillenta sin texto.

La dejé caer.

—Aquí no hay nada más —dije finalmente—. Si existieron pruebas físicas, ya no están. O nunca lo estuvieron.

—Entonces sal de ahí —ordenó Santiago—. No vale la pena exponerte más.

—Sí… —respondí, mirando una última vez el archivo—. Ya entendí el mensaje.

—¿Cuál?

—Que la verdad no está en papel —dije—. Está en las personas que aún siguen vivas.

—Y algunas de ellas no van a querer hablar.

Una sombra de sonrisa amarga se me dibujó en los labios.

—Nunca lo hacen —respondí—. Pero eso no significa que no puedan hacerlo.

Guardé el teléfono, me acomodé la bata y abrí la puerta del archivo.

Mientras regresaba al pasillo lleno de ruido, entendí algo con claridad brutal:

Si los documentos habían desaparecido… era porque alguien aún tenía miedo.

Y el miedo, tarde o temprano, siempre habla.

Caminé un par de pasillos más, ajustando la bata, cuando algo me llamó la atención.

No eran médicos.

Tampoco pacientes.

Ni personal administrativo.

—Técnicos… —murmuré para mí.

Eran tres. Uniformes grises, botas de trabajo, cinturones con herramientas colgando que tintineaban al caminar. A primera vista encajaban. Demasiado bien. Ese fue el problema.

Los observé con el rabillo del ojo mientras fingía revisar mi teléfono. No hablaban entre ellos como lo harían técnicos normales. No había bromas, ni quejas, ni ese lenguaje corporal relajado de quien está haciendo rutina.

Se movían con propósito.

—Mantenimiento urgente —escuché decir a uno, en voz lo suficientemente alta como para justificar su presencia.

Asentí internamente. Buena coartada.

Seguí caminando… pero reduje el paso.

Si yo hubiera querido moverme por un hospital sin levantar sospechas, habría usado exactamente ese disfraz.

Y entonces lo noté.

No parecían normales.

No sabría explicarlo a alguien común, pero yo lo sabía. La forma en que escaneaban el entorno. Cómo medían distancias. Cómo uno de ellos iba siempre medio paso detrás, cubriendo el ángulo muerto de los otros dos.

Línea A reconoce a su reflejo, pensé.

—No es paranoia —me dije—. Todavía no.

Doblaron a la izquierda.

Yo seguí recto… conté hasta cinco… y doblé también.

No iban hacia salas de máquinas. Ni a los sótanos. Ni a áreas técnicas.

Eso fue lo que confirmó mis sospechas.

—Interesante… —susurré.

Pasaron frente a un letrero que indicaba Área Administrativa. Oficinas. Jefaturas. Dirección médica. Acceso restringido para personal técnico salvo con autorización expresa.

Uno de ellos ajustó la correa de una mochila negra que llevaba colgada al hombro.

Mi estómago se tensó.

—Los técnicos no cargan mochilas —pensé—. Cargan cajas, maletines, herramientas grandes. No eso.

Me detuve frente a un dispensador de gel antibacterial, fingiendo usarlo mientras los observaba reflejados en el vidrio de una vitrina.

Entraron.

Sin dudar.

Sin anunciarse.

Como si supieran exactamente a dónde iban.

—Genial —murmuré—. Definitivamente no es mantenimiento.

Esperé unos segundos. Los suficientes para no ser obvia, pero no tantos como para perderlos.

Respiré hondo.

Parte de mí gritaba que siguiera mi plan original: salir, desaparecer, no complicar más las cosas.

La otra parte —la que había sobrevivido a Helix— ya estaba en movimiento.

Crucé la puerta del área de oficinas.

El ambiente cambió de inmediato. Silencio más denso, alfombra en lugar de baldosas, paredes con cuadros genéricos y placas con nombres grabados en metal.

Avancé despacio, escuchando.

Pasos adelante.

Voces bajas.

Una puerta que se cerraba.

Me acerqué lo suficiente para ver el final del pasillo.

Ahí estaban.

Frente a una oficina amplia, con vidrio esmerilado. No pude leer el nombre desde donde estaba, pero sí vi algo más.

Uno de ellos sacó una tarjeta magnética.

No del hospital.

No institucional.

—¿Desde cuándo los técnicos tienen acceso ejecutivo? —pensé, con una mueca.

La puerta se abrió.

Entraron los tres.

La cerraron detrás de ellos.

Me quedé quieta, el corazón latiendo con fuerza, cada sentido en alerta máxima.

—Está bien —me dije en silencio—. Los sigues solo para asegurarte. Eso dijiste.

Miré el pasillo vacío.

Lo que fuera que estuviera pasando ahí dentro… no tenía nada que ver con mantenimiento.

Saqué el celular despacio, dándole la espalda al pasillo, fingiendo leer un mensaje. Mis dedos ya estaban marcando antes de que mi cabeza terminara de pensarlo.

—Contesta… —murmuré.

Un tono.

Dos.

—Alice —respondió Santiago casi de inmediato—. ¿Qué pasó? Hace nada estábamos hablando.

—Estoy siguiendo a algunas personas sospechosas —dije en voz baja, controlada—. En el área administrativa.

Hubo un silencio breve al otro lado.

—¿De que se trata? ¿Estás segura de que se ven sospechoso?

Me asomé apenas al borde de la esquina, lo justo para ver la puerta cerrada al fondo del pasillo.

—Demasiado segura. Formación, movimientos, equipo mal elegido. No es personal médico ni mantenimiento real.

—Maldita sea… —exhaló—. ¿Dónde están ahora?

—Entraron a una oficina. Área de jefaturas. Podrían estar yendo a la antigua oficina de O'Connor… o a la de alguien más que trabajara con él.

Santiago guardó silencio unos segundos. Lo imaginé frente a varias pantallas, los ojos recorriendo líneas de código.

—Eso no es coincidencia —dijo al fin—. ¿Qué necesitas?

—Acceso —respondí sin dudar—. Necesito que me desbloquees una puerta y que me hagas invisible en el sistema. Cámaras, registros, todo. Ahora.

—Alice… —su tono cambió—. Si esas personas están ahí por lo mismo que tú, no son amateurs.

—Lo sé.

—Y si no están por lo mismo… podría ser peor.

Apreté el celular con más fuerza.

—Santiago, no puedo dejarlos solos ahí. Si están robando o borrando algo, puede que sea la última pieza que quede. Ya no hay archivos físicos. Esto podría ser lo único.

Escuché teclear al otro lado.

—Dame tu ubicación exacta.

—Pasillo administrativo norte, segundo piso. Frente a oficinas ejecutivas.

—Bien… —dijo—. Estoy entrando al sistema del hospital ahora.

Me deslicé contra la pared, manteniendo el oído atento a cualquier sonido.

—Alice —continuó—, escucha con atención. Si esto es Helix…

—No digas eso.

—…si es Helix —repitió, ignorándome—, pueden estar mejor entrenados que tú. No importa que seas Línea A. No importa lo que sobreviviste. No los subestimes.

Sonreí sin humor.

—Nunca lo hice.

Un pitido suave sonó en mi auricular.

—Cámaras del pasillo fuera —dijo—. Te borro del registro de movimiento durante… digamos, siete minutos. No más.

—Es suficiente.

—Te estoy dando acceso a la puerta de archivos internos y a dos oficinas contiguas. No a todas. Si fuerzas algo más, el sistema va a gritar.

—Entendido.

—Y Alice…

Me detuve, la mano ya cerca del lector magnético.

—¿Qué?

—Si esto se complica —su voz bajó—, retírate. No intentes jugar a la heroína.

Miré la puerta al fondo del pasillo.

—Nunca juego —respondí—. Solo sobrevivo.

El lector emitió una luz verde.

—Ya estás dentro —dijo Santiago—. Tienes seis minutos y treinta segundos.

—Gracias.

—Ten cuidado, chica.

Colgué.

Guardé el celular en el bolsillo interno de la bata, respiré hondo y avancé en silencio por el pasillo alfombrado.

Cada paso era calculado.

Cada sonido, una amenaza.

Sea quien sea que estuviera al otro lado de esa puerta…

No había venido por casualidad.

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