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Chapter 21 - CHAPTER 21 The mercy that remains

El tiempo transcurrió con una lentitud diferente.

No era la lentitud del desierto ni la urgencia de la huida, sino el ritmo sereno de los días.

que ya no necesitaba demostrar nada. Jonás aprendió a vivir en este nuevo espacio, donde

Las preguntas no siempre tenían respuestas inmediatas y la fe no se medía por valores absolutos.

certezas, sino por la confianza.

La gente seguía acercándose a él.

Algunos buscaban confirmación.

Otros, consuelo.

Otros, discusión.

Jonás ya no sentía la necesidad de convencerlos. Había aprendido que lo más profundo

La verdad no se impone, se ofrece.

«Si Dios pudo ser paciente conmigo», dijo, «puede ser paciente contigo también». Esa frase se repetía en su boca como un eco de su propio proceso.

Una tarde, un joven se acercó con evidente frustración.

"No lo entiendo", dijo. "Si Dios perdona así, ¿qué sentido tiene obedecer? ¿Para qué molestarse?"

¿intentando?"

Jonás lo miró fijamente. Esa pregunta era, en esencia, la misma que él...

había llevado adelante durante años, aunque disfrazada de justicia.

"Obedecer no es negociar con Dios", respondió. "Es aprender a caminar con Él. Y caminar con Él".

Él te cambia, aunque no siempre de la manera que esperas."

El joven frunció el ceño.

—¿Qué pasa si no quiero cambiar?

Jonás sonrió suavemente.

—Entonces huirás. Como yo.

Pero aún allí…Dios puede alcanzarte.

El joven permaneció en silencio.

Jonás se dio cuenta de que su mayor lección ya no estaba en lo que decía, sino en

quién era. Su historia, contada con honestidad, se había convertido en una experiencia incómoda y, en

Al mismo tiempo, espejo esperanzador.

Porque demostró que incluso un profeta puede resistir, enojarse, cometer errores…

y aún así ser alcanzado por la gracia.

En las noches tranquilas, Jonás solía recordar Nínive. No como una ciudad específica, sino como...

Un símbolo eterno: el lugar al que no queremos ir, la gente a la que no queremos ir.

Perdona, la verdad que no queremos aceptar.

—Todos llevamos una Nínive dentro —pensó—. Y todos, tarde o temprano, oímos la

llamar.

La diferencia no estaba en escuchar sino en responder.

Una mañana, mientras caminaba por un sendero cercano, Jonás se detuvo cuando vio una planta

creciendo entre las piedras. Era pequeño, frágil, casi insignificante. Sin embargo, allí estaba,

abriéndose paso a través del duro suelo.

Se inclinó y la miró con atención. —La vida persiste —murmuró.

Recordó la planta que le había dado sombra y la que murió durante la noche.

Esa lección permaneció viva, no como culpa, sino como un recordatorio constante de lo que realmente...

asuntos.

Él no lo empezó.

Él no la tocó.

Ella lo dejó crecer.

Ese simple gesto reflejaba algo que no habría hecho antes: hacer...

espacio para que otros vivan, crezcan, cambien... incluso si su proceso no coincidió con el suyo

esperanzas de heredar.

A lo largo de los años, la historia de Jonás se transmitió de generación en generación. Algunos la suavizaron. Otros...

Lo exageré. Pero la esencia permaneció intacta: un Dios que se preocupa tanto por una gran

ciudad extranjera como por el corazón herido de su propio profeta.

Y Jonás aceptó algo más:

No todas las historias necesitan un final cerrado. Algunas

Necesito una pregunta abierta.

Por eso, cuando alguien le preguntó:

— ¿Valió la pena ir a Nínive?

Jonás respondió con una pausa pensativa.

—Valió la pena porque aprendí quién es Dios… y quién no soy yo.

Al caer la tarde en un día tranquilo, Jonás se sentó y contempló el horizonte. El cielo estaba teñido

con tonos cálidos, y el mundo parecía estar en paz.

No hubo visiones.

No hubo nuevos pedidos.

Sólo presencia.

"Gracias", dijo en voz baja. "Por no darte por vencida conmigo".

El viento soplaba suavemente, como una respuesta silenciosa. La misericordia de Dios no había terminado en Nínive. No había...

terminó con Jonás.

Siguió avanzando, generación tras generación, desafiando ideas rígidas, rompiendo

derribando muros invisibles, llamando a cada corazón a decidir si aceptaría un amor más grande que

Su orgullo.

Y así, la historia quedó abierta.

No porque faltara algo…

pero porque la verdadera misericordia nunca se cierra.

Sigue vivo en cada lector que se atreve a preguntar:

¿Qué pasa si Dios es más misericordioso de lo que estoy dispuesto a aceptar?

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