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Chapter 1 - CAPITULÓ 1

Ino lloró en su cama una vez más después de lo que hicimos.

No puede haber algo más humillante que eso: que una mujer llore después de estar conmigo, con el arrepentimiento clavado en el alma. Saber que, en realidad, si está así es por mi culpa… por mi problema, por permitirme torturarla a mi lado.

Esta parte la recuerdo con una claridad dolorosa: cómo llegamos a esta situación y cómo todo fue culpa mía.

TIEMPO ATRÁS

Era temprano en la mañana en la aldea de Konoha. Los primeros rayos del sol se filtraban por la ventana del pequeño departamento de Naruto Uzumaki.

Con los ojos entrecerrados y el cuerpo aún pesado por el cansancio, Naruto se incorporó lentamente en la cama. Los acontecimientos de la noche anterior seguían dando vueltas en su mente, como un torbellino imposible de detener. Había robado el pergamino sagrado del Hokage por pedido de su maestro, su sensei… aquel en quien creyó encontrar apoyo, pero que en realidad solo lo había usado para sus propias maquinaciones.

Engañado. Manipulado.

Y, peor aún, enfrentado a una verdad terrible sobre sí mismo.

Aún procesando todo lo ocurrido, se levantó con pasos torpes y se dirigió al baño. Abrió la canilla y se lavó la cara con agua fría, intentando despejar la confusión que nublaba su mente. Luego alzó la vista y se quedó observándose en el espejo del lavabo.

Las palabras de su ex-sensei resonaron en su cabeza como un eco imposible de silenciar.

—¿Soy… el Zorro de Nueve Colas? —se preguntó en voz baja, mirándose fijamente.

Se examinó con atención: primero los ojos, luego la nariz, después abrió la boca y mostró los dientes. Hizo muecas absurdas, estiró la cara, movió los labios de forma exagerada, como si buscara alguna señal de que algo hubiera cambiado. Se alejó un poco del espejo, se dio la vuelta… y de repente saltó y volvió a girar para mirarse otra vez.

Nada.

Nada fuera de lo normal.

Una sonrisa alivió su rostro al comprobar que seguía siendo el mismo. Con el ánimo un poco más liviano, se preparó para comenzar el día.

Saltando entre callejones y tejados, avanzó por la aldea con la mente llena de pensamientos. No sabía cómo enfrentar aquella verdad, pero hoy debía concentrarse en algo importante: la asignación de equipos y el inicio oficial de su vida como ninja.

Sin embargo, al llegar a la Academia Ninja, se detuvo en seco.

Las puertas estaban cerradas.

—¡EEEEEEEEH! ¿¡Qué tan tarde llegué!? —exclamó incrédulo.

Miró a su alrededor con nerviosismo. No había nadie. Ni un alma.

—¿Qué hago? ¿Por qué no hay nadie? ¿Qué pasó…? —murmuró, rascándose la cabeza—. ¿Será algún tipo de broma?

A lo lejos distinguió una figura acercándose. Era Ino Yamanaka, una chica de su clase: fanática declarada de Sasuke y rival eterna de Sakura. Tenía el cabello rubio, ojos verdes intensos como esmeraldas, piernas largas y definidas, y una belleza imposible de ignorar. Al verlo, lo miró con expresión confundida.

—Naruto… ¿qué haces aquí? —preguntó.

—Hola, Ino. Vine por la asignación de grupos —respondió él, tocándose el protector de la Hoja y mostrándoselo con orgullo, señalando que finalmente se había graduado.

Ella lo observó con el rostro en blanco, un leve tic nervioso marcando su incredulidad.

—La asignación de equipos se suspendió hasta la próxima semana —dijo—.

Aún le costaba creer que el "último muerto" del curso se hubiera graduado.

—¡¿EEEEEEEEH?! ¿¡Por qué!? —preguntó Naruto alzando la voz.

Ino se tapó los oídos por el ruido.

—No lo sé… —respondió—. Al parecer, algo pasó anoche y por eso lo suspendieron.

—Mi papá no quiere darme detalles —añadió—. Solo dijo que hubo un problema y que cancelaron las asignaciones.

Naruto, sabiendo muy bien cuál había sido el motivo, bajó la mirada con expresión pensativa.

¿Era por la traición de Mizuki?

Ino notó en su rostro que sabía más de lo que decía, pero no quiso preguntar. No quería que la vieran hablando con el perdedor del pueblo. Sin decir nada más, dio media vuelta y se alejó, buscando cualquier otro lugar… menos ese.

INO

En su mente, Naruto era la persona menos importante de todas. Alguien con quien no convenía ni hablar ni cruzar la mirada. Su reputación estaba por los suelos, y ser vista junto a él equivalía a una sentencia social.

Por eso, en la Academia, los niños tenían cuidado al acercarse. Nadie quería juntarse con él.

Y aun así, ahí estaba.

Caminando detrás de ella.

Ino avanzaba por la calle con paso rápido, consciente de cada mirada que se posaba sobre su espalda. Detrás, Naruto la seguía con las manos entrelazadas detrás de la cabeza, como si nada importara, como si no se diera cuenta —o no le interesara— que la estaba siguiendo.

La irritación se le acumuló en la garganta hasta que no pudo más.

—¿POR QUÉ ME SEGUÍS? —le gritó, girándose de golpe, furiosa.

Naruto la miró con expresión relajada, sin bajar las manos ni cambiar el tono.

—No te estoy siguiendo. Solo estoy caminando por acá, nada más.

La respuesta solo logró enfurecerla aún más.

—Entonces caminá por otro lado —escupió, ya sin disimular su enojo.

Él frunció el ceño, molesto.

—¿Y por qué debería hacerlo? No veo por qué es para tanto —respondió, y siguió caminando detrás de ella.

Así recorrieron varias calles: Ino al frente, Naruto siguiéndola sin intención de detenerse. A su alrededor, los murmullos comenzaron a crecer. La gente susurraba al verlos juntos: el niño demonio y la hija del clan Yamanaka.

Ino se sentía cada vez más nerviosa por las miradas que recibía. Estar cerca del "último muerto", del perdedor de la aldea, la hacía querer desaparecer. Quería huir, dejarlo atrás, alejarse de él de una vez por todas.

Pero justo al doblar una esquina, se encontró con un grupo completamente inesperado.

Sasuke Uchiha.

El chico de cabello azabache, con su típico peinado en forma de cola de pato, avanzaba rodeado por un séquito de chicas que lo alababan por el simple hecho de caminar. Entre ellas estaba Sakura, de cabello rosado: su rival eterna.

Sasuke se detuvo en seco al notar la escena. Sus ojos se posaron en Ino… y luego en Naruto detrás de ella.

Ino sintió cómo el corazón se le detenía.

Allí estaba su amor platónico.

Allí estaba su rival.

Y, peor aún, parecía que Naruto la estaba siguiendo como si fuera una cita.

Sasuke curvó los labios en una sonrisa burlona.

—No esperaba que cayeras tan bajo, Ino —dijo con desprecio, burlándose de ella y, al mismo tiempo, del rubio.

Antes de que Ino pudiera reaccionar, Naruto explotó.

—¿CÓMO QUE "CAER TAN BAJO", TEME? —gritó lleno de ira.

Se acercó a Sasuke y lo agarró de la remera con fuerza.

—Decime qué quisiste decir con eso, teme.

Sasuke frunció el ceño y también lo tomó del cuello de la ropa.

—Dije lo que dije, dobe —respondió, encendiendo aún más la discusión.

Ambos comenzaron a forcejear, envueltos en una discusión acalorada que parecía a punto de convertirse en pelea.

Mientras tanto, Ino, temblorosa y avergonzada, se convirtió en el blanco de las chicas que rodeaban a Sasuke.

—No pensé que te llevaras tan bien con el último muerto —comentó Sakura con un tono sarcástico y cruel.

Ino intentó explicarse, pero las palabras salían atropelladas. Estaba atrapada entre miradas acusadoras, la humillación pública y una situación que se le había escapado por completo de las manos.

Las chicas no tenían intención de escuchar. Al contrario: parecían disfrutar el momento. Aprovechaban la caída de quien siempre había sido su mayor rival. Ino Yamanaka, la mariposa social, la chica hermosa que atraía miradas y atención, aquella cuya belleza había despertado envidias silenciosas durante años. Ahora era su turno de desquitarse.

Sakura no dejó pasar la oportunidad.

—Parece que la señorita perfecta ya tiene novio —dijo con una sonrisa venenosa—. Y por lo visto… están en una cita.

Ino la fulminó con la mirada, hervía de rabia.

—¡No es mi novio! —respondió alzando la voz—. ¡Solo me estaba siguiendo, incluso después de que le dije que no lo hiciera!

La discusión no tardó en llamar la atención de todos.

—¡Naruto! ¡Sasuke! ¡Basta ya! —gritó una voz firme.

Iruka apareció entre la multitud antes de que el forcejeo pasara a mayores. Con una sola mirada severa, consiguió que ambos se soltaran. Naruto retrocedió un paso, respirando con dificultad, los puños temblándole por la rabia contenida. Sasuke se limitó a acomodarse la ropa con indiferencia, como si nada hubiera ocurrido.

—¿Qué creen que están haciendo en plena calle? —reprendió Iruka—. ¿Quieren problemas?

Sasuke apartó la mirada, aburrido. Naruto apretó los dientes, pero no respondió.

El silencio que siguió fue incómodo. Las chicas comenzaron a murmurar de nuevo, observando a Naruto como si fuera algo peligroso… algo que no debería existir.

Ino sentía el pecho pesado, oprimido.

Quería decir algo.

Quería aclarar que todo había sido un malentendido.

Pero no pudo.

—Tsk… —chasqueó Sasuke—. No vale la pena.

Se dio media vuelta y se marchó, seguido por su séquito. Sakura se detuvo apenas un segundo, miró a Ino de arriba abajo con una sonrisa cargada de superioridad, y luego se fue sin decir nada más.

Cuando Sasuke, su grupo e Iruka desaparecieron, Naruto volvió a su actitud habitual. Se puso los brazos detrás de la cabeza y esbozó su sonrisa típica, como si nada le afectara.

Pero Ino estaba todo menos tranquila.

Las miradas juzgadoras a su alrededor la asfixiaban. Harta, explotó.

—¡MIRÁ LO QUE HICISTE, IDIOTA! —gritó con furia.

Naruto la miró sorprendido.

—¿Qué hice? —preguntó, genuinamente confundido.

—¡Por tu culpa Sasuke piensa que salimos! —escupió—. ¡Mi vida social se está cayendo a pedazos, y todo es por tu culpa!

La ira le brotó sin control.

—¿No entendés que cualquiera que se relacione con vos muere socialmente? —continuó—. ¡Nadie quiere estar cerca tuyo!

Naruto no respondió.

—¡Nunca más me hables! ¿Oíste? —sentenció Ino, dándose la vuelta y marchándose sin mirar atrás.

Naruto quedó inmóvil, con la cabeza baja. Las palabras de Mizuki resonaron en su mente, crueles e inevitables. Eso es lo que sos.

Sin saber a dónde ir, se alejó, buscando cualquier lugar donde no lo miraran como siempre.

TARDE EN LA NOCHE

Naruto caminaba por un bosque cercano, uno de los muchos que rodeaban la aldea. La noche caía lentamente, y el silencio lo envolvía.

Las palabras de Ino aún le pesaban en el pecho. Caminaba sin rumbo fijo hasta que se detuvo frente a un lago.

Era grande. Tranquilo. No había nadie.

—¿Dónde estoy…? —se preguntó al darse cuenta de que no reconocía el lugar.

Suspiró y se acercó a la orilla. Se arrodilló y miró su reflejo en el agua.

—¿Por qué todos me aíslan? —murmuró—. ¿Por qué nadie puede quererme?

Su reflejo no respondió.

—¿De verdad mi vida va a ser así? ¿Siempre solo?

La tristeza lo envolvía cuando algo llamó su atención. En lo profundo del lago, una luz roja brillaba débilmente.

Naruto frunció el ceño.

—¿Qué es eso…?

El brillo era tenue, pero visible si se miraba con atención. La curiosidad pudo más que la prudencia.

Se quitó los zapatos, la chaqueta y la remera, quedándose solo en calzoncillos, y se arrojó al agua.

Nadó hacia la luz y descubrió que provenía de una cueva submarina. Oscura. Amenazante. Nada invitadora.

Pero no le importó.

Olvidando su tristeza, se sumergió y avanzó. La luz provenía de una grieta en el fondo del túnel. Sin aire, intentó mirar dentro, pero solo vio rojo.

Impulsivamente, intentó abrir la grieta con las manos.

Entonces todo ocurrió demasiado rápido.

El agua comenzó a girar. Un remolino se formó, creciendo con violencia. Naruto intentó huir, pero ya era tarde. El remolino lo arrastró con una fuerza imposible de resistir.

Fue absorbido.

Solo vio luz.

Solo sintió agua.

El aire se acababa.

En la orilla de un río desconocido, el silencio reinaba… hasta que, de repente, Naruto emergió violentamente del agua. Tomó una bocanada desesperada de aire y, arrastrándose, alcanzó la orilla. Escupió el agua que había tragado y cayó exhausto.

Respirando con dificultad, se dio la vuelta, los ojos cerrados, una leve sonrisa de alivio por seguir vivo.

Entonces abrió los ojos.

La sonrisa desapareció.

El cielo no era oscuro.

Era rojo.

Nubes cargadas cubrían todo el firmamento, atravesadas por relámpagos que iluminaban un mundo completamente desconocido.

Naruto comprendió una sola cosa:

Ya no estaba en casa.

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