El viento del Mar del Norte golpeaba las ventanas de la Gran Hacienda Vindmølle con la furia de un dios antiguo que exigía entrar. La estructura, una fortaleza de ladrillo rojo y madera oscura rodeada de páramos helados, había sido durante siglos el "lugar de los olvidados" de la familia Valmorth. Allí enviaban a los ancianos que ya no servían, a los bastardos que incomodaban y a los secretos que no cabían en la mansión principal.
John Valmorth estaba de pie en el pórtico, envuelto en un abrigo de lana gruesa, observando el camino de grava.
A lo lejos, una figura pequeña caminaba contra el viento, arrastrando los pies pero sin detenerse. Era Helly. La pequeña mestiza venía con la ropa sucia de viaje y el rostro enrojecido por el frío, pero sus ojos brillaban con la satisfacción del deber cumplido.
John bajó las escaleras rápidamente, algo inusual para el hombre que, hasta hace poco, apenas podía caminar en línea recta por el alcohol.
—¡Amo John! —exclamó Helly, intentando hacer una reverencia, pero casi cayendo del agotamiento.
John la sostuvo por los hombros, evitando que tocara el suelo helado. —Olvida las reverencias, Helly. ¿Lo lograste?
La niña asintió, respirando con dificultad, sacando vaho por la boca.
—La señorita Hitomi... ella recibió el mensaje. Lo leyó frente a mí. Lloró, señor, pero dijo que entendía. —Helly sonrió débilmente—. Y no viene sola. Ese hombre, el del cabello negro... Ryuusei Kisaragi. Viene con ella. Vienen para apoyar su causa.
John sintió que un peso monumental se levantaba de sus hombros. No estaba solo. Su gambito había funcionado.
—Entra a la hacienda, Helly —ordenó John con suavidad, empujándola hacia el calor del interior—. Ve a la cocina, diles que te preparen un baño caliente y toda la comida que puedas comer. Descansa. Has salvado a esta familia hoy.
Mientras veía a la niña entrar, John se dio cuenta de algo. No sentía asco por su suciedad, ni desprecio por su sangre mezclada. Durante los días que había pasado en Vindmølle esperando su regreso, algo había cambiado en la arquitectura de su alma.
John había empezado a convivir con los mestizos, los sirvientes de "sangre sucia" que la familia principal trataba como ganado. Había comido con ellos en la mesa larga de la cocina, había escuchado sus historias sobre hijos enfermos y amores prohibidos. Y se dio cuenta de la gran mentira que Laila y el Canon de los Cuatro habían perpetuado durante siglos.
No tenían tres ojos. No tenían seis manos. No eran bestias sin alma.
Eran humanos. Eran iguales.
Solo una ideología podrida, escrita por viejos que temían perder su poder, los había convencido de que eran inferiores. John miró sus propias manos. Eran las manos de un asesino, sí, pero también las manos de un mestizo. Él era uno de ellos. Y esa tarde, mientras la lluvia empezaba a caer, John juró que la discriminación en la familia Valmorth moriría con él... o con sus hermanos.
Horas más tarde, el sonido de un motor interrumpió la calma de la hacienda. Un vehículo negro con el emblema del león plateado de los Valmorth se detuvo frente a la entrada. De él descendió un mensajero.
No era un guardia de élite, sino un mestizo de rango bajo, tembloroso, sosteniendo un sobre de terciopelo negro con bordes dorados.
John lo recibió en el vestíbulo. El mensajero no se atrevía a mirarlo a los ojos.
—Señor John... —tartamudeó el hombre—. Traigo noticias de la Mansión Principal. De Lord Constantine.
John tomó el sobre. Pesaba. Olía a perfume caro y a ozono.
—Habla —dijo John, abriendo el lacre con el pulgar.
—Su hermano, Lord Constantine, contraerá matrimonio el 15 de enero con Lady Eliza Von Drachen. Y al día siguiente, el 16 de enero, Lord Hiroshi se unirá en matrimonio con la heredera del Clan Kurogane.
John se detuvo. Sus ojos recorrieron la caligrafía elegante de la invitación. Dos bodas consecutivas. Una demostración de poder absoluto. Una consolidación de alianzas que haría a los Valmorth intocables en Europa y Asia.
—Está usted formalmente invitado, señor —terminó el mensajero, haciendo una reverencia profunda—. Se espera su presencia para la ceremonia de sucesión que tendrá lugar durante el banquete del día 15.
John miró al mensajero. Podía ver el miedo en sus ojos. Miedo a Constantine. Miedo a lo que pasaría si John rechazaba la invitación.
—Diles que acepto —dijo John con una sonrisa educada, casi mecánica—. Deséales a mis hermanos toda la felicidad del mundo. Y tú... ten cuidado en el camino de regreso. La carretera está resbalosa.
El mensajero, sorprendido por la amabilidad, asintió vigorosamente y se marchó.
John cerró la puerta y miró la invitación.
—El 15 y el 16... —susurró—. Perfecto. Dos días para pintar el salón de rojo.
sa noche, John subió a su habitación. La botella de whisky de malta de 50 años que solía estar en su mesita de noche había desaparecido. En su lugar, había un frasco de cristal lleno de galletas de mantequilla y un paquete de paletas de fresa.
John se sentó en el borde de la cama, desenvolvió una paleta y se la llevó a la boca. El sabor dulce y artificial inundó su lengua, dándole un consuelo infantil que el alcohol nunca pudo ofrecerle. Helly siempre se aseguraba de que el frasco estuviera lleno. Era su pequeña forma de agradecerle.
Se sentía bien consigo mismo. Su mente estaba clara, afilada como la Muramasa que descansaba bajo su cama. Pero la claridad tenía un precio: los recuerdos ya no estaban borrosos.
Cuando cerraba los ojos, ella aparecía. Laila Valmorth.
No la Laila monstruosa que todos temían, sino la madre fría que habitaba en sus memorias de infancia. John recordaba llegar corriendo a su despacho con un examen de matemáticas perfecto, con un ensayo de historia brillante, con un trofeo de esgrima.
Ella ni siquiera levantaba la vista de sus papeles.
"Es lo mínimo que debes hacer siendo quien eres", decía ella con esa voz monocorde. "¿Acaso no te he dado suficiente? Te he dado un techo, ropa y educación. No esperes aplausos por cumplir con tu obligación básica."
Pero luego, John veía cómo Laila sonreía a Constantine cuando este rompía algo por ira. Veía cómo acariciaba el cabello de Hitomi o elogiaba la frialdad de Hiroshi. A ellos, sus "verdaderos" hijos, los felicitaba por respirar. A él, lo toleraba.
La imagen cambió. Ahora no era un recuerdo de infancia. Era el recuerdo de hace una semana.
La almohada. La suavidad de la tela contra sus manos. La fuerza que aplicó hacia abajo. Los movimientos espasmódicos de las piernas de Laila bajo las sábanas. El sonido ahogado, gutural, de una vida extinguiéndose.
John sintió un escalofrío, pero no era de arrepentimiento. Era de vacío.
Se levantó y caminó hacia la ventana, mirando la lluvia torrencial. Mordió la paleta de fresa hasta romperla.
—No todo tiene sentido... —murmuró John, viendo su reflejo en el cristal oscuro—. Nos pasamos la vida buscando una razón, un patrón divino, una justificación para el sufrimiento. ¿Por qué ella me odiaba? ¿Por qué nací "impuro"?
El crujido del caramelo en su boca sonó fuerte en el silencio.
—No hay razón. Es caos. Pura aleatoriedad cruel. —John apoyó la frente contra el vidrio frío—. Pero creo que eso también tiene un sentido. Si nada importa, si no hay un destino escrito por los dioses... entonces soy libre. Libre de darle mi propio significado a esta tragedia. Mi sentido será la justicia. Mi sentido será el fuego que purifique esta casa.
John se fue a dormir con ese pensamiento filosófico anclado en su mente y unas pequeñas lágrimas secándose en sus mejillas, no por tristeza, sino por la abrumadora liberación de aceptar el absurdo de su existencia.
Al día siguiente, la tormenta no había amainado. La lluvia caía en cortinas grises sobre Nørre Nebel.
John estaba en la sala principal, revisando unos planos de la mansión principal, cuando escuchó el alboroto afuera. Se levantó y salió al pórtico protegido.
Un convoy de vehículos alquilados se detuvo. Las puertas se abrieron y una figura femenina corrió bajo la lluvia, ignorando el agua helada.
—¡JOHN!
Hitomi Valmorth subió las escaleras y se lanzó a los brazos de su hermano. John, sorprendido por el impacto, la abrazó con fuerza. Olía a lluvia y a bosque, el olor de la libertad que ella había buscado en Canadá.
Hitomi se separó un poco y lo tomó del rostro con ambas manos, examinándolo.
—Mírate... —dijo ella, con los ojos muy abiertos—. John, te ves... diferente. Tienes color en las mejillas. Esas ojeras horribles casi han desaparecido. Tu energía se siente limpia. ¿Es verdad lo que dice la carta? ¿Dejaste de beber?
John sonrió, una sonrisa genuina que llegó a sus ojos carmesí. —Sí, Hitomi. Cambié el whisky por galletas. Digamos que Helly es una excelente nutricionista.
—Me alegra tanto... —Hitomi volvió a abrazarlo—. Tenía tanto miedo de volver y encontrarte... bueno, ya sabes.
—Perdido —completó John—. Ya no estoy perdido.
John levantó la vista. A unos metros de distancia, bajo la lluvia, un grupo de personas descargaba equipaje. Pero uno de ellos se quedó quieto, mirando hacia el pórtico.
Ryuusei Kisaragi.
El chico de cabello negro y ojos (ocultos tras gafas oscuras) caminó lentamente hasta el pie de las escaleras. Se quitó las gafas, revelando una mirada seria pero tranquila.
John bajó un escalón. La última vez que se vieron, en Rusia, John estaba lleno de orgullo, insultó a Ryuusei y casi muere estrangulado. La tensión en el aire era palpable.
—Ryuusei Kisaragi —dijo John, inclinando la cabeza levemente—. Lamento mi comportamiento en nuestro primer encuentro. No estaba en mis cabales. Fui un idiota y un mal anfitrión de la realidad.
Ryuusei lo miró fijamente unos segundos, luego soltó un suspiro y sonrió, rascándose la nuca.
—Y yo lamento haberte casi matado —respondió Ryuusei—. Digamos que los dos estábamos teniendo un mal día en Rusia. Estamos a mano, John. Gracias por cuidar de Hitomi... bueno, a tu manera.
—Pasen, por favor —invitó John, señalando la puerta abierta—. Hace un frío que congela los huesos.
El grupo comenzó a subir. Aiko hizo una reverencia respetuosa. Charles miraba la arquitectura antigua con la boca abierta. Brad se quejaba del clima. Volkhov escaneaba el perímetro. Ezequiel ayudaba a Hitomi con la maceta del Bonsái Sylvan. Y Eider, impecable como siempre, pasó asintiendo brevemente hacia John.
Todos entraron. Menos uno.
John se giró antes de cerrar la puerta. Ryuusei seguía allí, parado en medio del jardín, bajo la lluvia torrencial. No llevaba paraguas ni capucha. Simplemente estaba de pie, con la cara levantada hacia el cielo gris, con los ojos cerrados y los brazos ligeramente extendidos.
—¿Ryuusei? —llamó John—. ¿Todo bien? Te vas a enfermar.
Ryuusei no abrió los ojos. Una sonrisa de paz absoluta se dibujó en su rostro mientras el agua empapaba su cabello y su ropa.
—Es el sonido, John... —dijo Ryuusei, su voz apenas audible sobre el estruendo de la tormenta—. El olor a tierra mojada. El frío en la piel. Me hace sentir... real. Los días de lluvia son los mejores. Limpian todo el ruido de la cabeza.
Se quedó allí unos minutos más, en comunión con la naturaleza, como si la lluvia estuviera lavando el peso de la máscara y de Snow.
Finalmente, Ryuusei abrió los ojos, sacudió la cabeza como un perro mojado y corrió hacia el pórtico.
—¡Listo! ¡Ya me cargué de energía! —exclamó Ryuusei, entrando al vestíbulo goteando agua por todas partes.
Apenas puso un pie en la alfombra persa de la entrada, se encontró con dos barreras.
—¡Señor Ryuusei! —gritó Helly, apareciendo con una toalla y cara de indignación—. ¡Acabo de limpiar ese piso! ¡Está dejando un charco!
Y detrás de ella, Eider cruzó los brazos, su mirada de "Causalidad Inversa" prometiendo dolor.
—Conducta inaceptable para un líder —dijo Eider fríamente—. Entrar en una base aliada en condiciones deplorables de higiene y temperatura corporal pone en riesgo tu salud y la imagen del grupo. Sécate inmediatamente o te secaré yo... y no será suave.
Ryuusei levantó las manos en señal de rendición, mientras Charles y Ezequiel se reían por lo bajo.
—¡Lo siento, lo siento! —dijo Ryuusei, tomando la toalla de Helly—. Solo quería disfrutar el momento.
John observó la escena desde la puerta del salón. Veía cómo interactuaban: la asesina regañona, la sirvienta valiente, el líder despreocupado, el árbol en maceta... Eran un caos. Pero era un caos cálido. Era una familia. Algo que él nunca tuvo en esta mansión.
—No se preocupen por el piso —intervino John con voz amable—. Es solo agua. Se seca. Lo importante es que están aquí.
John hizo un gesto hacia el pasillo que llevaba al comedor.
—Deben estar hambrientos. Helly y los demás han preparado una cena. Pasen, por favor. Esta noche no somos aliados políticos ni soldados. Somos... amigos.
El grupo asintió. Ryuusei (todavía secándose el pelo), Aiko, Charles, Brad, Volkhov, Ezequiel, Sylvan (que volvió a su forma de niño al oler la comida), Hitomi y Eider siguieron a John hacia la cocina.
El olor a estofado caliente y pan recién horneado llenaba el aire, prometiendo una noche de paz antes de que la sangre de los Valmorth tiñera la nieve de rojo.
