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Chapter 204 - El Viejo Ciego y El Matrimonio de Sangre

La tormenta sobre Nørre Nebel no daba tregua, pero para Ryuusei Kisaragi, aquel caos atmosférico era una canción de cuna. Después de la cena, el aire dentro de la hacienda se sentía cargado, denso con historias de siglos pasados y el peso de una guerra inminente. Necesitaba escapar. Necesitaba sentir algo real, algo que no fuera política ni estrategia.

Ryuusei salió al jardín trasero, donde el césped estaba empapado y el barro comenzaba a formarse bajo las botas. Sin importarle la suciedad o el frío que calaba hasta los huesos, se tumbó boca arriba sobre la hierba mojada.

—Ah... esto es vida —susurró, cerrando los ojos.

Las gotas de lluvia golpeaban su rostro, frías y constantes, lavando el sudor del viaje y el estrés acumulado. No activó su aura para protegerse. Quería sentirlo todo. La vulnerabilidad de ser humano bajo la inmensidad del cielo gris.

A unos pasos de él, una pequeña figura lo observaba con curiosidad. Sylvan. El niño árbol había recuperado su forma humana tras la cena, pero seguía sintiendo una conexión profunda con Ryuusei. Para Sylvan, Ryuusei no era solo un líder; era esa figura paterna fuerte y extraña que, a diferencia de los adultos aburridos, sabía disfrutar de la tierra.

Sylvan se acercó con timidez y, al ver que Ryuusei no se movía, decidió imitarlo. Se tumbó a su lado, extendiendo sus pequeños brazos y piernas en forma de estrella.

—¿Se siente bien, verdad? —preguntó Ryuusei sin abrir los ojos, sabiendo que el niño estaba ahí.

—Se siente... húmedo. Y vivo —respondió Sylvan con su vocecita aguda.

Ryuusei sonrió. —La lluvia es como un reinicio, Sylvan. Cuando todo se pone demasiado ruidoso ahí dentro —se tocó la sien—, la lluvia lo apaga.

Sylvan cerró los ojos e intentó sentir lo mismo. La conexión del niño con la naturaleza era absoluta. Al relajarse y sentir la gratitud hacia Ryuusei por llevarlo en ese viaje, su cuerpo reaccionó de forma instintiva. Pequeños brotes verdes comenzaron a surgir de sus codos y rodillas. Ramitas finas y flexibles, coronadas por hojas tiernas, empezaron a crecer desde su cabello, entrelazándose con la hierba del suelo como si quisieran echar raíces allí mismo, junto a su héroe.

Desde el ventanal de la sala principal, Eider observaba la escena con su habitual expresión inescrutable. Sus ojos ámbar analizaban la temperatura ambiente y la humedad relativa, calculando las probabilidades de hipotermia.

—John —llamó Eider sin girarse.

John, que estaba sirviéndose otra galleta del frasco, levantó la vista. —¿Sí, Eider?

—Solicito la ubicación de los suministros textiles de secado rápido. Toallas.

John parpadeó, confundido por la formalidad. —Ah, claro. En el armario de roble, en la esquina derecha del pasillo. Hay montones.

—Recibido —dijo Eider. Hizo una pausa y volvió a mirar por la ventana—. Adicionalmente, requiero acceso a fármacos antigripales y antipiréticos. Probabilidad de infección viral por exposición prolongada a condiciones climáticas adversas: 87%.

John sonrió levemente, entendiendo a quién se refería. —En el mismo armario, cajón superior. Hay medicina humana y... bueno, medicina Valmorth, por si acaso.

—Eficiente. Gracias.

Eider asintió y se dirigió hacia la salida. Tomó un paraguas negro del perchero y salió al pórtico. No fue a buscar a Ryuusei para arrastrarlo adentro. Simplemente se quedó allí, de pie bajo el paraguas, montando guardia. Esperaría a que él terminara su momento de paz. Si él quería mojarse, ella se aseguraría de tener la toalla lista y la medicina preparada para cuando decidiera volver. Esa era su forma de cuidado: silenciosa, logística y absoluta.

Mientras Ryuusei encontraba paz bajo la lluvia, dentro de la hacienda, los demás integrantes del equipo se habían retirado a sus habitaciones asignadas para descansar del viaje. Sin embargo, John tenía asuntos pendientes que no podían esperar.

—Hitomi —dijo John suavemente—, acompáñame. Hay gente que lleva años esperando verte.

Hitomi asintió y siguió a su hermano a través de los pasillos de servicio. A medida que descendían hacia las áreas donde vivían los mestizos y los sirvientes leales, el ambiente cambiaba. Ya no era la frialdad aristocrática de la planta alta, sino un calor humano, humilde y desgastado.

Varios rostros conocidos salieron al paso. Mujeres ancianas que le habían cepillado el cabello cuando era niña, hombres que le habían enseñado a esconderse de Laila. Todos la saludaban con reverencias torpes y lágrimas en los ojos, susurrando "Lady Hitomi" como si vieran a un fantasma.

Pero al final del pasillo, en una sala común iluminada por una chimenea modesta, estaba él.

Sentado en una silla de madera vieja, con las manos llenas de callos descansando sobre sus rodillas, estaba Alistar.

Hitomi se detuvo en seco. El hombre que recordaba como un guerrero formidable, el maestro de armas de la familia, ahora era una sombra rota. Tenía cicatrices profundas que cruzaban su rostro de lado a lado, y donde debían estar sus ojos, solo había una venda de tela gris.

—¿Alistar? —preguntó Hitomi con voz temblorosa.

El anciano giró la cabeza bruscamente hacia el sonido. Una sonrisa desdentada y dolorosa se formó en su rostro.

—Esa voz... —murmuró Alistar, extendiendo una mano temblorosa al aire—. ¿Pequeña Hitomi? ¿Eres tú?

Hitomi corrió hacia él y se arrodilló, abrazándolo con una fuerza desesperada, hundiendo su cara en el chaleco de lana del viejo.

—¡Alistar! ¡Alistar! —sollozó ella—. ¿Qué te pasó? ¿Por qué estás así? ¿Quién te hizo esto?

Alistar le tocó el rostro con sus dedos ásperos, trazando sus facciones como si quisiera memorizarlas a través del tacto. Las lágrimas brotaron de debajo de sus vendas, humedeciendo la tela.

—Oh, mi niña... has crecido —dijo Alistar con voz ronca—. Estás fuerte.

—Dímelo —exigió Hitomi, separándose un poco para mirarlo, aunque él no pudiera devolverle la mirada—. ¿Por qué estás ciego? Tú eras el más fuerte.

Alistar suspiró, un sonido que pareció arrastrar años de dolor.

—Fue la noche que te fuiste, Hitomi. —Alistar bajó la cabeza—. Yo tenía planeado irme contigo. Había preparado mis cosas. No iba a dejarte sola en ese mundo exterior. Pero... me interceptaron.

Hitomi sintió un nudo en el estómago. —¿Quién?

—Mi propio hermano. Luigi. —Alistar apretó los puños—. Laila lo envió. Sabía que yo intentaría ayudarte. Tuvimos que pelear. Fue... brutal. Luigi siempre fue leal a la corona, no a la sangre. Pero la matriarca no confiaba en nadie.

Alistar hizo una pausa, tragando saliva.

—Mientras peleábamos, Laila envió a Yusuri. ¿Lo recuerdas? El ejecutor silencioso. Yusuri apareció de la nada. No vino a ayudar a Luigi. Vino a matarlo. Laila consideró que Luigi había fallado al dejarme salir de mi cuarto. Yusuri... le arrancó la cabeza a mi hermano justo enfrente de mis ojos, mientras yo intentaba razonar con él.

Hitomi se cubrió la boca, horrorizada.

—Y luego... Yusuri vino por mí —continuó Alistar, tocándose las vendas—. Laila le dio una orden específica: "Sácale los ojos para que nunca más pueda buscarla. Y tortúralo hasta que diga dónde fue Hitomi". Me torturaron durante tres días, niña. Yusuri usó sus dagas rúnicas. Me arrancó los ojos uno por uno. Pero yo no dije nada. No sabía dónde estabas, y aunque lo hubiera sabido, me habría arrancado la lengua antes de hablar.

Alistar tembló ligeramente.

—Al final, cuando vieron que no hablaría, tu madre entró en la celda. Hizo un conjuro antiguo, una maldición de sangre. Selló mi factor de regeneración. Me dejó así, ciego y roto, para que sirviera de ejemplo a los demás mestizos.

El silencio en la habitación era sepulcral. Solo se escuchaba el crepitar de la leña. Hitomi estaba paralizada, imaginando el horror que Alistar había sufrido solo para proteger su huida.

Entonces, la voz de John rompió el silencio. Estaba de pie junto a la puerta, con la mirada baja.

—Después de esos sucesos, madre quedó débil —dijo John, caminando lentamente hacia la luz de la chimenea—. El conjuro para anular la regeneración de un guerrero como Alistar le costó mucha energía vital. Se volvió paranoica. Se encerró en su habitación.

John se detuvo frente a Hitomi. La miró directamente a los ojos, sin vacilar.

—Hitomi, escúchame bien. Esa mujer, Laila Valmorth... yo la maté.

La confesión quedó suspendida en el aire.

John esperó el grito. Esperó la bofetada. Esperó que Hitomi, la hermana dulce y pacifista, lo llamara monstruo o asesino.

Hitomi se quedó en shock unos segundos. Sus ojos carmesí se abrieron ligeramente, procesando la información. Miró a Alistar, ciego y torturado. Recordó su propia infancia, el miedo constante, la huida desesperada.

Lentamente, la tensión en los hombros de Hitomi desapareció. No lloró. No gritó.

—Oh... —fue todo lo que dijo.

John frunció el ceño, desconcertado. Se inclinó hacia ella.

—¿No vas a decir nada? —preguntó John, con un tono casi desesperado—. ¡La maté, Hitomi! ¡La asfixié con una almohada mientras me miraba! ¡Insúltame! ¡Dime que soy una basura! ¡Dime algo!

Hitomi levantó la vista y lo miró con una tristeza infinita, pero sin juicio.

—No te preocupes, John —dijo ella suavemente, poniendo una mano sobre el brazo de su hermano—. Habrás tenido tus razones. Ella... ella creó monstruos, y al final, uno de ellos la devoró. No puedo odiarte por sobrevivir.

John se quedó sin aire. Esperaba castigo, y recibió absolución. Se dejó caer en una silla cercana, pasándose las manos por el cabello blanco.

—Dioses... estás igual de rota que yo —murmuró John.

Alistar carraspeó, rompiendo el momento emocional para volver a la realidad táctica.

—Bien. Laila está muerta. Pero el peligro no ha terminado.

John se recompuso, su expresión volviéndose seria de nuevo.

—Así es. Hitomi, tienes que saber esto. El 15 de enero, pasado mañana, Constantine se casa con Eliza Von Drachen. Y el 16, Hiroshi se casa con la heredera Kurogane.

—¿Dos bodas? —Hitomi frunció el ceño—. Eso es... apresurado.

—Es una consolidación de poder —explicó Alistar—. Constantine quiere asegurar su posición. Pero hay algo peor. Mis informantes en la mansión principal dicen que, después de las bodas, cuando las alianzas estén firmadas, Constantine planea una "limpieza". Va a mandar a los Valmorth de sangre pura y a los guardias de élite para eliminar a los mestizos. A todos. A Helly, a mí, a los cocineros... dice que representamos una mancha para la nueva era de la familia.

Hitomi apretó los puños. —¡No podemos permitirlo!

—Por eso tengo un plan —dijo John, mirándola fijamente—. Y tú eres la pieza clave, Hitomi.

—¿Yo?

—Sí. Cuando vayamos a la boda, tú serás mi acompañante oficial. Y durante la ceremonia, anunciaremos nuestro compromiso.

Hitomi parpadeó, confundida. —¿Qué? ¿Compromiso? ¿Tú y yo?

—Te casarás conmigo —sentenció John—. Simbólicamente.

—¡John! —exclamó Hitomi, ruborizándose violentamente—. ¡Somos hermanos! ¡Eso es asqueroso! ¡Y además es ilegal! Bueno... en nuestra familia no, pero... ¡tú me entiendes!

Alistar soltó una risa seca y rasposa.

—Calma, niña. No se van a "casar" de verdad. No habrá noche de bodas ni nada de eso. Es una maniobra política. Recuerda las Leyes Antiguas de los Valmorth: "La sangre más fuerte dicta el camino". En nuestra familia, las mujeres con mayor poder y generación siempre han tenido prioridad de mando si reclaman su derecho. Tú eres una Sexta Generación, Hitomi. Igual que Laila, pero más joven y pura.

John asintió. —Yo soy un Quinta Generación. Si me presento solo a reclamar el trono, Constantine me aplastará con su legitimidad. Pero si me presento como el consorte de una Sexta Generación que ha regresado... las facciones neutrales dudarán. Nos dará la entrada legal para desafiar a Constantine en el Salón del Trono.

Hitomi procesó la información. Era una locura. Pero era una locura que podría salvar a Alistar y a los demás.

—O sea que... —Hitomi miró a John con una ceja arqueada, cambiando su tono a uno más burlón para aliviar la tensión—. ¿Solo me quieres por mis genes y mi rango? Vaya, qué romántico eres, hermanito.

John se sonrojó furiosamente, perdiendo su compostura de estratega frío. —¡N-no es eso! Es solo estrategia. Además... —John miró hacia otro lado, nervioso—. Mi corazón ya tiene dueña.

Hitomi abrió los ojos como platos. Una sonrisa pícara se dibujó en su rostro. Se acercó a él, invadiendo su espacio personal.

—¿Ah, sí? —dijo ella, picándole las costillas con el dedo—. ¿El gran John Valmorth, el mujeriego legendario, está enamorado? ¿Quién es la desafortunada? ¿Una duquesa? ¿Una modelo?

—No —murmuró John, cada vez más rojo—. Es... una Valmorth. Trabaja aquí, en la hacienda. En los establos. Se llama Elysa. Es mestiza. Tiene pecas en los hombros y... es muy bella. Y me regaña cuando como demasiadas galletas.

Hitomi soltó una risita encantada. —¡Vaya! Elysa. Me gusta el nombre. Me alegra que hayas encontrado a alguien real, John.

Pero luego, su expresión se volvió traviesa de nuevo.

—Aunque... hablando de tu pasado de "mujeriego legendario". —Hitomi cruzó los brazos—. Cuando eras un borracho desastre, traías a muchas mujeres a la casa. De todas esas fiestas y noches locas... ¿has averiguado si tienes algún hijo tirado por ahí?

El color desapareció del rostro de John. Se puso pálido.

—No... no lo sé —admitió John, tragando saliva—. Espero que no. De verdad espero que no.

John miró sus manos, pensativo.

—Pero... nuestra genética es fuerte, Hitomi. Si tuviera un hijo, lo reconocería al instante. Tendría el cabello blanco, tal vez con manchas negras como un dálmata si la madre es humana común. Y los ojos rojos. No podría esconderse.

Su voz se suavizó, adquiriendo un tono melancólico.

—Si existiera... creo que me haría cargo de él. Solo del niño. A la madre probablemente no le importaría, solo querría el dinero. Pero al niño... no dejaría que creciera como yo. No dejaría que se sintiera un error.

Hitomi observó a su hermano. Ya no veía al joven arrogante y perdido que solía ser. Veía a un hombre que, a pesar de sus crímenes, buscaba redención y familia.

Sin decir nada más, Hitomi lo abrazó de nuevo. Esta vez, un abrazo de orgullo.

—Has cambiado, John. Te ves muy bien. De verdad.

John le devolvió el abrazo con torpeza, pero con firmeza.

—Hitomi... hay una cosa más —dijo John cerca de su oído—. Si todo sale mal en la boda... si el plan político falla y tenemos que pelear... voy a matar a Constantine y a Hiroshi.

Hitomi se tensó. —John...

—No —la interrumpió él—. Prométeme que no te meterás. Prométeme que no mancharás tus manos con su sangre. Déjame esa carga a mí. Después de todo... —John se separó y la miró a los ojos con una sonrisa triste—. En realidad, yo no soy tu hermano completo. Soy tu hermanastro.

Hitomi sonrió con ternura, acariciando la mejilla de John.

—Ya lo sabía, tonto.

John parpadeó. —¿Cómo? ¿Cómo lo sabías?

—Siempre lo supe —dijo Hitomi—. Mamá te trataba diferente desde que éramos bebés. ¿Qué madre miraría con tanto asco a su propio hijo, a pesar de que este fuera un niño travieso que solo quería atención? Ella te odiaba por lo que representabas, no por quién eras. Pero para mí, nunca importó. Eres mi hermano, John. Sangre completa o mitad, eres el único que vino a buscarme bajo la lluvia.

John sintió que las lágrimas amenazaban con volver, pero se contuvo. Asintió, agradecido.

—Bien. Entonces, futura "esposa" —dijo John, intentando recuperar el tono ligero—, será mejor que descansemos. Mañana tenemos que probarte vestidos. Si vamos a dar un golpe de estado, tenemos que vernos espectaculares.

—Ah, no —se quejó Hitomi—. Odio la ropa formal. ¿No puedo ir en pijama?

—Definitivamente no.

Mientras ambos reían suavemente, la tormenta afuera seguía rugiendo, ajena a los planes que se tejían en la hacienda. En dos días, la sangre correría, pero esa noche, los Valmorth olvidados habían encontrado algo más fuerte que el acero: la lealtad.

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