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Chapter 205 - Mentiras de Boda

La tormenta sobre Nørre Nebel había alcanzado su punto máximo. El cielo no era negro, sino un violeta oscuro que parpadeaba con la furia de los dioses nórdicos. La lluvia caía con tal fuerza que parecía querer borrar la hacienda del mapa.

Sin embargo, en medio del jardín empapado, Ryuusei Kisaragi dormía plácidamente sobre el lodo, con una sonrisa boba en el rostro. A su lado, el pequeño Sylvan imitaba su postura, con los brazos extendidos y roncando suavemente, ajeno al diluvio.

Entonces, el cielo se rompió.

Un relámpago, blanco y cegador, descendió con un estruendo que hizo vibrar los cimientos de la casa. El rayo impactó en la tierra a escasos seis centímetros de la oreja izquierda de Ryuusei. La tierra explotó, el pasto se carbonizó al instante y el olor a ozono llenó el aire.

Ryuusei ni se inmutó. Solo se rascó la nariz, murmurando algo sobre "ramen picante" en sus sueños.

Desde la ventana del segundo piso, Eider observaba la escena con los ojos muy abiertos, algo raro en su estoica expresión. Ella, que estaba a punto de quedarse dormida haciendo guardia, sintió un pico de adrenalina.

—Ese idiota... su instinto de supervivencia es nulo —masculló.

Eider saltó por la ventana, aterrizando con gracia felina en el barro, y corrió hacia él. El agua empapó su pijama táctico al instante. Llegó junto a Ryuusei y lo sacudió por los hombros.

—¡Kisaragi! ¡Despierta! ¡Código Rojo meteorológico!

Ryuusei soltó un ronquido que compitió con los truenos.

La paciencia de Eider, que ya era escasa, se evaporó. Con un movimiento fluido y calculado, levantó su pierna derecha y le propinó una patada seca y precisa en la zona baja.

—¡GAAAAH!

Los ojos de Ryuusei se abrieron de golpe, inyectados en sangre. Se incorporó doblándose sobre sí mismo, agarrándose la entrepierna mientras emitía un sonido agudo, similar al de una tetera hirviendo.

—¡¿PERO QUÉ TE PASA?! —gritó Ryuusei, con la voz quebrada por el dolor, mirando a Eider bajo la lluvia—. ¡¿Por qué siempre es así?! ¡¿Por qué mi despertador siempre tiene que ser un golpe tuyo?! ¡Eres una sádica!

Eider lo miró con indiferencia, apartándose el pelo mojado de la cara.

—Casi mueres. Un rayo impactó en el cuadrante A-1, a centímetros de tu cráneo vacío.

—¡¿Y por eso tenías que destruirme la descendencia?! —Ryuusei miró el cráter humeante a su lado. Parpadeó dos veces, procesó que casi se convierte en carbón, y luego se encogió de hombros—. Ah, bueno. No me dio.

Y con esa lógica aplastante, Ryuusei se volvió a echar en el barro, cerrando los ojos. —Buenas noches, Eider.

Una vena palpitó en la frente de Eider.

—Negativo.

¡PUM!

Esta vez, la bota de Eider conectó directamente con la mejilla de Ryuusei, enviándolo a rodar por el césped.

—¡YA ESTOY HARTO! —rugió Ryuusei, levantándose cubierto de lodo—. ¡Déjame dormir en pa...!

No terminó la frase. Eider se movió más rápido que el rayo. Lo atrapó con una llave de judo, inmovilizó sus brazos y, con un movimiento seco y practicado, le rompió el cuello.

Crock.

Ryuusei cayó flácido en sus brazos, inconsciente pero vivo (gracias a su regeneración absurda). Eider suspiró, aliviada por el silencio.

Luego, se giró hacia Sylvan. Su expresión cambió radicalmente. Sus ojos se suavizaron y su voz se volvió maternal.

—Sylvan, pequeño —susurró, tocando el hombro del niño—. Hace frío. Es hora de ir a la cama.

Sylvan se frotó los ojos, medio dormido. —Mmm... Eider... quiero dormir aquí... con la tierra.

—Está bien —concedió ella—. Pero cúbrete.

Sylvan asintió. Su piel comenzó a endurecerse, convirtiéndose en corteza. Sus pies se hundieron en la tierra húmeda, echando raíces profundas. En cuestión de segundos, el niño desapareció y en su lugar se alzó un roble joven y robusto, cuyas hojas brillaban tenuemente bajo la lluvia, feliz de dormir plantado en la tormenta.

Eider asintió satisfecha, cargó el cuerpo "muerto" de Ryuusei sobre su hombro como si fuera un saco de papas y caminó de regreso a la hacienda.

Desde la calidez de la cocina, John Valmorth había presenciado todo a través del ventanal.

—Esa mujer... —murmuró John, dando un mordisco a una galleta de vainilla—. Es una belleza de cabello rojo, sin duda. Pero es letal. Mejor mantengo la distancia. No quiero terminar con el cuello roto como mi invitado.

John iba a retirarse a su habitación cuando un movimiento en los establos, al otro lado del patio, captó su atención. Una luz tenue se movía de un lado a otro.

Entrecerró los ojos y la vio. Elysa.

La chica mestiza luchaba contra el viento, sosteniendo una linterna vieja mientras intentaba cerrar una de las puertas del granero que se golpeaba violentamente. Los caballos relinchaban, aterrorizados por los truenos.

John no lo pensó. Dejó la galleta, se puso su impermeable negro y agarró una sombrilla grande que estaba junto a la puerta. Salió corriendo hacia la tormenta.

Sus botas de cuero italiano, que antes hubieran sido motivo de orgullo, se hundieron en el fango y el estiércol del camino. A John no le importó. Corrió hasta llegar a los establos, justo cuando Elysa estaba a punto de resbalar intentando calmar a un semental negro.

—¡Cuidado! —gritó John, sujetándola del brazo antes de que cayera.

Elysa se giró, asustada, iluminando la cara de John con la linterna.

—¡Amo John! —exclamó ella, con los ojos muy abiertos. Intentó hacer una reverencia rápida, pero el barro se lo impidió—. ¡Dioses, está todo sucio! ¡Perdóneme! No debería estar aquí a estas horas.

—Olvida las formalidades, Elysa —dijo John, tomando las riendas del caballo y ayudándola a meterlo en su cubículo—. ¿Qué haces aquí sola? Es peligroso.

—Las tormentas... —Elysa respiraba agitada, temblando por el frío—. Los truenos asustan a "Sombra" y a los demás. Si entran en pánico, pueden lastimarse golpeando las paredes. Tenía que venir a cantarles.

John la miró. Tenía el cabello mojado pegado a la cara, la ropa de trabajo manchada y las manos rojas por el frío. Y, sin embargo, a los ojos de John, se veía más noble que cualquier duquesa que hubiera conocido en las fiestas de Constantine. Su preocupación genuina por los animales la hacía resplandecer.

John notó cómo ella tiritaba. Sin dudarlo, se quitó su bufanda de lana fina —una prenda que costaba más que todo el establo— y se la envolvió alrededor del cuello a Elysa con delicadeza.

Elysa se quedó paralizada, sintiendo el calor de la prenda y el olor a colonia cara de John. Un sonrojo intenso subió por sus mejillas.

—Amo John... su bufanda... se va a arruinar con el agua...

—Que se arruine —respondió John con una sonrisa suave—. Las chicas hermosas tienen que cuidar su piel ante una tormenta tan agresiva. No queremos que te resfríes.

El comentario la golpeó como un rayo, pero de los buenos. Elysa bajó la mirada, jugueteando con el borde de la bufanda.

—Gracias... —susurró. Luego, armándose de valor, levantó la vista—. Amo John... si... si le gustan los caballos... tal vez un día de estos podría enseñarle a montar. Sé que usted sabe, pero... montar por placer, no por deporte.

La sonrisa de John se ensanchó, iluminando sus ojos rojos.

—Sería un honor, Elysa. Me encantaría.

Elysa sintió que el corazón se le salía del pecho. —¡Pasado mañana! —soltó de repente, casi gritando por los nervios—. ¡El día 12! ¡Tengo la tarde libre antes de que empiece el ajetreo de la boda! ¡Estoy libre!

Se tapó la boca, avergonzada por su ímpetu.

John soltó una risa franca. —El 12 será. Es una cita.

—¡Sí! —Elysa hizo una reverencia torpe y salió corriendo hacia la casa de los sirvientes, pero antes de desaparecer en la oscuridad, se giró y gritó—. ¡Buenas noches, John!

No "Amo John". Solo John.

John se quedó allí, bajo la lluvia, con las botas llenas de estiércol y sin bufanda.

—Tiene mi misma edad... 23 años —se dijo a sí mismo, sintiendo una calidez en el pecho que no tenía nada que ver con el alcohol—. Es demasiado bella para alguien como yo.

La luz del sol de la mañana se filtró por las cortinas de la habitación de invitados. Ryuusei abrió los ojos, sintiendo el cuello rígido (efecto secundario de que te lo rompan la noche anterior).

Lo primero que vio al enfocar la vista fue piel. Mucha piel pálida y suave. Y un sujetador deportivo negro.

—¡AAAAHH! —Ryuusei saltó hacia atrás, cayendo de la cama y enredándose en las sábanas.

En la cama, Eider se incorporó lentamente. Tenía el cabello rojo revuelto en todas direcciones y una camiseta de tirantes que apenas cubría lo necesario. Bostezó, estirando los brazos sin ninguna vergüenza.

—Silencio, Kisaragi. Son las 08:00 horas. Demasiado temprano para tus gritos.

—¡¿Por qué...?! ¡¿Por qué estás casi desnuda?! —tartamudeó Ryuusei, tapándose los ojos con las manos pero dejando una rendija entre los dedos—. ¡¿Y qué hacíamos durmiendo en la misma cama?!

Eider lo miró con los ojos entrecerrados, rascándose el estómago.

—Anoche, después de neutralizarte, te traje aquí. Empezaste a tener espasmos de hipotermia por dormir en el barro. Temblores de grado 3. Apliqué calor corporal directo para estabilizar tu temperatura. Es un procedimiento estándar de supervivencia.

—¡Dormimos juntos! —chilló Ryuusei, rojo como un tomate.

—Dormir. Verbo intransitivo. Estado de reposo —dijo Eider, bajándose de la cama y buscando su ropa—. ¿Por qué te alteras tanto? Nunca has dormido con una mujer. Es una afirmación, no una pregunta.

—¡Claro que no! —se defendió Ryuusei—. ¡Soy un caballero! ¡Digo... no, espera! ¡Aún soy virgen, vale! ¡Pero eso no tiene nada que ver!

Eider se detuvo mientras se abrochaba los pantalones. Lo miró con una mezcla de curiosidad científica y lástima.

—No me refiero al coito, genio. Me refiero a dormir. ¿Nunca has compartido lecho con una mujer? ¿Amiga? ¿Familiar? ¿Compañera de equipo?

Ryuusei dejó de gritar. Se sentó en el suelo, abrazando una almohada.

—En la secundaria... nunca hice amigas —admitió en voz baja—. Así que... no. Es la primera vez.

El silencio reinó en la habitación. Eider lo miró fijamente. Por un segundo, su máscara de frialdad se agrietó.

—Tremendo virgen —susurró ella, negando con la cabeza.

—¡OYE! —Ryuusei se levantó indignado—. ¡¿Y tú qué?! ¿Tú has dormido con algún chico?

Eider se puso su chaqueta de cuero, subió el cierre hasta el cuello y le dio la espalda.

—Esa información está clasificada y no es de tu incumbencia. Vamos a desayunar.

El comedor de la hacienda estaba lleno. El olor a café y pan tostado intentaba calmar los nervios, pero la tensión era palpable.

Todos estaban sentados: Aiko, Brad, Volkhov, Charles, Ezequiel, Sylvan (comiendo tierra de una maceta) y el recién llegado Ryuusei.

Hitomi se puso de pie, carraspeó y soltó la bomba.

—Atención a todos. Tengo un anuncio. Pasado mañana, durante la ceremonia... voy a casarme con mi hermano John.

El silencio fue absoluto. Se escuchó el sonido de un tenedor cayendo al plato de porcelana.

—¡¿GHKKK?! —Ryuusei se atragantó con su tostada. Se puso morado, tosió violentamente y, sin decir una palabra, se levantó de la mesa, salió corriendo del comedor y subió las escaleras a toda velocidad.

Se escuchó el portazo de su habitación.

Segundos después, un grito ahogado pero potente resonó a través de las paredes y el techo.

—¡NOOOOOOOOOOOOOOOOOO!

En su cuarto, Ryuusei tenía la cara enterrada en la almohada, golpeando el colchón con los puños.

"¡No sabía que Hitomi tenía fetiches con su hermano! ¡Maldita sea! ¡Pensé que tal vez, solo tal vez, yo tendría una oportunidad! ¡Soy un idiota! ¡Me voy a morir solo!"

Ryuusei sollozó dramáticamente durante exactamente dos minutos. Luego, se limpió las lágrimas, se acomodó el cabello, respiró hondo y bajó las escaleras. Entró al comedor con cara de póker, como si nada hubiera pasado.

—Perdón, me pareció ver una araña —dijo Ryuusei, sentándose y tomando su café con la mano temblando ligeramente.

Hitomi lo miró extrañada, pero continuó.

—Como decía... no es una boda real. Es una farsa.

—¿Eh? —Ryuusei levantó la vista.

—Es una trampa política —explicó Hitomi—. John necesita legitimidad para reclamar el trono. Si me "caso" con él, unimos la fuerza de la Sexta Generación con su reclamo. Es solo un papel.

Ryuusei sintió que el alma le volvía al cuerpo. ¡QUÉ SUERTE! ¡GRACIAS DIOSES DEL CAOS!, gritó en su mente, mientras por fuera solo asentía gravemente.

—Entiendo. Estrategia. Muy inteligente.

John tomó la palabra. —Escuchen bien. Los Valmorth somos... particulares. Nos regimos por la pureza visual.

Charles levantó la mano. —¿Qué significa eso? No sabía que existía una familia así de... racista.

—Lo somos —confirmó John sin rodeos—. Por eso, para que ustedes entren como mis "invitados de honor" y mi guardia personal, necesitamos que encajen. No pueden entrar viéndose como extranjeros.

John sacó una caja con varios frascos.

—Tinte temporal de alta calidad. Necesito que se tiñan el cabello de blanco. Todos ustedes. Así pensarán que son primos lejanos o bastardos reconocidos de otras ramas europeas. Si ven cabello blanco y ojos rojos (usaremos lentes de contacto), no harán preguntas.

Todos se miraron y asintieron. Era un precio pequeño por infiltrarse.

—Si todo sale mal... —la voz de John se oscureció—. Si descubren la trampa, o si Constantine ataca primero... necesito que peleen. Necesito que me ayuden a quemarlo todo.

Ryuusei dejó su taza de café. Su mirada se volvió seria, la mirada del líder que había sobrevivido a Rusia.

—Cuenta con nosotros, John. Si hay que pelear, pelearemos.

Después del desayuno, Ryuusei necesitaba aire. Caminó hacia los acantilados cercanos a la hacienda, donde la tierra terminaba y el Mar del Norte rugía.

Abajo, en una playa privada, vio a alguien entrenando caballos. Uno de ellos, un semental blanco imponente, corría libremente por la arena, sin silla ni jinete. Corría con una potencia que hacía temblar el suelo.

Ryuusei se apoyó en una barandilla de madera vieja.

—Libertad... —susurró.

Miró al caballo blanco. Parecía libre. Pero luego, Ryuusei notó algo. A lo lejos, había una cerca alta electrificada que rodeaba toda la playa.

—¿Ese caballo es realmente libre? —se cuestionó Ryuusei—. ¿O simplemente su cadena es lo suficientemente larga para que no la sienta?

Ryuusei miró sus propias manos.

—Al final, todo ser vivo es esclavo de algo. De su pasado, de su poder, de su destino... o de una máscara.

Ryuusei regresó a su habitación con ese pensamiento pesando en su mente. Cerró la puerta y se sentó frente al espejo. Levantó la mano y, del aire mismo, materializó su Máscara del Yin y Yang.

La sostuvo frente a él. La mitad blanca con negro. La mitad negra con blanco. Era su poder y su maldición. La miró con aprecio, porque le daba fuerza, pero también con miedo, porque sabía que cada vez que se la ponía, "Snow" ganaba un poco más de terreno.

De repente, la puerta se abrió sin tocar.

—¡Ryuusei! ¿Estás...? —Hitomi entró alegremente, pero se detuvo en seco.

Sus ojos se clavaron en el objeto que Ryuusei tenía en las manos.

—Esa es... —Hitomi dio un paso adelante, fascinada—. ¡Tu máscara! ¡La icónica!

Ryuusei se sobresaltó y trató de esconderla, poniéndose rojo. —¡Hitomi! ¡Se toca antes de entrar!

—¡Lo siento, lo siento! —Hitomi se acercó, ignorando su vergüenza—. Pero es que... ¡guau! Siempre la veo en las noticias. Cada vez que hay una revuelta o una pelea imposible, apareces tú con esa máscara. Es como... el símbolo de la anarquía y la esperanza al mismo tiempo.

Hitomi se sentó a su lado en la cama, mirándola como si fuera una joya.

—¿Puedo tocarla? —preguntó ella con timidez.

Ryuusei parpadeó. Nadie le había pedido eso. La gente solía huir de la máscara.

—Eh... sí. Claro.

Hitomi extendió sus dedos finos y trazó la línea que dividía el blanco del negro. —Se siente... fría. Pero vibra. Es divertido.

Luego, miró a Ryuusei con una sonrisa traviesa. —Oye... ¿me la puedo poner?

—¿Qué? —Ryuusei se sorprendió—. Nadie se la ha puesto nunca. Es... peligrosa.

—Por favor —insistió ella, haciendo un puchero—. Solo un segundo. Quiero ver qué se siente ser el famoso Ryuusei Kisaragi.

Ryuusei no pudo resistirse a esos ojos. Suspiró y asintió.

Hitomi tomó la máscara con reverencia y se la colocó sobre el rostro. Le quedaba un poco grande, lo que la hacía ver extrañamente adorable.

—No siento nada malvado —dijo su voz, amortiguada por la máscara—. ¡Ryuusei! ¡Invoca tus martillos y las dagas! ¡Rápido!

—¿Para qué?

—¡Quiero hacer el cosplay completo de mi héroe favorito! —exclamó ella, posando como si fuera a pelear.

Ryuusei sintió un golpe en el pecho. "Héroe favorito".

Sonriendo como un tonto, Ryuusei chasqueó los dedos. Los Martillos aparecieron flotando alrededor de Hitomi, y las dagas de teletransportación brillaron en sus manos.

Hitomi hizo una pose épica frente al espejo, riéndose.

—¡Tiemblen, villanos! ¡Soy Hitomi Kisaragi!

Ryuusei la observó. Con la máscara puesta, rodeada de armas ancestrales, no se veía aterradora. Se veía... perfecta.

Hitomi se quitó la máscara, revelando su rostro sonrojado y despeinado por la emoción. —¿Qué tal me veo? ¿Tengo algo en la cara? —preguntó riendo, al ver que Ryuusei la miraba fijo.

Ryuusei soltó las palabras antes de que su cerebro pudiera filtrarlas.

—Te ves bonita.

El tiempo se detuvo. Los martillos desaparecieron. Hitomi dejó de reír y sus mejillas se tiñeron de un rojo intenso.

—Ah... —Hitomi bajó la mirada, jugando con la máscara en su regazo—. Gracias... tú tampoco te ves mal, Ryuusei.

Hubo un silencio incómodo pero eléctrico. Ryuusei sintió que tenía que hacer algo, aprovechar ese momento de valentía que le había dado el "no matrimonio".

—Oye, Hitomi... —Ryuusei se rascó la nuca—. Más tarde... si deja de llover... ¿te gustaría salir a caminar? Digo, para ver los caballos y eso.

Hitomi levantó la vista, sus ojos brillando con una luz nueva.

—Me encantaría, Ryuusei.

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