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Chapter 206 - Consejos de Guerra

Ryuusei Kisaragi se levantó de la cama con la rigidez habitual de quien ha dormido en una postura extraña tras ser noqueado por su compañera de equipo. Siguió su rutina matutina en silencio: lavarse la cara con agua helada, estirar los músculos para verificar que Eider no le hubiera dislocado nada permanente y comprobar que la Máscara del Yin y Yang seguía en su dimensión de bolsillo.

Al bajar, vio a través de la ventana cómo Aiko jugaba en el jardín con Sylvan. El niño árbol corría alegremente, y Aiko reía, una imagen de inocencia que contrastaba con el cielo gris y plomizo de Dinamarca. Había amanecido nublado, con esa luz difusa que hace que todo parezca un sueño melancólico. Aunque Ryuusei adoraba a Aiko como a una hermana pequeña, últimamente no habían hablado mucho; la misión y el estrés los habían mantenido en órbitas separadas.

Decidió salir a tomar aire. En el pórtico de madera, sentado en una silla mecedora con una taza de té negro en la mano, estaba Sergei Volkhov. El francotirador ruso miraba el horizonte con su habitual expresión estoica, como si estuviera calculando la velocidad del viento para un disparo imposible.

Ryuusei se acercó, carraspeando un poco. Tenía veinte años, era un líder capaz de matar soldados, pero en temas del corazón era un completo novato. Necesitaba la sabiduría de alguien mayor.

—Volkhov... —empezó Ryuusei, apoyándose en la barandilla—. Necesito un consejo. Tú eres mayor, has vivido más... ¿Sabes algo sobre el amor? O sea, sobre mujeres.

Volkhov sopló el vapor de su té sin mirarlo.

—El amor en el campo de batalla es una distracción, Kisaragi. A mi temprana edad, yo estaba esquivando morteros en Grozny, no buscando flores. —Hizo una pausa y tomó un sorbo—. Aunque, según mis compañeras de escuadrón, yo era bastante popular. Decían que era guapo.

Ryuusei lo miró de reojo. Nunca se había detenido a analizarlo, pero ahora que lo observaba bien, Volkhov tenía lo suyo. Era alto, de complexión atlética pero no exagerada, con facciones afiladas y esa aura de misterio e inteligencia que solía atraer a la gente. Sí, objetivamente, el ruso era atractivo.

—Oye, Volkhov... —preguntó Ryuusei con un hilo de inseguridad—. ¿Tú crees que yo soy guapo?

Volkhov giró la cabeza lentamente. Sus ojos grises escanearon a Ryuusei de arriba abajo, como si estuviera evaluando un rifle defectuoso.

—Mmm... —Volkhov hizo una mueca pensativa—. Para los estándares japoneses promedio, supongo que eres... aceptable. Tienes simetría facial. No asustas a los niños.

—¿Aceptable? —Ryuusei frunció el ceño—. No entiendo. ¿Eso es guapo o feo?

—Es un punto medio —sentenció Volkhov—. No eres un adonis, pero tampoco eres un orco. Estás en el limbo de la mediocridad estética.

La autoestima de Ryuusei, que ya estaba frágil, se desplomó como un edificio en demolición.

—¿Y por qué tantas preguntas existenciales sobre tu rostro? —inquirió Volkhov.

—Es que... —Ryuusei miró sus botas—. Hoy voy a tener una cita con Hitomi. Vamos a salir a caminar.

Volkhov soltó una carcajada seca y breve. —Jaj. ¿Una cita? ¿Tú? ¿Con una Valmorth?

—¿Qué tiene de gracioso?

—Mírate, Kisaragi. Y mírala a ella. Hitomi es una Valmorth de sangre pura, una Sexta Generación. Es rica, poderosa y tiene un cuerpo esculpido por los dioses nórdicos. —Volkhov negó con la cabeza—. ¿Cómo es posible que una mujer así salga con alguien... "punto medio" como tú? Es biológicamente improbable.

Ryuusei sintió una flecha imaginaria atravesar su pecho. Se encogió, sintiéndose diminuto.

—¿Estás seguro de que es una cita? —insistió Volkhov, echando sal a la herida—. ¿Ella usó la palabra "cita"?

—Dijo que quería salir a caminar... —murmuró Ryuusei.

—Ahí lo tienes. No te hagas ilusiones propias, chico. Si construyes castillos en el aire, la caída te va a doler bastante. Además... —Volkhov señaló hacia la casa—. Técnicamente, ella está "casada" con John. O prometida.

—¡Es una farsa! —refutó Ryuusei, molesto—. ¡No es un casamiento formal, es un engaño político para el trono! ¡Ella no lo ama!

—Un casamiento es un casamiento a los ojos de la ley y la sociedad —dijo Volkhov con frialdad pragmática—. Los anillos pesan, sean de verdad o de mentira. Estás caminando en un campo minado.

Ryuusei apretó los puños. —Gracias por nada, Volkhov. Eres pésimo dando ánimos.

Se dio la vuelta para irse, frustrado y dolido. Pero antes de que cruzara la puerta, la voz de Volkhov lo detuvo, esta vez con un tono menos burlón.

—Kisaragi. Espera.

Ryuusei se detuvo sin girarse.

—Si para ti es una cita... trátala como tal —dijo Volkhov, mirando de nuevo al horizonte gris—. Llévala a lugares bonitos. El mar del Norte tiene su encanto si sabes dónde mirar. Busca flores, aunque sea difícil en este clima. Y sobre todo... sé un caballero. Ábrele las puertas, ofrécele tu abrigo si tiene frío. A las mujeres como ella, acostumbradas al poder y la crueldad, la gentileza les sorprende más que la fuerza.

Ryuusei sonrió levemente. —Gracias, ruso.

En la parte trasera de la hacienda, donde el viento soplaba con menos fuerza, Hitomi y Eider estaban tendiendo sábanas blancas que olían a lavanda.

Hitomi parecía nerviosa. Doblaba y desdoblaba la misma esquina de una sábana.

—Eider... —preguntó Hitomi, rompiendo el silencio—. ¿Qué tipo de ropa se necesita llevar para una caminata con un chico? O sea... para que no parezca que me esforcé mucho, pero que me vea bien.

Eider colocó una pinza.

—Análisis de vestuario —dijo Eider con voz monótona—. Un vestido es la opción táctica óptima. Preferiblemente uno que resalte la silueta sin restringir la movilidad. Los estudios indican que los vestidos activan las neuronas y los receptores de dopamina en el cerebro masculino con un 40% más de eficacia que los pantalones.

Hitomi se sonrojó furiosamente. —¿A-activar neuronas?

—Afirmativo. Es biología básica. Quieres generar una respuesta de atracción, ¿correcto?

—Bueno... sí. Supongo —Hitomi jugó con un mechón de su cabello blanco—. Eider, tú pareces muy segura de ti misma. ¿Has tenido muchas salidas con chicos?

Eider se detuvo. Sus ojos ámbar parpadearon.

—¿Te refieres al coito recreativo o a interacciones sociales románticas?

—¡Dioses, no! —Hitomi se cubrió la cara—. ¡Citas! Citas normales. Ir al cine, comer helado... esas cosas.

Eider infló el pecho con un orgullo visiblemente fingido.

—Por supuesto. Multitud de sujetos masculinos han intentado establecer protocolos de cortejo conmigo. Nadie ha podido conquistarme debido a mis altos estándares de eficiencia.

Era una mentira flagrante. Eider jamás había tenido una cita porque la mayoría de los hombres le tenían terror o ella terminaba analizando sus defectos genéticos en los primeros cinco minutos.

—¿Y tú? —contraatacó Eider para desviar el tema—. Eres una Valmorth. Tu valor genético es incalculable. ¿Te han solicitado como pareja reproductora?

—¡Deja de llamarlo así! —rio Hitomi—. Pero... la verdad es que no. O sea, sí me han pedido citas. Muchos nobles, hijos de socios de mi madre... pero siempre los rechacé. Nunca acepté una sola cita. Todos me parecían vacíos, solo querían mi apellido o mi poder.

En ese momento, Aiko pasó corriendo cerca de ellas, persiguiendo una mariposa que Sylvan había creado con hojas secas. La niña de trece años se detuvo al verlas conversar tan seriamente.

—Hola, Aiko —saludó Hitomi, sonriéndole con dulzura—. Ven, siéntate un momento.

Aiko se sentó en el césped, abrazando sus rodillas. Hitomi la miró con curiosidad. Sabía que Aiko llevaba más tiempo con Ryuusei que nadie.

—Aiko... tú conoces a Ryuusei mejor que nosotros —dijo Hitomi—. ¿Cómo era él antes? Me refiero a antes de que formara este grupo. A veces siento que guarda mucha tristeza.

La sonrisa de Aiko se desvaneció un poco. Miró hacia la casa, donde Ryuusei probablemente se estaba preparando.

—El Ryuusei de antes... era frío —dijo Aiko con voz suave—. Mucho más frío que ahora. Era como un bloque de hielo que caminaba. No hacía chistes, no sonreía. Solo cumplía misiones.

Hitomi y Eider prestaron atención.

—Hubo un incidente el año pasado que lo cambió todo —continuó Aiko, bajando la voz—. Antes de que Ryuusei decidiera reunirnos... él capturó a un hombre. Se llamaba Daichi.

El nombre flotó en el aire con un peso ominoso.

—Daichi había hecho cosas terribles a gente inocente y casi me mata. Ryuusei... perdió el control. Lo torturó.

—Aiko cerró los ojos, recordando—. Fue horrible. La Máscara del Yin y Yang empezó a reaccionar a su odio. La parte negra comenzó a devorar la blanca. Ryuusei estaba disfrutando del dolor de Daichi. Se estaba convirtiendo en un monstruo de verdad.

Hitomi sintió un escalofrío. No podía imaginar al Ryuusei amable que conocía haciendo algo así.

—Yo... yo tuve que intervenir —susurró Aiko—. Él estaba cubierto de sangre, irreconocible. Le quité la máscara a la fuerza. Lloré y le grité para que volviera.

Aiko suspiró.

—Cuando le quité la máscara, Ryuusei colapsó. Volvió en sí, temblando y llorando por lo que había hecho. Pero en ese momento de confusión... Daichi escapó.

—¿Escapó? —preguntó Eider, alarmada—. ¿Un sujeto torturado por una Quinta Generación logró evadir la contención?

—Sí. Y antes de irse, dejó un mensaje. Prometió vengarse de Ryuusei. Juró que volvería para destruir todo lo que él amara. —Aiko miró a Hitomi—. Hasta ahora, no sabemos nada de él. Es una sombra que nos persigue. Pero después de eso... Ryuusei cambió. Decidió que no quería ser ese monstruo. Empezó a cambiar su actitud, a esforzarse por ser una mejor persona, a sonreír, a protegernos en lugar de solo destruir.

Aiko sonrió de nuevo, esta vez con orgullo.

—Esa personalidad amable y un poco tonta que ven ahora... es su esfuerzo diario por no dejar que la oscuridad gane. Y a mí me gusta mucho más este Ryuusei.

Dicho esto, Aiko se levantó, sacudiéndose el césped. —¡Me voy! Sylvan me espera.

Hitomi se quedó pensativa, procesando la historia. Ryuusei no era solo un héroe; era alguien que luchaba contra sus propios demonios cada segundo.

—Ese vestido te quedará bien —dijo Eider de repente, rompiendo la tensión—. Amarillo. El color de la advertencia, pero también de la luz solar.

Hitomi sonrió. —Gracias, Eider.

Se despidieron y Hitomi corrió hacia la casa de los sirvientes, donde las mestizas la esperaban para arreglarla.

Una hora después, Ryuusei esperaba en la puerta principal. Llevaba una camisa blanca (prestada por John) y unos pantalones oscuros. Estaba nervioso, alisándose el cabello cada cinco segundos.

Entonces, la puerta se abrió.

Ryuusei sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.

Hitomi salió llevando un vestido amarillo pálido, sencillo pero elegante, que contrastaba maravillosamente con su piel blanca y sus ojos carmesí. El viento movía la tela suavemente alrededor de sus piernas. Llevaba el cabello suelto, cayendo como una cascada de plata sobre sus hombros. En ese día gris y triste, ella parecía la única fuente de luz en kilómetros.

—Hola, Ryuusei —dijo ella, con las mejillas un poco sonrosadas—. ¿Me veo bien?

Ryuusei abrió la boca, la cerró y volvió a abrirla. Recordó el consejo de Volkhov.

—Te ves... increíble, Hitomi. Como un sol en medio de la tormenta.

Hitomi sonrió, complacida. —Gracias. Vamos.

Ambos comenzaron a caminar hacia la playa, alejándose de la hacienda. El sonido de las olas rompiendo contra las rocas llenaba el silencio, que al principio fue incómodo, pero poco a poco se volvió agradable.

Llegaron a la orilla. La arena estaba fría y compacta. El mar del Norte era de un gris metálico, salvaje y hermoso a su manera.

—Volkhov me dijo que debía traerte flores —dijo Ryuusei de repente, mirando alrededor—. Pero aquí solo hay arena y algas. Soy un pésimo caballero.

Hitomi rio, un sonido cristalino que se mezcló con el viento.

—No necesito flores, Ryuusei. Solo quería salir de esas paredes. La hacienda... a veces se siente como una prisión llena de recuerdos malos. Estar aquí, contigo, es suficiente.

Caminaron uno al lado del otro. Sus manos se rozaban ocasionalmente, enviando pequeñas descargas eléctricas a través de la columna de Ryuusei.

—Aiko me contó sobre Daichi —soltó Hitomi sin previo aviso.

Ryuusei se tensó. Se detuvo en seco y miró al mar. Su expresión se ensombreció.

—Ah... ya veo. Entonces sabes que no soy el héroe perfecto que crees.

—Nadie es perfecto, Ryuusei. —Hitomi se puso frente a él, obligándolo a mirarla—. John mató a nuestra madre. Yo he huido toda mi vida. Tú cometiste errores. Lo importante es quién eres ahora. Y el Ryuusei que está frente a mí... es alguien que se preocupa por si soy feliz con un vestido amarillo.

Ryuusei la miró a los ojos. Rojos como la sangre, pero cálidos como el fuego de un hogar.

—Tengo miedo, Hitomi —confesó él en un susurro—. Miedo de que ese lado oscuro vuelva. De que Daichi aparezca y lastime a alguien.

—Si aparece, lo enfrentaremos juntos —dijo ella con firmeza—. Tienes un equipo ahora. Me tienes a mí.

El viento sopló más fuerte, trayendo una ráfaga helada desde el océano. Hitomi se abrazó a sí misma, tiritando levemente con su vestido ligero.

Sin dudarlo un segundo, Ryuusei se quitó la chaqueta que llevaba sobre la camisa y se la colocó sobre los hombros.

—Volkhov dijo que un caballero siempre ofrece su abrigo —dijo Ryuusei con una sonrisa tímida.

Hitomi se ajustó la chaqueta, que le quedaba grande y olía a él (y un poco a la pólvora de Volkhov, curiosamente).

—Gracias, mi caballero —respondió ella.

Siguieron caminando, ahora mucho más cerca el uno del otro. Ryuusei vio algo brillante en la arena. Se agachó y recogió una pequeña pieza de vidrio marino, pulido por las olas hasta quedar suave y redondeado. Era de un color azul profundo.

—No es una flor —dijo Ryuusei, limpiándola y ofreciéndosela—. Pero es algo que sobrevivió al mar y a las tormentas. Como nosotros.

Hitomi tomó el vidrio y lo apretó en su mano contra su pecho.

—Es perfecto.

Se quedaron allí un momento, mirándose. El mundo alrededor desapareció: no había bodas forzadas, ni familias asesinas, ni enemigos del pasado. Solo un chico con miedo a ser un monstruo y una chica con miedo a su propia sangre, encontrando paz en los ojos del otro.

—Ryuusei... —empezó Hitomi, acercándose un paso más.

Ryuusei sintió que el corazón le latía en la garganta. ¿Iba a besarlo? ¿Debía besarla él? ¿Qué haría Volkhov? ¡Seguramente Volkhov ya la habría besado hace diez minutos!

Pero antes de que pudiera reunir el valor, un sonido lejano rompió la magia. El grito de un halcón, pero mecánico. Una señal.

—Debemos volver —dijo Hitomi con pesar, rompiendo el trance—. Si nos demoramos más, John se pondrá paranoico.

Ryuusei asintió, tragándose la decepción pero guardando el momento en su memoria como un tesoro.

—Sí. Vamos a casa.

Mientras regresaban a la hacienda, bajo el cielo nublado, Ryuusei no se sentía "promedio" ni "aceptable". Caminando junto a Hitomi, con ella usando su chaqueta, se sentía como el hombre más afortunado del mundo. Y por primera vez, pensó que tal vez, solo tal vez, podría tener un futuro que no fuera solo guerra.

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