El viento del Mar del Norte soplaba con fuerza, agitando el vestido amarillo de Hitomi y la camisa prestada de Ryuusei. El momento era casi mágico, una burbuja de intimidad a punto de estallar en un beso o una confesión, cuando un sonido metálico y chirriante rompió el encanto.
—¡Probando, probando! ¡Uno, dos! —La voz de John resonó a través de unos altavoces ocultos en los postes de seguridad que rodeaban el perímetro de la playa—. Atención a la parejita feliz. Falsa alarma. Repito: Falsa alarma. El halcón detectó un dron de turistas, no un ataque de Constantine. Pueden seguir... "caminando". Corto y cierro.
El clic del micrófono apagándose dejó un silencio incómodo.
Hitomi y Ryuusei se quedaron paralizados un segundo, procesando la interrupción, y luego estallaron en risas. Fue una risa nerviosa al principio, pero luego genuina, liberando la tensión acumulada.
—Ese John... tiene un don para arruinar momentos —dijo Ryuusei, pasándose una mano por el cabello negro.
De repente, se puso serio. Recordó la cercanía de Hitomi hace unos instantes.
—Oye... —Ryuusei la miró fijamente—. ¿Qué... qué ibas a hacer hace un rato? Cuando te acercaste tanto a mi cara.
Hitomi parpadeó, y una sonrisa traviesa curvó sus labios. Dio un paso adelante, invadiendo nuevamente su espacio personal. Levantó la mano y, con delicadeza, sacudió el flequillo de Ryuusei.
—Tenías algo en el pelo —murmuró ella suavemente—. Un poco de arena. Solo quería quitarla.
Ryuusei sintió que la cara le ardía. Casi se sonroja violentamente, pero logró mantener la compostura (apenas).
—Ah... gracias.
El ambiente cambió. Ryuusei sabía que este momento de paz era prestado. Sabía que en tres días estarían rodeados de enemigos. Si iban a luchar espalda con espalda, ella necesitaba saber a quién tenía al lado. No al "héroe" de la máscara, sino al chico roto que había debajo.
Ryuusei extendió su mano y tomó la de Hitomi. Su agarre fue firme, pero tembloroso.
—Hitomi, escúchame. Hay algo importante que debo decirte. Algo que Eider no sabe, que nadie sabe realmente, excepto los de mi grupo.
Hitomi notó la gravedad en su voz y asintió, dejando que él hablara.
—Tú crees que soy una "Singularidad" de nacimiento, como John o tú. Pero la verdad es que yo nací sin poderes. Era un chico normal.
Los ojos de Hitomi se abrieron con sorpresa. —¿Normal? ¿Sin poderes?
—Totalmente normal —Ryuusei miró al mar, perdiéndose en los recuerdos—. Todo ocurrió hace cuatro años. En el 2016. Yo tenía catorce años.
Ryuusei respiró hondo, dejando que la historia fluyera.
—Hubo un terremoto. No fue uno cualquiera, fue devastador. Estaba en la calle con un amigo. Y yo... morí.
Hitomi apretó su mano, horrorizada.
—No vi una luz blanca. Me fui al Limbo. Un lugar gris, vacío y eterno. Y allí la conocí. A la Muerte.
—¿La Muerte? —susurró Hitomi.
—Sí. Aunque al final le puse como nombre Lara. Era... increíblemente hermosa, Hitomi. Una belleza fría y aterradora que te helaba el alma. Ella estaba aburrida, supongo. Organizó un torneo. Dijo que había miles de almas allí, pero solo cinco tendrían el derecho de volver a la vida.
Ryuusei cerró los ojos, recordando los gritos y la desesperación de ese lugar.
—Tuve que pelear. Un niño de catorce años contra hombres, monstruos y desesperación. Allí conocí a Aiko. Ella tenía tan solo nueve años, Hitomi. Una niña pequeña y asustada en el reino de los muertos. Y también conocí a Daichi y a otros dos. Éramos los cinco finalistas.
—¿Y tus armas? —preguntó ella.
—Las encontré en una cueva. En medio del miedo, aparecieron los Martillos y las Dagas. —Ryuusei miró sus manos vacías—. Ganamos. Los cinco logramos pasar la prueba de Lara.
Ryuusei tragó saliva. Aquí venía la parte más dolorosa.
—Lara y yo... nos volvimos extrañamente cercanos. Supongo que le divertía mi terquedad. Al final, nos hicimos "amigos", si es que puedes ser amigo de la Muerte. Pero ella no da nada gratis. Como castigo por desafiar el orden natural, me dio dos cosas: esta regeneración dolorosa que hace que sienta cada hueso romperse y unirse de nuevo... y la Máscara del Yin y Yang.
—El precio del poder —murmuró Hitomi.
—No fue el único precio —la voz de Ryuusei se quebró—. Lara me puso un título. Me llamó el "Heraldo Bastardo". Porque traigo la muerte, pero no pertenezco a su reino ni al de los vivos. Cuando desperté en medio de las cenizas, pasaron unos tres años, trabajando para Lara.
Cuando estaba con Aiko, salí para comprar unas cosas y a lo lejos vi a mis padres, vivos, corrí hacia ellos. Quería ver a mis padres. Quería abrazar a mis hermanas.
Una lágrima solitaria rodó por la mejilla de Ryuusei.
—Entré a esa tienda, llorando de alegría. Pero cuando mi madre me vio... me preguntó: "¿Quién eres tú, jovencito? ¿Estás perdido?".
Hitomi se llevó una mano a la boca.
—Lara había borrado mi existencia de sus mentes —continuó Ryuusei con amargura—. Mis fotos habían desaparecido de los álbumes. Mi cuarto era un depósito. Para mis padres y mis hermanas, yo nunca nací. Ese fue el verdadero castigo. Ser un fantasma en mi propio hogar.
El silencio que siguió fue pesado, solo roto por las olas. Hitomi no podía creer lo que escuchaba. La soledad de Ryuusei no era una fase; era una maldición divina.
Ryuusei se secó la lágrima rápidamente y forzó una sonrisa, mirando a Hitomi.
—Por eso... me dio mucha risa y ternura ver que ayer hiciste un cosplay de mí. —Ryuusei soltó una risita suave—. Un "Heraldo Bastardo" convertido en el héroe favorito de una princesa Valmorth. La ironía es divertida, ¿no?
Los dos se miraron a los ojos. En ese instante, la conexión fue absoluta. Hitomi vio todo el dolor y la valentía que se escondían detrás de la sonrisa tonta de Ryuusei. Él vio en ella una aceptación que nunca había recibido ni de su propia sangre.
Rápidamente, ambos apartaron la mirada, sonrojados por la intensidad del momento.
Hitomi carraspeó, tratando de recuperar el aire.
—Bueno... —dijo ella, con la voz un poco aguda—. Eso explica muchas cosas. Y también explica por qué eres tan torpe socialmente.
Ryuusei se rio. —¡Oye! Hago lo que puedo.
Hitomi lo miró de reojo, evaluándolo. Quería cambiar el tema, quería sacarlo de esa tristeza del Limbo y traerlo de vuelta al mundo de los vivos, donde ella podía hacerlo sonreír.
—Ryuusei, ¿sabes montar a caballo?
El cambio de tema fue tan brusco que Ryuusei parpadeó.
—¿Eh? ¿Caballos? —Ryuusei negó con la cabeza—. Nunca he tocado uno. Solo los he visto en el hipódromo por televisión o de lejos. Soy un chico de ciudad... bueno, de ciudad destruida.
Los ojos de Hitomi se iluminaron con una chispa de determinación. Se levantó de un salto, sacudiéndose la arena del vestido.
—¡Perfecto! —exclamó ella—. ¡Levántate, Heraldo Bastardo! Hoy vas a aprender algo que no implica matar gente.
Lo agarró de la mano y tiró de él con fuerza sorprendente. Ryuusei tropezó, pero la siguió. Corrieron por la playa de regreso hacia los acantilados, subiendo por el sendero hacia los establos.
Llegaron a los establos privados de la hacienda, donde el olor a heno y cuero llenaba el aire. Hitomi entró como si fuera la dueña del lugar (técnicamente lo era, en cierto modo).
—¡Date la vuelta! —ordenó Hitomi, señalando una esquina—. Voy a cambiarme. Y ni se te ocurra mirar, o le diré a Eider que te rompa la otra pierna.
Ryuusei obedeció al instante, tapándose los ojos con ambas manos y girándose hacia la pared.
—¡No estoy mirando! ¡Soy ciego! ¡Soy un topo!
Escuchó el sonido de telas moviéndose, cremalleras y botas golpeando el suelo. Ryuusei contaba ovejas mentalmente para no ponerse nervioso.
—Listo. Ya puedes mirar.
Ryuusei se giró y se quedó sin aliento.
El vestido amarillo había desaparecido. Ahora, Hitomi vestía un traje de equitación impecable: pantalones blancos ajustados, botas altas de cuero negro pulido y una chaqueta entallada de color azul marino con el emblema de los Valmorth bordado en plata. Llevaba el cabello recogido en una coleta alta que dejaba ver su cuello elegante. Parecía una general de caballería lista para la guerra, pero con una elegancia aristocrática.
—Guau... —fue todo lo que Ryuusei pudo articular.
—Cierra la boca, que te entran moscas —dijo Hitomi sonriendo, y le lanzó un casco—. Póntelo. Tu cabeza es dura, pero el suelo lo es más.
Hitomi sacó a dos caballos. Uno era el semental blanco que Ryuusei había visto antes, llamado "Boreal". El otro era una yegua marrón más tranquila llamada "Canela".
—Tú vas con Canela —dijo Hitomi, entregándole las riendas—. Es dócil. No te matará... probablemente.
La siguiente hora fue una comedia de errores y pequeñas victorias.
Ryuusei, el hombre capaz de teletransportarse y destruir edificios con un martillo, estaba aterrorizado de una yegua.
—¡Está muy alto! —gritó Ryuusei aferrándose a la crin de Canela cuando logró subirse—. ¡Y se mueve! ¡¿Por qué se mueve tanto?!
—¡Porque está viva, tonto! —reía Hitomi, galopando en círculos alrededor de él con una destreza impresionante. Ella y Boreal parecían una sola criatura, moviéndose con una gracia fluida.
Hitomi se acercó y le enseñó a sostener las riendas, a usar las piernas para guiar y a moverse con el ritmo del animal en lugar de luchar contra él.
—Relájate, Ryuusei. Siente el latido del caballo. Es como el flujo de energía de tus martillos, pero vivo. Tienes que respetarlo.
Poco a poco, Ryuusei dejó de estar rígido. Empezaron a trotar suavemente por el prado cercado. El viento le golpeaba la cara, y por primera vez en años, no estaba pensando en Lara, ni en Daichi, ni en sus padres olvidados. Solo pensaba en no caerse y en lo bonita que se veía Hitomi riéndose de él.
—¡Mira, Hitomi! ¡Estoy galopando! —gritó emocionado.
—¡Eso es trotar, Ryuusei! ¡Pero vas bien!
Pasaron la tarde así, corriendo bajo el cielo nublado hasta que empezó a lloviznar. Ryuusei terminó con dolor en los muslos y el orgullo un poco herido por casi caerse tres veces, pero con el corazón lleno. Había sido un día normal. Un día feliz.
La noche cayó sobre la Hacienda Vindmølle. La cena fue rápida y tensa. El día de diversión había terminado; la realidad del 15 de enero se acercaba.
John reunió a todos en el salón principal, que había sido despejado de muebles y cubierto con plásticos en el suelo, pareciendo una escena de crimen o un laboratorio.
—Bien, equipo suicida —anunció John, aplaudiendo—. Es hora de la transformación. Si vamos a entrar en la Boca del Lobo, tenemos que parecer lobos.
Dos hombres entraron al salón. Eran mestizos, de complexión robusta y miradas serias.
—Ellos son Jack y Tron —presentó John—. Son los mejores estilistas del bajo mundo y leales a mi facción. Han teñido el pelo de prófugos y espías durante años. Hoy, los convertirán en Valmorths.
Jack, un hombre con tatuajes en los brazos, sacó varios cuencos con una mezcla química que olía fuerte y penetrante.
—El proceso arderá un poco —advirtió Tron, el otro estilista, con voz ronca—. Este no es tinte de supermercado. Es decoloración instantánea de grado militar y pigmentación de platino. Tienen que quedar blancos como la nieve en una sola sesión.
Ryuusei, Eider, Charles, Brad, Volkhov, Aiko, Sylvan, Ezekiel se sentaron en filas de sillas.
El proceso comenzó. El olor a amoníaco llenó la sala.
—¡Ay, ay, ay! —se quejó Brad —. ¡Esto quema! ¡Siento que me están friendo el cerebro!
—Aguanta, vaquero —dijo Eider, quien ni siquiera parpadeaba mientras le aplicaban la mezcla en su cabello rojo—. El dolor es psicológico.
Ryuusei miraba su reflejo en un espejo de mano mientras Jack le aplicaba la pasta blanca sobre su cabello negro azabache.
Pasaron dos horas. Lavaron, secaron y peinaron.
Cuando terminaron, el silencio en la sala fue absoluto.
Jack y Tron se apartaron para mostrar su obra.
Ryuusei se levantó y se miró en el espejo grande del salón. Su cabello negro había desaparecido. Ahora, mechones de un blanco puro, brillante y etéreo caían sobre su frente.
Miró a su alrededor.
Aiko parecía una pequeña fantasma, su cabello blanco la hacía ver aún más inocente y aterradora a la vez. Volkhov parecía un villano de película de James Bond, con el cabello blanco peinado hacia atrás, dándole un aire de frialdad soviética extrema. Brad y los demás estaban irreconocibles.
John se acercó a Ryuusei y le entregó una pequeña caja.
—Lentes de contacto —dijo John—. Rojos. Póntelos.
Ryuusei obedeció. Al parpadear y volver a mirar al espejo, un escalofrío recorrió su espalda.
Cabello blanco. Ojos rojos.
Ya no era Ryuusei Kisaragi, el chico normal que murió en un terremoto. Parecía un hermano perdido de Hitomi y John. Parecía un monstruo. Parecía un Valmorth.
Hitomi se acercó a él. Ella lo miró, y por un segundo, Ryuusei vio miedo en sus ojos. No miedo a él, sino miedo a lo bien que encajaba en ese papel.
—Te ves... peligroso, Ryuusei —susurró Hitomi.
Ryuusei tocó su propio reflejo en el espejo.
—No soy yo —dijo él, con la voz grave—. Es solo un disfraz, Hitomi. Recuerda al chico que casi se cae del caballo hoy. Ese soy yo.
John sonrió desde la esquina, sosteniendo una copa de vino.
—Perfecto —dijo John, con una satisfacción depredadora—. Bienvenidos a la familia, bastardos. Mañana repasamos el plan de ataque. Pasado mañana... quemamos el reino de Constantine.
