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Chapter 208 - Migajas de Chocolate

El cielo sobre Dinamarca había dado una tregua. Las nubes de tormenta se habían disipado ligeramente, permitiendo que rayos de sol pálidos iluminaran los campos escarchados que rodeaban la Hacienda Vindmølle. Era el día anterior al fin del mundo, o al menos, así se sentía para los habitantes de la casa.

Elysa, la joven cuidadora de los establos, esperaba cerca del portón principal. Sus manos, usualmente cubiertas de tierra o heno, hoy estaban limpias y entrelazadas nerviosamente sobre su regazo. Se había puesto uno de sus mejores vestidos, una prenda sencilla de color azul cielo con pequeños bordados florales en el dobladillo. No era seda de diseñador como la que usaba Hitomi, ni ropa táctica como la de Eider; era ropa de gente real, de gente que vivía lejos de las guerras de sangre y magia.

La puerta de la casona se abrió y John Valmorth salió.

Elysa contuvo el aliento. Estaba acostumbrada a ver a John con camisas arremangadas, oliendo a alcohol caro o con la mirada perdida de la resaca. Pero el hombre que bajaba las escaleras hoy era diferente. John vestía con una elegancia sobria y letal: pantalones negros de corte perfecto y una camisa blanca inmaculada, desabotonada en el cuello lo justo para sugerir informalidad, pero con una calidad de tela que gritaba dinero antiguo. En su mano derecha llevaba una canasta de mimbre cubierta con un paño a cuadros.

Se detuvo frente a ella. —Te ves... radiante, Elysa —dijo John, con una sinceridad que lo hizo sentir vulnerable por primera vez en años.

Elysa sonrió, bajando la mirada tímidamente. —Y usted se ve como un príncipe, señor John. Aunque le falta el caballo.

John soltó una risa suave. —Bueno, solucionemos eso. Hoy no hay "señor". Hoy solo somos John y Elysa.

Caminaron juntos hacia los establos. El aire olía a pino y tierra húmeda. John dejó la canasta en un poste y entró en el recinto, saliendo minutos después guiando a un magnífico caballo. No era un pura sangre de carreras, sino un animal robusto y noble, de pelaje blanco moteado con grandes manchas negras, como si alguien hubiera derramado tinta sobre la nieve.

—Este es "Dominó" —presentó John, acariciando el hocico del animal—. Es fuerte y tranquilo. Perfecto para hoy.

John subió con una agilidad sorprendente y luego extendió la mano hacia Elysa. Ella la tomó, sintiendo la fuerza en el agarre de él, y se impulsó para sentarse detrás, abrazando su cintura. El calor que emanaba de la espalda de John era reconfortante contra el frío del viento.

—Sujétate fuerte —susurró él.

Cabalgaron hacia el valle, alejándose de la hacienda, de los planes de guerra, de los martillos de Ryuusei y de las lanzas de Hitomi. Por un momento, solo existía el sonido rítmico de los cascos de Dominó contra la hierba y el susurro del viento.

Llegaron a un pequeño valle escondido entre dos colinas, donde un arroyo cristalino cortaba el paisaje. John desmontó y ayudó a Elysa a bajar, tratándola como si fuera de cristal. Extendieron una manta sobre la hierba y se sentaron, rodeados por la naturaleza silenciosa.

Elysa abrió la canasta que ella misma había preparado con ayuda de las cocineras, pero sacó un paquete especial envuelto en papel encerado.

—Hice esto para ti —dijo ella, con las mejillas teñidas de un rojo suave—. Recordé que una vez, cuando estabas... bueno, cuando no te sentías bien, mencionaste que te gustaban.

Abrió el paquete, revelando unas galletas de chocolate enormes, oscuras y con trozos de cacao que parecían joyas. El olor dulce y amargo llenó el aire.

John las miró como si fueran el tesoro más grande del mundo. Tomó una y le dio un mordisco generoso. Cerró los ojos, saboreando no solo el chocolate, sino el gesto.

—Son perfectas —murmuró John, limpiándose una migaja de la comisura de los labios—. Las mejores que he probado en mi vida. Gracias, Elysa.

Comieron en un silencio cómodo, compartiendo la comida y las miradas. Pero la realidad, como siempre, tenía que entrometerse.

Elysa dejó su galleta a medio terminar y miró a John a los ojos. Había una pregunta que le quemaba la garganta desde hacía días.

—John... —empezó ella, con voz temblorosa—. ¿Es verdad lo que dicen en la cocina? ¿Mañana... te vas a casar con tu hermana Hitomi?

John se detuvo. Suspiró profundamente, dejando escapar una risa corta y sin humor, cargada de ironía.

—Ah, los chismes vuelan más rápido que las balas —dijo John, recostándose sobre sus codos y mirando al cielo—. Es una farsa, Elysa. Todo es una gran mentira política. No me voy a casar con ella de verdad. Hitomi es mi hermana, y aunque en mi familia la moralidad es algo... flexible, a mí me repugna esa idea.

Se giró para mirarla fijamente, y sus ojos brillaron con intensidad.

—No la amo de esa manera. Y ella tampoco a mí. De hecho... la persona que me gusta, la persona con la que quisiera tener citas de verdad y no bodas falsas, está sentada justo aquí, comiendo galletas conmigo.

El corazón de Elysa dio un vuelco. —John...

—Escúchame —la interrumpió él suavemente, tomando su mano—. Si salgo vivo de esto, si logramos ganar mañana, voy a cambiarlo todo. Voy a reescribir las leyes de los Valmorth. Voy a obligarlos, a la fuerza si es necesario, a que dejen sus estupideces de "sangre pura".

John apretó la mano de Elysa, transmitiéndole su convicción.

—Se acabará el racismo contra los mestizos. Se acabará el exilio para los que no nacen con poderes. Y sobre todo, se acabarán los matrimonios arreglados entre primos y hermanos. Que cada uno elija a quien quiera. No importa si sus hijos salen de Cuarta, Quinta o Sexta Generación. Al final del día, es simplemente estadística y genética. El amor no debería ser una ecuación matemática para mantener el poder.

Elysa sonrió, una sonrisa amplia y llena de esperanza que iluminó el valle gris.

—Vas a ser un gran jefe de familia, John. Tienes un corazón que no cabe en ese apellido.

La sonrisa de John se volvió un poco más triste. —Eso espero. Pero para construir ese futuro, primero tengo que destruir el presente.

—¿Y si sale mal? —preguntó ella, con el miedo asomando en su voz.

—Si sale mal, moriré —dijo John con una franqueza brutal—. Pero si sale bien... tendré que matar a mis hermanos. Tendré que eliminar el mal mayor, Constantine, y tal vez a Hiroshi. Tendrán que aceptarme como líder, no por amor, sino por miedo a mi fuerza.

—¿Y qué pasará con Hitomi? —preguntó Elysa—. Si tú eres el jefe, ¿ella qué será?

John negó con la cabeza. —Yo solo seré un reemplazo temporal, Elysa. Un guardián del trono. Recuerda la maldición de mi género: los hombres Valmorth rara vez vivimos más allá de los 70 años. Nuestra biología se quema rápido. Pero las mujeres... ellas son eternas. Hitomi será la siguiente Matriarca. Yo limpiaré el camino, gobernaré el tiempo que me quede, y luego ella tomará el mando. Es la tradición: las mujeres de Sexta Generación están destinadas a gobernar.

John soltó una risita, recordando algo.

—Claro, eso si ella quiere asumir el rol. Tal vez prefiera salir de aventuras con ese idiota de Ryuusei. Aunque ahora que lo pienso... —John se rascó la barbilla—. Hitomi ni siquiera acabó el colegio. Se escapó cuando estaba por terminar la secundaria. Técnicamente, es una desertora escolar. Pero no lo necesita. Ella es instintivamente más inteligente que yo. Tiene una sabiduría que no se aprende en los libros.

El sol comenzó a bajar, tiñendo el valle de naranja. John se levantó y ayudó a Elysa.

—Volvamos. Mañana empieza la guerra, pero hoy... hoy fue un buen día.

El amanecer del 15 de enero fue frío y cortante. En la entrada de la Hacienda Vindmølle, tres vehículos negros de lujo, blindados y con vidrios polarizados, esperaban con los motores en marcha. El vapor salía de los tubos de escape como la respiración de bestias dormidas.

El grupo salió de la casa. Ya no eran el equipo variopinto de días anteriores. Ahora, todos lucían el cabello blanco platino y, al acercarse, se podía ver el destello antinatural de los lentes de contacto rojos. Parecían una legión de vampiros o espectros de la realeza.

Se dividieron en los autos según lo planeado.

En el primer vehículo, una limusina Mercedes extendida, iban las figuras centrales. Hitomi y Ryuusei se sentaron frente a frente con Eider y Aiko.

El ambiente, que debería ser de tensión mortal, era extrañamente cómico gracias a Eider. La pelirroja (ahora peliblanca) había decidido, por alguna razón incomprensible, usar un traje de maid francesa clásico: vestido negro corto, delantal blanco con encajes y una diadema en la cabeza. Eso sí, en el liguero de la pierna llevaba dos cuchillos de combate.

Ryuusei se frotó las sienes, sintiendo que la migraña le llegaba antes de la batalla.

—Eider... —gimió Ryuusei—. ¿Me puedes explicar por qué demonios estás vestida así? Vamos a una boda real, no a una convención de anime.

Eider ajustó sus gafas con seriedad absoluta. —Es una estrategia de camuflaje psicológico, Ryuusei. Nadie espera que el servicio doméstico sea una amenaza letal de nivel experto. Además, la movilidad de la falda es superior a los pantalones de gala.

Hitomi, que llevaba un abrigo de piel blanca sobre su vestido (ocultando las lanzas), soltó una risita burlona.

—Déjala, Ryuusei. Tal vez quiere sentirse útil sirviendo té mientras los adultos peleamos.

Eider entrecerró los ojos rojos. —Corrección. Mi tasa de neutralización de objetivos es un 15% superior a la tuya, "Princesa".

Hitomi levantó la barbilla, con ese aire aristocrático que le salía tan natural.

—Entonces, ¿cuál es el plan al llegar, Hitomi? —preguntó Eider, ignorando el insulto.

—Lo primero es impresionar —respondió Hitomi, cruzando las piernas con elegancia—. Debemos entrar y que todos contengan la respiración. Será fácil, por supuesto. Después de todo, soy hermosa. Es una carga que debo llevar.

Lo dijo con tal orgullo y vanidad que Ryuusei tuvo que morderse la lengua para no reír.

—Corrección —interrumpió Eider secamente—. Tus parámetros faciales son simétricos, pero mi estructura ósea y mi composición muscular son objetivamente más estéticas. Yo soy más bonita.

Aiko, sentada al lado de Ryuusei, miraba de una a la otra como si estuviera viendo un partido de tenis.

—Vaya... —susurró Aiko—. La guerra de egos ha comenzado antes que la guerra real. Sylvan, pásame las papitas.

En el segundo vehículo, un SUV blindado, la atmósfera era radicalmente distinta.

Brad Clayton estaba desparramado en el asiento trasero, roncando suavemente con la boca abierta. Tenía la habilidad de dormir en cualquier situación, incluso camino a su posible muerte.

A su lado, Charles era un manojo de nervios. No paraba de mover la pierna, haciendo vibrar todo el asiento. Se mordía las uñas y miraba por la ventana con ojos desorbitados.

—¡Brad! ¡Despierta! —susurró Charles histéricamente, dándole un codazo—. ¿Cómo puedes dormir? ¡Vamos a morir! ¡Seguro hay miles de guardias!

Brad abrió un ojo rojo, perezoso. —Cállate, Charles. Si mueres, no tendrás que preocuparte por nada. Y deja de moverte, me mareas.

—¡Es que si todo sale mal habrá una guerra! —exclamó Charles, y sus manos empezaron a soltar pequeñas chispas involuntarias que quemaron la tapicería de cuero—. ¡Tendré que usar mis poderes y sabes que odio eso!

En el último auto, un sedán deportivo de alta gama, viajaban John Valmorth, Ezekiel Kross y Sergei Volkhov 

Volkhov, un hombre de complexión fuerte y mirada tranquila, conducía con una mano en el volante. Miró por el retrovisor y vio a Charles en el auto de adelante, cuyas luces de freno parpadeaban nerviosamente.

—El chico está a punto de explotar —comentó Ezekiel —. Volkhov, ¿por qué Charles está tan nervioso? Todo el grupo fue a Rusia, ¿no? Lucharon contra los japoneses, contra metahumanos... y todos lo hicieron bien.

Volkhov revisaba su pistola, escondiéndola en la sobaquera de su traje. —Charles es... especial. Tiene el poder, pero le falta la mentalidad.

—No es la primera vez que mata a una persona —dijo Ezekiel, encogiéndose de hombros—. Además, Charles es muy fuerte. El es una Cuarta Generación de alto nivel.

John frunció el ceño. Nunca había visto a Charles pelear en serio. —¿Cuál es exactamente su mecanismo? Sé que hace fuego, pero ¿cómo?

Ezekiel sonrió levemente. —Es un reactor humano. Puede crear explosiones con tan solo pensarlo. Apunta con sus manos y su cuerpo segrega una mezcla química: por una mano libera partículas de algo similar a la pólvora de alta densidad y por la otra genera chispas de ignición. ¡Bum! Explosiones dirigidas.

—Suena útil —admitió John.

—Lo es. El problema es el retroceso —explicó Ezekiel—. Después de unos minutos o horas de uso continuo, sus manos se sobrecalientan hasta el punto de quemarse a sí mismo. Y le dan unas migrañas espantosas, como si su cerebro se estuviera friendo. Por eso odia pelear.

—Entiendo. ¿Y el otro? ¿Brad?

—Brad controla la tierra. Puede levantar muros, abrir grietas, convertir el suelo en arenas movedizas. Es lento, pero defensivamente es una muralla.

—Y tú te teletransportas —dijo John, mirándolo.

—A voluntad. Y tengo mi hacha —Ezekiel palmeó un estuche largo a su lado—. Soy el transporte y la ejecución.

Volkhov giró el volante para tomar la última curva antes de la entrada.

—Por cierto, John. Nunca me dijiste... ¿cuál es tu poder? Sé que eres de Quinta Generación, una como Ryuusei. Pero nunca te he visto usarlo.

John sonrió, una sonrisa fría y misteriosa que no llegó a sus ojos. Se ajustó los gemelos de la camisa.

—Muy pronto lo sabrás, amigo mío. Muy pronto todos lo sabrán.

El auto disminuyó la velocidad.

—Ya estamos aquí —anunció John.

Frente a ellos se alzaba la Mansión Principal de los Valmorth. No era una casa; era un palacio. Torres góticas perforaban el cielo gris, gárgolas de piedra vigilaban desde las alturas y banderas con el escudo de la familia ondeaban al viento.

Había una fila interminable de limusinas y autos deportivos entrando. Guardias de seguridad con trajes y auriculares escaneaban cada vehículo. Había políticos de Dinamarca, miembros de la realeza europea, jefes de corporaciones y familiares de ramas lejanas que habían venido desde Asia y América.

Se podía sentir el peso del poder en el aire. Eran más de cien personas, la élite del mundo, reunidos para ver una boda.

John bajó la ventanilla, mostrando su rostro pálido y sus ojos rojos. El guardia de la entrada, al ver sus rasgos inconfundibles, palideció y abrió la barrera de inmediato.

—Bienvenidos al infierno —murmuró John mientras los tres autos entraban en la boca del lobo.

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