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Chapter 209 - La Comedia de los Espectros Blancos

El aire dentro de la Mansión Principal no olía a hogar; olía a cera de vela antigua, a madera barnizada con siglos de historia y, sobre todo, a miedo disfrazado de perfume caro.

Cuando los tres vehículos blindados se detuvieron frente a la escalinata de mármol, el silencio se apoderó del patio exterior. Los guardias, hombres entrenados para no pestañear ante la muerte, bajaron ligeramente sus armas al ver descender a los ocupantes. No eran simples invitados. Eran una anomalía visual. Nueve figuras con el cabello blanco como la nieve virgen y ojos que brillaban con un carmesí antinatural bajo la luz grisácea de la mañana danesa.

John Valmorth ajustó los puños de su camisa y avanzó primero. Sus pasos resonaron con autoridad, liderando la marcha hacia la boca del lobo. Detrás de él, el séquito se movía con una disciplina militar apenas disimulada bajo los trajes de gala.

Al cruzar las puertas dobles de roble macizo, el grupo entró en la Sala Principal. El espacio era colosal, una catedral dedicada al ego de la familia Valmorth. Banderas con el escudo familiar colgaban de las vigas, y cientos de rostros se giraron al unísono. Allí estaba la élite: políticos de Dinamarca, magnates de la industria armamentística, y representantes de las ramas secundarias de todo el mundo.

Pero John solo tenía ojos para dos personas.

Al fondo, cerca de la chimenea monumental, estaban ellos. Constantine, alto y severo, con una copa de cristal en la mano que parecía una extensión de sus dedos. A su lado, Hiroshi, más bajo pero con esa sonrisa vibrante y cruel que John recordaba con demasiado detalle de su infancia.

La presencia de los tres hermanos en la misma habitación hizo que la temperatura bajara varios grados. Era una reunión de depredadores.

John caminó hacia ellos, abriéndose paso entre la multitud sin pedir permiso. La gente se apartaba instintivamente, sintiendo el aura pesada de una 5ta Gen que ya no se ocultaba.

—Hermanos —dijo John, deteniéndose a dos metros de distancia. Su voz era tranquila, pero cargaba el peso de una sentencia.

Constantine dejó su copa sobre una mesa auxiliar con un tintineo suave.

—John. Hermano mío ¿Cómo haz estado?—dijo Constantine, abriendo los brazos en un gesto teatral—. Bienvenido a casa, "hermanito". Pensé que te quedarías en tu granja jugando a ser campesino.

Hiroshi soltó una risita aguda, ajustándose la corbata de seda. —Te ves ridículo, Constantine. Que le paso a tu cara ya no tienes muchas ojeras. Pero bueno, al menos viniste.

John ignoró los insultos. Se acercó y, siguiendo el protocolo rígido de la familia, abrazó brevemente a Constantine y luego a Hiroshi. Fue un contacto frío, rígido, como abrazar estatuas de hielo.

—La familia es lo primero, ¿no es eso lo que siempre dices? —respondió John al separarse. Luego, dirigió su mirada a las dos mujeres que permanecían en silencio al lado de sus hermanos.

Lady Eliza Von Drachen era imponente, una rubia de facciones afiladas que emanaba una frialdad germánica. Himari Kurogane, por su parte, era una muñeca de porcelana con ojos de acero, vestida con un kimono ceremonial negro y dorado.

—Lady Eliza, Lady Himari —saludó John con una reverencia perfecta—. Es un honor. Mis hermanos no merecen tanta suerte.

Eliza lo miró con desdén, apenas asintiendo. Himari ni siquiera parpadeó.

—Ahórrate los cumplidos, John —cortó Constantine—. Sabemos por qué estás aquí. Quieres ver si aún hay un lugar para ti en la mesa de los adultos. Pero antes de que te sientas cómodo, déjame decirte que...

—Tengo un regalo para ustedes —interrumpió John, sonriendo de una manera que puso nervioso a Hiroshi—. O mejor dicho, una sorpresa.

John dio un paso lateral, rompiendo la formación que lo cubría.

Detrás de él, oculta hasta ese momento por la espalda ancha de Ezekiel y la postura defensiva de Ryuusei, apareció ella.

El silencio que cayó sobre la sala fue absoluto. No fue el silencio de la educación, fue el silencio del shock traumático.

Hitomi Valmorth avanzó.

Estaba deslumbrante. Su cabello blanco, ahora suelto y cayendo como una cascada de plata líquida sobre sus hombros, enmarcaba un rostro de una belleza dolorosa. Llevaba un vestido blanco ceñido que resaltaba su figura, pero lo que realmente aterraba era su presencia. No caminaba como una fugitiva; caminaba como una diosa que regresa a reclamar su templo. Era la encarnación viviente de la 6ta Gen.

Los ojos de Constantine se abrieron tanto que parecieron a punto de salirse de sus órbitas. La copa de champán que Hiroshi sostenía resbaló de sus dedos y se hizo añicos contra el suelo, pero nadie reaccionó al sonido.

—Imposible... —susurró Hiroshi, pálido como un muerto—. Ella... ella se había ido.

Constantine dio un paso atrás, como si hubiera visto un fantasma. Su rostro se contorsionó en una mezcla de deseo, odio y miedo puro.

—¡Tú! —gritó Constantine, perdiendo la compostura por primera vez en años. Señaló a Hitomi con un dedo tembloroso—. ¡Maldita ingrata! ¿Cómo te atreves a mostrar tu cara aquí? ¡Por tu culpa mamá murió! ¡Si no hubieras nacido con esa maldita energía que la consumió, ella seguiría aquí! ¡Eres una asesina!

El aire se congeló. Las palabras de Constantine resonaron como un disparo. Hitomi no se movió, su expresión se mantuvo impasible, pero sus ojos rojos brillaron con una intensidad letal.

Sin embargo, antes de que ella pudiera responder, una mano se cerró violentamente sobre la solapa del traje de Constantine.

John se movió más rápido de lo que cualquiera esperaba. Con un movimiento brusco y cargado de fuerza bruta, empujó a Constantine hacia atrás. El líder de la facción tropezó, casi perdiendo el equilibrio frente a todos sus invitados.

—¡Cuidado! —gruñó John, su voz bajando a un tono gutural que hizo vibrar el pecho de los presentes—. Ten mucho cuidado con cómo te diriges a mi esposa, hermano.

La palabra "esposa" cayó como una bomba nuclear en medio del salón.

Hiroshi jadeó, mirando alternativamente a John y a Hitomi. Su cerebro trabajaba a toda velocidad, calculando las implicaciones. Si es verdad... si John se casó con Hitomi... entonces él tiene el control sobre la matriarca. Ella es una 6ta Gen. Según las leyes antiguas, ella elige quién dirige la casa si el patriarca muere o es incompetente.

La balanza de poder acababa de inclinarse violentamente.

Constantine se alisó el traje, recuperando la compostura con un esfuerzo titánico. Miró a John con un odio renovado, pero también con cautela. Estaba frente a su esposa, Lady Eliza, y no podía permitirse parecer débil.

—Ya veo... —dijo Constantine, forzando una sonrisa tensa—. Así que has jugado sucio, John. Muy bien. Supongo que las felicitaciones están en orden, aunque dudo que esa unión sea... válida ante mis ojos.

Constantine se giró hacia Hitomi, intentando recuperar el control de la situación mediante la etiqueta.

—Hitomi, querida hermana. Has crecido... salvaje. Ven, saluda a Lady Eliza y a Lady Himari. Ellas serán tus cuñadas. Deberías aprender de ellas lo que es la verdadera elegancia y el deber hacia la familia.

Hitomi giró la cabeza lentamente. Sus ojos rojos se posaron sobre Eliza y Himari como quien mira una mancha de suciedad en un zapato caro.

—¿Cuñadas? —preguntó Hitomi con una voz dulce y venenosa—. Vaya, Constantine. Por un momento pensé que me estabas presentando a tus nuevas esclavas sexuales.

El murmullo de la multitud fue instantáneo. Varios invitados se llevaron las manos a la boca.

El rostro de Lady Eliza se puso rojo de furia. —¡¿Cómo te atreves?! —siseó la alemana, dando un paso adelante—. ¡Soy una Von Drachen! ¡Exijo respeto!

Himari, por su parte, llevó la mano a la empuñadura de un abanico metálico que llevaba en el cinturón, sus ojos entrecerrándose peligrosamente.

—¡Basta! —intervino John, levantando una mano para detener el caos inminente. Su voz resonó con autoridad—. Eliza, Himari, disculpen a mi esposa. El viaje ha sido largo y su humor es... volátil. Es un día especial para ti, Constantine. Y para ti, Hiroshi. No vamos a malograr el ambiente con disputas de etiqueta. Estamos aquí para celebrar, ¿no?

John miró fijamente a sus hermanos, desafiándolos a contradecirlo.

Hiroshi, recuperándose del shock inicial, soltó una risa nerviosa. —Claro, claro... celebrar. Aunque con su presencia, el aire ya huele a podrido.

Hiroshi desvió la mirada hacia el grupo que permanecía detrás de John y Hitomi. Sus ojos analizaron a los desconocidos de cabello blanco.

—Y hablando de podredumbre... —dijo Hiroshi, señalando con la barbilla—. ¿Quiénes son estos? ¿Tus guardaespaldas? ¿O es un circo que contrataste?

Detrás de John, el equipo mantenía la formación. Ryuusei estaba en el centro, con Aiko aferrada a una pequeña maceta con un bonsái (Sylvan) a su lado. Brad, medio dormido de pie; Charles, temblando ligeramente; Ezekiel, impasible como una roca; Volkhov, escaneando las salidas; y Eider, destacando absurdamente con su traje de maid.

—Son familia —respondió John secamente—. Parientes lejanos.

Hiroshi enarcó una ceja, escéptico. Caminó hacia Ryuusei, quien lo superaba en altura y en presencia. Hiroshi se sentía pequeño, y eso lo irritaba.

—¿Familia? —preguntó Hiroshi, mirando a Ryuusei de arriba abajo—. No recuerdo tu cara en el árbol genealógico. ¿De qué agujero saliste?

Ryuusei mantuvo el rostro inexpresivo, ocultando la tormenta que llevaba dentro. Hizo una leve inclinación de cabeza, perfecta en su ejecución protocolar.

—Soy Baron Valmorth de Brujas, Bélgica —mintió Ryuusei con una fluidez pasmosa—. Mi rama familiar se separó hace tres generaciones. Hemos vivido en reclusión para preservar la pureza de la sangre. Todos nosotros venimos de allí.

Hiroshi frunció el ceño, intentando recordar si existía una rama belga. La historia de los Valmorth era tan vasta y confusa que era posible.

—Bélgica... —masculló Hiroshi—. Ya veo. ¿Y tú? —Hiroshi señaló el anillo en la mano de Ryuusei (una pieza de utilería que Jack había conseguido)—. ¿Con quién te casaste para mantener esa "pureza" de la que hablas? ¿Con una prima segunda?

Ryuusei no dudó. Miró a Hiroshi a los ojos y soltó la mentira más grande que se le ocurrió.

—Me casé con mi abuela —dijo Ryuusei, con una seriedad sepulcral—. Alberta Valmorth. Una mujer de carácter fuerte, aunque un poco gruñona. El amor no conoce edades cuando se trata de preservar el linaje, ¿verdad?

Hubo un segundo de silencio atónito. Hiroshi parpadeó, procesando la información. La idea era tan grotesca, tan típicamente "Valmorth" en su obsesión por la sangre, que resultaba extrañamente creíble.

Pero Hitomi no pudo soportarlo.

Un sonido, pequeño y agudo, escapó de sus labios. Fue una risa. Una risa genuina que intentó disfrazar como tos, pero falló miserablemente. La imagen del poderoso "Heraldo Bastardo", el guerrero más letal que conocía, casado con una abuela imaginaria llamada Alberta, fue demasiado para ella.

Ryuusei la miró de reojo. Una pequeña sonrisa se dibujó en la comisura de sus labios, rompiendo su máscara de frialdad por un instante. Sus miradas se cruzaron. En medio de ese nido de víboras, rodeados de enemigos que querían matarlos, Ryuusei y Hitomi conectaron. Fue un momento de complicidad, un destello de humanidad compartida entre el monstruo de la 5ta Gen y la reina de la 6ta Gen.

¡Plaff!

El sonido de la cachetada resonó seco en el salón.

La cabeza de Ryuusei giró hacia un lado por el impacto. John mantenía la mano levantada, su expresión era de furia fingida pero perfectamente ejecutada.

—¡No mires a mi esposa! —bramó John, actuando su papel de marido celoso y posesivo—. ¡Te traje como escolta, no para que coquetees! ¡Conoce tu lugar, "Baron"!

Ryuusei se tocó la mejilla, que empezaba a arder. Enderezó la cabeza y bajó la mirada, sumiso.

—Mis disculpas, Lord John —dijo Ryuusei, ocultando una mueca de dolor real. Ese golpe fue con ganas, pensó.

Constantine observó la escena con interés. La violencia interna parecía calmar sus sospechas. Si John trataba así a su propia gente, entonces realmente estaba desesperado por mantener el control.

Sus ojos se desviaron entonces hacia la figura más extraña del grupo.

—¿Y eso? —preguntó Constantine, señalando a Eider.

La pelirroja estaba parada en posición de descanso, con su vestido de maid negro y blanco, el delantal impecable y la diadema en el cabello blanco. Destacaba como una mancha de tinta en una hoja blanca entre tantos trajes de gala y vestidos de diseñador.

—¿Desde cuándo los Valmorth belgas traen sirvienta a la boda principal? —cuestionó Constantine, con una ceja levantada—. Y vestida de esa manera... vulgar.

Ryuusei, aún con la mejilla roja, dio un paso al frente para cubrir a Eider. Sintió el aura asesina que empezaba a emanar de ella. Si Eider hablaba, probablemente le arrancaría la garganta a Constantine con los dientes. Tenía que intervenir rápido.

—Es... mi hija —soltó Ryuusei, improvisando sobre la marcha.

Hiroshi soltó una carcajada. —¿Tu hija? ¿La hija de la abuela Alberta?

—Adoptiva —corrigió Ryuusei rápidamente—. Es una Valmorth de sangre pura, por supuesto. Pero... tiene ciertos problemas de conducta. Desarrolló una fijación, un fetiche, por la servidumbre francesa del siglo XIX. Se niega a usar otra ropa. Los médicos dicen que es una forma de lidiar con el peso de su generación.

Ryuusei puso una cara de padre afligido.

—No quise dejarla sola en el castillo. Es... complicado.

Constantine miró a Eider con una mezcla de repulsión y curiosidad mórbida. Eider, captando la señal, hizo una reverencia perfecta de maid, doblando las rodillas y bajando la cabeza, ocultando la promesa de muerte en sus ojos.

—Encantada de servirle, Monsieur —dijo Eider con un acento francés falso pero convincente.

John intervino antes de que la mentira se volviera insostenible.

—Como dije, todos son Sangre Pura. No hay mestizos en mi comitiva, Constantine. Puedes estar tranquilo, tu precioso aire no se contaminará. Ahora, si ya terminamos con el interrogatorio... tengo hambre. Y mi esposa también.

Constantine asintió lentamente, relajando los hombros. La explicación, por ridícula que fuera, encajaba con la locura endogámica de su familia.

—Muy bien —dijo Constantine, recuperando su tono de anfitrión—. Pasemos al Comedor de Cristal. El almuerzo está servido. Hay mucho de qué hablar antes de la ceremonia de mañana.

El grupo comenzó a moverse. Los invitados se dispersaron, dirigiéndose hacia las puertas dobles del fondo que daban al ala este de la mansión.

Charles, que había permanecido callado y temblando ligeramente todo el tiempo, caminaba junto a Brad. Sus ojos iban de un lado a otro, analizando a la multitud. No podía creer lo que veía.

—Brad... —susurró Charles, con la voz quebrada—. ¿Viste a ese tipo de la cicatriz? Es el Ministro de Defensa. Y aquella mujer... es la dueña de Industrias Aegis. Y los guardias de la entrada... llevan insignias de mercenarios de nivel Élite.

Charles tragó saliva, sintiendo que sus manos empezaban a calentarse dentro de los guantes por el estrés.

—Hay demasiada gente poderosa aquí —continuó Charles, al borde del pánico—. Si esto estalla... si tengo que usar mi 4ta Gen... voy a volar la mitad de Dinamarca. No sé si pueda controlarlo con tantos objetivos.

Brad le dio un empujón suave con el hombro, sin dejar de caminar con su paso pesado y tranquilo.

—Respira, cerilla —murmuró Brad—. Si vuelas Dinamarca, asegúrate de que ellos vuelen primero. Y deja de mirar a los guardias, los pones nerviosos.

Aiko caminaba detrás de ellos, abrazando la maceta donde Sylvan (en forma de bonsái) descansaba.

—Aguanta un poco más, Sylvan —susurró Aiko a la planta—. Pronto te buscaré un poco de tierra buena en el jardín para que estires las raíces. Solo no te comas a nadie todavía.

Las hojas del bonsái se agitaron levemente, como asintiendo.

Al entrar en la Cocina Principal y el Comedor adyacente, la magnitud de la riqueza de los Valmorth golpeó a todos. Mesas largas cubiertas de manteles de lino, cubiertos de plata real, candelabros de oro macizo y un ejército de sirvientes (verdaderos, no como Eider) moviéndose con precisión coreografiada.

John se sentó en la mesa principal, frente a Constantine. Hitomi se sentó a su derecha, y Ryuusei se quedó de pie detrás de ella, con las manos cruzadas en la espalda, vigilando la yugular de Constantine desde la distancia.

La comida comenzó a servirse, pero nadie tenía hambre. En esa mesa no se servían alimentos; se servían alianzas, traiciones y la promesa silenciosa de que, para el amanecer del día 16, la mitad de los presentes estarían muertos.

John levantó su copa de vino, mirando a sus hermanos a través del líquido rojo sangre.

—Por la familia —dijo John, con una sonrisa que no llegó a sus ojos.

—Por la pureza —respondió Constantine, bebiendo su propia sentencia.

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