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Chapter 5 - Capítulo - 5 memento mori II. Crisantemo Amatista.

Los monjes Velarios enseñan que, aunque el cuerpo sea frágil, no es lo que más debe preocuparnos. La verdadera urgencia es proteger la delicadeza del alma; según ellos, "es mejor que la luna ilumine tu ser antes que tu piel". Comprender la sombra —la propia y la ajena— es parte del ser.

En cambio, los monjes Solares sostienen una visión más pragmática y radical: consideran innecesario entender las tinieblas. Para ellos, "deja que la luz del orbe mayor queme la oscuridad en ti, hasta reducirla a cenizas". Donde los Velarios buscan diálogo interior, los Solares buscan purificación.

Era irónico que —como pensaba Harold— ambas doctrinas fueran, al final, dos caras de la misma moneda.

—¡Jariii! —Gretta echó a correr hacia el cuerpo oscilante. Algo se rompió dentro de ella, algo que sabía que nunca volvería a estar entero.

Jarnad, al escucharla, pareció volver a sí. Se incorporó con torpeza, sintiendo de golpe el peso de la responsabilidad del adulto presente. La rodeó con un abrazo enorme, desesperado, como si quisiera contener el dolor de ambos.

Ella solo intentaba soltarse. Nada más importaba: ni la anciana del muelle, ni los brazos de Jarnad que solo querían protegerla, ni siquiera notar que alguien la había seguido desde casa.

Solo quería tocarlo. Comprobar con las manos la mentira que sus ojos no podían desmentir.

—¡Suélteme, señor Jarnad... por favor... solo suélteme!

Los gritos de dolor de la muchacha eran como puñaladas incandescentes recorriendo las entrañas del hombre. Hermes, que apenas alcanzaba a Gretta después de correr colina abajo, pasó a un lado: conmovido, sí, pero sostenido por una calma práctica que solo daban los años. Sin decir una palabra, se encargó de bajar a Jared del árbol con movimientos cuidadosos y eficientes. No lo conocía tan bien, a veces llegaba a casa de los Rizz cuando él estaba de visita, lo que tampoco hacía tan seguido.

Kyrel llegó poco después. Un golpe de culpa la atravesó de inmediato.

¿Cómo pasó? ¿Por qué? Tal vez si hubiera estado en el faro... quizá el mosalbete tenía razón...

Pero culparse no resolvía nada. Ahora debía ayudar a Gretta, aunque no sabía cómo empezar.

Estaba a punto de acercarse cuando Hermes la llamó:

—Kyrel, ven a ver esto.

La farera llevó la mano a su frente al ver lo que Hermes quería mostrarle.

—ya lo sospechaba —dijo mientras recordaba ese "algo" que había encontrado días atrás.

...

La noche anterior, al llegar Jared y Kyrel a la casa Vicker:

—Muy bien, galán. Ya estás en casa —dijo Kyrel, dándole un golpecito amistoso en la espalda en señal de despedida.

El chico entró por el umbral meciéndose con orgullo, como si flotara. Dentro, la familia ajustaba los últimos detalles de la ceremonia antes del "tiempo de descanso que dictaba la tradición".

Jarnad y Dallia compartían un trozo de pan en la cocina, más espectadores que participantes de la discusión que Eydis sostenía con el maestro Velario en la mesa.

—¡Jovencito! —exclamó el monje, un tanto alarmado al verlo—. Creí que estabas en tu habitación. ¿Dónde estabas?

—Robando corazones, seguro —añadió Jarnad, señalándolo con el pan.

Jared sonrió, sintiéndose por un instante cómplice de su padre. Era reconfortante notar cómo la dinámica familiar parecía volver a la normalidad, ahora que los preparativos casi habían terminado.

—No deberías andar fuera en noche de luna llena, joven -advirtió el Velario-. Puede ser peligroso.

—¿Es solo por la tradición, maestro? —interrumpió Eydis—. Se quedó un rato con nuestros amigos los Rizz, nada más. Y además, pude notar, al abrir la puerta, que la farera lo acompañó a casa.

—No es solo una tradición —insistió el monje, acentuando un poco la última palabra—. Las enseñanzas nos guardan de las sombras. Cuando hay luna llena, las sombras se agrandan... se vuelven más notorias. Más fuertes.

—Son solo palabras rimbombantes, monje, sin ofender —intervino Jarnad una vez más—. No me malinterprete: en esta casa se respeta la tradición, pero tampoco es la primera vez que mi hijo regresa de noche, y solo. Además, ya está en casa, con su familia. No veo por qué alarmarse.

Mientras los adultos discutían sus cosas —y ahora, a causa de él— Jared se escabulló hacia su habitación en la segunda planta. No le interesaban esas conversaciones extrañas; prefería seguir saboreando la dulzura de esa noche. Ver a Gretta usando el collar de conchas en su propio cumpleaños ya habría sido suficiente para hacerlo flotar. Ni siquiera la historia de Hermes pudo arrancarlo de ese estado.

Y luego, Gretta le dio un beso en la mejilla.

Jamás podría dormir con ese torbellino agitándole el estómago.

Además... había creído ver algo púrpura en la costa del muelle, camino al faro.

Abrió la ventana. Varias tejas ya estaban retiradas desde escapadas anteriores, dejando un hueco perfecto para deslizarse. La palmera de siempre esperaba junto al tejado, lista para servirle de rampa hacia el suelo.

¡Listo! Solo tenía que correr antes de que alguien lo notara.

El cielo nocturno estaba despejado y la brisa era tibia: una noche perfecta para buscar el regalo ideal. El regalo que —según él— terminaría de ganarse el corazón de Gretta.

Todas esas ideas llenaban tanto el pecho de Jared que no dudó ni un segundo.

¡La trágica ironía!

Tal vez si Gretta no hubiera aceptado aquel collar en la caleta...

O si él hubiera buscado ese brillo púrpura la primera vez que lo notó...

Tal vez si ella no hubiera usado el collar ese día.

Solo tal vez.

O si Gretta no le hubiera dado aquel beso, llenando su corazón de un éxtasis embriagante, quizá él no habría pensado en salir.

Solo tal vez.

Pero allí estaba, ya en la playa.

"¿Dónde lo vi?"

Sí... un poco más allá.

Y entonces lo encontró.

Era hermoso —y eso que él no era tan amante de las piedras como lo era su amada—. Un fragmento grande, de picos afilados que le recordaban a los crisantemos del jardín de su madre. Pero por fin lo tenía: la amatista que Gretta había buscado con tanto empeño aquel día en la caleta de las conchas.

La sostuvo entre las manos como si fuera un pequeño tesoro, orgulloso, imaginando la sonrisa de ella.

—Buenas noches, joven.

Jared se giró de inmediato.

Un hombre alto, de piel ligeramente morena, se acercaba con pasos que rebosaban confianza —o éxtasis— como si aquella costa le perteneciera. Vestía solo un pantalón de cuero negro y zapatos altos. Su torso, desnudo y tonificado, atrapaba la luz de la luna; y del lóbulo de su oreja derecha colgaba un pendiente en forma de estrella plateada de cuatro picos, que reflejaba pequeños haces de luz con cada movimiento.

—¿No te han dicho que no deberías salir en noches de luna llena? —Su voz era cavernosa, elegante. Sacudió su corto cabello, como quitándose humedad del mar—. Tu alma está impregnada de su olor.

Jared escondió la amatista detrás de su espalda. Un escalofrío le subió lentamente por la columna. Al cruzar la mirada con aquel hombre —casi tan alto como su padre, pero infinitamente más inquietante— sintió cómo la historia que Hermes les había contado unas horas antes regresaba a su mente, como si intentara advertirle que no era solo una historia.

—¿Huelo...? ¿A quién, señor? —preguntó, con la voz quebrándose.

Quiso correr, pero sus piernas parecían no recordar el movimiento, como si fuera un ratón acorralado por un gato paciente.

—A la portadora del sol —respondió el hombre, inhalando profundo sin apartar sus ojos de los del chico, saboreando el aroma—. Pero veo que está acompañada... —frunció el labio con una mueca de disgusto—. Por el anciano... y esa chiquilla malcriada.

Jared retrocedió un paso, luego otro. El desconocido avanzó con calma, hasta que su cercanía lo obligó a contener el aliento. Entonces lo sujetó del brazo, no con fuerza, sino con una suavidad espeluznante que heló la sangre del muchacho.

—Ah... qué divertida casualidad. —Un par de colmillos asomaron apenas entre sus labios, brillando con algo más que luz lunar—. Así que esa es su apariencia, esta vez...

—Chasqueó la lengua—. Lástima por ti, muchacho.

Acercó su rostro lentamente, como si fuera a revelarle un secreto.

—Pero tendrás que darle un mensaje de mi parte.

—N-no sé de qué habla, señor... —susurró Jared, sintiendo ya el aliento de aquel ser rozarle la piel. Por alguna razón, tampoco podía gritar. Su voz simplemente no salía.

—Ah, seguro que no, pequeño enamorado —musitó el hombre, incorporándose con calma, con la certeza de que su presa no opondría resistencia—. Casi me conmueve tu dulce corazón... Casi.

Entonces hundió sus colmillos.

No lo hizo con brusquedad. Se tomó su tiempo, lento, disfrutó cada instante. Jared sintió cómo dos pequeñas llamas ardían en su cuello mientras penetraban su piel. Su mente comenzó a girar, confundiendo el miedo con una extraña sensación de embriaguez.

El rostro de Gretta cruzó su pensamiento: su sonrisa, su voz, el calor del beso en su mejilla... aún podía sentirlo. Apretó la amatista con toda la fuerza que le quedaba.

De pronto, la presión en su cuello cesó.

Un mareo espeso lo envolvió y perdió la noción del suelo. Todo parecía moverse.

"¿Estoy muerto?", pensó.

"No... ahí está la luna".

Sintió entonces que se elevaba. La gravedad ya no era clara. El rostro de aquel ser quedó ligeramente más abajo que el suyo, como si la tierra se hubiese alejado un paso sin él.

Apretó la amatista un poco más, aunque ya casi no podía sentir su textura, ni el frío de la piedra. Ni nada.

—Es una lástima, no podré ver su reacción cuando te encuentre —susurró la criatura. Sintió como acariciaba su mejilla con aparente delicadeza— que tengas dulces sueños.

Luego todo se volvió oscuro.

Y después, nada.

Su único remanente de voluntad quedó allí, bajo sus pies: la piedra amatista, la que ella tanto deseaba, la que él había sujetado hasta su último aliento. Aquella piedra púrpura fue su testigo y su guardia hasta el amanecer: silenciosa, discreta.

Esperó allí mientras aquel asesino se marchaba; esperó mientras Jared era encontrado a la mañana siguiente.

Y esperó, paciente, hasta que las propias manos de Gretta la recogieron cuando por fin logró sosegar —aunque fuera apenas un poco— el frenesí que la consumía.

Ya habían pasado varios minutos desde que Hermes se había llevado el cuerpo.

Jarnad, unos pasos atrás, respiraba profundamente intentando recuperar el aliento. Nunca imaginó que sujetar a una chica de quince años pudiera ser más agotador que mover los pesados cargamentos de su negocio. Y aun así, ese esfuerzo le había devuelto apenas la cordura.

Ahora lo esperaba una obligación nueva y dolorosa.

Los actos fúnebres de su único varón.

De su tigre de Zeh'ur.

—Gretta... vamos.

Jarnad extendió su mano con una paciencia frágil, hecha pedazos por dentro.

Al volverse, vieron a Harold descendiendo por la pendiente. Su rostro dejaba claro que ya sabía la noticia. No necesitó que se la dijeran: se había cruzado con Hermes mientras este trasladaba los restos del chico, al menos hacia un lugar más digno donde esperar.

Gretta se lanzó a su cuello para desahogarse un poco más, estrujando la amatista en su mano como si, a través de ella, intentara enviarle otro abrazo a su amigo.

Él no dijo nada; solo apretó a su bebita con más fuerza. Le resultaba injusto: ya tenía el "asunto" con Gretta —que por sí solo le dolía sobrellevar— y ahora esto.

Deseaba despertar de aquella pesadilla, abrir los ojos y escuchar el kyar de sus grullas anunciando la mañana, como cada día.

Luego abrazó a su amigo. Cuánto daría por escuchar una vez más la broma de siempre.

Kyrel aguardaba en silencio su turno, no por un abrazo; tenía algo que hablar con Harold. Bastó una mirada para que este lo entendiera.

—Jarnad, lleva a Gretta con su madre, por favor. Necesito hablar con Kyrel.

Cuando se aseguraron de que ya estaban lo suficientemente lejos, Harold hizo la pregunta.

—Ha sido un vampiro, ¿cierto?

Kyrel cruzó sus brazos antes de responder, un recuerdo ya muy viejo la hacía sentir incómoda, casi vulnerable.

—sí... así es, Harold. Y sospechamos que no uno cualquiera...

—Te dije... —la interrumpió él—. Te dije, te insistí.

—Harold —replicó Kyrel, sin ánimos de discutir—, yo también te dije que había encontrado un rastro.

El cabello rojo de Gretta apenas desaparecía en la distancia.

—El despertar de Gretta es inminente —continuó Kyrel—. Atraerá a impuros y a huestes. No podía correr el riesgo de dejarla solo al cuidado de Hermes.

Harold desvió la mirada hacia la mujer del muelle, que seguía allí, de pie, observándolos.

—Ella...

—Llegó hace poco —respondió Kyrel, adivinando el comentario—. No vio nada, pero se lo imagina. Sabe que existimos... ha vivido cosas.

Harold guardó silencio. Una parte de él seguía esperando que aquel mundo —la sombra de su apellido, la herencia que creyó dejar atrás en Lysvarelle— hubiese quedado muerto y enterrado. Su plan había sido simple: criar algunas grullas, pagar sus impuestos, vivir en paz. Alejarse de todos, incluso si eso significaba dejar a su madre atrás. "Será lo mejor para ti, hijo... Yo estaré bien." Aquellas habían sido sus últimas palabras antes de empujarlo, suavemente, hacia el carruaje de grullas de plata.

Y debía haber sido suficiente. Una vida tranquila.

Pero quince años atrás, en uno de los momentos más felices de su vida, cuando apenas aprendía el agotador arte de cuidar a una recién nacida, Hermes —el vocero de la ancestral— tocó la puerta de su casa. El recuerdo de aquella conversación aún le revolvía el estómago, casi tanto como la primera vez en su sala, mientras Loretta y una asistente atendían a la bebé en la planta alta.

—Es un gusto saber que has tenido una buena vida, pequeño Harold.

—Ya no soy tan pequeño, Hermes -respondió él entonces—. Estoy envejeciendo, pero me ha ido bien. ¿A qué se debe la visita?

—Sabes por qué estoy aquí.

—Prefiero escucharlo de tu boca... No me niegues el derecho a dudar.

Hermes sacó entonces una pequeña caja de madera; la misma que, quince años después, le entregaría antes de contar una historia de vampiros en su sala. Al extender la mano, Harold sintió cómo lo inevitable se cerraba sobre él, aplastando sus esperanzas mientras la distancia entre sus dedos y la caja disminuía.

La abrió apenas un segundo. Luego la cerró de golpe, y rompió en llanto.

—¿Sus ojos son del mismo color, Harold? —preguntó Hermes.

—¡¿Para qué me preguntas si ya sabes la respuesta?!

El grito despertó a la pequeña en la planta alta. Hermes recuperó la caja con cuidado y la guardó en el bolsillo de su gabardina.

—Bueno —respondió con calma—, siendo tú un Rizz, no puedo leer tu mente. Pero con tu reacción me basta.

—¿Pero por qué? —rebatió Harold—. Mi madre no tuvo hermanos varones... Debía nacer de alguno de los nietos de Rokko.

Hermes se puso de pie con la serenidad que solo dan los siglos.

—Honestamente, yo tampoco lo sé, muchacho. Pero han pasado cincuenta años, el ciclo se ha cumplido... y ahora la voluntad de la Señora duerme en tu pequeña.

Harold permaneció inmóvil. El frío de la verdad le oprimía el pecho, y a ello se sumaba la larga y tensa conversación que ahora debía tener con Loretta sobre su pequeña recién nacida.

—No pienso volver a Lysvarelle —murmuró al fin con firmeza.

—No es necesario. De hecho, Rokko no quiere que lo hagas. Aun si confirmara que tu hija es...

—No lo digas en voz alta —lo interrumpió Harold gruñendo entre dientes—. Ahora que lo sé... déjame digerirlo a mi manera.

Hermes guardó silencio durante un minuto. Lo conocía desde niño; lo había visto abandonar la mansión Rizz siendo apenas un muchacho, y ahora tenía frente a sí un hombre con los primeros rastros de la vejez. Por más veces que presenciara lo mismo, la brevedad de la vida mortal seguía conmoviéndolo.

—Tampoco permitiré que te lleves a Gretta —añadió Harold, tras un largo momento.

—Eso intentaba explicarte -respondió Hermes—. Lo correcto sería llevarte a ti y a tu familia de vuelta a la mansión... o llevarme a Gretta, sin importar el costo. Pero Rokko desea que sigan aquí.

Harold frunció el ceño. No tenía sentido. Conocía las normas; todos los Rizz las aprendían en secreto desde niños.

—En unos días llegará Kyrel a este pueblo —continuó Hermes—. Buscará un oficio y cuidará de tu familia en secreto. —Se colocó el sombrero con la calma de quien entrega un recado sin importancia—. Es todo, muchacho. Nos vemos.

Y se marchó. Sin más. Dejando a Harold con un amargor que jamás lograría disolver, por muchos años que pasaran. Quince, para ser exactos. De haber sabido, o siquiera sospechado, tal vez no habría venido a Listuria, no habría regalado un collar de conchas a Loretta, no habría luchado tanto durante años por tener un bebé. "No debí dejar que fueran amigos —pensaba—. Pero conociendo su destino, ¿cómo negarle el derecho a una amistad sincera?"

"Tal vez no pase nada", se dijo entonces. Y fue la apuesta equivocada.

Ahora, Jared ya no estaba.

—Vámonos, mosalbete —le dio un golpecito en el hombro—. Hermes tiene algo que hablar contigo.

Harold echó a andar en silencio. La mañana apenas empezaba a calentarse, y con ella llegaban más noticias —no de las buenas, sin duda—. De algo estaba seguro: ya nada volvería a ser igual. Y estaba claro que Hermes no quería platicar sobre la crianza de grullas.

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