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Chapter 6 - Capítulo - 6 Memento mori III. Cuando tus ojos se abran nuevamente.

.Según la tradición Solar, nuestras almas pertenecen a la tierra, al mar y a los elementos. Una vez que los ojos de quienes amamos se han cerrado, es inútil insistir: quien alguna vez fue, ya no vuelve. Recordar es aferrarse al dolor; o las sombras del pasado podrían atraerte a las tinieblas.

La tradición de la Luna, en cambio, sostiene que el alma es eterna.

Incluso —tal vez— los ojos de quienes amamos podrían volver a posarse sobre nosotros, reconocer nuestro rostro…

Pero esa alma, dicen, al regresar sería apenas un reflejo; su corazón, ya vacío.

Solo una sombra de quien alguna vez fue.

Solo quienes conocían la verdad podían ver que ambas posturas eran, en esencia, el mismo mensaje.

En la plaza de Listuria se habían reunido vecinos y conocidos. La costumbre dictaba llevar los restos del difunto al área común del pueblo, para que quien lo deseara pudiera ofrecer sus condolencias y —si lo creía necesario— rezar por su alma. Nadie pensaba realmente en lo macabro que resultaba exponer un cadáver como si fuera una decoración… hasta que le tocaba ver a alguien de su propia casa convertido en la exhibición de turno.

Al pasar el mediodía, los habitantes fueron regresando a sus hogares. Los más cercanos acompañarían después el funeral en un sitio más apartado, fuera del pueblo.

Loretta aún no conseguía que su hija se calmara del todo, aunque ella misma apenas lograba asimilar lo ocurrido. Gretta ya no gritaba desesperada, pero seguía sin probar bocado, y la hora del almuerzo ya había quedado muy atrás.

Entre Hermes y Harold ayudaron a cargar el cuerpo y presentar el reporte ante la autoridad del pueblo —para ahorrarle esa tarea a Jarnad, que apenas podía sostenerse—. Kyrel permanecía en los alrededores, guardando distancia. Se notaba intranquila, aunque intentara disimularlo.

No había mucho por hacer en esos casos, incluso si el hecho era inusual en aquel humilde pueblo costero. Para la ley era solo un fallecimiento más: aparente suicidio, preguntas a familiares y amigos, revisión del cuerpo… aunque el intendente prefirió omitir esto último. Con los testigos del hallazgo y lo tranquilo del pueblo, pensar en asesinato sonaba absurdo. Cualquier excusa era suficiente para evitarse trabajo.

Solo que había un detalle a considerar —o al menos, eso pensaría un funcionario competente—: el chico presentaba un arañazo en la mejilla, formando algo parecido a una letra zeta.

"Debió arañarse mientras subía al árbol," concluyó el intendente, con poco esfuerzo y menos empatía.

Por lo bajo, algunos murmuraban sobre suicidio: la presión de la boda, las obligaciones, o simplemente "era un muchachito algo raro". Pero Gretta sabía que todo eso era mentira. Jari era un buen chico. Amable, dulce, divertido a su manera, y estaba ahí para ella… aunque lo comprendió demasiado tarde. Y lo más importante: él estaba feliz. Lo había visto en sus ojos después de besarle la mejilla. Esa sería la última imagen que conservaría de él con vida.

El monje velario negociaba con los padres de Dallia. "No creo que podamos continuar con la ceremonia. Nuestra hija está destrozada… todos lo estamos", suplicaba Eydis. Pero las tradiciones eran radicales y no daban tregua al dolor: "debes guardar la semana de descanso", "no se sale durante luna llena", "las ceremonias no se cancelan".

—Debemos empezar con los preparativos del funeral cuanto antes, señora Vicker —dijo el maestro Velario, tratando de desviar la tensión—. El sol pronto empezará a descender.

Había cierto aire de prisa en esa última línea, como si hubiera alguna urgencia mayor.

Los ojos de Eydis perdieron la poca calma que había logrado reunir en aquel día maldito.

Contenía el llanto con todas sus fuerzas, como si sostuviera su alma para que no abandonara su cuerpo.

—Déjame encargarme, cariño —interrumpió Jarnad, dándole unas palmadas de consuelo—. Tú trata de descansar.

Harold observaba la interacción desde cierta distancia. No era lo que se consideraría un practicante de las tradiciones, pero entendía muy bien la urgencia del líder religioso, quizá mejor que todos los presentes.

Hermes, a su lado, esperaba paciente a que el Rizz estuviera más calmado —o al menos receptivo— para hablar del tema pendiente.

—No es cualquier vampiro —dijo por fin, rompiendo la silenciosa burbuja—. Imagino que notaste los rasguños en la mejilla del chico.

—¿Es un vampiro puro? —preguntó Harold, bajando la voz con una preocupación más fría.

—No. Pero es uno muy experimentado.

—Es Zerk —añadió Kyrel, que se había acercado para unirse a la conversación.

Mantenía su compostura habitual, aunque sin el tono despreocupado. Llevaba la raíz de alguna planta entre los dientes, una vieja costumbre para lidiar con la tensión.

—Creí que habías dejado ese hábito al dejar de ser humana —le increpó Hermes.

—supongo que no supero la última vez que lidiamos con Zerk —respondió ella, con más honestidad de la necesaria—. Al parecer algunos traumas trascienden la mortalidad humana.

—¿Les importaría decirme quién es ese Zerk? —intervino Harold.

—Un vampiro errante —contestó Hermes—. Impuro, pero muy hábil… y sádico.

Listuria ya no es segura. Debemos llevar a Gretta con Rokko, o con el tiempo llegarán otros atraídos por ella.

Los ojos de Harold se abrieron como dos lunas. Ese nombre lo tomó por sorpresa.

—¿Ese maldito anciano sigue vivo?

La idea de llevar a Gretta con su tío abuelo —el patriarca de los Rizz— le resultaba repulsiva. Sabía que, con el despertar de Gretta, el regreso a Lysvarelle acabaría siendo inevitable. Pero no esperaba que ocurriera tan pronto, ni mucho menos que fuera Rokko quien la recibiera.

"Vaya día horrible. De verdad que no dejan de llegar malas noticias", pensó.

Negó con la cabeza, como si pudiera expulsar aquel pensamiento con el gesto.

—No me agrada la idea de volver a Lysvarelle —confesó. Comenzaba a sentir el ya familiar carraspeo en la garganta, como un aviso de que la tarde se acercaba.

—No estás entendiendo lo grave de la situación, Harold —aseveró Hermes alzando el rostro.

Harold sostuvo su mirada. Consideraba a Hermes, pese a todo, un conocido muy apreciado. Tal vez un amigo. Pero sabía que, si se trataba de Gretta, él tomaría cualquier medida necesaria. Al final, pertenecían a mundos distintos, y él no dejaba de ser sólo un humano más en el camino de Hermes.

—Nos quedaremos al menos para la boda de Dallia —dijo por fin—. El monje mantendrá la ceremonia. No podría simplemente irme; no le haría eso a Jarnad.

Kyrel ladeó la cabeza, más decepcionada que sorprendida. Sabía cuán rígidos eran los monjes, pero esperaba que ese en particular mostrara un poco de flexibilidad dadas las circunstancias.

—Busqué en todos los sitios donde podría ocultarse del sol —agregó, retomando el tema que más le interesaba—. Por más que lo busqué, no di con nada. No sé si está cerca del pueblo. Tal vez no intente nada ahora que estamos alerta… pero encontrará la forma si nos quedamos demasiado tiempo.

Harold se cruzó de brazos casi por instinto.

—No entiendo… ¿por qué anunciarse así?

—Por diversión —respondió Hermes, jugueteando con su bastón—. Como te dije: en esencia es un sádico, una fiera sin amo. Seguramente vio en la mente de Jared que estábamos con Gretta. Si no podía lastimarla físicamente, al menos quiso dañarla de otra manera.

—Si permanecemos en Listuria, intentará algo —Kyrel exhaló, dejando ver una ansiedad que Harold jamás le había visto—. Y conociendo sus métodos… provocaría una masacre en todo el pueblo. Me obligaría a escoger entre Gretta y Listuria.

—No quieran persuadirme —dijo Harold, extendiendo las manos frente a él como si fuesen un escudo—. Llevo décadas lejos de la mansión, sí… pero soy un Rizz, y como tal fui educado. Sé que un vampiro impuro es más fuerte durante la luna llena, y en la noche anterior y posterior. Ustedes dos son vampiros puros, sé que pueden manejarlo —concluyó cruzando los brazos nuevamente.

Kyrel entrecerró los ojos; su voz salió apenas como un gruñido.

—¿Apostarías la seguridad de todos a eso?

Harold meditó un momento aquella última pregunta.

La sola idea le heló la sangre: la gente del mercado, la familia de Jarnad, Loretta.

El escenario era aterrador.

—Y si nos vamos… ¿qué pasará con el pueblo?

—Su objetivo es Gretta —dijo Kyrel, posando la mano en el mango de su espada; sus dedos se movían con inquietud—. No querrá llamar la atención de la Orden solo por un pueblo. Pero mientras Gretta permanezca aquí, será cuestión de tiempo.

—¿Podríamos pedir ayuda? —insistió Harold, aferrándose a la mínima posibilidad—. Centa está empollando, pero podría enviar a Gorgón. Es mi segunda grulla más rápida.

—Se dará cuenta —respondió Hermes, con la mirada fija en algún punto del piso—. La seguirá. La única oportunidad sería enviarla al amanecer: tendrá que escoger entre seguir al acecho o alcanzar a la grulla.

—Pero estará de vuelta para la siguiente noche —agregó Kyrel; empezaba a verse más estresada.

Hermes golpeó suavemente las baldosas con su bastón.

Si Gretta fuera más joven, podría simplemente llevársela. Pero ya había mostrado signos del despertar: la interacción con Kyrel al detenerla, la velocidad con la que cruzó el pueblo. Bastaba con que ella ordenara quedarse… y él no tendría forma de contradecirla.

—Es verdad —continuó—, pero ya habrán pasado dos noches. Para entonces no tendrá suficiente fuerza para ser un problema.

—¡Gretta no debe pasar más tiempo aquí! —escupió Kyrel, exaltada—. Debemos sacarla de Listuria.

—¿La sacarás tú, Kyrel? —respondió Hermes con sarcasmo—. Ni siquiera pudiste detenerla esta mañana.

La tensión cortaba el aire. Harold podía notar con claridad que aquel vampiro era de cuidado.

Después de unas miradas incómodas, Hermes continuó:

—¿Cuántas grullas tienes disponibles para enviar un mensaje?

—En este momento, seis.

—¡Bien! —afirmó, golpeando su palma con el bastón—. Prepara dos para ir a distintos destinos.

Kyrel asentó con lentitud, aunque su mirada evidenciaba escepticismo.

—Enviaremos una a Lysvarelle… y la otra al Áura Stella. Sólo necesitamos que llegue una. —Hermes se giró hacia Harold— ¿tienes alguna objeción?

No había muchas opciones. La idea de volver a los fríos pasillos de aquella mansión le revolvía el estómago. Pero Harold jamás pondría a su familia en riesgo por orgullo. Era hora de aceptarlo.

Había llegado el momento de volver a Lysvarelle.

Los recuerdos de miradas juzgantes y murmullos tras las paredes regresaron como un trago amargo. Y ahora también estaba su hija.

Aunque quizás… podría volver a ver a su madre.

—Hermes. Mi mamá…

—Dianne aún vive, Harold —respondió enseguida—. Pregunta por ti cada vez que regreso de visitarte.

Harold sintió un cálido apretón en el pecho. Habían pasado tantos años…

"¿Cómo será ahora su rostro?"

"¿Por qué nunca respondió mis cartas?"

Ya estaba decidido. Solo faltaba convencer a Loretta; con Gretta sería más sencillo. Sabía cómo persuadirla: al fin y al cabo, era su hija.

La tarde avanzó lenta. Sin perder tiempo, Harold preparó ambas grullas para enviarlas al día siguiente —no fuera que Zerk las interceptara si viajaban de noche— con cartas escritas de puño y letra por Hermes como única carga. Una grulla sería recibida en la agencia postal de Lysvarelle, donde descansaría antes de ser enviada de vuelta. Luego, los agentes postales entregarían la carta. Los Rizz eran conocidos y respetados en Lysvarelle; la correspondencia sellada por su mayordomo tendría prioridad.

Con la otra grulla era más sencillo. Cada generación nacía con una huella magnética inscrita en los huesos, un sentido direccional heredado a través de la sangre. Si alguna de sus ancestras había viajado a un lugar, las crías sabían cómo llegar. Bastaba con darles algo impregnado con el olor del sitio al que debían dirigirse.

Solo era cuestión de días para recibir respuestas.

—Bueno, tampoco me gusta la idea de irnos, cielo —fue la primera reacción de Loretta ante la noticia—, pero lo prefiero a que lastimen a alguien más en mi pueblo natal.

—Lamento seguir dándote malas noticias, después de tantos años —se disculpó Harold.

Ella sonrió con cariño.

—Tú eres mi hogar, mi familia, mi Olmo. Iré a donde tú vayas.

Gretta, curiosamente, opuso un poco más de resistencia, quizá por el torbellino de emociones que arrastraba. Pero al mencionar que podría conocer a su abuela, su semblante mejoró. Lo único que sabía de ella era lo que Harold le contaba en ocasiones, y sus abuelos maternos habían muerto antes de que naciera. Saber que conocería a su abuela fue, al menos, un pequeño consuelo dentro del desastre.

—¿Comerás un poco antes del funeral, mi pequeña?

—Sí, mamá… está bien —respondió, aún con las mejillas rojas de tanto llorar.

—Te tengo un regalo más, aunque un poco tarde —interrumpió Harold.

Abrió una gaveta y sacó una pequeña caja de madera. Era la misma que había recibido de Hermes el día anterior, y la misma que abrió por primera vez quince años atrás, en esa misma sala, sobre esa misma mesa.

—Esto ha pertenecido a nuestra familia por años —mintió—. Tu abuela te lo envía por tu cumpleaños. Ahora es tuyo.

Gretta abrió la caja con cuidado, llena de curiosidad. Su rostro cambió un poco, con una mezcla de duda y asombro. Introdujo la mano con cautela.

Dentro había un collar de plata, visiblemente antiguo pero muy bien conservado. De él pendía un medallón ovalado, en cuyo centro descansaba un cristal verde esmeralda, del mismo tono que los ojos de Gretta. Su madre la ayudó a colocárselo.

—Feliz cumpleaños —susurró Harold con tristeza.

Las decoraciones del día anterior, aún sin recoger, fueron testigos del momento agridulce.

Una vez más, la tarde descendió sobre Listuria. Una vez más, el mar melancólico; los tonos ámbar dibujando líneas sobre los techos; las aves crepusculares entonando sus melodías, indiferentes al dolor humano. Para los Vicker y sus allegados, era una tarde amarga. Para los menos cercanos, apenas un día inusual ya terminado. Para el resto del mundo, sólo un día más.

En la colina funeraria —más allá del faro, al borde del acantilado— se había reunido la familia Vicker con quienes les eran más próximos. Sobre una enorme piedra rodeada por ramas y leña reposaba el cuerpo de Jared. Frente a él, el maestro velario recitaba un rito solemne:

"Nuestra vida es tan solo un suspiro para los Orbes.

El Sol, siempre fuerte, y la Luna, su fiel acompañante,

nos han visto nacer y dormir en un ciclo sin fin…

Sólo somos un suspiro.

Podríamos volver a encontrarnos con los nuestros,

volver a mirarlos a los ojos…"

Mientras pronunciaba aquellas palabras, el monje untaba una pequeña daga con un aceite de olor penetrante. Gretta, de pie entre su madre y Harold, frunció el ceño.

"Huele igual que la espada de Kyrel."

Entre sollozos y murmullos de plegaria, nadie notaba que el corte en la mejilla del muchacho comenzaba a cerrarse. Nadie veía cómo uno de sus dedos se movía con un estremecimiento casi imperceptible. Todos mantenían la mirada baja —como dictaba la tradición— o perdidos en el horizonte, en las nubes, en cualquier cosa que no fuera el cuerpo sobre la piedra. Lo que venía era demasiado difícil de mirar.

Todos… excepto Jarnad.

A solo un par de pasos de su hijo, el hombre observó entre curioso y horrorizado, la desaparición gradual de la herida; el ligero espasmo en la mano; la forma en que los músculos del rostro parecían despertarse bajo la piel. Aquello no era un reflejo.

"¿o será sólo mi imaginación?",

Se preguntó.

El maestro velario también lo notó. Apenas logró disimular su súbita urgencia mientras aceleraba el rezo, tomando la daga con ambas manos. La levantó sobre su cabeza justo cuando el cuerpo de Jared dio un espasmo más visible.

Y entonces, en un golpe seco y preciso, hundió la hoja en el pecho del chico.

El cuerpo se tensó como una cuerda y luego quedó inmóvil.

—Es todo… —murmuró el monje, aún levemente agitado; y no por el esfuerzo de alzar la daga. Acto seguido, acercó la antorcha y encendió la pira.

Aquel ritual, según se sabía, solo se realizaba en quienes habían muerto por accidente… o por una "muerte auto infligida", como preferían decir algunos para evitar pronunciar la palabra suicidio.

Kyrel y Hermes se habían mantenido un poco alejados, aunque lo bastante cerca para intervenir si era necesario. Desde la zona verde junto al faro observaban cómo las llamas consumían el cuerpo. El sol ya se había ocultado, dejando a la luna tomar su lugar en lo alto.

El llanto de Dallia y Eydis llenaba el aire. Podría pensarse que, al menos, todo había terminado.

Pero no fue así.

Faltaba algo más.

—Lo sentiste —preguntó Hermes con serenidad.

—Sí. Estaba despertando —respondió ella, apoyando las manos en la cadera—. Pobre chico… incluso al transformarse, la recordó por un instante.

Jarnad, su padre… notó el momento del cambio.

—No sabe lo que vio. Al menos no tuvimos que actuar —concluyó Hermes.

Entonces, algo distinto rasgó la quietud.

Una mente tormentosa, primitiva… y con una enorme sed de sangre.

Kyrel sujetó el la empuñadura de su falcata por puro instinto.

Hermes dejó caer su gabardina, elevando su bastón a media altura.

—¿Es una hueste?

—Son dos… —respondió Hermes sin bajar la guardia.

—Vaya decepción… —interrumpió una tercera voz. Ajustaba con calma un protector metálico en el antebrazo—. Esperaba que el chico matara al monje antes de terminar el ritual.

De entre las sombras emergió la figura de un hombre alto y moreno. Su andar era sereno; su voz, cavernosa. El pendiente plateado de estrella de cuatro picos brillaba con cada paso. Avanzaba seguro, aunque con cautela, luciendo la sonrisa arrogante de quien siempre cree saber algo más.

Kyrel apretó la empuñadura de su arma con más fuerza, sin apartar la mirada del intruso.

—Zerk…

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