RÉEN.
El filo de mi cuchillo chocó contra otro cuchillo con un estruendo metálico que me hizo sentir cada vibración en el brazo. Chispas saltaron de ambos filos, iluminando por un instante los ojos de mi oponente. Moví mis manos con precisión, mis caderas giraron, mis piernas se flexionaron y cada parte de mi cuerpo se volvió un arma. Atacaba, bloqueaba, atacaba de nuevo; no había espacio para pensar, solo reaccionar.
Sentí un corte superficial en mi brazo izquierdo, un ardor que me recordó que aún estaba vivo, que la sangre podía traicionar mis movimientos si me dejaba distraer. Tomé el brazo del otro con fuerza y empujé mi cuchillo hacia su antebrazo, cortando profundo en el músculo. Su grito me atravesó como un martillo, y antes de que pudiera reaccionar, me impulsé con una patada hacia sus rodillas, haciéndolo caer de espaldas.
Sin pensarlo, golpeé la parte baja de mi cuchillo contra su cuello, asegurándome de que quedara inconsciente. Mi respiración estaba agitada, mis manos sangraban, y mi cuerpo temblaba por la tensión y el esfuerzo, pero no había tiempo para descansar. El próximo estaba justo frente a mí; un entrenamiento campal donde la muerte parecía estar acechando en cada golpe.
El hombre atacó primero: un corte directo hacia mi cara que esquivé solo con un movimiento de cadera y un salto. El filo rozó mi mejilla, abriéndome un corte que ardía con cada respiración. Respondí con un barrido de cuchillo hacia su antebrazo, cortando profundamente mientras giraba sobre mi espalda y le daba una patada con la suela de mi bota en la cara. Su agarre se volvió mortal: atrapó mi tobillo y con un corte en mi muslo me recordó que cada error podía ser el último.
El dolor me quemaba, pero impulsé mi cuerpo hacia adelante con fuerza, golpeando su pecho con mi hombro y arrojando mi peso para un cabezazo directo. El hombre retrocedió un instante, y en ese segundo de ventaja, sentí un golpe en mi cabeza, directo en el oído. Un zumbido ensordecedor inundó mi mente, y mi visión se volvió borrosa, como si el mundo entero se desangrara en tonos grises y rojos.
El próximo ataque vino rápido: el filo del hombre rozó mi yugular. Podía sentir la muerte en la punta de su cuchillo, el frío del metal contra mi piel. Cada músculo estaba tenso, mis manos sangraban y temblaban, pero el adiestramiento, el miedo y el instinto de supervivencia me mantenían consciente.
Hasta que un grito cortó todo.
—¡DETÉNGANSE!
El tiempo pareció detenerse. El filo se quedó a milímetros de mi cuello, y el hombre retrocedió, confuso. Los instructores se movieron como sombras frías y calculadoras, y aunque detuvieron el combate, no había una palabra de consuelo. Sus ojos eran fríos, crueles, implacables. No había piedad, no había alivio: el entrenamiento era muerte disfrazada de disciplina, y todos los que habíamos sobrevivido lo sabíamos.
Respiré hondo, dejando que la sangre de mis manos gotease al suelo, mientras mi cuerpo temblaba y mi corazón latía con fuerza. Cada golpe, cada corte, cada patada… todo había sido real. Y si no hubiera sido por ese grito, por esa orden inesperada, hoy no estaría contando esta historia.
—¡Muevan los cuerpos, limpien el área! —ordenó uno de los instructores, sin mirar nuestras manos ensangrentadas ni nuestras respiraciones agónicas. Su voz era como un filo más, cortante, recordándonos que nada aquí era humano ni amable.
Me aparté un poco, apoyándome contra la pared, sintiendo cómo cada fibra de mi cuerpo gritaba de dolor y agotamiento, pero también un extraño alivio: había sobrevivido otro día, un día más en ese infierno.
Mezclando cada paso con dolor y agotamiento, me movía por aquel terreno irregular, casi tropezando con raíces y piedras que se ocultaban entre la oscuridad. El frío calaba hasta los huesos, y cada respiración me recordaba lo al límite que estaba mi cuerpo. Sangre en el muslo, en el brazo, un ardor punzante que me hacía dudar de cada movimiento. La adrenalina comenzaba a desvanecerse, y con ella, la fuerza que me había mantenido de pie durante todo el entrenamiento brutal.
Casi caigo otra vez, y un brazo firme me sostiene, tirando de mí con cuidado. Miré al frente y vi a uno de los chicos que también había sobrevivido; su rostro estaba pálido, pero firme, con ojos que reflejaban el mismo cansancio que yo sentía.
—Tranquilo, te tengo —dijo, su voz baja, intentando no alarmar a los demás—. Solo camina despacio.
Asentí, apoyándome en él, sintiendo cómo mi muslo sangraba con cada paso. Mi brazo también ardía, y mi nariz, aunque no parecía rota, seguía doliéndome por el golpe que había recibido. El zumbido en mi oído persistía, como un eco constante del impacto que casi me dejaba inconsciente hace unos minutos.
—¿Puedes… seguir? —preguntó con cierta cautela.
—Sí… —dije, aunque mi voz era débil, ronca—. Solo un poco más.
El camino hacia los troncos y los espacios en el suelo para descansar parecía interminable. Cada paso dolía, pero había un alivio en el hecho de que estaba vivo, de que habíamos sobrevivido otro día más en ese entrenamiento cruel. Sentí cómo mi respiración se aceleraba y luego se calmaba por momentos, tratando de acostumbrar mi cuerpo a la herida y al cansancio.
—Aquí —dijo mi compañero finalmente, señalando un tronco relativamente plano—. Siéntate, pero con cuidado. No queremos abrir más tus cortes.
Me dejé caer con cuidado, apoyando el peso sobre los glúteos, evitando que la sangre manchara más de lo necesario. Respiré hondo, intentando calmar la tormenta de dolor, frío y fatiga que me recorría el cuerpo. Cerré los ojos por un momento, dejando que el silencio del bosque, aunque oscuro y amenazante, fuera un respiro comparado con el caos de la pelea.
—No… no puedo creer que seguimos vivos… —susurré casi para mí mismo.
—Lo logramos —respondió el chico, sentado frente a mí, observando mi estado—. Hoy. Y eso es suficiente por ahora.
Sentí cómo un escalofrío recorría mi cuerpo, mezclando miedo, alivio y la certeza de que, aunque todavía quedaba mucho por enfrentar, habíamos sobrevivido otro capítulo de aquel infierno.
Cuando el instructor se acercó, acompañado de dos hombres con una caja, todos nos pusimos en alerta, aunque agotados.
—Aquí tienen —dijo, dejando la caja en el suelo—. Traten sus heridas. El entrenamiento sigue aunque se estén desangrando. Hay antibióticos y para suturar. Felicidades por sobrevivir otro entrenamiento más. Tres años ya desde que la mayoría de ustedes llegó, y siguen vivos.
Se dio media vuelta y desapareció entre los árboles sin esperar respuestas. Un frío recorrió mi espalda; la indiferencia de los instructores siempre me había puesto los pelos de punta.
Nos acercamos a la caja, todos casi de manera automática, agarrando lo que necesitábamos: vendas, gasas, alcohol, hilo y una aguja para suturar. Sentí el peso del muslo sangrando, y aún así, me acomodé junto al tronco donde había descansado antes.
—¿Cuántas veces más tendré que hacer esto? —murmuré para mí mismo, aunque nadie sabía quién hablaba ni siquiera sus propios nombres.
Mi respiración temblaba mientras agarraba el alcohol y lo vertía sobre la herida del muslo. Un ardor punzante recorrió mi piel, y me obligó a apretar los dientes.
—Maldita sea… —gruñí, mientras el líquido se filtraba por la herida.
Con una gasa comencé a limpiar, retirando la sangre seca que impedía ver los bordes. Luego pasé a las manos: alcohol sobre los callos y nudillos, sintiendo cómo cada pequeño corte que llevaba acumulado dolía de manera intensa. Pero ya no me importaba, el dolor se había vuelto una rutina, casi normal.
Agarré la aguja y el hilo, mis dedos temblando levemente.
—Vamos, vamos… —me dije mientras intentaba concentrarme, intentando ignorar el ardor y la fatiga—. No hay tiempo para quejarse.
Inserte la aguja en la piel, sintiendo cómo perforaba la carne, cada punto un golpe de fuego que recorría el brazo. El dolor era insoportable, pero sabía que si no lo hacía, la herida se infectaría y podría perder la fuerza que tanto me había costado mantener.
—No importa… no importa —susurré, cerrando los ojos—. Solo un punto más… otro…
Mientras suturaba, podía escuchar a otros haciendo lo mismo, el sonido del hilo tensándose, la aguja atravesando piel. Nadie decía su nombre, nadie preguntaba, nadie hablaba. Solo la respiración, los gemidos contenidas y el crujido de ramas a lo lejos.
Cada punto de la sutura era un recordatorio de la rutina, de los años de entrenamiento brutal. Un entrenamiento donde el dolor era parte de la lección, donde sobrevivir significaba ignorar cada grito de tu propio cuerpo.
—Casi… listo… —susurré finalmente, cuando terminé con la primera línea—. Respira, maldita sea… respira…
Apoyé la cabeza contra el tronco, la visión borrosa por el esfuerzo y el dolor. Aún faltaban otras heridas, otras limpiezas, otras suturas, pero por unos segundos, solo por un instante, me permití sentir que había sobrevivido otra vez.
***
El suelo aún crujía bajo nuestras botas cuando nos arrastraron hasta la zona de tiro. El aire helado se metía por las heridas recién suturadas y hacía que ardieran peor que el fuego. Nos formaron en varias filas, de ocho en ocho, como si fuéramos piezas en un tablero de ajedrez que alguien podía barrer con una sola mano.
Éramos poco más de cien. Hace tres años, al llegar, habíamos sido más del cuádruple. Ahora, la mayoría estaban enterrados en fosas sin nombre, o tirados en algún rincón del bosque donde nunca nadie los encontraría.
El instructor caminó frente a nosotros con las manos atrás, su voz cortante como un cuchillo.
—Han entrenado por tres años. —Se detuvo en seco, observándonos con esos ojos que parecían leer cada uno de nuestros pensamientos—. Muchos de ustedes han creado lazos. Mínimos, débiles, inútiles… pero lazos al fin. Y hoy veremos cuán fuertes son.
Un murmullo apenas audible recorrió las filas. Nadie se atrevía a hablar en voz alta, pero todos lo pensamos: ¿qué quería decir con eso?
El instructor se giró y miró hacia el otro extremo del campo. Automáticamente, todos seguimos su mirada.
Y entonces, el silencio se rompió. Varios tragaron saliva, otros soltaron un jadeo de puro horror.
Allí, donde normalmente se alineaban los blancos de tiro de madera, había jóvenes como nosotros. Reclutas. Con las manos atadas a la espalda, de pie, algunos temblando, otros con la mirada perdida. Carne de cañón.
Un grupo de soldados entró cargando cajas y las tiró frente a nosotros. Las tapas se abrieron con un golpe metálico: armas. Rifles, pistolas, cargadores. Todo listo, brillante, frío.
—Tomen un arma. —La orden fue simple, seca, indiscutible.
Mis manos temblaron mientras extendía los dedos. Agarré un rifle. Sentí el peso, el frío del metal contra mis palmas aún ardidas por el alcohol. No era la primera vez que tenía un arma en las manos, pero sí era la primera vez que entendía hacia dónde apuntaría.
—Ahora —continuó el instructor—, diez de ustedes darán un paso al frente.
Un soldado sacó una lista. Nombró uno, dos, tres… mi corazón empezó a martillar.
—Seis.
Ese era yo.
Tragué saliva y avancé. Escuchaba mis propios pasos como si fueran truenos en el suelo. Me acomodé donde me indicaron: el sexto lugar de la línea. A mi lado, otros nueve, todos con los rostros tensos, pálidos, el sudor bajando por las sienes a pesar del frío.
El instructor caminó frente a nosotros, despacio, como un verdugo que disfruta alargando el momento.
—Aquí está la prueba. —Su voz era un látigo que nos golpeaba la piel—. Lealtad o egoísmo.
Se detuvo y señaló hacia los jóvenes al otro extremo del campo.
—Pueden dar su vida por el que tienen en la mira. Eso es lealtad. —Hizo una pausa, dejando que el silencio se hiciera insoportable—. O pueden matarlo, y salvar la suya. Eso es egoísmo.
Un murmullo ahogado recorrió la fila de los diez. Uno de los que estaban a mi derecha levantó apenas la voz:
—¿Q-qué quiere decir con "dar su vida"?
El instructor sonrió. Era la primera vez que lo veía sonreír, y esa mueca me heló la sangre.
—Significa que si no disparan, mueren ustedes. —Su mirada se endureció aún más—. Si disparan, muere él.
—No… no puede estar hablando en serio… —susurró otro de los diez, con el arma temblando en sus manos.
—En este lugar —replicó el instructor, con frialdad absoluta—, todo es en serio.
Me sentí tragar saliva con dificultad. Mis manos sudaban, el rifle pesaba como si fuera de piedra. No podía apartar mis ojos de aquel muchacho al que me habían asignado al frente. Era apenas un poco menor que yo, tendría once o doce años. Tenía la cara manchada de tierra, los labios partidos y los ojos… los ojos clavados en el suelo, como si supiera lo que iba a pasar.
A mi izquierda, uno de los seleccionados empezó a sollozar.
—No… no… yo no…
—¡Silencio! —rugió el instructor, tan fuerte que el eco retumbó en el campo de tiro.
El chico se calló, pero sus lágrimas caían en silencio, marcando su rostro con líneas brillantes.
El instructor alzó una mano, y los soldados que lo acompañaban cargaron sus armas.
—Tienen un minuto. O disparan, o mueren.
El aire se volvió espeso, imposible de respirar. Algunos de los diez empezaron a levantar sus rifles, otros ni siquiera podían mover los brazos.
Yo… apreté el gatillo suavemente, sin disparar aún, y sentí el sudor resbalarme por la frente. El chico al que apuntaba levantó apenas la vista. Sus ojos se encontraron con los míos. No había odio en ellos. Solo resignación.
Un compañero a mi derecha murmuró, con los dientes apretados:
—Si no lo hago, me matan.
—Si lo haces —dijo otro, casi en un susurro quebrado—, te matas tú mismo por dentro.
El reloj invisible corría. Y cada segundo se sentía como una eternidad.
El aire estaba helado, pero yo no lo sentía.
El rifle aún pesaba en mis manos, hasta que decidí dejarlo ir.
Saqué el cargador, lo miré un instante y lo tiré al suelo con un clac que resonó en todo el campo. Fue como si el sonido se clavara en cada uno de los presentes.
Sentí las miradas encima de mí, de los demás en la fila, de los soldados detrás, de los reclutas atados allá al fondo. Incluso el chico que me tocaba como blanco me miró con los ojos bien abiertos, casi con alivio.
Yo no lo miré de vuelta.
Solo fijé mis ojos en el instructor.
El silencio fue tan pesado que hasta escuchaba mi propio corazón, lento, cansado.
El instructor dio un par de pasos, sacando su pistola.
Me apuntó mientras avanzaba con calma, como si saboreara cada segundo.
Yo cerré los ojos.
Agaché la cabeza.
Esperé.
Por fin.
El frío del cañón se hundió en mi frente. El sonido metálico del seguro al correrse me atravesó los huesos.
Mi respiración se detuvo.
"Hazlo", pensé.
Acaba con esto.
Unos segundos.
Nada.
Y entonces… la risa.
Una risa grave, seca, cruel.
Abrí los ojos. El instructor me miraba desde arriba, el arma aún presionando mi cabeza, pero con esa sonrisa torcida.
—¿Crees que voy a dejarte ir tan fácil? —dijo, casi divertido—. ¿Que voy a regalarte la muerte como un premio?
Se inclinó un poco más, susurrando contra mi oído:
—Tú no vas a escapar. No de esta forma.
Y de pronto, disparos.
Varios.
Yo no me moví, aunque las balas pasaron tan cerca que sentí el aire caliente y las chispas de la tierra levantarse detrás de mí. Los demás gritaron, algunos retrocedieron, otros se quedaron paralizados.
Cuando el estruendo se apagó, me atreví a levantar la vista.
El instructor sonreía aún más.
Me apartó el cañón de la frente y se enderezó, girándose hacia los demás.
—Nuevo destino para ti. —Lo dijo con una calma aterradora, como si ya estuviera escrito desde antes—. A partir de ahora, serás trasladado a un nivel superior de entrenamiento.
Confusión en las filas. Nadie entendía nada. Yo tampoco.
Miré hacia atrás.
Los nueve que estaban conmigo en la línea yacían en el suelo, agujereados, muertos.
Los blancos al otro extremo… seguían vivos.
Se me revolvió el estómago.
—¿Por… por qué? —alcancé a preguntar, con la garganta seca.
El instructor se giró hacia mí, sosteniendo su pistola como si no pesara nada.
—Porque tú fuiste el único que mostró algo que ninguno de estos inútiles tuvo: determinación.
Lo miré sin entender.
—Determinación de morir. —Sonrió con frialdad—. Y esa, chico, es la herramienta más poderosa que puede tener un soldado.
Sus pasos resonaron mientras se acercaba de nuevo, clavándome los ojos como si quisiera atravesarme.
—El que quiere sobrevivir a toda costa, teme perder. Se quiebra. Se aferra a su vida y falla. Pero tú… tú no quieres vivir. Y eso te hace peligroso. —Se inclinó hacia mí otra vez—. Porque alguien que no teme morir, no teme matar.
Tragué saliva. No era lo que yo quería. No era lo que había pensado.
Él siguió hablando, levantando la voz para que todos lo escucharan:
—Los demás jugaron al dilema. Dudaron. Intentaron justificarse. Buscaron una salida. Y murieron como perros. —Apuntó con su pistola hacia los cuerpos en el suelo, sin la menor emoción—. Este, en cambio… —me señaló con un gesto seco—. Fue directo. Dejó su arma, me enfrentó y aceptó su destino.
Dio media vuelta, paseando la mirada por los sobrevivientes de la formación.
—Lo dejo vivo porque es útil. Porque en un campo de batalla no me sirve el que suplica por su vida, sino el que no la valora. Ese hará cualquier cosa que se le ordene.
El silencio era absoluto. Nadie respiraba.
El instructor volvió a mí, se detuvo frente a mi cara y dijo en voz baja:
—No confundas esto con misericordia. No te dejé vivir… te dejé condenado. Aún no tienes permiso de morir.
Sentí cómo las palabras me atravesaban.
Y entendí.
No me había salvado.
Ese día me había condenado a algo mucho peor.
El instructor levantó la mano y chasqueó los dedos.
—Ustedes dos, llévenselo. —Su voz era seca, sin emoción.
Dos soldados armados se adelantaron de inmediato. Sentí sus manos duras sujetando mis brazos, uno a cada lado, como si no pudiera caminar solo. Me arrastraron hacia adelante mientras el instructor añadía:
—Transpórtenlo a la otra zona. El programa lo está esperando.
Yo no dije nada. Mis piernas apenas respondían, y aun así me obligaban a avanzar.
Miré de reojo a los demás, los que seguían vivos, aún en formación. Algunos me miraban con miedo, otros con algo de… ¿envidia?, ¿odio?, ¿lástima? No lo sabía. Solo sé que no quise sostener esas miradas.
Al pasar frente a los cuerpos de los otros nueve, sentí el hierro en el estómago. Sus ojos estaban abiertos, algunos con expresiones congeladas de terror, otros de confusión. Gente que hacía apenas unos minutos respiraba junto a mí, entrenaba conmigo, se curaba las heridas igual que yo.
Ahora eran nada.
Los soldados que me llevaban no aflojaron el paso. Me empujaron a través de un sendero entre tiendas y estructuras de madera hasta llegar a un vehículo militar: una especie de camión descubierto, con la parte trasera enrejada como si fuera una jaula móvil.
Me lanzaron dentro sin cuidado. Caí sobre las tablas duras de la plataforma, golpeándome el costado. Sentí la sangre de mi muslo volver a abrirse bajo la venda improvisada, pero no dije nada.
Uno de los soldados cerró la compuerta metálica tras de mí, asegurándola con un candado.
—Disfruta el viaje, mocoso —escupió, antes de dar un golpe con el fusil contra las rejas, haciéndolas vibrar.
El motor rugió. El camión comenzó a moverse, sacudiéndome con cada bache.
Me recosté contra la pared fría, la cabeza apoyada en el metal. Cerré los ojos un segundo.
Pensé en lo que había pasado.
Había querido morir.
Y ni siquiera eso me habían dejado.
Solo escuchaba el motor y el traqueteo de las ruedas. A lo lejos, gritos, disparos, órdenes que se perdían en el aire. El olor del diésel mezclado con la sangre seca en mis manos.
"No tienes permiso de morir."
Las palabras del instructor rebotaban en mi mente como un eco eterno.
No sabía qué me esperaba en esa "otra zona".
Pero sí sabía algo: si la muerte era un lujo que no me iban a conceder… entonces lo único que me quedaba era resistir.
Aunque fuera un infierno peor.
