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Chapter 20 - Capítulo 19

RÉEN.

El viaje duró lo que pareció una eternidad, aunque quizá fueron solo veinte minutos o unas horas.

El vehículo se detuvo de golpe. Una puerta chirrió, la luz entró en el compartimento y uno de los hombres me señaló con el cañón del rifle.

—Bájate.

Obedecí otra vez. Salté al suelo.

Ante mí se levantaba otra sección del campamento que no había visto nunca. Más cercada, más protegida, con torres de vigilancia y alambres de púas dobles. El aire era aún más frío ahí, como si la misma tierra supiera lo que pasaba dentro.

Los hombres me empujaron hacia una puerta metálica reforzada. Golpearon tres veces.

Un guardia del otro lado abrió y nos dejó pasar.

Lo primero que vi fueron filas de celdas a los lados, barrotes y sombras moviéndose detrás de ellos. Voces apagadas, susurros, algunos gritos.

Uno de los soldados se inclinó hacia mí y murmuró:

—Bienvenido al verdadero entrenamiento.

Me erizó la piel.

Los dos soldados me empujaron hacia adelante, como si no quisieran pisar más allá de ese umbral.

La puerta se cerró tras de mí con un chirrido metálico que me heló los huesos.

El lugar olía a sudor rancio, a hierro oxidado y a carne que había sanado mal. Las paredes estaban manchadas de humedad y hollín. Diez figuras se levantaron apenas entré: hombres jóvenes, quizás algunos ya adultos, con vendas en brazos, cabezas rapadas de cualquier forma, las ropas negras destrozadas y cubiertas de barro. Me miraban como animales encerrados, mitad curiosos, mitad hambrientos.

Al fondo, en un escritorio de metal cubierto de papeles y cuchillos bien alineados, había un hombre sentado. No se levantó enseguida. Me estudió con los ojos entrecerrados mientras fumaba algo que olía fuerte, ácido, dejando la ceniza caer en el piso sin importarle nada.

Uno de los escoltas anunció con voz rígida:

—Trajimos al cadete del que le hablaron.

El hombre bufó, echando el humo en el aire.

—¿Ese mocoso? —Se inclinó hacia adelante, apenas distinguiendo mi tamaño—. ¿Es una broma? ¿Qué creen que soy? ¿Niñera de bastardo?

Los soldados se tensaron, pero uno de ellos insistió:

—No, señor. Este niño… tuvo notoriedad. Fue el único en pasar la prueba del Instructor Cuervo.

Hubo un murmullo. Los diez soldados vendados me miraron de otra forma, con mezcla de sorpresa y desprecio. El nombre "Cuervo" flotó en la sala como un recuerdo amargo; todos parecían conocerlo, o al menos temer lo que significaba.

El hombre en el escritorio apagó el cigarro contra el metal, haciendo un sonido sordo.

Se levantó despacio, rodeando el escritorio con pasos pesados, hasta quedar justo frente a mí. Tenía una altura monstruosa comparada con la mía. Su rostro era pálido, anguloso, y tenía cicatrices viejas que parecían mapas grabados en la piel.

Me miró de arriba abajo, como si midiera cada centímetro de mi cuerpo.

—Entonces… por eso estás aquí. Porque un niño decidió dejar el arma en el suelo frente al Cuervo. —Hizo una pausa, sonriendo con los labios pero no con los ojos—. ¿Qué edad tienes, mosquito?

—D… diez años. —Mi voz sonó más débil de lo que quería.

El hombre chasqueó la lengua y soltó una carcajada ronca.

—Diez años. Entonces me entregan un arma en bruto. Una hoja de metal sin afilar. —Me tomó del mentón con fuerza, obligándome a mirarlo a los ojos. Tenía un olor a humo y sangre seca—. Yo voy a ser quien la pula, quien la moldee… y al final, quien la perfeccione.

Tragué saliva, intentando no apartar la mirada.

—Escúchame bien, niño —dijo con un tono grave, casi paternal pero podrido de crueldad—. Mi nombre aquí es El Verdugo. Y desde ahora, yo seré tu padre.

Se enderezó, señalando con un dedo huesudo a los otros diez en la sala.

—Y esos que ves ahí… esos son tus hermanos mayores. Todos pasaron lo mismo que tú. Algunos cayeron, otros sobrevivieron, pero estos diez… estos son la carne que no se pudrió. Ellos te enseñarán. Te golpearán. Te romperán los huesos si es necesario. Pero tú aprenderás. Porque un padre cuida bien a sus hijos.

Uno de los soldados vendados escupió al suelo, dando un paso adelante.

—¿Ese escuálido? ¿Ese va a ser "hermano"? Nos van a atar de manos con una carga inútil.

El Verdugo le devolvió una mirada fría como la muerte.

—¿Quieres discutir mi decisión?

El soldado dio un paso atrás sin decir palabra.

El Verdugo volvió a mí.

—Escúchame bien. Aquí no hay más madre que la disciplina, ni más padre que mi mano. Si fallas, no mereces mi protección. Si sobrevives… serás lo que yo quiera que seas.

Me dio un manotazo fuerte en el hombro, casi haciéndome caer.

—Y créeme, niño… mis hijos no mueren rápido. Ellos matan. Y tú matarás con ellos.

Los otros diez seguían observando, con sonrisas torcidas, burlonas, algunos midiendo mis brazos, mis manos, mi altura, como depredadores viendo un cachorro perdido en su guarida.

Uno de ellos murmuró:

—Bienvenido a la familia, "hermanito".

Las risas resonaron por toda la sala, ásperas y crueles.

El Verdugo dejó que las risas se apagaran poco a poco, y cuando ya nadie más habló, su voz retumbó seca, dura, como un martillazo en la nuca:

—Basta. No lo destrocen todavía —dijo, girando lentamente hacia sus "hijos mayores"—. Quiero que lo lleven a lavarse. Traten sus heridas lo mejor que puedan… por ahora. No permitiré que se me muera antes de iniciar el entrenamiento. Lo necesito completo.

Hubo un murmullo de desaprobación. Uno de los soldados, con la cabeza vendada y un ojo morado, soltó una carcajada ronca:

—¿Completo? Si con un golpe fuerte se nos deshace…

El Verdugo lo fulminó con la mirada.

—He dicho que lo mantengan en pie. No me importa si usan agua podrida, vendas sucias o su propia saliva para cerrarle las heridas. Pero este niño no se me rompe antes de que yo lo decida.

Los diez soldados bajaron la cabeza en señal de obediencia. Dos de ellos se adelantaron hacia mí. Uno me agarró del brazo izquierdo, el otro del derecho. La presión sobre mis heridas me arrancó un gemido que no pude contener.

—¿Qué pasa, hermanito? —murmuró uno de ellos, apretándome con más fuerza—. ¿Ya duele? Apenas vamos a empezar.

El Verdugo sonrió, disfrutando de la escena.

—Eso es. Que entienda lo que es tener hermanos.

Los soldados me sacaron casi arrastrando por un pasillo oscuro. El suelo estaba húmedo, pegajoso. Cada paso era una punzada en mi muslo y un ardor en mis brazos. Esperaba más golpes, insultos, risas crueles. Era lo normal.

Pero cuando llegamos a una puerta de metal oxidado y la empujaron, todo cambió.

El interior estaba iluminado por una lámpara blanca que colgaba del techo, y aunque el lugar era tosco —apenas un baño con un balde, un par de bancos de madera y un espejo roto—, el aire era distinto. No había risas, ni burlas, ni esa sombra que siempre me aplastaba. Era… demasiado normal. Y eso, más que cualquier tortura, me asustó.

Los dos hombres que me escoltaban me dejaron recargado contra la pared. Uno de ellos murmuró algo que casi no escuché:

—Quédate quieto. No te vamos a romper aquí.

Fruncí el ceño, confundido. ¿Qué quería decir con "aquí"?

Entonces, la puerta se abrió otra vez, y entró una de las mujeres que había visto entre los diez. Tenía el uniforme tan sucio y maltratado como los demás, con vendas en un brazo y una cicatriz fresca en la mejilla. Me miró en silencio un momento, como evaluándome. Luego dijo con voz firme, aunque no agresiva:

—Tráiganme agua limpia.

—¿Agua limpia? —se burló uno de los hombres—. Apenas tenemos…

Ella lo interrumpió con una mirada helada.

—Dije agua limpia.

El soldado tragó saliva y salió, murmurando algo que no entendí.

La mujer se agachó frente a mí. Noté que no sonreía, pero tampoco tenía esa dureza brutal del Verdugo. Su expresión era… práctica. Casi humana.

—¿Puedes mantenerte sentado? —preguntó.

Asentí, aunque apenas. Mi cuerpo estaba al borde de caer.

Ella arrancó un trozo de tela de su propia camisa y comenzó a limpiar la sangre de mi brazo con cuidado, sin la brutalidad a la que estaba acostumbrado. El contraste me confundía, y en mi pecho creció una desconfianza helada.

—¿Por qué…? —intenté hablar, pero mi voz salió ronca, quebrada.

—Porque si llegaste hasta aquí, no eres cualquiera —dijo ella, sin mirarme directamente—. El Verdugo ve algo en ti. Y si él lo ve, entonces vale la pena que no mueras por una infección.

El otro soldado regresó con un balde de agua mucho más clara que la que había visto antes. Ella lo tomó sin dar gracias y empapó el paño, limpiando ahora mi muslo. El ardor me hizo apretar los dientes, pero no me quejé.

—Relájate, niño. No voy a matarte —dijo ella en voz baja.

La palabra "niño" me escoció. Nunca me habían tratado como tal. Siempre era "arma", "cadete", "escoria". Nunca niño.

—Esto… es falso —murmuré, mirándolos a todos.

Ella se detuvo, me sostuvo la mirada con seriedad y respondió:

—Claro que es falso. Aquí todo lo es. La única verdad es que sobrevives… o no.

La mujer terminó de vendarme el brazo, apretando con firmeza pero sin crueldad. Se apartó un poco, observando su trabajo, y luego dijo en voz baja, como si no quisiera que las paredes escucharan:

—El Verdugo no te tocará por dos días.

La miré, confundido.

—¿Qué… significa eso?

Ella se levantó despacio, caminando hacia el balde. Mojó otra tela y regresó. Se agachó otra vez frente a mí, sus movimientos firmes y calculados.

—Significa que le gusta tener sus juguetes… completos antes de romperlos. —Me limpió la sangre seca de la mejilla con una suavidad extraña—. Siempre espera dos días. Siempre.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. No era alivio. Era la confirmación de que algo mucho peor vendría.

—¿Y… qué pasa después de esos dos días? —pregunté, casi sin aire.

Ella me sostuvo la mirada. Sus ojos no tenían compasión, pero tampoco burla.

—Después, deja su marca. Nadie sale limpio de eso. —Hizo una pausa, como si decidiera si debía seguir hablando—. Lo hace con todos. Es su manera de decirnos que ya no somos lo que éramos.

Apreté las manos contra mis muslos, las uñas clavándose en la tela de mis pantalones desgarrados.

—Entonces… ¿para qué me limpian? ¿Para qué me salvan? —Mi voz sonaba quebrada, incrédula—. Podrían dejarme morir ahora y ya.

Ella ladeó la cabeza, como estudiándome.

—Porque no decides tú. Ni yo. Ni nadie aquí. —Sus dedos tocaron la venda de mi pierna, ajustándola—. Mientras él crea que sirves, vivirás. Cuando decida que ya no… entonces morirás.

El silencio en esa habitación era pesado. Solo se escuchaba el goteo constante del agua cayendo del balde.

—¿Cómo… cómo te llamas? —pregunté al fin, con un hilo de voz.

Por primera vez, ella soltó una breve risa seca, sin alegría.

—¿Nombre? —Se inclinó un poco hacia mí, susurrando como si compartiera un secreto cruel—. Nadie tiene nombres aquí. Solo números.

Me quedé callado, pero mi respiración se volvió más pesada. Ella siguió:

—Yo soy el Trescientos dos. Ese es mi número. —Tocó con dos dedos la tela sucia de su uniforme, justo donde apenas se veía marcado el número con pintura negra desgastada.

Me llevé la mano vendada al pecho, donde también estaba el número. Lo había visto muchas veces, pero nunca lo había pensado. Era lo único que me definía.

—¿Y… algún día… nos darán un nombre? —pregunté, casi deseando que dijera que sí.

Trescientos dos asintió despacio.

—Sí. Algún día. Cuando crean que lo mereces. Cuando te hayan roto lo suficiente, cuando no quede nada de lo que eras. —Su voz bajó aún más, como un cuchillo clavándose—. Tarda años.

La garganta me ardía. No lloraba, pero algo en mí temblaba.

—¿Y si no quiero un nombre? —logré preguntar.

Ella me miró fijo, sin pestañear.

—Aquí no importa lo que quieras. —Acomodó la venda de mi brazo con un tirón brusco que me arrancó un quejido—. Lo único que importa es que sigas vivo. Incluso si quieres morir.

Me mordí el labio con tanta fuerza que sentí el sabor metálico de la sangre. Ella lo notó, pero no dijo nada.

—¿Y tú…? —me atreví a preguntar, casi en un susurro—. ¿Tú quieres seguir viva?

Trescientos dos me miró un largo rato. Su expresión se endureció aún más, y por un instante pensé que me golpearía por hacer esa pregunta. Pero en vez de eso, sonrió, una sonrisa vacía, quebrada.

—Querer no tiene nada que ver. —Se puso de pie y dejó caer la tela ensangrentada dentro del balde—. Solo se sobrevive. Y tú harás lo mismo, quieras o no.

Me dejó sentado ahí, con las vendas frescas y el cuerpo temblando, mientras su sombra se alejaba hacia la puerta. Antes de salir, me lanzó una última mirada.

—Recuerda lo que te dije, niño. Dos días. Aprovecha el aire que respires hasta entonces.

La puerta se cerró tras ella, y el eco metálico me dejó solo en esa habitación demasiado limpia, demasiado falsa, demasiado silenciosa. Y ese silencio era más aterrador que todos los gritos que había escuchado en esos tres años.

****

El frío del suelo calaba hasta los huesos. Cada movimiento me hacía recordar que mis músculos estaban llenos de cortes, moretones, y la mano izquierda, la que sostenía ahora, ardía como si el fuego estuviera quemando cada dedo. Sangraba sin control, pero me obligaba a no gritar. No podía. No mientras el Verdugo caminaba alrededor, su presencia llenando la arena como una sombra gigante, y el cuchillo en su mano era una extensión de su voluntad.

—Mírate —dijo, con voz baja, casi susurrando, mientras giraba frente a mí y movía el cuchillo de forma juguetona—. Sangrando por todas partes… y aún así, miras hacia arriba. Solo unos pocos han logrado siquiera rozarme de esta forma. Y todos eran adultos.

Lo miré, mi mandíbula apretada, intentando bloquear el dolor que me quemaba por dentro y por fuera. Mi mano, ensangrentada, sostenía la mía propia, y el aroma de la sangre se mezclaba con la tierra húmeda.

—¿Sabes lo que significa esto? —continuó, como si hablara consigo mismo y al mismo tiempo conmigo—. Que eres especial. Que un niño… un niño ha hecho lo que la mayoría ni siquiera podría intentar hasta ser adulto.

Sentí un escalofrío recorrer mi espalda. Mi vista buscó a los diez "hermanos mayores", y vi cómo sus ojos estaban fijos en mí. Algunos miraban con respeto, otros con una mezcla de miedo y curiosidad. Trescientos dos, su mirada era diferente, una mezcla de aprobación y advertencia. Ellos también entendían lo que había hecho, pero sabían lo que vendría.

—Mira sus caras —dijo el Verdugo, señalando hacia los diez—. Tus hermanos. Te observarán. Aprenderán de ti. Te presionarán. Y tú… tú aprenderás de ellos.

—¿Hermanos? —murmuré, con la voz quebrada, apenas un hilo de sonido. Mi mente estaba nublada por el dolor y la sangre que corría por mi brazo.

—Sí —respondió, sonriendo con una mueca que no tenía nada de afecto—. Como dije, los padres cuidan muy bien de sus niños. Y tú… eres mi niño. Este es tu mundo ahora. Tu familia… tu responsabilidad.

Mi corazón dio un vuelco. La palabra "familia" nunca había tenido un significado tan frío y calculador. Pero no había escapatoria. Cada uno de los otros niños que me rodeaba estaba allí por las mismas razones que yo: sobrevivir, aprender, adaptarse.

—Ahora, levántate —dijo el Verdugo, girando lentamente con el cuchillo en la mano—. Levántate y muestra que un niño puede hacer lo que un hombre entrenado apenas se atrevería.

Lo intenté. Mis piernas temblaban, cada paso era un desafío. El suelo estaba empapado de sangre y suciedad, y el dolor recorría cada centímetro de mi cuerpo. Pero mientras me incorporaba, sentí las miradas de todos los soldados alrededor, cientos de ojos fijos en mí. No era miedo lo que sentían. Era… respeto. Y terror. Una combinación que podía cortar más que cualquier arma.

—Mira tus manos —dijo uno de los hombres entre los diez—. Solo un tonto intentaría desafiarlo así. Pero tú… tú eres diferente.

—Diferente no siempre es bueno —susurró la mujer que me había tratado las heridas—. Aprende rápido, niño. Esto solo empeorará.

—Empeorar —repitió el Verdugo, avanzando hacia mí con pasos medidos—. No entiendes todavía. Esto no es un juego. No eres un niño normal. Ni un adulto normal. Aquí, cada herida, cada rasguño, cada golpe… es un recordatorio de quién manda y de quién aprende.

Me incliné un poco, sosteniéndome con la mano derecha en la tierra, respirando con dificultad. La visión se me nublaba por la sangre y el cansancio. Pero mis ojos seguían fijos en el Verdugo. La mezcla de miedo, dolor y determinación me mantenía en pie.

—Recuerda esto —dijo él, bajando la voz, acercándose peligrosamente—. Tú sobreviviste donde otros cayeron. Tú sobreviviste cuando los demás estaban muertos o inconscientes. Eso significa que… eres valioso. Para mí, para ellos, para este lugar.

—No quiero ser valioso… —susurré, casi sin voz—. Solo quiero dejar de doler…

—Eso es una tontería —dijo, golpeando con el dorso del cuchillo la tierra cerca de mi cara, enviando un temblor por mis brazos—. Dolor es lo que te hace fuerte. Lo que te hace sobrevivir. Sin dolor, niño… no eres nada.

Uno de los hermanos mayores me miró con una expresión extraña: respeto mezclado con incredulidad. Trescientos dos me señaló con un gesto leve, indicándome que me calmara y analizara mi entorno, que observara, que aprendiera.

—Ahora, prepárate —dijo el Verdugo finalmente, girando de nuevo, con su sonrisa cruel—. Porque esto es solo el principio. Y si sobrevives, recuerda: cada hermano, cada soldado, cada momento… es una lección. Y tú aprenderás rápido… o morirás.

Mi respiración era entrecortada, los latidos de mi corazón retumbaban en mis oídos, y el dolor era insoportable. Pero mientras me limpiaba la sangre de la cara y de los brazos, algo dentro de mí se endureció. Podía sentir la presencia de mis hermanos mayores observándome, evaluándome. Podía sentir el miedo de los soldados alrededor, su respeto contenido.

Y sabía que este era solo el inicio.

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