LightReader

Chapter 26 - Capitulo 25

[Garren]

El aire olía a humo y escarcha.

Cada respiración me ardía en los pulmones, pero no podía detenerme.

—¡Aguanta, Eiren! —murmuré, apretando los dientes mientras lo llevaba en brazos. Su cuerpo pesaba más de lo que parecía, no solo por el peso físico, sino por la sensación de estar cargando algo más—. No te atrevas a...

La frase se quebró cuando mis pies pisaron un charco teñido de sangre. Seguimos corriendo entre los restos calcinados del bosque. Detrás de mí, los aventureros cargaban a Kyot, inconsciente, sujetándolo con esfuerzo entre dos de ellos.

—¡No te detengas, Garren! —gritó la mujer de las trenzas negras—. ¡Ya estamos cerca del muro!

Podía oír el crujido del hielo derritiéndose a nuestro alrededor. El terreno estaba arruinado: árboles partidos por la mitad, la tierra ennegrecida y fragmentos de magia cristalizados que todavía vibraban en el aire. Era un paisaje de ruina.

Cuando cruzamos los muros que habíamos levantado para proteger el pueblo, el ruido cambió: ya no era el rugido del combate, sino los gritos de la gente, preocupados, tensos, intentando entender qué había pasado.

Algunos aldeanos corrían hacia nosotros. Otros se quedaban quietos, mirando en silencio el estado de los dos magos.

—¡Es Eiren! ¡Traen a Eiren! —gritó una mujer desde una esquina.

Y entonces los vi.

Roderic, Liana, Joren, Miriel y Alenya estaban al final del camino, esperando, con rostros que mezclaban terror y esperanza. Liana fue la primera en moverse, corriendo hacia mí con lágrimas en los ojos.

—¡Garren! ¡Por los dioses, qué le pasó! —su voz se quebró cuando vio la sangre en el rostro de Eiren—. ¡Dámelo, por favor!

—No, aún no —respondí con voz ronca—. Hay que llevarlo con el médico, ahora. No sé cuánto tiempo tiene.

Roderic se adelantó y tomó a Liana por los hombros.

—Déjalos pasar —le dijo con firmeza, aunque sus manos temblaban—. Liana, vamos con ellos.

Ella asintió, aunque sus ojos no se apartaban del cuerpo del chico.

Corrimos juntos las últimas calles hasta llegar a la casa del médico. La gente se apartaba, dejando un pasillo libre, murmurando entre sí. Todos sabían lo que había pasado. Nadie preguntaba. Nadie se atrevía.

El médico, un hombre de cabello gris y rostro arrugado, salió al porche apenas nos vio llegar.

—¡Por todos los cielos! —exclamó, corriendo hacia nosotros—. ¿Qué diablos sucedió allá afuera?

—Una pelea —dije sin aliento—. Eiren y otro mago. No puedo explicarlo todo ahora, pero los dos están muy mal.

El viejo asintió con una expresión grave.

—Sabía que esa sacudida no era natural... El suelo temblaba hasta aquí. Entren, rápido. Pónganlos sobre las camas, una en cada habitación.

Entramos a la pequeña casa. El olor a hierbas, alcohol y metal llenaba el aire. Uno de los aprendices abrió las puertas, mientras el otro traía mantas y toallas.

—Ponganlos aquí —ordenó el médico, señalando una camilla de madera reforzada.

Con cuidado, bajé a Eiren. Su piel estaba fría, pero todavía respiraba. Había hielo en sus pestañas, sangre en el cuello, y marcas negras en los brazos: quemaduras mágicas.

—Doctor... —murmuró Roderic, con la voz temblando—. ¿Puede hacer algo por él?

El médico suspiró.

—Haré lo que pueda. No soy mago, así que no entiendo la mitad de lo que la magia le hizo, pero el cuerpo sigue funcionando. Puedo detener el sangrado, estabilizarlo y rezar para que despierte.

Mientras hablaba, los aventureros entraban con Kyot. Su ropa estaba rota y quemada, y un vendaje improvisado cubría su abdomen.

—Pónganlo en la otra cama —indicó el médico—. Y ustedes —miró a sus aprendices—, agua caliente y vendas limpias, ¡ahora!

—¡Sí, maestro! —respondieron los dos jóvenes al unísono, corriendo hacia la trastienda.

El médico volvió su atención a mí.

—¿Tienen pociones curativas?

—Unas pocas —dijo la mujer de las trenzas, sacando dos frascos del bolso—. Pero no sé si sean suficientes.

El viejo negó con la cabeza.

—Eso no bastará. Si tienen materiales, necesito más.

—Los tenemos —respondí rápidamente—. En mi casa rodante, ahí tengo cajas con ingredientes para pociones.

El médico levantó una ceja.

—Entonces no pierdan tiempo. —Se volvió hacia Joren, que estaba al lado de la puerta—. ¡Tú, muchacho! Ve con ellos. Busquen esa casa rodante y traigan todo lo que encuentren con frascos verdes o azules. ¡Rápido!

Joren asintió y salió corriendo junto a uno de los aventureros.

Mientras tanto, el médico y sus ayudantes limpiaban las heridas. El sonido del agua hirviendo, los gemidos suaves de Eiren.

Liana no se apartaba de su lado. Le sostenía la mano con fuerza, sus lágrimas cayendo sobre los dedos helados del joven.

—Por favor, Eiren… —susurraba una y otra vez—. No te vayas, hijo. No esta vez.

Roderic estaba detrás de ella, mudo. Solo observaba, los puños apretados, como si temiera romper algo si llegaba a tocarlo.

Miriel y Alenya esperaban en la puerta, sin decir palabra, observando cómo los aventureros ayudaban a traer frascos, gasas y vendas.

Yo me quedé allí, de pie, intentando procesar todo. La destrucción, el dolor, los recuerdos que Eiren mencionó antes de caer.

Todo se mezclaba en mi mente: el grito de Kyot, el hechizo que desató Eiren, la nieve que cayó después.

El médico interrumpió mis pensamientos.

—Garren, necesito que me ayudes a mantenerlo quieto. Si despierta con espasmos, podría empeorar las heridas.

Asentí, acercándome.

Puse mi mano sobre el hombro de Eiren.

Su respiración era irregular, pero persistente.

Y en ese momento, por primera vez desde que lo conocí, sentí miedo de que no despertara.

—Aguanta, chico… —le susurré—. Aguanta, porque si no lo haces… no sé si podré explicarle a Liana que perdió a otro hijo.

El médico levantó la mirada un momento, observándome.

—Haré todo lo que esté en mis manos —dijo en voz baja—. Pero será una larga noche para todos nosotros.

Yo aún sostenía el hombro de Eiren, sintiendo cómo su pecho subía y bajaba con dificultad, el aire saliendo entrecortado. El silencio en la sala era denso, solo interrumpido por los murmullos del médico y el chisporroteo del agua caliente.

—Garren —dijo el médico sin mirarme—, su temperatura está bajando demasiado. Si no encontramos una forma de estabilizar su flujo de maná, el cuerpo no resistirá.

Sentí cómo un nudo se me apretaba en el estómago. Giré hacia Liana, que no se había movido ni un segundo de su lado.

—Liana… —dije, intentando que la voz no temblara—, en tu casa, en la habitación de Eiren...

Ella levantó la mirada, los ojos empañados de lágrimas.

—¿Qué cosa…?

—Los estabilizadores —dije con prisa—. Si aún quedan, tráelos.

Por un momento pareció no entender, perdida entre el miedo y la confusión, hasta que Roderic puso una mano sobre su hombro.

—Liana —dijo con voz grave—. Ve. Yo te alcanzo en un momento.

Ella asintió rápido, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano antes de levantarse.

—Sí, sí… los estabilizadores… de acuerdo. —Y sin perder un segundo más, salió corriendo por la puerta, el sonido de sus pasos alejándose entre la nieve.

El médico me lanzó una mirada fugaz, con el ceño fruncido.

—¿Todavía tienen?

—Si. No curan, pero pueden evitar una desestabilización interna.

El viejo soltó un gruñido de aprobación.

—Entonces son justo lo que necesitamos. Si el chico sigue drenando energía a este ritmo, su sistema colapsará antes de que despierte.

Cruzó hacia la otra camilla, donde Kyot estaba recostado, igual de maltratado, aunque su respiración era más estable. La mujer de las trenzas limpiaba una herida en su brazo, mientras uno de los aprendices aplicaba una pasta verde sobre las quemaduras.

—¿También para él? —preguntó la mujer sin levantar la vista.

—Sí —respondí—. Los estabilizadores servirán para los dos. Si su flujo de maná sigue alterado, podrían afectar a todos aquí dentro.

—Lo que nos faltaba —murmuró el médico—, que uno de ellos explote por una descarga descontrolada.

Un golpe seco sonó en la puerta.

—¡Abriré! —gritó Miriel desde el pasillo.

Era Joren, jadeando, con una caja de madera en brazos, y detrás de él el aventurero pelirrojo, cargando otra más pequeña.

—¡Aquí están los materiales! —dijo Joren—. Y encontramos esto también, no sabíamos si servía.

El médico apenas les echó un vistazo antes de señalar una mesa libre.

—Déjenlos ahí. Prepararemos una mezcla si los estabilizadores no llegan a tiempo.

Mientras hablaba, el chico que había acompañado a Joren miró a los dos heridos con expresión sombría.

—¿Qué demonios pasó allá afuera…? —murmuró—. Parecía una guerra.

—Lo fue —respondí, sin apartar la mirada de Eiren—. Solo que una que nunca debió suceder.

La puerta volvió a abrirse, y Liana regresó corriendo, con una pequeña caja metálica en las manos. La sostenía con fuerza, casi temblando.

—Aquí están… —jadeó—. No quedaban muchas, pero creo que bastará.

El médico se acercó y la tomó sin decir palabra, abriendo la tapa con cuidado. Dentro, cuatro viales brillaban con un tenue resplandor azul.

—Perfecto —dijo en voz baja—. Esto podría mantenerlos con vida.

Tomó dos viales, y me pasó uno.

—Tú, sostén su brazo, Garren. Inserta esto directamente en la vena. Si el líquido entra bien, notarás cómo el maná se estabiliza.

Asentí y tomé el frasco.

El líquido estaba frío, casi helado. Inserté la aguja improvisada en el brazo de Eiren y presioné lentamente. Una luz azul comenzó a extenderse por sus venas, parpadeando como si fuera un pulso.

—Está funcionando —murmuró el médico, observando la reacción—. Su flujo de energía se está normalizando.

El cuerpo de Eiren, que hasta ese momento se estremecía de manera irregular, empezó a relajarse. Su respiración se hizo más pausada, aunque aún débil.

Roderic exhaló un suspiro largo, casi un gemido de alivio.

—Gracias a los dioses…

Del otro lado, el médico aplicaba el segundo vial a Kyot, quien soltó un quejido leve, moviendo un poco la cabeza.

—También responde. Bien. Si ambos resisten la primera hora, podrán pasar la noche.

Liana se arrodilló otra vez al lado de Eiren, tomando su mano entre las suyas.

—¿Va a despertar? —preguntó con un hilo de voz.

El médico la miró, con cansancio y sinceridad.

—No lo sé. Pero si lo hace, será porque no se rindió.

Yo bajé la cabeza, apretando los labios.

Miriel y Alenya estaban detrás, en silencio. Los aventureros también, cada uno perdido en sus pensamientos.

Nadie hablaba. Nadie se movía.

Solo el resplandor azul de los estabilizadores llenaba la habitación, parpadeando con una calma que parecía casi milagrosa.

—Aguanta, chico… —susurré, con la voz rasgada—. Ya casi está. Ya casi…

Y mientras el médico continuaba trabajando, afuera el pueblo entero seguía en silencio.

Nadie festejaba. Nadie respiraba con tranquilidad.

****

[Eiren]

Escuchaba el viento moverse entre los rosales.

Era cálido.

El aire olía a sol y a tierra recién regada, y por primera vez en mucho tiempo, no había sangre, ni fuego, ni hielo. Solo risas.

—¡Neyreth, no corras, niño del demonio! —gritó una voz femenina, suave, divertida, con un dejo de burla infantil.

Yo volteé. Mis pies pequeños golpearon la hierba mientras corría entre flores que me llegaban a la cintura. Sentía el corazón en el pecho, pero no de miedo… sino de emoción. Reía.

Reía tan fuerte que hasta dolía la garganta.

—¡Hermana mayor es muy vieja y gruñona! —le grité, sin detenerme.

—¡No soy vieja! —respondió ella, alcanzándome con pasos largos—. ¡Solo soy cinco años mayor que tú!

Me di vuelta para hacerle burla, jadeando por la risa.

—¡Cinco años es un montón! ¡Ya eres casi una anciana!

Escuché cómo alguien más reía detrás de mí, una risa más aguda, más brillante.

—¡Cállate, hermano mayor! —dijo otra voz, aún más pequeña, femenina también, casi chillona.

Giré y vi a una niña corriendo, su cabello saltando con cada paso. Era blanco… no, plateado, como si el sol se reflejara en cada hebra.

Junto a ella corría otro niño, igual de pequeño, igual de brillante.

—¡Tú también eres viejo! —gritó el niño, con una sonrisa que podía sentirse aunque su rostro se veía… borroso.

Sus ojos, su boca… no podía verlos. Todo estaba rayado, como si alguien hubiera pasado una mano sobre una pintura fresca y la hubiera distorsionado.

Aun así, sabía que me miraban con picardía.

—¡Vengan aquí! —grité riendo—. ¡Les voy a dar sus golpes aunque sean unos niños!

Ellos chillaron y corrieron hacia la chica que había llamado vieja, escondiéndose detrás de ella.

—¡Hermana, protégenos! ¡El hermano Neyreth nos quiere pegar! —gritó la niña, abrazando su falda.

La mayor se inclinó, riendo.

—¡No dejaré que los niños malos se acerquen! ¡Atrás, monstruo! —dijo, extendiendo los brazos como si me estuviera espantando.

Yo me detuve frente a ellos, con el pecho inflado, fingiendo seriedad.

—¡Eso es trampa! ¡Son tres contra uno!

—¡Entonces pierde, viejo! —contestó el niño mellizo desde atrás, y los tres rompieron en carcajadas.

Las risas se mezclaban con el canto de los pájaros, el viento entre los rosales… y mi voz infantil, aguda, sin peso, sin miedo.

Era un eco lejano, un reflejo de algo que no comprendía.

No podía ver sus rostros, solo sombras con destellos plateados en el cabello, moviéndose entre luces doradas.

Sus nombres estaban ahí, escondidos en mi garganta, en algún rincón de mi memoria, pero no salían.

Solo podía escucharlos llamarme.

—¡Neyreth! —decían, entre risas—. ¡Neyreth, atrápame si puedes!

Y mi corazón se apretó.

No sabía por qué, pero dolía.

Dolía como si esas voces me hubieran estado buscando por años.

Corrí hacia ellos…

Pero cuando di el primer paso, todo empezó a congelarse.

Las flores se volvieron blancas, el aire se volvió pesado, y las risas comenzaron a distorsionarse, como si se arrastraran bajo el agua.

—¿Eh…? —intenté hablar, pero mi voz se quebró.

La escena se fragmentó en mil pedazos de hielo, reflejando destellos de luz, rostros rotos, fragmentos de niños que desaparecían entre la escarcha.

Y en el último segundo, antes de que todo se deshiciera en oscuridad, escuché una voz más —la de ella, la "vieja y gruñona"— susurrando con tristeza:

—Te dijimos que no corrieras, Neyreth…

Abrí los ojos.

La luz entraba tenue por una ventana de madera, filtrándose entre cortinas viejas. Todo me parecía ajeno.

Intenté moverme, pero un dolor sordo recorrió mis costillas. Bajé la vista.

Piernas… demasiado cortas.

Manos pequeñas.

Mi torso vendado, cubierto con una camisa vieja que me quedaba grande.

No eran mis proporciones.

No era mi cuerpo.

—¿Qué…? —susurré, la voz sonaba más aguda, más infantil—. ¿Qué me pasa…?

Intenté incorporarme, pero el movimiento me mareó. La habitación giró, y apenas alcancé a sostenerme del borde de la cama antes de sentirme caer.

Unas manos me sujetaron con firmeza.

—No te muevas, niño —dijo una voz ronca, cálida, con un dejo de autoridad.

Sentí que me acomodaban de nuevo sobre la cama.

Giré la cabeza.

Una anciana estaba sentada a mi lado. Su cabello era completamente blanco, trenzado y recogido detrás de la cabeza. Las arrugas en su rostro parecían talladas por el frío y los años. Llevaba un chal grueso de lana, y sus ojos cafés me observaban con una mezcla de calma y cansancio.

—¿Qué… qué pasó? —pregunté con la voz débil—. ¿Dónde… estoy? ¿Quién es usted? ¿Cómo llegué aquí?

Ella soltó una risa breve, arrugada como su voz.

—Una pregunta a la vez, pequeño —respondió—. Primero, bebe un poco de agua. Llevas dos días dormido.

Levantó un cuenco de madera y me acercó el borde. El agua estaba fría, con un leve sabor a metal, pero sentí cómo bajaba por mi garganta como si fuera lo mejor que había probado en la vida.

—Así está mejor —dijo la anciana, recargándome en la almohada—. Te encontramos en la orilla del río, hace dos mañanas. Estabas flotando, inconsciente, y lleno de heridas. Mi hijo y yo íbamos por el camino cuando te vimos.

Me froté los ojos, tratando de ordenar lo que escuchaba.

—¿Flotando…? —murmuré.

—Sí. Casi sin respirar —dijo ella, bajando la mirada—. Te trajimos aquí, a mi casa. Has estado delirando, diciendo nombres que no entiendo.

—¿Dónde… "aquí"? —pregunté después de un momento.

La anciana sonrió apenas.

—Ya te dije, estás en mi casa, niño —dijo—. Pero si te refieres a dónde estamos… esto es el noreste del continente, muy cerca del límite del norte. No hay más allá que nieve y lobos.

El viento golpeó las ventanas justo cuando lo dijo, un aullido frío que me recorrió la espalda.

—¿Y usted cómo se llama? —pregunté.

—Mary —respondió con sencillez—. Mary Delsen. No te preocupes, no te haré daño.

Asentí despacio, aunque algo en mi pecho no encajaba.

Mary me observó por un momento y luego preguntó:

—¿Y tú, pequeño? ¿Cómo te llamas?

La palabra salió sola, suave, casi automática.

Pero cuando intenté continuar, algo falló.

—Neyreth... Neyreth #/@$...

Nada. El resto se borró.

Sabía que había un apellido, una familia, un origen… pero no podía escucharlo. Era como si el sonido se rompiera dentro de mi cabeza antes de salir.

Mary parpadeó, asintiendo.

—Bonito nombre, Neyreth —dijo con voz cálida—. Pero dime, ¿qué hacía un niño como tú en un río tan lejos de todo? ¿Dónde están tus padres?

Mis labios temblaron.

—Yo… —intenté recordar, pero una punzada me atravesó la cabeza.

Imágenes fragmentadas se encendieron:

Un carruaje bajo la lluvia.

Una mujer con una mano extendida hacia mí.

Un relincho.

Gritos.

Y luego, la caída.

—Estaba con mi mamá… en un carruaje —logré decir entrecortado—. Alguien nos atacó… y… yo… caí… por un acantilado…

La voz se me rompió. Me llevé una mano a la cabeza, sintiendo la venda húmeda con sudor.

—No puedo recordar más —dije con frustración, apretando los dientes—. Todo pasó muy rápido…

Mary me miró con algo de compasión.

—Tranquilo, hijo. No fuerces la memoria. A veces el alma se defiende olvidando —susurró, poniéndome una mano sobre la frente—. Si el destino quiso que vivieras, será por algo.

La madera del suelo crujió cuando la puerta se abrió lentamente.

El sonido me sobresaltó, y giré la cabeza hacia el marco.

Un hombre entró, alto y robusto, con los hombros anchos y la piel curtida por el trabajo al aire libre. Tenía el cabello castaño oscuro con mechones ya grises, y una barba corta, desordenada. Sus manos estaban cubiertas de tierra seca y su ropa olía a humo de leña y campo.

Cuando me vio despierto, su expresión cambió por completo: primero sorpresa, luego alivio.

—Vaya, con que por fin despiertas —dijo, dejando escapar una risa breve, entre cansada y alegre—. Dos días enteros dormido, muchacho. Ya pensábamos que no ibas a abrir los ojos.

Lo miré sin saber qué responder al principio.

Su voz tenía un tono cálido, de esas que se notan sinceras sin esfuerzo.

—¿Usted… es el hijo de la señora Mary? —pregunté, aún con la garganta seca.

—Así es —dijo él, asintiendo mientras se quitaba un abrigo pesado y lo colgaba junto a la puerta—. Me llamo Theron.

Mary sonrió desde la silla junto a la cama.

—Le dije que despertaría, pero ya se cómo es mi hijo —comentó con ironía, dándole un golpecito leve en el brazo cuando él se acercó—, todo el día preocupado y dando vueltas.

Theron soltó una carcajada baja.

—Pues claro que me preocupo. Cuando encontramos al chico, apenas respiraba. No podía dejarlo ahí tirado como si fuera un tronco más del río.

Me quedé en silencio por un momento, sin saber si debía hablar o solo escuchar.

Luego murmuré:

—Gracias… por ayudarme. Si no fuera por ustedes… —bajé la mirada— tal vez no estaría aquí.

Mary chasqueó la lengua, negando con la cabeza.

—Nada de eso, muchacho. No hay por qué agradecer. Te vimos en peligro y te ayudamos, como cualquiera haría.

Theron se apoyó en el marco de la ventana, cruzando los brazos.

—No todos lo harían, madre —dijo, mirando hacia afuera—. Pero supongo que el norte todavía tiene corazón.

La anciana le lanzó una mirada reprobatoria.

—No empieces con tus frases de cazador cansado, Theron —replicó con una media sonrisa—. El chico necesita descanso, no tus pensamientos tristes.

Theron levantó las manos en señal de rendición y luego me miró de nuevo.

—¿Tienes hambre, chiquillo? —preguntó con un tono más suave.

Sentí el estómago rugir antes de responder.

—Sí… —admití, algo avergonzado—. Mucha.

Ambos se rieron con una ternura que me hizo sentir fuera de peligro por primera vez desde que desperté.

—Era de esperarse, después de dos días sin probar bocado —dijo Mary, poniéndose de pie con esfuerzo—. Theron, ve por el estofado que dejé en la olla.

—Ya voy —respondió él, saliendo por la puerta.

Mientras lo hacía, escuché cómo se alejaba por el pasillo, y luego el golpeteo metálico de una cuchara contra una olla.

Mary aprovechó el momento para sentarse más cerca de mí.

—Debes tener mil preguntas, Neyreth —dijo en voz baja—. Pero no las hagas todas de golpe. Primero come algo, y después hablaremos.

Asentí.

Me recosté un poco más, mirando la madera del techo, las vigas ennegrecidas por el humo de los años.

Había algo en ese lugar… una sensación de hogar que me resultaba completamente nueva.

No recordaba nada antes del río. Solo un vacío, como si mi mente se hubiera detenido antes de caer.

Theron regresó con un tazón humeante.

El olor me golpeó enseguida: carne cocida, hierbas, y pan recién hecho.

—Ten —dijo, extendiéndomelo con cuidado—. Está caliente, así que despacio.

Tomé la cuchara con manos temblorosas. El primer sorbo me quemó un poco los labios, pero el calor que bajó por mi pecho fue suficiente para hacerme cerrar los ojos.

Mary me observaba con una sonrisa tranquila.

Theron, mientras tanto, se acomodó frente al fuego.

—Tienes suerte, chiquillo —dijo, mirando las llamas—. Pocos sobreviven a las corrientes de ese río. Y menos aún a la caída que dijiste tener.

—Lo recuerdo apenas —contesté, bajando la voz—. Fue muy rápido… solo sé que mi mamá estaba conmigo, y luego todo se volvió oscuro.

El silencio llenó la habitación.

Theron no dijo nada más, solo asintió con respeto.

Mary le puso una mano sobre el hombro y luego me miró otra vez.

—Come, Neyreth —susurró—. Ya habrá tiempo para recordar.

More Chapters