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Chapter 27 - Capítulo 26

[Eiren]

El trueno retumbó tan fuerte que sentí que el mundo entero se partía en dos.

El carruaje tembló, la madera se astilló, y un estruendo me ensordeció los oídos.

—¡Protéjanlos! ¡Que nadie se acerque al carruaje! —gritó alguien afuera, una voz grave, con autoridad, que se perdió entre el silbido de la lluvia y los chasquidos metálicos de espadas chocando.

Mi corazón latía tan rápido que apenas podía respirar.

El suelo bajo mis pies se movía, el carruaje se inclinaba hacia un lado, y el sonido del combate allá afuera era cada vez más cercano.

Sentí unos brazos envolverme con fuerza. Me apretaron contra un cuerpo cálido, fuerte.

La respiración de esa persona era agitada, y su corazón golpeaba con furia contra mi mejilla.

Levanté la mirada, con lágrimas y miedo empañando mis ojos.

Cabello plateado.

Ojos azules pálidos, casi blancos, pero llenos de una furia helada.

Piel clara, como la nieve antes de ser tocada.

Era ella.

Mi madre.

—Mamá… —balbuceé, apenas alcanzando a pronunciar la palabra antes de que una nueva explosión sacudiera el carruaje.

Ella me miró, el rostro tenso, el ceño fruncido, pero sin perder la calma.

—No tengas miedo, mi amor —me dijo, su voz suave pero firme, la misma que solía escuchar cuando me arropaba de noche—. Estoy aquí. No dejaré que te pase nada.

Sus palabras se mezclaron con el caos.

De pronto levantó la mano, y frente a ella apareció un círculo mágico, grande y luminoso, con runas que giraban en espiral.

La magia de hielo rugió como un vendaval.

Un instante después, una lanza de cristal puro salió disparada desde su palma, atravesando la pared del carruaje y abriendo un boquete enorme.

El viento helado y la lluvia entraron con furia.

El suelo se volvió lodo. Afuera, entre relámpagos, vi figuras peleando: hombres con armaduras doradas y el emblema de mi casa —aunque cuando intenté verlo, se distorsionó, como si una sombra lo borrara—.

Frente a ellos, los atacantes vestían túnicas rojas, sus rostros cubiertos, lanzando hechizos que hacían estallar el suelo y quemar el aire.

Uno de esos rayos de fuego golpeó el costado del carruaje, haciendo que se ladease aún más.

Mi madre giró el rostro, furiosa, y gritó algo que no entendí.

El aire se volvió frío, tan frío que el vapor de mi aliento se volvió visible.

—¡Protéjanse ustedes mismos! —rugió ella a los soldados, su voz cargada de poder.

Luego me cubrió los ojos con su mano.

Oscuridad.

Pero aun con los ojos tapados, escuché el sonido de los cristales rompiéndose, el silbido de su magia cortando el aire, y los gritos que se apagaban al instante.

El relámpago iluminó la escena.

Los truenos rugían, el viento soplaba como si quisiera arrancar los árboles.

El carruaje se estremeció otra vez, pero esta vez no fue por una explosión.

Un círculo mágico apareció bajo nosotros, tallado en tierra y piedra.

—¡No! —gritó mi madre, alzando el brazo.

El suelo se abrió.

El carruaje comenzó a deslizarse cuesta abajo, arrastrado por un deslizamiento de tierra que rugía como una bestia viva.

Mi madre me tomó en brazos, con la fuerza de una leona protegiendo a su cría, y saltó.

El aire frío nos golpeó el rostro, la lluvia nos empapó.

Caímos en el barro, rodando entre ramas y piedras.

El dolor me sacudió la pierna, pero no grité.

Ella se levantó rápido, empapada, jadeando, sus cabellos plateados pegados al rostro.

—Mamá… —dije, con la voz temblorosa.

Ella me miró, y levantó los brazos otra vez.

El aire se volvió tan gélido que el vapor salió de sus labios al hablar.

—Lathir Eisnora! —gritó.

El suelo alrededor se cubrió de escarcha en segundos.

Los árboles, los enemigos, todo quedó atrapado bajo un manto de hielo que crujía como si la tierra entera se estuviera congelando.

Pero no duró.

Un nuevo círculo apareció en el cielo, esta vez de color dorado, con símbolos eléctricos girando en su interior.

—¡Madre! —grité, al ver cómo descendía.

Ella me abrazó otra vez, levantando su brazo para crear un escudo de hielo.

El relámpago cayó.

El ruido fue ensordecedor.

El impacto nos lanzó al suelo.

Su cuerpo tembló, su magia resistía apenas.

La descarga la atravesó antes de desaparecer, y pude oler el ozono y el humo.

—¡Mamá! —grité, pero ella no me soltó.

Con la respiración entrecortada, levantó otra vez la mano, y a su alrededor aparecieron decenas de círculos mágicos.

Cientos de estacas de hielo emergieron de ellos, disparándose hacia todas direcciones.

El aire se llenó de chillidos, de carne perforada, de gritos apagados.

Y entonces… un golpe.

Una presión brutal nos lanzó hacia adelante.

Un puño gigante hecho de tierra, formado por otro hechizo.

—¡Mamá! —grité mientras volábamos.

Caímos en el barro, separados.

El dolor en mi pierna era insoportable, y apenas podía moverme.

A lo lejos la vi, arrastrándose, buscándome.

—¡Neyreth! —gritó con todas sus fuerzas.

—¡Mamá! —respondí, intentando alcanzarla, pero mi pierna no me respondía.

El sonido de espadas volvió.

Los soldados que aún quedaban, cubiertos de barro y sangre, corrían hacia nosotros.

Uno de ellos gritó con voz desesperada:

—¡Mi señora!

Una mujer se destacó entre ellos.

Su cabello rubio estaba cubierto de lodo, la sangre le manchaba el brazo, pero sus ojos brillaban con furia.

—¡No dejaré que se acerquen! —gritó.

Saltó, impulsada por un torbellino de viento que giró a su alrededor, levantando hojas y lluvia.

Su espada resplandeció con un brillo verde-azulado.

La apuntó hacia adelante y dio una estocada perfecta.

El sonido fue seco, un golpe profundo.

El cuerpo de un hombre encapuchado cayó justo a mi lado, con la mirada vacía.

Me giré, respirando con dificultad.

La mujer aterrizó frente a mí, entre la lluvia y los cuerpos, y extendió una mano.

—Tranquilo, mi pequeño maestro —dijo, su voz temblando entre el cansancio y la adrenalina—. Estoy aquí. No dejaré que te toquen.

Intenté tomar su mano… pero entonces el mundo se volvió borroso otra vez.

La lluvia, los gritos, la mirada de mi madre, todo comenzó a desvanecerse entre destellos de luz y oscuridad.

Solo escuché su voz una vez más, suave, lejana, casi como un eco:

—Neyreth...

**

El rugido del trueno fue tan cercano que sentí cómo me atravesaba el pecho.

La lluvia caía con furia, helada, golpeando mi rostro y llenándome los ojos de agua y lodo.

Todo mi cuerpo temblaba, no solo del frío… también del miedo.

—¡No me sueltes, mamá! ¡Por favor! —grité con todas mis fuerzas, intentando aferrarme más, pero mis dedos resbalaban con la mezcla de sangre, barro y agua.

—¡No te soltaré, Neyreth! ¡No te soltaré, mi vida! —su voz se quebraba entre sollozos y desesperación.

Podía ver sus lágrimas mezcladas con la lluvia, cayendo sobre mí como un torrente de dolor.

Su mano era lo único que me mantenía con vida, lo único que me separaba del abismo que rugía debajo, con las aguas del río golpeando las rocas cientos de metros más abajo.

Intenté alzar la otra mano, pero mi brazo dolía demasiado. La piel me ardía, el aire era cortante.

Ella se inclinaba todo lo que podía, su cuerpo colgando desde el borde del acantilado, sostenida solo por una pierna que ya temblaba bajo el peso y la tensión.

Su otra mano —la libre— estaba cubierta de sangre y barro, y aun así se negaba a soltarme.

—¡Mariela! —gritó mi madre hacia un lado, con la voz ahogada por la lluvia—. ¡Mariela, ayúdame! ¡Por favor!

Giré la cabeza como pude, y la vi.

La mujer rubia —la misma que me había salvado hace unos momentos— estaba en el suelo, intentando levantarse.

Su brazo izquierdo colgaba, torcido, y la sangre manaba de una herida en su pierna.

A su alrededor, tres de los soldados yacían atrapados bajo enormes masas de tierra, sin moverse.

Mariela alzó la cabeza, con los ojos desorbitados.

—¡Mi señora! ¡Aguante! —intentó moverse, pero apenas dio un paso antes de caer de rodillas, tosiendo sangre—. ¡No puedo…! ¡No puedo…!

Y entonces los vi.

Los encapuchados.

Cinco, tal vez seis.

Rodeaban el lugar, de pie entre los cuerpos de los soldados, con las túnicas empapadas y las sonrisas torcidas.

Tres de ellos estaban en el centro, mirándonos como si disfrutaran cada segundo de nuestra agonía.

—Qué patética te ves, mujer —dijo uno, su voz era grave y fría, distorsionada por la lluvia—. Sin esa magia que tanto enalteces, no eres nada.

Mi madre no respondió.

Solo me miraba a mí, su respiración temblorosa, su cuerpo agotado.

—Si no fuera por tu pequeño héroe —siguió otro de los encapuchados, con un tono burlón—, ese hechizo de sellado habría acabado contigo. Qué lástima, ¿no? Que tu hijo haya decidido recibirlo por ti…

Mi pecho se contrajo.

La energía del hechizo aún ardía en mis venas, una sensación helada que no podía controlar.

Lo recordaba: cuando uno de ellos apareció detrás de ella, yo me lancé sin pensar.

Había querido protegerla.

Y ahora estaba aquí, colgando, pagando el precio.

—Tu magia está debilitada, —dijo el tercero, el más alto—. Ya no podrás salvarlo. Míralo caer contigo.

Pero mi madre no los escuchaba.

Su mirada estaba fija en mí, en mis ojos.

—No me sueltes, por favor… —le dije, el miedo quebrándome la voz.

Ella negó con fuerza, las lágrimas resbalándole por las mejillas.

—No voy a soltarte, ¿me oyes? No voy a hacerlo.

Su voz se rompía, pero sus dedos se apretaban más, al punto de dolerme.

El hielo comenzó a brotar de su brazo, extendiéndose por su piel hasta su mano.

El frío nos envolvió, y un puente de cristal azulado se formó entre nuestras palmas, uniendo su magia con la mía.

—Aguanta, hijo, aguanta… —murmuraba ella, desesperada—. Solo un poco más…

El hielo se extendió, reforzando el agarre, pero yo sentía algo más.

Una corriente que fluía desde su mano a la mía, un poder que no era mío.

Era cálido y helado a la vez, como si la vida misma se mezclara con la magia.

—¿Qué… qué es esto? —pregunté, jadeando.

Ella me miró con ternura, incluso entre las lágrimas.

—Nada, amor. Es solo para mantenerte conmigo.

Y luego, sonrió.

Una sonrisa cansada, pero llena de amor.

—Cuando te saque de ahí… mamá va a castigar a esos malditos. Nadie hiere a mi hijo y vive para contarlo.

Intenté responderle, pero el hielo comenzó a resquebrajarse.

El agua de la lluvia lo hacía derretirse, el viento lo golpeaba, y el peso de ambos lo tensaba demasiado.

Un crujido agudo resonó entre los truenos.

Ella abrió los ojos de par en par.

—No… no, no, no… —murmuró, apretando con más fuerza—. ¡No te atrevas a soltarme, Neyreth! ¡Mírame!

—¡Mamá! ¡No quiero caer! —grité, desesperado.

—¡No vas a caer! ¡Te tengo! ¡Te tengo!

El hielo se agrietó más.

Un sonido seco, casi como un cristal rompiéndose bajo presión.

Las líneas se extendieron rápidamente.

—Este es el fin, mujer —dijo uno de los encapuchados, levantando la mano—. Ve cómo tu hijo muere frente a ti.

Entonces… el relámpago.

Cayó justo al lado de nosotros, tan brillante que el mundo se volvió blanco.

El estruendo fue ensordecedor, y el impacto del trueno hizo vibrar el suelo.

El hielo se partió.

La conexión se rompió.

Su mano se soltó de la mía.

—¡NEYYYRETHHH! —el grito de mi madre cortó el aire, desgarrando la tormenta.

Sentí el vacío debajo de mí.

El viento me jaló hacia abajo, la lluvia se volvió agujas, el cielo giró.

Vi su rostro por última vez, sus ojos llenos de horror, extendiendo la mano hacia mí mientras desaparecía entre los relámpagos.

Y luego… el impacto del aire.

El rugido del río.

El golpe de las rocas.

Y la oscuridad que lo devoró todo.

Desperté gritando.

El corazón me golpeaba el pecho con tanta fuerza que pensé que iba a romperse. Mi garganta ardía, el aire me faltaba, y mis manos buscaban desesperadas algo que ya no estaba allí… la mano de mi madre.

—¡Mamá! ¡Mamá, no me sueltes! —grité, jadeando, mirando a mi alrededor sin entender dónde estaba.

La oscuridad me rodeaba, pero no era la del abismo ni la de la tormenta del sueño. Era una habitación pequeña, apenas iluminada por una vela parpadeante. Mis respiraciones eran agitadas, mis manos temblaban, y mi cuerpo entero se sacudía.

Entonces una voz grave y alarmada irrumpió:

—¡Oye, cálmate! ¡Tranquilo, niño! —El hijo de la anciana apareció corriendo desde la puerta, con el cabello desordenado, sujetándome de los hombros—. ¡Fue una pesadilla, solo eso!

Intenté respirar, pero el aire entraba entrecortado. Sentía aún el vacío del acantilado, la lluvia fría sobre mi rostro, la mano de mi madre deslizándose de la mía…

—No… no fue un sueño… yo… ella… yo... cai… —murmuré, la voz quebrada, las lágrimas empañando mi vista.

—Shhh… tranquilo, tranquilo, niño… —dijo una voz más suave, anciana, cansada, pero cálida. La anciana apareció desde su cama, envuelta en una manta, caminando hacia mí con lentitud—. Ya, hijo, ya…

Se arrodilló junto a mí y me rodeó con los brazos. Su olor a hierbas secas y humo del hogar me envolvió. Y aunque sabía que no era mi madre, algo en su gesto… en esa ternura… me rompió por dentro.

—Todo está bien… —susurró ella, pasándome la mano por el cabello—. Nadie va a hacerte daño aquí. Estás a salvo, ¿sí?

—No… no está bien… —dije entre sollozos—. Ella… gritó mi nombre… y yo… ella me vio caer…

El hijo de la anciana suspiró, rascándose la nuca, con el ceño fruncido por la preocupación.

—Por los dioses… —murmuró—. Ese sueño te dejó destrozado.

La anciana lo miró y negó suavemente.

—No fue solo un sueño… se nota en sus ojos… —dijo ella, en voz baja, acariciando aún mi cabeza—. Ha visto algo real… algo que lo marcó.

Me apreté contra su pecho sin poder evitarlo, buscando ese calor que había perdido.

La lluvia golpeaba el techo con fuerza, y los relámpagos iluminaban por momentos la habitación. Cada trueno me hacía estremecer.

—Tengo miedo… —logré decir entre sollozos—. Ella… no sabe dónde estoy… y yo tampoco…

La anciana apretó un poco más su abrazo.

—Ya, ya, hijo. Escúchame bien —dijo, con una voz que no temblaba, aunque sus manos eran frágiles—. Lo que te haya pasado, ya pasó. Lo importante es que estás aquí, vivo. Y mientras estés bajo este techo, nadie te hará daño.

Sus palabras fueron como una manta sobre mis pensamientos helados.

Lloré sin fuerzas, con la cabeza escondida en su pecho, mientras el hijo de la anciana se sentaba a un lado, observando en silencio, con una expresión que mezclaba compasión y desconcierto.

—Duerme un poco más, niño —dijo él finalmente—. La tormenta pasará pronto.

Asentí, sin poder hablar.

La anciana me siguió abrazando, murmurando cosas que no entendía del todo, pero que me calmaban.

Poco a poco, el temblor en mis manos fue cesando. Mis lágrimas se mezclaron con el sudor frío del miedo.

Y mientras los truenos resonaban afuera, pensé en ella… en su sonrisa, en su voz gritándome que no la soltara.

Y en el vacío.

Ese vacío que aún sentía dentro del pecho, como si siguiera cayendo.

****

[Liana]

El frío me calaba hasta los huesos. La habitación estaba completamente congelada, y no solo por la nieve que entraba de vez en cuando por las ventanas abiertas. Cada respiro formaba escarcha en el aire, y la camilla de Eiren brillaba con un brillo traslúcido que nunca había visto. Las vendas que cubrían su cuerpo estaban heladas; ni el agua hirviendo que intentamos usar para contrarrestar su fiebre helada había logrado hacer efecto.

Garren traía más estabilizadores, apretando las manos del niño mientras los aventureros que habían estado presentes ayudaban con las pociones curativas. Incluso Kyot, que se mantenía al margen, parecía perdido, sin saber qué hacer. Su rostro, normalmente seguro, estaba marcado por la incertidumbre.

—No… esto no… —murmuró Kyot, sus ojos recorriendo el cuerpo inmóvil de Eiren—. Nunca le había pasado algo así a Cuervo… —se corrigió enseguida, usando el nombre, mientras su voz reflejaba mezcla de miedo y frustración.

—¿Qué hacemos ahora? —pregunté, la voz apenas audible mientras miraba el hielo que se extendía por la habitación—. No soy maga… ni siquiera sé qué está pasando…

Garren frunció el ceño, su mano descansando sobre los estabilizadores que intentaban mantener el cuerpo de Eiren estable. Sus ojos recorrían la habitación, evaluando cada posible acción.

—Tenemos que sacarlo de aquí —dijo finalmente, con voz firme—. Si esto sigue así, podría congelar toda la casa… y, si no lo detenemos, hasta todo el pueblo.

—Pero… ¿a dónde lo llevamos? —pregunté, mordiéndome el labio—. Apenas puedo levantarlo… y ni siquiera sé si sobrevivirá al frío de afuera…

Kyot movió la cabeza, sus ojos buscando alguna solución en mí, pero tampoco tenía respuestas.

—Intenté usar fuego —dijo, su voz tensa—. Calenté la habitación… pero no hizo nada. Esto… no es un frío normal. Nunca he visto algo así.

En ese momento, escuché un murmullo débil. Apenas un hilo de voz que me heló la sangre.

—Mamá… no me sueltes…

Mi corazón se detuvo por un segundo. Me arrodillé junto a él y tomé su mano helada entre las mías. Mi instinto me gritaba que lo sostuviera, que no lo soltara bajo ninguna circunstancia.

—Shhh… tranquila, no te soltaré —susurré, apretando su mano con fuerza, sintiendo el frío recorrer mis brazos y calar hasta los hombros.

Pero el contacto directo era insoportable. Su mano estaba tan helada que sentí cómo el frío me quemaba, incluso a mí que estaba acostumbrada a soportar temperaturas bajas. Con un dolor agudo en la piel, tuve que retirarla a la fuerza.

—¡Ah! —exclamé, con los dientes castañeando y la piel enrojecida—. Dios… qué frío…

Garren me tomó del hombro, mirándome con seriedad.

—No podemos quedarnos aquí más tiempo. Si esto sigue, el hielo seguirá extendiéndose. Debemos moverlo, sacarlo del pueblo, llevarlo a un lugar donde el frío no afecte a los demás… y quizá ahí podamos controlarlo mejor.

—Pero afuera… —dije, temblando—. La nieve… el amanecer… el frío…

—No hay otra opción —dijo Kyot con firmeza—. Fuera del pueblo, el riesgo para los demás será menor. Él solo… necesita espacio.

Me incliné sobre Eiren de nuevo, observando cómo sus párpados temblaban ligeramente. Incluso inconsciente, parecía sentirnos. Su respiración era tan débil que apenas se escuchaba sobre el silbido del viento.

—Vamos a hacerlo —susurré, apretando los labios—. Te sacaré de aquí, Eiren… aunque no sepa exactamente cómo, aunque no tenga magia… te protegeré.

Garren se inclinó junto a mí, levantando un extremo de la camilla mientras los aventureros se preparaban para ayudar.

—Con cuidado —dijo—. Mantengan la calma y eviten movimientos bruscos. No queremos que el frío lo dañe más ni que su cuerpo colapse.

Kyot respiró hondo, mirando por la ventana al pueblo cubierto de nieve.

—Será peligroso… —dijo—. Pero si no lo hacemos, todos aquí corremos riesgo. Él… él es incontrolable mientras sigue así.

Los aventureros asintieron, formando una fila para levantarlo con cuidado. Tomé su mano una vez más, sintiendo cómo su frío extremo mordía mis dedos. Su cuerpo estaba tan pesado como el hielo que lo cubría, y mis músculos temblaban por el esfuerzo.

—No te preocupes… —le susurré a Eiren mientras lo levantábamos—. Te llevaré lejos de aquí… y nadie te hará daño mientras yo esté contigo.

Kyot se colocó al frente, marcando el camino, mientras Garren coordinaba a los aventureros detrás de mí. La nieve del amanecer crujía bajo nuestros pies, y un viento helado azotaba nuestras capas y cabello. Pero avanzábamos, paso a paso, llevando a Eiren hacia la seguridad… con la esperanza de que, al menos allí, podríamos hacer algo por él.

Mi corazón latía con fuerza, consciente de que cada segundo contaba. No podía permitirme fallar. Ni siquiera podía pensar en el frío que me quemaba las manos… solo en él.

—Aguanta… —le susurré de nuevo, más para mí que para él—. Ya casi estamos… ya casi…

El hielo crujía bajo la camilla mientras nos adentrábamos en el bosque, dejando atrás el pueblo. La nieve seguía cayendo, ligera pero implacable, y el frío nos envolvía como una capa de metal. Pero yo no pensaba soltarlo. No ahora, no nunca.

Finalmente nos detuvimos en un claro lejos del pueblo, donde la nieve cubría todo y los árboles parecían formar un muro natural contra el viento helado. Dejamos a Eiren cuidadosamente en el suelo, recostado sobre la nieve, sus vendajes ya congelados, su respiración agitada y débil. Miré su rostro, y aunque estaba inconsciente, sentí un escalofrío recorrerme; la escarcha que cubría su piel parecía absorber el poco calor que quedaba en el aire.

—Aquí estará… más seguro —dije en voz baja, casi para mí misma, mientras los aventureros y Garren se colocaban alrededor—. Mantengan la distancia, pero no lo pierdan de vista.

Garren se arrodilló frente a Eiren, moviendo sus manos con precisión, murmurando palabras que apenas podía entender. Sentí cómo el aire alrededor de nosotros comenzó a vibrar con energía; sus manos brillaban ligeramente y de pronto, un enorme círculo mágico apareció grabado en la nieve bajo Eiren, levantando el suelo y formando un muro que lo aislaba del exterior.

—No te preocupes… —murmuró Garren, concentrado—. Esto lo mantendrá estable por ahora, pero debemos dejar que su propio cuerpo se regule con la magia.

A su lado, Kyot también comenzó a trabajar, sus manos levantando un aro de fuego alrededor del muro de Garren. El contraste entre el hielo que emergía del suelo y el fuego que envolvía la barrera era casi hipnótico. Pude sentir el calor del fuego sin que llegara a quemarme, y la escarcha sobre el cuerpo de Eiren tembló con cada chispa que surgía.

—Mantengan la distancia —ordenó Kyot a los aventureros que nos acompañaban—. Esto no es un juego. Si nos acercamos demasiado, su magia podría reaccionar.

Los aventureros asintieron y se colocaron a varios metros, formando un semicírculo alrededor de la barrera. No decían nada; solo observaban, vigilando. La nieve seguía cayendo suavemente, y el silencio era pesado, interrumpido solo por los murmullos de Garren y el susurro del viento.

Yo no podía apartar los ojos de Eiren. Sus manos estaban inmóviles sobre la nieve, pero podía sentir la energía que emanaba de él, como si su magia de hielo estuviera luchando por equilibrarse, intentando controlar su propio desbordamiento. Su respiración comenzaba a sincronizarse con el pulso del círculo mágico, y aunque seguía inconsciente, la sensación de peligro inmediato disminuyó ligeramente.

—Su magia… —susurró Garren—. El invierno, la nieve… todo esto lo ayudará a calmarse. Solo necesitamos dejar que su propio cuerpo recupere el control.

Kyot asentía, pero sus ojos no dejaban de analizarlo, evaluando riesgos, preparado para reaccionar si algo salía mal.

—No lo toquen —dijo finalmente—. Ni una mano más. Si su magia se descontrola, el muro y el aro de fuego serán la única defensa.

Me mantuve cerca de la barrera, pero sin acercarme demasiado. Mi corazón latía con fuerza, sintiendo el peso de la responsabilidad sobre mí. Aunque no entendía la magia que lo envolvía, ni siquiera podía imaginar la intensidad de lo que su cuerpo estaba manejando.

El frío intenso del invierno, mezclado con el hielo de su propia magia y el calor controlado de Kyot, comenzaba a rodearlo como un caparazón. Cada segundo que pasaba parecía estabilizarlo un poco más. Yo solo podía susurrarle, sin esperar respuesta:

—Aguanta, Eiren… estamos aquí…

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