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Chapter 6 - Capitulo 5

Lily.

En cuanto llegamos a casa, solté un largo suspiro y corrí a mi habitación. Dejé mi mochila sobre la silla, como siempre, y me dejé caer un segundo en la cama antes de levantarme otra vez. Tenía la cabeza llena de cosas que había visto y escuchado hoy.

Fui a la sala. Papá ya estaba sentado en el sillón, revisando su celular, y mamá caminaba directo hacia la cocina, seguramente para empezar la cena.

Papá levantó la vista cuando entré.

—A ver, cuéntame —dijo sonriendo—. ¿Cómo estuvo tu primer día?

Me senté en el sillón frente a él, todavía con algo de emoción atorada en la garganta.

—Excelente —respondí sin pensarlo demasiado—. No hablé con muchos todavía, pero sí con algunos… poquito. Están geniales, creo que me voy a llevar bien con varios.

—Eso es bueno —dijo mamá desde la cocina—, me alegra mucho que hayas empezado así.

Papá dejó su celular a un lado.

—¿Y tu maestro o maestra? ¿Qué tal?

—Tengo maestra —dije, acomodando mis piernas—. Es muy linda, de hecho. Se llama Alice. Tiene veinticinco años.

Papá arqueó una ceja.

—¿Y qué tal es?

—Buena —respondí sonriendo—. Nos trató súper bien. Nos preguntó cómo queríamos que nos llamaran, y todos estaban diciendo sus apodos. No gritó, no se enojó… nada. Muy tranquila.

—Ah, debe ser nueva —comentó mamá mientras abría el refrigerador—. No la había escuchado mencionar.

—Sí, es nueva —dije—. De hecho, somos su primer grupo de alumnos. Es sustituta porque el profesor que nos iba a dar clases este año no podrá venir, así que la miss Alice estará con nosotros todo el semestre.

Papá asintió.

—Tiene sentido. Cada tanto llegan maestros sustitutos.

—¿Y qué más hiciste hoy? —preguntó mamá desde la cocina, sacando ingredientes.

—Pues no mucho… —me encogí de hombros—. Pero sí interrogamos a la miss.

Papá se rió.

—¿Interrogaron? ¿Apenas el primer día?

—Sí, ya sé —dije riendo también—. Es que ya sabes cómo son algunos. Querían saber de dónde venía, y ella solo dijo que viajaba mucho. Luego dijo que quiere adoptar un gatito. Ah, y que no tiene novio.

Mamá sacó medio cuerpo de la cocina para mirarme.

—¿Y por qué le preguntaron eso?

—Yo no le pregunté —dije levantando las manos—. Fueron otros. Ya ves, los curiosos del salón.

Papá soltó una carcajada suave.

—No pierden el tiempo.

—Pero la historia de la miss… —dije bajando un poco mi voz, más seria— es un poquito triste.

Papá dejó de reír.

Mamá también dejó de moverse en la cocina.

—¿Triste cómo? —preguntó mamá.

—Pues… nos dijo que era huérfana —expliqué—. Que una mujer la adoptó, pero que después tuvo que irse para ser independiente. Y también se fue porque quería encontrar a una persona que quiso mucho cuando estaba en el orfanato.

Los dos se quedaron escuchando sin interrumpirme.

—Pero no encontró nada —continué—. Dijo que lo buscó y que se rindió. Que lo quería mucho. Y que si lo viera ahora… le daría un golpe por haberse ido tanto tiempo y por no buscarla.

Papá entrecerró los ojos, como procesando todo.

—Vaya… —murmuró—. Eso sí suena fuerte.

Mamá se recargó en la puerta de la cocina, con una expresión extraña. No triste, solo… reflexiva.

—Pobrecita —dijo—. No debió ser fácil.

Yo asentí.

—Y luego Abigail —dije de repente, acordándome—, bueno, Abi… dijo que la miss y yo nos parecíamos.

—¿Parecidas? —preguntó papá, confundido.

—Sí, dijo que si éramos familia o algo así —me reí—. Pero la miss dijo que no tenía familia. Y pues yo no la había visto nunca, ni sabía de ella, así que obviamente no.

Mamá soltó una risa suave.

—Ay, esos niños… siempre inventando cosas.

Papá se encogió de hombros.

—Pues si dices que es buena maestra, me alegro. Lo importante es que estés a gusto.

—Sí —contesté sonriendo—. Creo que me va a caer muy bien.

Mamá volvió a la cocina.

—Bueno, vayan poniendo la mesa en lo que termino esto.

—¡Voy! —dije saltando del sillón.

Mientras iba a buscar los platos, seguía pensando en la miss Alice.

Era… distinta.

Pero en un buen sentido.

Y me agradaba.

Mucho.

****

Alice.

Me senté en la cama con las piernas cruzadas, y toda la superficie estaba cubierta de libros abiertos, fotocopias, un cuaderno lleno de tachaduras y hasta un calendario escolar que había intentado organizar sin demasiada convicción.

Tenía la cabeza hecha un desastre.

Pasé una mano por la frente, empujando hacia atrás un mechón de cabello que siempre se soltaba cuando estaba concentrada.

Matemáticas de primer año.

Básicas.

Muy básicas.

Y aun así… había preparado algo completamente fuera de nivel.

Suspiré.

—Qué idiota… —murmuré, mirando el ejercicio que había anotado en una hoja, el mismo que los niños me dijeron que era de un grado superior. Y tenía razón. Por supuesto que tenía razón. Yo simplemente… no pensé en eso.

No pensé en niños normales.

No pensé en ritmos normales.

Me basé en lo que yo aprendí a su edad.

Y eso era un error.

Un error enorme.

Tomé el libro oficial del programa escolar. La portada estaba doblada porque lo había llevado conmigo casi todas las semanas desde que llegué a la ciudad, aunque no lo hubiera estudiado con seriedad hasta ahora. Busqué la sección del primer semestre.

Sumas, restas, multiplicación, fracciones básicas.

Interpretación de problemas sencillos.

Geometría introductoria.

Patrones.

Exactamente lo que improvisé hoy después del desastre inicial.

Lo peor es que tuve tres meses completos para prepararme. Tres meses viviendo en este departamento diminuto, con el colchón apoyado contra la pared antes de comprar la cama, con una mesa que todavía cojea, con dos tazas y un solo plato porque no necesito más.

Tres meses planeando cada movimiento.

Tres meses para estudiar y ser la maestra perfecta.

Tres meses para no llamar la atención de nadie.

Y aun así… terminé improvisando.

—Porque nunca pensé que realmente tendría que enseñar —susurré, apoyando la frente en la palma de la mano.

Esa era la verdad.

No entré a esta escuela para dar clases.

No entré para formar niños, ni guiar a nadie, ni ser parte de sus vidas.

Entré para verlos.

Para verlos sin que me vieran.

Mis padres.

Si es que puedo llamarlos así.

Cerré el libro y lo dejé a un lado.

Tres meses atrás, cuando los encontré… ni siquiera fue una búsqueda dedicada. Al inicio solo los observaba para descartar la posibilidad. Pero cuanto más los miraba, más coincidencias encontraba. Sus rostros. Sus gestos. Sus voces. Y luego, la confirmación.

La sangre.

Me quedé mirando por un segundo la taza de café frío que estaba a mi lado, como si ahí pudiera ver el recuerdo.

Entré al hospital disfrazada de voluntaria. No fue difícil. Nunca es difícil si voy con un plan sencillo y mantengo la voz baja. Cuando él —mi… padre biológico— donó sangre para un amigo, el banco la guardó hasta entregarla al laboratorio correspondiente.

Yo solo… tomé una parte antes.

Una jeringa pequeña, un frasco estéril.

Nada que levantara sospechas.

Luego hice el análisis.

Las coincidencias genéticas eran demasiado claras para ser una casualidad. Era él. Y por consecuencia, también era ella. Y Lily. Y ese hermano que todavía no he visto.

Me recargué contra la cabecera de la cama y cerré los ojos.

Según los registros que revisé, yo no existo.

Nací, y a los pocos minutos morí.

O eso se registró.

Es obvio que fue Helix.

No porque yo fuera especial, sino porque necesitaban bebés recién nacidos sin historial, sin preguntas, sin huellas. Carne fresca para moldear. Un recurso. Un material. Y funcionó. Al menos desde su punto de vista.

Solo que yo y B…

Nos torcimos en algún punto.

Fruta venenosa, así me llamó una vez uno de los científicos. No pensé en eso en años, pero recordar la frase me revolvió el estómago.

B y yo crecimos dentro de esa estructura, programados, condicionados, entrenados. Todo lo que sabía a los doce años hubiera parecido imposible para cualquier niño fuera de Helix. Por eso hojeé hoy el libro de matemáticas y no conecté con lo que un niño normal aprende.

No tengo recuerdos verdaderos de ser niña.

Tengo recuerdos de pruebas.

De órdenes.

De correr.

De observar.

De sobrevivir.

De fallar.

Y de él.

Me obligué a sacar a B de mi mente. No ahora.

Respiré hondo y abrí otro cuaderno. Había hecho listas de temas por semana. Tenía ejercicios para niveles demasiado altos. Tenía gráficos, problemas complejos, actividades que jamás podría aplicar con niños de once y doce años.

—Empiezas mañana desde cero —me dije.

Tenía que.

No podía repetir el error.

Si quiero pasar desapercibida, no solo debo comportarme como una maestra.

Tengo que ser una maestra.

Miré las hojas donde había apuntado los nombres de los alumnos.

El de Lily estaba ahí, subrayado sin querer. O quizá sí fue queriendo.

Nunca pensé que sería su maestra.

Había planeado verla en los pasillos, tal vez al entrar o salir de la escuela. Desde lejos. Solo para confirmar que estaba bien. Para archivarla en mi memoria y luego moverme a otra ciudad.

Pero cuando llegué y revisé los grupos asignados… ahí estaba su nombre. En mi lista.

Lily Carter.

La niña que hoy escribió tan rápido en el pizarrón.

Que tiene los ojos de mi madre.

Que tiene la voz suave que yo no tuve a esa edad.

Que vive la vida que debió ser la mía.

Y aun así… no siento celos.

Solo una distancia enorme que nunca se va a cerrar.

—No voy a acercarme —murmuré—. Ni a ellos. Ni a ella. No tiene sentido.

No pueden saberlo.

No quiero que lo sepan.

No quiero que miren a alguien como yo y crean que salió de ellos.

Yo ya hice mi vida lejos, aunque sea una vida llena de huecos que todavía no sé cómo rellenar.

Miré el reloj. Las nueve de la noche.

Cerré el último libro y lo coloqué sobre la pila.

Mañana será diferente.

Será más fácil.

O al menos, más organizado.

Me estiré para apagar la luz de la lámpara.

—Enseñarás lo básico —me dije—. Serás normal. Serás invisible. Solo seis meses.

Y después de eso, me iré.

De la ciudad.

De ellos.

De todos.

Porque vine a verlos.

Y ya los vi.

Aunque me duela admitir que una parte de mí… quisiera volver a verlos otra vez.

Solo una vez más.

Pero eso no va a pasar.

****

No tenía que haber pasado esto.

No debía haber pasado esto.

Se suponía que yo podía pasar un semestre entero sin que ellos me vieran, sin que ni siquiera sospecharan. Entrar, enseñar, observar desde lejos… y desaparecer. Fácil. Controlado. Limpio.

Pero ahora estaba parada a un lado de la directora Hawthorne, frente a todos los padres de familia. Frente a mis padres.

Y por dentro sentía que la piel me ardía, como si cada segundo que pasaba bajo esas luces blancas pudiera delatarme.

La directora Hawthorne levantó las manos, pidiendo atención.

—Muchas gracias por venir esta mañana —comenzó con su tono firme, dulce pero formal—. Sabemos que es un día poco conveniente, pero queríamos reunirnos antes de que avance más el semestre. Como saben, la profesora Alice Berman —me señaló con una sonrisa profesional— será la maestra sustituta de sus hijos por este periodo.

Varias cabezas se giraron hacia mí.

Incluyendo las de ellos.

Mi madre —o bueno, la mujer que me había parido— frunció apenas el ceño, como si tratara de recordar si ya me había visto antes.

Mi padre cruzó los brazos, examinándome como quien evalúa a un mecánico nuevo.

Yo mantuve la sonrisa. Esa que había practicado frente al espejo. Serenidad, neutralidad, distancia.

—Buenos días —dije, inclinando levemente la cabeza.

La directora continuó:

—Como mencionamos en el correo de la semana pasada, el maestro Rivas no podrá impartir clases este semestre. Por motivos personales tuvo que retirarse repentinamente y, dado el poco tiempo, tuvimos que reestructurar el plan de estudios.

Una mano se levantó al fondo.

Era la madre de Abi. La reconocí por los rizos apretados y la mirada curiosa.

—Disculpe, directora, ¿eso significa que el nivel educativo será afectado? Porque nuestro plan era… —torció un poco la boca— bueno, ya sabe, mantener el estándar académico.

La directora sonrió con diplomacia.

—Entiendo su preocupación, señora. Y por eso traemos a la profesora Berman. Ella cuenta con entrenamiento en áreas avanzadas, así que sus hijos no verán afectado su aprendizaje. De hecho, quizá incluso se encuentren un poco… retados.

Otra mano se levantó.

Y sentí un latigazo en el estómago.

Mi padre.

—Sí —dijo con voz segura—, quería preguntar algo. Mi hija, Lily, nos dijo que los ejercicios de ayer fueron… "muy difíciles" para ser de primero de secundaria. ¿Podría explicarnos cómo va a manejar eso?

Mi garganta se apretó, pero asentí.

—Claro. Ayer probé un material que resultó más avanzado de lo que esperaba. Me di cuenta de que necesitaban un enfoque distinto, así que ajustaré las actividades. No se preocupen: no pienso saturarlos ni estresarlos. Solo quiero que desarrollen bases sólidas desde el inicio.

Mi madre habló ahora, con voz suave, casi tímida:

—¿Y usted es… nueva en la ciudad, profesora?

La pregunta no era impropia. Pero en su boca, en la de ella, se sintió como una sonda clavándose en mis costillas.

Sonreí.

—Llegué hace algunos meses, sí.

—¿Y por qué sustituta? —preguntó ella, ladeando la cabeza—. Lo siento, es solo curiosidad. La escuela suele tener un proceso más largo.

Porque vine a verlos sin que lo supieran.

Porque quería ver si seguían vivos.

Porque quería ver si mi hermana tenía la vida que yo nunca tuve.

Porque no tengo derecho a estar aquí.

Tragué saliva.

—Se necesitaba a alguien con disponibilidad inmediata —respondí—. Y yo la tenía.

La directora retomó la palabra antes de que me hicieran otra pregunta que pudiera atravesarme.

—Como estaba diciendo, el plan de estudios será ligeramente distinto al original, pero completamente alineado con los estándares académicos. Si tienen preguntas, este es el momento.

Un murmullo recorrió la sala.

Algunos padres ya estaban sacando dudas.

Otros solo querían terminar rápido.

Pero mis ojos, traicioneros, regresaron a ellos.

Mi madre se acomodó el cabello detrás de la oreja. Tenía la misma expresión que Lily: esa mezcla de atención dispersa y preocupación genuina. Mi padre permanecía serio, protector, calculador… igual que siempre en las fotos que había encontrado.

Y aunque yo solo era una desconocida para ellos, una maestra temporal…

Ellos casi lograron verme.

Mi pecho se tensó.

La directora notó que me quedé muy quieta y me dio un leve toque en el brazo, como para avisarme que me tocaba hablar.

—Profesora, ¿quisiera agregar algo?

Sacudí la cabeza para regresar a la realidad.

—Solo que… —dije, respirando hondo— estoy agradecida de poder enseñarles a sus hijos. Quiero que este semestre sea provechoso para ellos. Y si en algún momento desean hablar conmigo, mi puerta está abierta.

La directora sonrió, satisfecha.

—Perfecto. Ahora, si no hay más que agregar, cerraremos la reunión.

Pero entonces, la voz de mi padre volvió a sonar:

—Sí hay algo más.

Mi corazón dejó de latir por medio segundo.

—Quisiera saber —dijo— si la profesora Berman estaría dispuesta a reuniones individuales con los padres, para hablar del desempeño de nuestros hijos. Especialmente al inicio del semestre.

Mi madre asintió a su lado.

—Claro —respondí, cuidando que no se quebrara mi voz—. Estaré disponible cuando lo necesiten.

Él inclinó la cabeza, satisfecho.

Y yo sonreí.

Pero por dentro…

Por dentro quería salir corriendo.

**

Uno por uno los padres comenzaron a retirarse. La directora Hawthorne se quedó unos minutos más contestando preguntas. Yo me había quedado en la entrada del salón, dando las gracias a quienes salían.

Pero justo cuando los padres salían… los niños empezaban a entrar.

Era un caos coordinado: saludos, mochilas chocando, voces emocionadas.

—¡Miss Alice! —gritaron dos niños al mismo tiempo.

Me sobresalté.

No estaba acostumbrada a que alguien dijera mi nombre con tanta energía. Menos aún niños. Pero ahí estaban: cuatro, cinco, siete pequeños acercándose a saludarme como si lleváramos meses de convivencia.

—Buenos días, miss —dijo uno.

—¡Miss, hice tarea por cuenta propia! —otro.

—¿Hoy sí vamos a ver las fracciones? —preguntó una niña.

Sonreí, algo sorprendida.

—Buenos días. Sí, hoy sí haremos fracciones… pero más tranquila que ayer —respondí.

Algunos niños se rieron como si fueran cómplices de un chiste privado. Y por un segundo me sentí… parte de algo. Parte de un entorno normal.

Incluso Lily, que había estado despidiéndose de sus padres a unos metros, se giró hacia mí.

—Buenos días, miss —dijo con una sonrisa tímida.

Su madre la miró.

Su padre también.

Yo tragué saliva y levanté la mano en un saludo breve.

—Buenos días, Lily.

Ella se fue a su asiento sin sospechar nada.

Como debía ser.

Entonces vi a Abi hablando con su madre mientras me miraban disimuladamente.

La madre de Abi era… igual que su hija: ojos brillantes, energía contagiosa, sonrisa que parecía escaparse antes de que ella siquiera la decidiera.

Las dos intercambiaron unas palabras y luego la madre de Abi volvió a verme. Sonreía con demasiada familiaridad.

Cuando se acercó para despedirse, yo ya presentía que venía algo.

—Profesora —dijo, sujetando a Abi por los hombros—, muchas gracias por la reunión. Y perdón si mi hija hace… bueno, demasiadas preguntas. Le salen solas.

Abi abrió grande los ojos.

—¡Mamá!

Reí suavemente.

—No te preocupes. Sus preguntas son buenas. Y necesarias.

La madre asintió. Luego bajó un poco la voz… pero no lo suficiente para que los demás padres —incluidos ellos— dejaran de escuchar.

—¿Sabe…? Abi me dijo algo anoche. Y ahora que la veo de cerca… creo que tiene razón.

Yo congelé mis rasgos en neutralidad profesional.

—¿Sí? —pregunté con calma falsa.

—Dice que usted y la niña Lily se parecen un poquito —comentó con total naturalidad.

Sentí que el piso se movía.

—Bueno… —tosí suavemente, bajando la mirada al escritorio como si ordenara papeles invisibles— Abi dijo lo mismo ayer. Pero no es así. No somos familia. Yo… bueno… no tengo familia.

Silencio.

Abi y su madre me miraron como si acabara de decir algo triste sin querer.

La madre de Abi ladeó la cabeza, suavizando la mirada.

—Ay, cielo… —murmuró, como si hubiera escuchado demasiado.

Quise corregirla. Quise decirle que no necesitaba su lástima. Pero no podía evitar sonar más cortante de lo previsto.

—Estoy bien —dije con una sonrisa automática—. Solo lo menciono porque a veces los niños buscan parecidos donde no los hay.

Ella no pareció convencida.

—Aun así… —me observó lentamente, con una especie de calidez intuitiva— no es solo con Lily. Usted también se parece un poco a la señora Carter.

Mi corazón literalmente olvidó cómo latir.

Sentí la sangre subir a mis oídos.

Detrás de ella, mi madre… la señora Carter… se había quedado quieta.

Su mirada se endureció apenas, como si tratara de encajar una pieza que no sabía que faltaba.

Yo forcé una risa suave.

—Debe ser coincidencia. Me han dicho que tengo un rostro común. Puedo parecerme a varias personas.

La madre de Abi entrecerró los ojos, aún sonriendo.

—Tal vez… —comentó lentamente—. Aunque suele haber… cómo decirlo… cierta energía en las personas que comparten raíces, ¿no cree?

Mi estómago cayó.

Abi tiró del brazo de su madre.

—Mamááá, ya vete, tengo calses —suplicó.

—Sí, sí —dijo ella, todavía mirándome como si hubiera leído demasiado entre líneas—. Solo era un comentario. Tú eres encantadora, profesora. Y Abi está feliz de tenerte.

—Gracias —dije, controlando mi respiración—. Que tengan un buen día.

La madre de Abi se despidió agitando la mano y salió con su hija.

Pero detrás de ella aún quedaban tres padres…

incluidos ellos.

Y todos habían escuchado.

Mi padre tenía el ceño fruncido, mirándome con una curiosidad distinta, más analítica.

Mi madre me observaba con una mezcla extraña de desconcierto y… ¿nostalgia? No. No podía ser eso. No podía.

Me obligué a hablar primero.

—¿Necesitan algo más? —pregunté con voz neutra, profesional, con un temblor apenas controlado.

Mi padre entreabrió la boca, como si estuviera a punto de hacer una pregunta…

Pero Lily regresó a él corriendo.

—¡Papá! Ya me voy a sentar.

Él se tragó su pregunta.

Mi madre desvió la mirada.

Respiré hondo.

Muy hondo.

Si los dejaba ir así, con esas expresiones en el rostro, con esa curiosidad recién despertada… podía ser peor.

Tenía que cerrar el tema ya, antes de que creciera.

Así que caminé hacia ellos, con pasos suaves, calculados, procurando que mi expresión fuera amable y normal, como la de cualquier maestra que intenta aclarar un malentendido.

—Señor y señora Carter —dije cuando estuve lo suficientemente cerca—, ¿podría robarles un momento?

Ambos se giraron al mismo tiempo.

Mi madre— no, la señora Carter— parpadeó con una ligera sorpresa.

—¿Sí, profesora? —preguntó ella con una sonrisa cortés.

Su esposo me observaba con atención profesional, como si fuera un médico evaluando un síntoma.

Eso me incomodó más de lo que debía.

—Quería disculparme —comencé, manteniendo las manos juntas frente a mí— por lo que dijo la madre de mi alumna. Sé que pudo haber sido… incómodo. O inoportuno.

La señora Carter negó con la cabeza enseguida.

—No se preocupe, no fue su culpa. Los niños y algunos padres pueden decir cosas muy… espontáneas.

—Sí —dije sonriendo—. Eso pensé también.

Pero mi padre— no, él no es mi padre— siguió mirándome con ese ceño ligeramente fruncido, como si comparara mentalmente cada detalle de mi rostro.

—De cualquier forma —añadí rápidamente—, quiero aclarar que no hubo mala intención. Es solo que… bueno… yo tengo rasgos muy comunes. Cabello negro, ojos verdes… —me señalé el rostro con un gesto ligero—. Hay más personas de las que imagina que tienen esta combinación. Así que… lamento si generó algún malentendido.

La señora Carter sonrió, suave, casi cálida.

—No tiene que disculparse por su aspecto, querida —respondió con una voz tan maternal que me atravesó un lugar del que llevaba años huyendo—. La Madre de Abi solo habla mucho. Nada más.

Asentí, intentando no mirar demasiado fijamente esos mismos ojos verdes que yo tenía.

Pero el señor Carter aún no decía nada.

Y eso me inquietó.

—¿Está todo bien? —pregunté con amabilidad medida.

Él respiró profundamente, cruzando los brazos.

—Disculpe si soy directo, profesora… —dijo— pero, ¿de dónde dijo que era?

Sentí un tirón en el estómago.

No brusco.

No peligroso.

Solo… incómodo.

—He vivido en muchas partes —respondí sin mentir del todo—. Crecí en distintos lugares… viajé bastante. Por eso quizá no tengo un acento claro.

Él entrecerró los ojos apenas, pensativo.

—¿Y su familia? —preguntó con cautela.

No fue una pregunta agresiva…

Pero fue demasiado cercana.

Mi madre lo miró de reojo, como diciéndole que no fuera impertinente, pero él apenas inclinó la cabeza esperando mi respuesta.

Tragué saliva.

—No tengo —dije suavemente—. O… no una que recuerde. Fui huérfana.

Ambos se suavizaron.

Ese tipo de información siempre lo hace.

La señora Carter ladeó la cabeza, con una compasión que me dolió en un sitio que pensé que ya no existía.

—Lamento escuchar eso… —dijo con un tono tan tierno que casi tuve que mirar al piso.

—Está bien —dije rápido—. Solo quería evitar incomodidades. De verdad. No me gustaría que pensaran que intento… no sé… insinuar alguna relación o algo así. No sería profesional.

El señor Carter esbozó una sonrisa breve.

—No lo pensamos —aseguró él—. Pero agradecemos que haya venido a aclararlo.

La señora Carter asintió.

—Y también agradecemos cómo está tratando a Lily —añadió—. Ella llegó muy contenta ayer. Creo que usted le agradó.

Eso me dejó sin aire por un segundo.

Pero seguí sonriendo como si aquello no significara absolutamente nada para mí.

—Me alegra mucho oírlo —respondí—. Es una niña maravillosa. Muy observadora.

Ambos sonrieron.

Por razones distintas.

—Bueno —dijo la señora Carter acomodándose el bolso en el hombro—, ya no la entretenemos más, profesora. Seguramente tiene que preparar su clase.

—Sí —contesté con un asentimiento—. Gracias por su tiempo.

—Gracias a usted —dijo ella.

El señor Carter estrechó mi mano.

Su mirada persistía en mí.

Analítica.

Sutilmente inquieta.

Como si algo no terminara de encajarle.

Pero finalmente se voltearon.

La niña me saludó con la mano.

Yo la saludé también.

Y mientras salían… mi pecho se comprimió.

Había controlado la situación.

La había contenido.

Pero no estaba segura de cuánto tiempo más podría seguir haciéndolo.

La directora Hawthorne se acercó a mí justo cuando los últimos padres abandonaban el salón. Su rostro estaba neutro, pero había algo… una intención detrás de sus ojos que ya reconocía. Algo entre preocupación y curiosidad.

—Alice —dijo en voz baja—, ¿podrías acompañarme un momento?

No era una pregunta.

Asentí, dejando el salón a cargo del prefecto que ya estaba rondando por el pasillo.

Caminamos por el corredor hasta su oficina. La directora cerró la puerta detrás de nosotras y se apoyó ligeramente contra su escritorio.

Se cruzó de brazos.

Ese gesto nunca era bueno.

—Bien… —comenzó con un suspiro suave—. Tengo que mencionarte algo que varios padres comentaron al salir.

Me preparé.

—Lo sé —dije con calma—. Escuché parte de ello.

Ella inclinó un poco la cabeza.

—La madre de Abigail fue la que más insistió. Y… —se aclaró la garganta— siento decirlo, Alice, pero… sí, tienen un parecido.

Me quedé quieta.

No pestañeé.

No bajé la mirada.

Solo la observé.

—Directora Hawthorne —respondí sin alterar mi tono—, no tengo ninguna conexión con ellos. Ni con la niña ni con su familia.

Ella apretó los labios.

—No estoy diciendo que sí —aclaró—. Solo te transmito lo que escuché.

—Lo sé —respondí—. Pero para que quede claro: crecí en el extranjero, muy lejos de esta ciudad. No tengo raíces aquí. Ni familia. Ni historia previa que pueda vincularme con los Carter. Es imposible que haya relación.

La directora asintió despacio, evaluándome quizá, o simplemente aceptando mi explicación porque no tenía razones para no hacerlo.

—Entiendo —dijo finalmente—. Solo quería asegurarme de que no te incomodara la situación. No es raro que los padres hagan suposiciones cuando ven coincidencias físicas.

—No me incomoda —mentí suavemente—. Solo quería evitar malos entendidos.

La directora relajó los hombros y sonrió.

—Perfecto. Lo manejaste muy bien allá afuera. Tus alumnos ya te adoran, y eso en primer año es… casi un milagro. —Hizo un gesto para volver al aula—. Ven, no quiero que estén solos demasiado tiempo.

Salimos de la oficina juntas. El pasillo estaba lleno de luz y ruido distante de otros salones. Algunos niños corrían hacia el baño, otros hablaban entre ellos. Era un ambiente normal, seguro, mundano.

Perfecto.

Todo lo que yo nunca tuve.

Mientras caminábamos de regreso al salón, mi ritmo se volvió un poco más lento. Solo un poco. La directora no lo notó. Pero mi mente sí.

Porque el comentario de la madre de Abi había hecho algo más que despertar la curiosidad de los Carter.

Había encendido una advertencia dentro de mí.

Un recordatorio.

¿Qué pasará cuando Helix descubra dónde estás?

Mi pecho se tensó.

No era paranoia.

No con ellos.

Helix siempre vigilaba a sus "resultados".

Especialmente a los que no pudieron controlar.

Especialmente a quienes habían huido.

La Línea A… la excelencia física, mental, emocional. Precisión. Obediencia… o eso querían.

Yo había encabezado esa línea.

—Alice, todo bien? —preguntó la directora, notando por fin mi retraso.

—Sí —respondí rápido—. Estaba pensando en los temas de mañana.

Ella sonrió, tranquila.

Yo no.

Porque sabía que si Helix encontraba mi ubicación, no vendrían a pedirme que regresara.

No después de escapar.

No después de hacer lo que hice para lograrlo.

Para sacar también a B, aunque él…

Aunque después lo perdí.

Si Helix me encontraba, me querrían de regreso en una camilla.

O en una bolsa.

Y lo peor era que cualquier pista, incluso una coincidencia física entre yo y los Carter, podía llevarlos a hurgar en sitios donde nadie debía hurgar.

No puedo permitirlo.

No puedo ponerlos en riesgo.

Ni a ellos.

Ni a Lily.

Ni a mis alumnos.

Me obligué a respirar hondo.

Cuando regresamos al aula, los chicos ya estaban en sus lugares, algunos charlando, otros riendo. Lily le mostraba un dibujo a Abi. Hugh lanzaba una pelota de papel y otro niño trataba de atraparla sin que lo regañaran.

Los miré.

La directora me dio un toque suave en el hombro.

—Están listos para ti —dijo con una sonrisa.

Yo asentí.

Y cerré la puerta.

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