LightReader

Chapter 2 - Capítulo 1: El testigo de nueve colas

La oscuridad no era silencio.

Dentro del sello, Kurama abrió un ojo.

No porque el niño llorara —eso ya lo había escuchado antes—, sino porque algo se acomodaba. 

Un movimiento sutil, profundo, que no pertenecía al chakra humano ni al suyo. 

Algo que se plegaba y sellaba con una paciencia que le resultó insultante.

—...Hmph.

El Kyūbi sintió cómo el entramado del Shiki Fūjin se cerraba, capas y capas de voluntad humana tratando de contenerlo. 

Era un encierro tosco, desesperado, sostenido por sacrificio.

Pero no era eso lo que lo inquietaba.

Debajo.

Más abajo que el sello.

Había un mandato.

Kurama tironeó de su chakra, no para romper, sino para sentir. 

El niño era un recipiente frágil, recién nacido, y aun así su sangre respondía con una calma que no correspondía a un humano.

—No eres tú —gruñó—. No del todo.

El chakra del Kyūbi rozó la médula del sello... y fue desviado. 

No rechazado. Redirigido.

Aquello no luchaba.

Ordenaba.

Kurama había sido sellado muchas veces.

Había conocido jaulas, cadenas, ojos que pretendían dominarlo. 

Siempre con violencia, siempre con prisa.

Esto era distinto.

No había intención de controlarlo.

Había intención de ocultarse usando su sombra.

El Kyūbi rió, un sonido que no salió de ninguna garganta.

—Así que soy el ruido... —comprendió—. Y tú, el silencio.

El niño se movió. 

Su llanto cesó por un instante.

En ese breve espacio, la sangre del recién nacido reaccionó. 

No brilló. 

No ardió. 

Simplemente recordó.

Kurama sintió un eco.

Sellos que no estaban dibujados en ninguna pared.

Sellos escritos en linaje.

El Kyūbi tensó su chakra, probando los límites.

El sello humano respondió.

El mandato profundo no.

No porque no pudiera.

Porque no lo necesitaba.

Kurama entendió entonces que no estaba frente a un carcelero.

Estaba frente a un testigo.

—Escúchame, cachorro —murmuró, sabiendo que no sería oído—. Si pretendes usarme, tendrás que crecer.

El niño respiró.

La sangre se asentó.

El mandato aceptó el tiempo.

Naruto Uzumaki no recordaría su primer año de vida.

No recordaría las fiebres que sanaban demasiado rápido.

Ni los pequeños cortes que dejaban de sangrar antes de alarmar a nadie.

Pero Kurama sí.

El Kyūbi observó cómo, día tras día, el chakra humano aprendía a rodear el suyo sin mezclarse. 

Cómo el sello antiguo utilizaba su presencia como un manto, una distracción perfecta.

—Astuto —admitió—. Muy astuto.

No había hostilidad.

Había diseño.

Kurama había visto imperios caer.

Había sido usado como arma, como castigo, como símbolo.

Pero nunca como parte de una incubación.

No conocía el nombre de aquello que crecía en la sangre del niño.

Pero reconocía su naturaleza.

—Mandato de sangre... —susurró—. Así que ese es el pecado de los Remolino.

El niño rió por primera vez.

Y en lo profundo del sello, el Kyūbi sonrió con todos sus colmillos.

—Muy bien, Naruto Uzumaki —concedió—. Seré parte de esto.

No como tu poder.

Sino como tu sombra.

Porque cuando llegue el día en que ese mandato despierte...

El mundo mirará mis colas.

Y no verá la sangre que mueve los hilos

More Chapters