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Chapter 24 - Capítulo 23: Trabajos Menores

La guerra no es siempre explosiones y sangre.

 A veces, la guerra es aburrimiento. 

Y para un espía infiltrado en su propia vida, el aburrimiento es un campo minado.

El Equipo 7 había comenzado su carrera operativa. 

Pero en lugar de infiltrarse en bases enemigas, estaban infiltrándose en jardines de señoras mayores y persiguiendo gatos obesos.

Naruto se habia encontrado con el "honorable" nieto del hokage.

Ocurrió en la oficina del Hokage, mientras entregaban el reporte de una misión de recolección de basura.

Un niño pequeño irrumpió en la sala, tropezó con su propia bufanda ridículamente larga y cayó de cara al suelo antes de poder "atacar" a su abuelo.

—¡Maldición! ¡Es una trampa! —gritó el niño.

Hiruzen suspiró. 

Kakashi levantó la vista de su libro. 

Naruto, que estaba hurgándose la nariz como parte de su rutina de "Genin distraído", bajó la mano.

Sus ojos escanearon al niño.

Konohamaru Sarutobi. 

Nieto del Tercero. 

Objetivo de alto valor político. 

Nivel de amenaza: Cero. 

Nivel de molestia: Alto.

En otra vida, quizás Naruto habría visto en el niño un reflejo de su propia soledad. 

Habría jugado con él, le habría enseñado técnicas pervertidas, se habría convertido en su "jefe".

Pero este Naruto no buscaba discípulos. 

Buscaba invisibilidad.

Konohamaru se levantó y señaló a Naruto. —¡Tú! ¡Fuiste tú quien puso la trampa!

Naruto lo miró. 

Podría haberle seguido el juego. 

Pero interactuar con el nieto del Hokage significaba tener los ojos de los ANBU de élite (que vigilaban al niño) sobre él constantemente.

Riesgo inaceptable, calculó Naruto. Distancia inmediata.

—¿Quién es este enano? —preguntó Naruto con desdén actuado, dándose la vuelta—. Huele a leche. Me voy tengo hambre.

Ignoró al niño completamente. 

Pasó por su lado sin mirarlo, como si fuera un mueble. 

Konohamaru, acostumbrado a ser temido o adulado, se quedó paralizado por la indiferencia absoluta.

Para Naruto, el niño no existía. 

Era una variable ruidosa que debía ser excluida de la ecuación.

Las misiones de Rango D eran humillantes para Sasuke (que sentía que perdía el tiempo) y agotadoras para Sakura (que no tenía resistencia física).

Para Naruto, eran terapia.

Arrancar malas hierbas en el jardín de la señora Shijimi le permitía desconectar su cerebro táctico de alto nivel y centrarse en tareas mecánicas. 

Su sangre, tranquila, guiaba sus manos.

Mientras Sasuke arrancaba las hierbas con furia, rompiendo las raíces, Naruto trabajaba con una eficiencia silenciosa. 

Sus dedos se movían rítmicamente. 

Su pulso estaba estable en 55 latidos.

La raíz central es fuerte, pensaba Naruto, extrayendo una planta sin romperla. Si tiras suave, sale entera. Si tiras fuerte, se rompe y vuelve a crecer.

Observaba a los civiles pasar por la calle. 

Veía cómo caminaban sin guardia. 

Veía cómo se reían sin escanear el perímetro. 

Antes, eso le causaba envidia. 

Ahora, le causaba una extraña satisfacción técnica.

Ellos pueden ser débiles porque nosotros somos el muro, reflexionó.

—¡Naruto! —gritó Sakura—. ¡Deja de mirar a la gente y trabaja! ¡Te estás quedando atrás!

Naruto miró su pila de hierbas. Era el doble de grande que la de Sakura, y estaba perfectamente ordenada. Pero, por supuesto, no podía mostrar eso.

Rápidamente, Naruto pateó su pila, esparciendo la tierra y las plantas sobre el trabajo limpio de Sasuke.

—¡Ups! —gritó Naruto—. ¡Lo siento, teme!

Sasuke se levantó, con los ojos ardiendo de irritación. —¡Eres un inútil!

Naruto se rió, pero por dentro sintió algo nuevo. No era la fría satisfacción de la supervivencia. Era una pequeña burbuja de diversión genuina. Molestar a Sasuke se estaba convirtiendo en un pasatiempo legítimo.

—Cuidado —advirtió Kurama, aunque su tono era perezoso. —Te estás divirtiendo.

—Es solo para mantener la cobertura —se excusó Naruto.

—No. Te estás divirtiendo. Y eso es bueno. Significa que tu mente se está estabilizando. Un soldado que nunca sonríe se rompe más rápido.

Naruto aceptó el diagnóstico. 

Fastidio. Rutina. 

Pequeñas victorias mezquinas. 

Estaba recuperando la capacidad de sentir cosas pequeñas, y eso hacía que el silencio en su cabeza fuera menos pesado.

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