Alonso observó nuevamente la placa.
BIENVENIDOS AL BOSQUE DE LA MAGIA.
Pasó los dedos sobre las letras antiguas, tratando de retirar el musgo que todavía cubría algunas de ellas.
—Bosque de la magia… —murmuró.
Aquello explicaba algunas cosas.
Aunque también provocaba muchas más preguntas.
¿Por qué su padre conocía aquel lugar?
¿Por qué Rosa vivía escondida detrás de ese portón?
¿Y por qué todos parecían tan empeñados en mantenerlo lejos?
Alonso tomó la placa por ambos extremos.
Si lograba llevársela al castillo, quizá podría encontrar algo sobre aquellas letras en los antiguos libros de la biblioteca real.
Intentó desprenderla.
No alcanzó a hacerlo.
Una enorme mano rodeó su cuello.
Alonso apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de sentir cómo sus pies abandonaban el suelo.
—¿Qué…?
Intentó alcanzar su espada.
Imposible.
Una figura enorme se encontraba detrás de él.
Espartano.
El guardián lo observaba con una expresión que dejaba perfectamente claro que el príncipe no era bienvenido.
—Espera…
Espartano apretó ligeramente la mano.
—De acuerdo —murmuró Alonso con dificultad—. Quizá tocar la placa fue una mala idea.
La criatura soltó un gruñido.
—Definitivamente fue una mala idea.
Lo último que Alonso alcanzó a ver fueron las ramas del portón abriéndose.
Después todo ocurrió demasiado rápido.
El bosque.
Los árboles.
Un enorme castillo escondido detrás de ellos.
Una torre que parecía tocar las nubes.
Y entonces…
Rosa.
—¡Espartano!
Su voz fue lo último que escuchó claramente.
Después sintió las manos de Rosa sobre su rostro.
Sus ojos azules fueron perdiéndose lentamente frente a él.
—Duerme.
Alonso intentó decir su nombre.
No pudo.
Una profunda oscuridad se apoderó de su mente.
—Alonso…
Su nombre.
—Alonso…
Una voz.
—Despierta.
El príncipe frunció el ceño.
Le dolía la cabeza.
Muchísimo.
Intentó llevarse una mano hasta la frente.
No pudo.
Abrió lentamente los ojos.
Una habitación desconocida apareció frente a él.
Las paredes eran de piedra. Había enormes ventanales cubiertos por enredaderas y, al otro lado de ellos, podía distinguir las copas de los árboles.
Estaba en una torre.
Intentó moverse nuevamente.
Nada.
Miró hacia abajo.
Tenía las muñecas atadas.
También los tobillos.
—¿Qué demonios…?
—Bueno. Veo que ya despertaste.
Alonso reconoció aquella voz.
Giró rápidamente la cabeza.
—Rosa.
Ella estaba junto a una ventana.
Ya no llevaba la capa roja.
Por primera vez Alonso podía verla completamente.
Su cabello caía libremente sobre sus hombros y la luz que entraba por la ventana iluminaba las pecas de su rostro.
Durante unos segundos olvidó incluso que estaba amarrado.
Rosa puso los ojos en blanco.
—Deja de mirarme así.
—¿Así cómo?
—Como si nunca hubieras visto una mujer.
—Nunca había visto una como tú.
Rosa suspiró.
Ese hombre iba a terminar con la poca paciencia que tenía.
Alonso tiró ligeramente de las cuerdas.
—¿Quieres explicarme por qué estoy amarrado?
—Porque intentaste entrar a un lugar donde claramente no eres bienvenido.
—Yo no entré. Algo enorme intentó arrancarme la cabeza.
—Espartano.
—¿Tiene nombre?
—Por supuesto que tiene nombre.
Alonso volvió a mirar las cuerdas.
—¿Y esto?
—Precaución.
—¿Contra mí?
Rosa guardó silencio.
—Rosa… ¿qué hacemos aquí?
Ella bajó la mirada.
Durante varios segundos pareció debatirse entre contestarle o simplemente volver a dormirlo.
Finalmente caminó hacia él.
—Alonso… ¿por qué tenías que ser tú?
El príncipe frunció el ceño.
—¿De qué estás hablando?
—De todos los hombres que existen en este reino… —susurró ella—. ¿Por qué tú?
—No entiendo.
Rosa soltó una pequeña risa amarga.
—Claro que no entiendes.
—Entonces explícame.
Ella lo miró.
Aquellos ojos azules que Alonso había perseguido durante días ahora parecían llenos de tristeza.
—No puedo corresponder a tus sentimientos.
Alonso dejó de forcejear con las cuerdas.
—¿Qué?
—Lo que escuchaste.
—Rosa…
—No.
—Ni siquiera sabes lo que iba a decir.
—No necesito saberlo.
Alonso la observó durante unos segundos.
—Tú sabes lo que siento.
Rosa apartó la mirada.
—Lo haces bastante evidente.
—Entonces también debes saber que no pienso rendirme.
—Pues deberías.
—No puedo.
Rosa volvió a mirarlo.
—¿Por qué?
Alonso sonrió ligeramente.
—Porque eres tú.
Ella sintió un nudo en el pecho.
Maldito príncipe.
Malditos ojos.
Maldita sonrisa.
—Alonso, tú no me conoces.
—Entonces déjame conocerte.
—No.
—Podemos hacerlo.
—No entiendes.
—Puedo intentarlo.
Rosa comenzó a caminar por la habitación.
—Esto no es una aventura, Alonso.
—Nunca dije que lo fuera.
—Para ti todo lo es.
Aquellas palabras consiguieron borrar su sonrisa.
Rosa continuó:
—Eres un príncipe. Puedes caminar por donde quieras, preguntar lo que quieras, entrar donde quieras y pensar que eventualmente conseguirás todas las respuestas.
—No pienso eso.
—Entraste a mi bosque después de que te pedí que no lo hicieras.
Alonso permaneció en silencio.
Punto para ella.
—Incluso después de que tu padre te ordenó mantenerte lejos —añadió.
El príncipe levantó la mirada inmediatamente.
—¿Cómo sabes eso?
Rosa se detuvo.
Había hablado demasiado.
—No importa.
—Sí importa.
—Alonso…
—¿Conoces a mi padre?
Ella apretó la mandíbula.
—Rosa.
—No quiero hablar de él.
—Pero él sí te conoce.
Silencio.
Alonso comenzó a comprender que aquella historia era mucho más grande de lo que imaginaba.
—¿Qué hizo?
Rosa sintió cómo todo su cuerpo se tensaba.
Imágenes que llevaba años tratando de olvidar aparecieron en su mente.
Gritos.
Fuego.
Personas huyendo.
El escudo real.
No.
No quería recordarlo.
—Basta.
—Rosa, dime qué hizo mi padre.
—¡He dicho que basta!
Las ventanas vibraron.
Alonso abrió los ojos sorprendido.
Las llamas de las velas aumentaron violentamente y las enredaderas que cubrían las paredes comenzaron a moverse.
Rosa cerró los ojos.
Respiró.
Una vez.
Dos.
Tres.
Poco a poco todo volvió a quedar inmóvil.
Alonso la observaba completamente fascinado.
Rosa abrió los ojos.
—Ahora entiendes por qué debes mantenerte lejos.
—No.
Ella lo miró incrédula.
—¿Acabas de ver lo que ocurrió?
—Sí.
—¿Y todavía dices que no?
—No me hiciste daño.
—Porque pude controlarlo.
—Entonces puedes aprender a controlarlo.
—¡No necesito que me salves!
—Nunca dije que quisiera salvarte.
Eso la hizo callar.
Alonso continuó:
—Quiero conocerte.
Rosa negó lentamente.
—No puedes.
—¿Por qué?
—Porque puedo hacerte daño.
—No lo harás.
—¡No sabes eso!
—Tú tampoco.
Rosa caminó hasta quedar frente a él.
—Alonso, no puedo corresponder a tu amor.
—¿Porque no sientes nada por mí?
Ella abrió la boca.
No respondió.
Y Alonso lo notó.
—Rosa…
—No hagas esto.
—Mírame.
Ella evitó sus ojos.
—Mírame y dime que no sientes absolutamente nada.
Rosa permaneció inmóvil.
No podía hacerlo.
Porque sería mentira.
Desde que lo había visto sobre aquel caballo había intentado convencerse de que solamente sentía miedo.
Después dijo que era molestia.
Después curiosidad.
Pero cada vez que aquellos ojos se posaban sobre ella, algo dentro de su pecho parecía traicionarla.
Y aquello era imperdonable.
Ella no podía enamorarse de él.
No podía amar al hijo del hombre que había destruido a los suyos.
No podía amar a un miembro de aquella familia.
No podía amar a la bestia.
Aunque aquella bestia no pareciera saber todavía que lo era.
Rosa se agachó frente a Alonso y comenzó a desatar las cuerdas.
—Te vas.
—Rosa…
—No volveré a discutirlo.
Cuando terminó, Alonso se puso de pie.
Ella inmediatamente retrocedió.
—Ven conmigo.
—¿A dónde?
—A la salida.
Rosa lo condujo por largos pasadizos de piedra.
Alonso intentaba observar todo a su alrededor.
El castillo era enorme.
Mucho más grande de lo que habría imaginado viendo solamente el bosque desde afuera.
Había cuadros antiguos cubiertos con telas, puertas cerradas y símbolos extraños grabados sobre las paredes.
—¿Este castillo siempre ha estado aquí?
Rosa no respondió.
—¿Vives aquí sola?
Silencio.
—¿Espartano siempre intenta estrangular a tus invitados?
Rosa se detuvo.
—Tú no eres un invitado.
—Eso explica muchas cosas.
Ella continuó caminando.
Finalmente llegaron hasta un pequeño pasadizo que terminaba en una puerta cubierta de raíces.
Rosa colocó una mano sobre ellas.
Las ramas comenzaron a separarse.
Al otro lado se encontraba el bosque.
—Puedes irte.
Alonso la miró.
—¿Estás bien?
La pregunta la tomó por sorpresa.
Después de todo lo ocurrido, él estaba preguntándole si ella estaba bien.
—Estoy bien.
—No lo pareces.
—Gracias por la observación.
Alonso sonrió ligeramente.
—De nada.
—Vete.
Él dio un paso hacia la salida.
Después se detuvo.
Rosa supo inmediatamente que iba a complicarlo todo.
—Alonso…
El príncipe giró.
Tomó su mano.
Rosa abrió los ojos sorprendida.
—¿Qué haces?
Él tiró suavemente de ella hasta acercarla.
Quedaron frente a frente.
Demasiado cerca.
Rosa podía sentir su respiración.
Alonso podía contar cada una de las pequeñas pecas que cubrían sus mejillas.
Ella intentó retirar la mano.
Él no la apretó.
Solo la sostuvo.
—Rosa, quiero conocerte.
—Ya hablamos de esto.
—No. Tú hablaste y decidiste por los dos.
Ella frunció el ceño.
—Quiero conocer esa parte de ti a la que todos parecen tenerle miedo —continuó—. Quiero saber por qué vives aquí. Quiero saber por qué mi padre te conoce. Quiero saber por qué puedes mover ramas con tus manos y hacer temblar una habitación cuando estás molesta.
Rosa intentó interrumpirlo.
—Y también quiero conocer esto.
Levantó ligeramente la mano que sostenía.
—La mujer que protege este lugar. La que se preocupa por hacerme daño aunque dice que debería odiarme. La que se esconde debajo de una capa porque cree que el mundo tiene derecho a señalarla.
Rosa sintió cómo sus ojos comenzaban a humedecerse.
—No sabes nada de mí.
—Lo sé.
Alonso acercó ligeramente su rostro.
—Por eso quiero aprenderlo.
Rosa cerró los ojos durante un instante.
Deseaba creerle.
Ese era precisamente el problema.
—No hagas esto más difícil.
—Tú lo estás haciendo difícil.
Ella soltó una pequeña risa triste.
—Estar contigo sería un pecado.
—No.
Alonso negó lentamente.
—Amarte no puede ser un pecado.
Rosa sintió que aquellas palabras atravesaban todas las defensas que había construido durante años.
Lo miró.
Por un instante quiso olvidar todo.
El reino.
Su madre.
La sangre derramada.
La familia de Alonso.
La maldición.
Quiso ser simplemente Rosa.
Una joven frente a un hombre que estaba dispuesto a desafiar al mundo por conocerla.
Pero no podía.
Retiró lentamente su mano.
—Será mejor que te vayas, Alonso.
El príncipe permaneció frente a ella.
—Volveré.
—No.
—Sí.
—Alonso.
—Puedes poner veinte portones si quieres.
Rosa levantó una ceja.
—Espartano puede matarte.
Alonso miró hacia el bosque.
—Ese argumento sí es un poco más convincente.
A Rosa se le escapó una sonrisa.
Pequeña.
Casi invisible.
Pero Alonso la vio.
Y aquello bastó para condenarlos a ambos.
—Adiós, Rosa.
Ella observó cómo se alejaba entre los árboles.
Esperó hasta que dejó de verlo.
Entonces cerró el portón.
Apoyó la espalda contra las ramas y dejó caer lentamente la cabeza.
Le dolía dejarlo marchar sin darle una explicación.
Pero era mejor así.
Debía ser mejor así.
Porque Alonso todavía no conocía la verdad.
No sabía lo que su familia había hecho.
No sabía por qué aquel bosque estaba maldito.
Y, sobre todo…
No sabía que Rosa había sido criada durante toda su vida para temer exactamente a hombres como él.
