Rosa permaneció durante largo rato apoyada contra el portón después de que Alonso se marchara.
Podía seguir escuchando sus palabras.
Amarte no puede ser un pecado.
Cerró los ojos.
Qué fácil era decirlo cuando no sabía nada.
Cuando no conocía su apellido.
Cuando no sabía quién había sido su madre.
Cuando no había escuchado durante toda su vida las historias que circulaban por el pueblo.
La hija de la bruja.
La maldita.
La próxima en convertirse en monstruo.
Rosa había crecido escuchando aquello.
Por eso se escondía.
Por eso utilizaba la capa.
Por eso caminaba con la cabeza agachada cada vez que necesitaba entrar al pueblo.
No porque tuviera miedo de ellos.
Eso se repetía constantemente.
Pero en el fondo sabía que sí.
Tenía miedo de sus miradas.
De sus palabras.
De que algún día señalaran en ella algo que confirmara todo aquello que llevaban años diciendo.
Que era igual que su madre.
Rosa caminó lentamente por los pasillos del castillo.
—Yo no soy ella —murmuró.
Nunca lo había sido.
Su madre podía haber tenido sus razones. Podía haber sufrido. Podía haber odiado a la familia real con cada parte de su alma.
Pero Rosa…
Rosa tenía corazón.
Amaba.
Se preocupaba.
Sentía culpa incluso cuando lastimaba accidentalmente una flor con su magia.
¿Cómo podía ser el monstruo que todos aseguraban que sería?
Llegó hasta su habitación y se observó frente al espejo.
La capa roja todavía cubría parte de su cabello.
La sujetó entre los dedos.
Durante años aquella tela había significado seguridad.
Ese día solamente le pareció una jaula.
Pensó en Alonso.
En la manera en que la había mirado.
No con miedo.
No con desprecio.
Ni siquiera cuando la habitación había temblado frente a él.
La había mirado como si quisiera conocerla.
A ella.
No a la hija de alguien.
No a la bruja.
No al rumor del pueblo.
A Rosa.
Se quitó lentamente la capa.
—Quizá ya estoy cansada de esconderme.
Alonso tampoco consiguió olvidar aquel encuentro.
Pero, a diferencia de Rosa, él hizo lo que mejor sabía hacer cuando alguien le pedía que dejara un asunto en paz:
Meterse todavía más.
Durante los siguientes días preguntó discretamente por ella.
Primero a los habitantes del pueblo.
Las respuestas fueron siempre las mismas.
Silencios.
Miradas incómodas.
Puertas cerrándose.
—¿Rosa? —preguntó a un anciano vendedor.
El hombre dejó inmediatamente de sonreír.
—No conozco ninguna Rosa.
Mentira.
Alonso podía verlo perfectamente.
Preguntó a una mujer que vendía flores.
—Alteza, le recomiendo no buscar lo que no desea encontrar.
Preguntó en una taberna.
—Algunas historias deberían quedarse enterradas.
Eso solamente consiguió irritarlo más.
¿Por qué todos conocían a Rosa y nadie quería hablar de ella?
¿Por qué su padre había reaccionado de aquella manera?
¿Por qué ella tenía miedo de contarle la verdad?
Una tarde, cansado de recibir evasivas, Alonso abandonó el pueblo y tomó un sendero cercano al bosque.
—Estás buscando respuestas en el lugar equivocado.
El príncipe se detuvo.
Una anciana estaba sentada junto al camino.
No la había visto al acercarse.
Vestía ropas oscuras y tenía el cabello completamente blanco. Frente a ella había pequeñas hierbas, frascos y velas acomodadas sobre una manta.
Alonso llevó instintivamente una mano hacia su espada.
—¿Me hablaste a mí?
La anciana sonrió.
—No veo a ningún otro príncipe perdido por aquí.
Alonso frunció el ceño.
—No estoy perdido.
—Claro que no.
La sonrisa de la mujer se amplió.
—Estás buscando a una muchacha de ojos azules.
Alonso se quedó inmóvil.
—¿Quién eres?
—Alguien que recuerda.
La anciana tomó una pequeña caja de madera que tenía junto a sus pies.
—Y tú necesitas recordar cosas que ni siquiera viviste.
Alonso observó la caja.
—¿Qué es eso?
—Las respuestas que buscas.
La mujer se la extendió.
El príncipe dudó antes de tomarla.
—¿Tiene que ver con Rosa?
—Tiene que ver con su madre.
Eso bastó.
Alonso abrió la caja.
Dentro había un pequeño diario cubierto de cuero oscuro.
En la portada aparecía un símbolo que ya había visto.
El mismo que estaba grabado en algunas paredes del castillo de Rosa.
—¿Dónde encontraste esto?
Cuando levantó la mirada, la anciana ya estaba caminando hacia el bosque.
—¡Espera!
Ella no respondió.
—¿Quién eres?
La mujer se detuvo apenas un segundo.
—Ten cuidado, príncipe.
Giró ligeramente el rostro.
—A veces conocer una historia a medias es más peligroso que no conocerla.
Después continuó caminando.
Alonso miró nuevamente el diario.
Debió haber escuchado aquella advertencia.
No lo hizo.
Horas después estaba sentado junto a la fuente del pueblo con el diario abierto entre las manos.
Había leído nombres.
Fechas.
Fragmentos de una historia que apenas comprendía.
Maldiciones.
La familia real.
El bosque.
Una mujer acusada de utilizar magia prohibida.
Y repetido una y otra vez entre aquellas páginas aparecía un nombre.
Rosa.
Alonso cerró el diario.
—¿Quién eres realmente? —murmuró.
—Eso mismo quisiera saber yo.
El príncipe levantó inmediatamente la cabeza.
Rosa estaba frente a él.
Pero tardó varios segundos en reconocerla.
No llevaba capa.
Su cabello estaba completamente descubierto y caía sobre su espalda. Su rostro ya no permanecía oculto bajo una sombra y, por primera vez, caminaba entre las personas con la barbilla levantada.
Alonso se puso de pie.
—Rosa…
Ella notó su expresión.
—¿Qué?
—No te reconocí.
Rosa levantó una ceja.
—Supongo que quitarme una capa cambia muchísimo mi rostro.
Alonso sonrió.
—Un poco.
—¿Qué haces con eso?
La sonrisa desapareció.
Rosa estaba mirando el diario.
Alonso bajó los ojos.
—Esto…
—Sí. Eso.
Ella caminó rápidamente hacia él.
—¿Dónde lo encontraste?
Alonso sostuvo la caja.
—Dentro de esta caja.
Rosa lo miró con expresión seca.
—Gracias, príncipe. Jamás habría imaginado que una libreta dentro de una caja salió de una caja.
Él soltó una pequeña risa.
—Una mujer me la dio.
—¿Qué mujer?
—Una anciana cerca del bosque.
La expresión de Rosa cambió.
—¿Cómo era?
—Cabello blanco. Ropa oscura. Bastante misteriosa. Ya sabes, exactamente el tipo de persona de quien uno debería aceptar objetos desconocidos.
—Alonso.
—Dijo que aquí encontraría respuestas.
Rosa extendió la mano.
—Dámelo.
—Rosa…
—Dámelo.
Algo en su voz hizo que Alonso obedeciera.
Ella tomó la caja y el diario.
Lo reconocía.
Demasiado bien.
Sus dedos temblaron apenas tocar la portada.
—Esto no debería estar fuera del castillo.
—Entonces sabes qué es.
—Sí.
—¿Era de tu madre?
Rosa cerró los ojos.
—Sí.
Alonso guardó silencio durante un momento.
—He leído algunas cosas.
Ella levantó la mirada.
—¿Cuánto?
—Lo suficiente para empezar a entender.
Rosa soltó una risa sin humor.
—No entiendes nada.
—Rosa, aquí habla de tu familia. De la magia. De una maldición. De cosas que ocurrieron entre tu madre y mi padre.
—Ese diario no va a responder tus preguntas.
—Ya respondió algunas.
—No.
Rosa apretó el libro contra su pecho.
—Te contó lo que mi madre quiso escribir.
Alonso frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
—Que una historia escrita por una sola persona sigue siendo solamente una versión de la historia.
Aquellas palabras lo hicieron callar.
—Si realmente quieres respuestas —continuó Rosa—, tendrás que aprender que algunas no están dentro de un libro.
—Entonces dámelas tú.
Ella negó lentamente.
—Todavía no.
—Siempre dices lo mismo.
—Porque siempre haces lo mismo.
—¿Qué cosa?
—Buscar detrás de mi espalda.
Alonso soltó una risa incrédula.
—¿Y qué esperabas que hiciera? No me dices nada.
—Porque no estoy obligada a hacerlo.
—Pero quieres que confíe en ti.
Rosa lo miró fijamente.
—Yo nunca te pedí que confiaras en mí.
Aquello dolió más de lo que Alonso esperaba.
—Entonces ¿qué quieres de mí?
Rosa guardó silencio.
La respuesta verdadera apareció inmediatamente dentro de ella.
Todo.
Quería que él regresara.
Que siguiera buscándola.
Que volviera a mirarla como lo había hecho en aquella torre.
Quería conocer la sensación de tomar su mano sin recordar todo lo que los separaba.
Pero no podía decirlo.
Alonso señaló el diario.
—Lo que está escrito ahí habla de ti.
—Habla de mi madre.
—También de ti.
—¡Yo no soy ella!
Varias personas alrededor de la fuente voltearon.
Rosa lo notó.
Durante toda su vida aquel habría sido el momento en que habría escondido el rostro.
Esta vez no lo hizo.
Mantuvo la cabeza en alto.
—Yo no soy lo que está escrito en ese diario —repitió más bajo.
Alonso la observó.
—¿Cómo puedo saberlo?
Rosa sintió que algo se quebraba dentro de ella.
—¿Qué?
—¿Cómo puedo saber qué es verdad?
—Porque me conoces.
—Precisamente eso intento hacer.
—No.
Rosa negó con la cabeza.
—Estás intentando descubrirme como si fuera uno de los misterios de tu reino.
—Eso no es justo.
—¿No?
—Encontré información sobre ti. Claro que iba a leerla.
—¿Y ahora dudas de mí?
Alonso permaneció en silencio.
Ese silencio fue suficiente.
Rosa tragó saliva.
—Mírame.
Él lo hizo.
—¿Qué ves?
Alonso frunció el ceño.
—A ti.
—No. ¿Qué ves ahora después de haber leído ese diario?
No contestó.
Rosa sonrió tristemente.
—Eso pensé.
—Rosa…
—No llevo capa.
Alonso miró su cabello descubierto.
—Lo sé.
—No llevo amuletos. No estoy escondiendo nada bajo mi ropa. No estoy utilizando magia para cambiar mi rostro.
—Nunca dije que—
—Soy yo.
Rosa abrió los brazos.
—Esto es lo que soy, Alonso. Esa muchacha que conociste en el camino. La que discutió contigo junto a la fuente. La que te amarró porque Espartano casi te rompe el cuello…
Alonso abrió la boca.
—Eso último sigue siendo bastante preocupante.
Por un instante Rosa estuvo a punto de sonreír.
Pero el dolor pudo más.
—Soy la misma mujer.
Bajó lentamente los brazos.
—Sin magia. Sin trucos. Sin un pasado escrito sobre mi cara.
Alonso la miró fijamente.
—Yo nunca pensé que fueras un truco.
—Acabas de preguntarme cómo puedes saber si lo que estás viendo es verdad.
Él se quedó sin palabras.
Rosa asintió lentamente.
—Exactamente.
Tomó la caja.
—Pensaste que buscando por otro lado ibas a conocerme mejor.
Lo miró una última vez.
—Y terminaste creyendo más en una libreta que en mí.
Rosa comenzó a alejarse.
—Espera.
Ella se detuvo.
Alonso quiso acercarse.
Quiso tomarla de la mano.
Quiso explicarle que no había querido decir aquello.
Pero no sabía cómo hacerlo sin mentir.
Porque sí tenía dudas.
Y Rosa lo sabía.
—No me sigas —murmuró ella.
Esta vez Alonso obedeció.
Rosa continuó caminando por el centro del pueblo.
Decenas de personas la observaban.
Los hombres que minutos antes le habían sonreído ahora cuchicheaban al verla con aquel diario entre las manos.
Las mujeres la reconocían.
Los ancianos susurraban su apellido.
Rosa escuchó cada palabra.
Bruja.
Es ella.
La hija.
Pero no bajó la mirada.
No volvió a esconderse.
Y quizá aquello fue lo único que Alonso comprendió realmente aquella tarde.
Rosa no tenía miedo de que él descubriera que poseía magia.
Tenía miedo de que, después de descubrirlo todo, él comenzara a verla exactamente como la veía el resto del mundo.
Como una historia que ya había sido escrita antes de que ella pudiera decidir quién quería ser.
Alonso la vio desaparecer entre las calles.
Por primera vez desde que la había conocido, no fue detrás de ella.
Y Rosa habría querido odiarlo por eso.
Pero mientras avanzaba con el diario de su madre apretado contra el pecho, descubrió algo todavía peor.
Le dolía que no lo hiciera.
