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Chapter 38 - Una nueva era, capitulo 2

El helicóptero los dejó a varios kilómetros de la capital, en una explanada donde el viento levantaba el polvo como si quisiera borrar sus huellas.

Jason no los acompañó. Solo dejó instrucciones breves:

—Actúen como civiles. Nadie debe sospechar.

Desde ahí, caminaron hasta una carretera solitaria donde un autobús hacía su última ruta del día.

Dentro, cada uno sostuvo su silencio a su manera.

Nadia miraba por la ventana. Su reflejo parpadeaba con las luces del atardecer, como si todavía no lograra coincidir con la persona que debía ser ahora.

Isaac fingía leer un periódico. Lo sostenía con calma, pero sus dedos no pasaban las páginas.

Sofía observaba los campos que se deslizaban detrás del cristal, como si buscara en ellos un pasado que ya no existía.

Ethan mantenía la mirada fija en la puerta delantera, contando el tiempo de cada parada.

Cuando cayó la noche, llegaron a Saint Morning.

La capital los recibió con un olor a lluvia vieja y metal oxidado. Los rascacielos se elevaban como sombras húmedas, cubiertos por una niebla espesa que filtraba la luz de los anuncios hasta convertirla en un espejismo que parecía temblar sobre sus cabezas.

En los días siguientes, se instalaron en un barrio de edificios antiguos, donde los cables colgaban como las raíces de un árbol.

Nadie hacía preguntas. Nadie miraba por encima del hombro. Era un lugar acostumbrado a guardar secretos.

La escuela donde asistirían era un lugar gris, demasiado grande para la poca vida que lo habitaba.

Las ventanas parecían ojos sin sueño, y los pasillos parecían un lugar olvidado en horario de estudio.

Ethan caminaba unos pasos adelante. Su cabello, largo como un otoño sin viento, estaba peinado hacia un costado para ocultar parte del rostro. La falda amplia y la blusa holgada borraban cualquier rastro masculino, pero su presencia seguía siendo imposible de ignorar.

No por fuerza.

Sino por una belleza que parecía fuera de lugar.

Los estudiantes murmuraron apenas lo vieron entrar, creyendo que era una alumna extranjera.

—Nombre —pidió la profesora de turno, sin levantar la vista del registro.

—Ethania —respondió él, con una voz suave que no necesitó fingir demasiado.

Detrás, Nadia se ajustaba la peluca negra.

Su reflejo en los vidrios parecía llegar un segundo tarde, como si la luz dudara antes de tocarla. Su rostro sereno y su postura tímida hacían que la gente la observara solo un instante antes de perder interés.

Sofía entró después, el cabello corto rozándole los hombros. No sonreía. No buscaba encajar. Su mirada dejaba claro que, si alguien intentaba acercarse, lo lamentaría.

Isaac fue el único que saludó con naturalidad, levantando la mano con una sonrisa limpia.

Cuando salimos de la escuela, la tarde ya estaba perdiendo su color, como si el día quisiera borrarse a sí mismo.

En el camino, nadie habló.

Isaac caminaba unos pasos más adelante, con esa calma que nunca sabía si era resignación o simplemente una forma diferente de aceptar nuestra condena.

Sofía, en cambio, tenía los ojos puestos en algún lugar que no pertenecía al camino. No buscaba escapar. Buscaba… algo más que no supe entender.

Ethan nos siguió a cierta distancia, lo justo para que el ruido del tráfico pudiera confundirse con sus pensamientos.

Si había dudas en su cabeza, él mismo las dejaba en silencio, como si dudar fuera un lujo que no podía permitirse.

Yo—Nadia—solo miraba nuestras sombras alargarse por la acera, pensando que tal vez ninguna pertenecía del todo a su dueño.

Para lograr algún avance en nuestra misión, necesitábamos actuar como si nada estuviera a punto de perder parte de nuestro ser en el camino.

Luego cada uno tomó un camino distinto, dejándose absorber por la multitud, por los autos, por el ruido.

***

Mis pensamientos flotan como burbujas que suben y explotan antes de tocar la superficie. Cada estallido me devuelve al presente… y al vértigo que insiste en no soltarme. Sigo respirando, pero a veces eso también parece un error.

Mis amigos me rodean. Puedo sentir su miedo, aunque nadie lo diga. Sus rostros son espejos rotos: reflejan lo que intento esconder. En estos momentos, mi nombre, mi pasado, mi "yo"… todo pesa menos que una moneda sin valor. Solo queda una pregunta: ¿seremos capaces de llegar al final de este viaje o desapareceremos en el intento?

Nos prometieron una nueva vida a cambio de la victoria.

Nuestros creadores son hombres brillantes, pero jamás nos dejarán libres.

A veces regreso mentalmente a aquella niña que fui, la que creía que el mundo era tan suave como el piso encerado donde practicaba ballet. Recuerdo la música, la respiración sincronizada, la inocencia que ya no existe. Aquella vida quedó tan atrás que incluso recordarla duele.

Nuestros sueños se rompieron como vidrio al ser capturados.

Vivíamos en un país llamado Saint Morning. Un lugar próspero, dicen, aunque ahora todo eso es irrelevante. Lo único que importa es lo que hicieron con nosotros. Durante el proceso para "mejorar" nuestros cuerpos, nos implantaron partes robóticas. El dolor de ser cortados mientras seguíamos conscientes dejó en mí un trauma que no se va. Todavía siento los huecos donde antes hubo carne.

Pero seguimos adelante.

Porque no hay otra opción.

Porque deseamos vivir, no por venganza, sino porque aún nos tenemos los unos a los otros.

Ahora estamos en un avión. Rumbo al reino de Roster.

La misión es sencilla cuando la dicen en voz alta; dentro de mi pecho, en cambio, palpita el miedo. No sabemos qué nos espera. No sé cuántos de los que viajan conmigo verán el próximo amanecer.

Yo… soñaba con ser bailarina.

Y es irónico: Roster es justo donde está el escenario que siempre quise pisar. Si pudiera bailar ahí, aunque fuese sin público, aunque solo fuera por unos segundos… creo que podría morir sin arrepentirme. Pero ese sueño ya no me pertenece. Se quedó con aquella niña que dejó de existir en una sala blanca con olor a metal caliente.

Falta una hora para llegar al punto de inserción. Eso dicen nuestros creadores.

Mi alias es la Tejedora de Plata. Un nombre impuesto para un cuerpo impuesto.

Mi verdadero yo duerme bajo todas estas cicatrices, como una melodía débil en mitad de la noche.

Pero a veces…

solo a veces…

creo escucharla volver.

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