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Chapter 39 - Capítulo I —La Tejedora de Plata

Al llegar a la capital de Roster como infiltrados, lo primero que me golpeó fue el clima.

Cálido.

Acogedor.

Casi era una burla para alguien nacido en Saint Morning, donde el frío te muerde antes de aprender a caminar.

Eran las 7:35 a.m. del año 1923 cuando nos instalamos en un recinto modesto que serviría como base de operaciones. Mientras desempacábamos, cruzamos miradas en silencio. Ese tipo de miradas que pesan, que respiran nuestro miedo, aunque nadie lo admita en voz alta.

Teníamos en cuenta que nuestro equipo de vigilancia podía ver todo lo que registraba mi ojo izquierdo. Por ese motivo nuestros movimientos estaban restringidos.

Sobre la mesa había mapas de Roster, desplegados como un rompecabezas que debíamos memorizar. Cada calle. Cada posible salida era, una posible ventaja… si es que las cosas salían mal.

La tecnología que reemplazó nuestra carne ayudaba, sí, pero los dolores de cabeza eran insoportables. Cada dato entraba como un golpe seco dentro del cráneo, y cuando la sobrecarga se acercaba, teníamos que dosificarlo. No por nosotros, sino por quienes compartían la información al otro lado del enlace.

Aun así… seguíamos siendo humanos.

Eso quería recordarme una y otra vez.

Por mucho metal que se convirtió en nuestra nueva carne y huesos, lo esencial seguía ahí: un cuerpo que dolía, un corazón que latía, y una mente que se agotaba como cualquier otra.

Caminar por Roster era irónico.

Cada rostro podía ser nuestro objetivo.

Al averiguar un poco más, descubrimos que el reino ardía en una guerra contra el norte. Un mal punto de partida… y aun así, el único posible. El trono estaba contaminado por dudas. Y la opinión era casi un rumor colectivo:

Liliana no era la reina legítima.

El nombre que todos susurraban era otro.

Ethan Winter.

El rey verdadero.

La primera vez que vi su retrato en un museo, sentí una punzada de confusión. No era el rey que imaginé. Era un joven hermoso, con una belleza etérea que me hacía dudar de su verdadero género.

El caballero ejecutor era otro misterio.

Un fantasma del norte.

En una pausa de investigación, nos refugiamos en una cafetería pequeña, cálida, demasiado normal para la tensión que colgaba de nuestras espaldas. Revisando los archivos públicos descubrí algo más: Ethan Winter. Ese nombre llevaba resonando en nuestras cabezas desde nuestra llegada. Verlo convertido en un en una estatua en su homenaje, era demasiado doloroso para las personas que aun creen en él.

Una semana después, los nobles y el pueblo anunciaron que Liliana daría una rueda de prensa. "Cese a la guerra", dijeron. Mientras nos preparábamos para asistir, una mezcla de tensión y determinación nos empujaba hacia adelante.

El carruaje apareció entre la multitud, tirado por caballos blancos que brillaban bajo el sol. La gente se apartó. La realeza avanzaba como siempre: distante e intocable.

En medio del bullicio, perdí de vista a mis tres compañeros, pero no me preocupé. Podíamos sentirnos unos a otros, a través de pulsos de ubicación que latían en la nuca como un segundo corazón.

Creí que me acostumbraría a eso.

Creí tantas cosas.

Pero atrapada entre la multitud, supe que esa ilusión se había roto.

Me abrí paso con mi habilidad: mis hilos de plata. Invisibles. Eran suficiente para empujar objetos… y personas. Moví la masa humana con sutileza: un tirón, un roce, un espacio justo para continuar. Este era mi secreto. El único que aún no podían controlar.

Al Cerrar los ojos, envié ondas de información que solo mi escuadrón podía recibir. Rubén y María respondieron de inmediato, como si estuvieran riéndose. Tobías también. Todos dentro del rango.

En las pantallas gigantes se proyectaba la transmisión. Yo no podía acercarme, así que activé mi ojo robótico, ajustando la visión para capturar cada detalle. La seguridad era abrumadora: mercenarios, caballeros reales disfrazados.

Guardé mis hilos y respiré despacio.

Y entonces lo vi.

Un encapuchado moviéndose entre la multitud.

Era una presencia que llamo mi atención.

Sus labios se movían bajo la tela, como si murmurara algo que solo él podía oír. Poco después, el viento levantó su capucha un instante. Pero fue lo suficiente.

El corazón me golpeó el pecho.

Un frío eléctrico subió por mi espalda.

Esos ojos…

Había algo siniestro ahí.

Una sed de sangre silenciosa.

Intenté seguirlo, pero mis piernas se detuvieron. Como si esa mirada hubiera atravesado la multitud solo para alcanzarme a mí.

¿Era él o ella?

¿El caballero ejecutor?

La respuesta estaba esperándome detrás de ese instante.

Pero no pude dar un paso más.

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