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Chapter 18 - La guerra se acerca

Reik se sentía furioso… pero debajo de esa ira ardía algo peor: culpa.

Había estado a punto de perder a su hermano por su propia negligencia.

Creyó que todo iría bien. Se confió. Pensó que el mundo de Kuroinu, más allá de su magia retorcida, no le traería verdaderos problemas. Ese error casi lo paga con lo único que no estaba dispuesto a perder.

Si algo le pasa… jamás me lo perdonaré.

La idea le atravesó el pecho como una hoja.

Después de todo, fue su decisión traerlo a este mundo. Nadie más cargaba con ese peso.

Mientras la mente de Reik hervía, Beasley ya había comprendido que la situación se había torcido sin remedio. No dijo una palabra; solo hizo una breve señal con la cabeza.

Los guardias lo entendieron al instante.

Sabían que serían carne de cañón.

Sabían que, frente a ese hombre enfurecido, sus posibilidades eran mínimas.

Aun así, apretaron los dientes… y cargaron.

Reik no mostró piedad.

Se movió como una tormenta contenida demasiado tiempo, golpeando con una urgencia brutal, buscando acabar rápido con cada obstáculo para ir tras Beasley. Cada segundo contaba. Cada respiro era un recordatorio de su error.

Pero fue suficiente.

Suficiente para que Beasley escapara.

Cuando Reik se dio cuenta, ya era tarde.

En el límite del bosque, allí donde los árboles parecían inclinarse para observar la ciudad, se encontraba el infame ejército de Vault

O, al menos, una parte de él.

Más de seiscientos integrantes.

Una masa heterogénea y grotesca.

Criaturas mágicas de todo tipo: hombres cubiertos de pelaje lupino, ogros gigantes empuñando mazos descomunales, incluso algunos goblins dispersos entre las filas. Demonios de piel negra, azul y roja se mezclaban con renegados que vestían armaduras viejas y oxidadas. Mercenarios de aspecto descuidado, sucios, con cicatrices que contaban historias sangrientas.

Entre ellos también había elfos oscuros.

Detrás de esa marea oscura estaba Vault, montado sobre un caballo negro como la noche. Una sonrisa sucia deformaba su rostro. A su lado permanecía su mano derecha, el mago Kin, silencioso y atento.

Vault aún hervía de rabia por haber perdido la oportunidad de poseer a la Reina de los Elfos Oscuros. La frustración le quemaba el estómago… pero había aceptado retirarse cuando Kin le advirtió del peligro.

Según el mago, Reik no poseía maná, pero su fuerza física era tiranía pura.

Una anomalía.

Por eso huyeron.

Aun así, Vault estaba convencido de que la próxima vez sería diferente. Esta vez ganaría. Contaba con criaturas cuya fuerza bruta rivalizaba con la del propio Reik: minotauros, cíclopes, monstruos nacidos para aplastar.

Además, Vault confiaba en sí mismo.

Demasiado.

Por eso desdeñaba a Kin y a los magos en general. Para él, los hechiceros carecían de verdadero poder ofensivo; sin preparación, eran frágiles, prescindibles.

Con una excepción.

La Reina de los Elfos Oscuros.

Y unas pocas anomalías más… seres cuya cantidad de maná rompía todas las reglas conocidas.

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