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Chapter 3 - Capítulo 3 - Memento vivere III. Preludio en tritono.

El día comenzaba a despedirse con una calma inquietante. El ocaso ya se derretía en el horizonte, dibujando líneas doradas sobre las olas. Las horas en la caleta habían quedado atrás, pero permanecían vivas, como una promesa inocente colgando del cuello de la jovencita que ahora dirigía el paso.

Las calles de Listuria conservaban su tranquilidad habitual. No pasaba mucho en aquel pueblo costero; de hecho, el matrimonio de Dallia —la mayor de Jarnad, el comerciante— era el tema del momento en boca de todos.

Se desviaron de la calle principal de adoquines para tomar el camino hacia el faro —o, como decían los lugareños, "la ruta de los cocos"—. Avanzaban envueltos en un silencio casual y apacible, acompañado por el canto alegre, aunque algo desentonado, de Gretta al frente. Al menos a Harold le resultaba agradable; Jared, en cambio, marchaba tan rígido como un soldado, y aquel silencio no ayudaba en absoluto. Al cabo de unos minutos, Harold decidió que ya era suficiente martirio.

—Así que al fin lograste darle el collar, ¿eh, Jari?

—¿Usted también va a llamarme así, señor Harold?

Harold se disponía a responder con un gesto burlón, pero una inoportuna tosesilla interrumpió su intención.

—¿Está enfermo, señor? —preguntó Jared. No es que le preocupara demasiado, aunque tampoco le resultaba indiferente; más bien buscaba desviar su tensión de alguna forma.

—No es nada, chico —respondió Harold, llevándose un pañuelo a la boca—. Solo es la brisa del atardecer; a veces me da tos.

Gretta se volvió por un instante, apenas lo suficiente para mirar a su padre con leve preocupación. No había estado prestando atención a la charla, pero aquella tos despertó algo en su instinto.

—Toses mucho por las tardes últimamente, papá —comentó con un tono que mezclaba juicio y la preocupación de una hija que empieza a volverse protectora.

Harold le sonrió para tranquilizarla, aunque la expresión se le quedó un poco más tiempo de lo habitual, como si aquel gesto doliera más de lo que quería admitir.

—No es nada de qué preocuparse, hija —reiteró Harold—. Cuando llegues a mi edad, lo entenderás.

Gretta no insistió, pero algo en su interior le dijo que no era solo la brisa.

Jared observó el intercambio en silencio. Recordaba haber escuchado a sus padres hablar alguna vez sobre aquella tos del señor Harold; no lo tenía del todo claro, pero la frase "me preocupa, pero ya sabes cómo es Harold, querida" resonó en su memoria.

Prefirió no decir nada —no fuera a ser que el señor Rizz le lanzara otra de esas miradas intimidantes.

Pronto estuvieron frente a la casa de la familia Vicker. El sol rozaba ya el horizonte, tiñendo el cielo, el mar y la calle pedregosa con un tono ámbar y melancólico. En el jardín, los sirvientes colocaban decoraciones y levantaban un poste en el centro del césped. En el corredor, un monje de túnica negra, con un medallón de luna menguante colgando del cuello, conversaba con la señora Eydis, acompañando sus palabras con amplios gestos de las manos.

—¡Hey, Harold! —la voz de Jarnad sobresalió entre el bullicio. El hombre, alto y de complexión robusta, avanzó con una sonrisa franca al reconocer a su viejo amigo.

Jarnad Vicker era un hombre hecho a pulso. Aunque de origen humilde, había prosperado gracias al comercio de maderas finas, obtenidas de los bosques del corazón de Varelia, el reino al que pertenecía el apacible pueblo costero de Listuria, hogar de los Rizz. Su carácter era tan sólido como la madera que comerciaba, y su risa, igual de contagiosa que en los días en que él y Harold soñaban con escapar de las estrictas normas de Lysvarelle.

Más allá de las costas de Listuria, cruzando el mar abierto, se extendía el continente de Thalangea, formado por innumerables islas. Entre ellas, Nairuba y Mairub, las dos mayores, daban forma al próspero Reino de Maliruve, tierra de navegantes y mercaderes, y lugar de origen del prometido de la hija mayor de los Vicker.

—Al fin bajas de esa colina, ¿eh, viejo Olmo? —dijo Jarnad con una carcajada—. Me tenías abandonado.

Harold sonrió con resignación. "Hermoso y fuerte como un olmo", así lo había llamado Loretta una vez, cuando apenas era el recién llegado a Listuria. Jarnad lo oyó, por supuesto, y desde entonces no había perdido oportunidad de recordárselo. En aquellos años le resultaba irritante, pero ahora, con los años encima, aquel apodo le traía un calor distinto, casi dulce.

—Centa está empollando —se excusó Harold, acompañando sus palabras con un apretón de antebrazos—, y las demás grullas podrían jugarle una mala pasada si me descuido. No quisiera llevarme una sorpresa desagradable... aunque podrías darte una vuelta por la colina, ¿o es que los preparativos te tienen encadenado?

Jarnad soltó una risotada, y al girarse notó el collar que Gretta llevaba puesto, mientras la muchacha se había distraído mirando una media luna que colgaba del portal.

—Ya alguien lo hizo por mí, ¿no es así, mi tigre Ze'hur? —bromeó, dándole un golpecito amistoso en el brazo a su hijo.

Harold fingió exasperación; ya conocía bien aquella broma añeja de Jarnad sobre terminar emparentados a través de sus hijos.

—No empieces, Jarnad. ¿Y cómo sabes que no se lo regaló otro chico del pueblo?

—Porque yo le ayudé a tejerlo, amigo mío —remató Jarnad, inflando el pecho con una sonrisa satisfecha.

Harold respiró hondo y negó con la cabeza. Otro duelo diplomático perdido contra Jarnad. Pero no podía molestarse: ¿quién mejor que él para llamarlo "viejo Olmo" y salir impune?

—¡Harold! Qué bella sorpresa. Me alegra verte —Eydis apareció desde el corredor, con la compostura de quien intenta mantener la calma en medio del caos. Era una mujer de porte elegante, algo voluptuosa, y de modales refinados, aunque su esposo solía poner a prueba su paciencia con sus comentarios imprudentes. Al final, siempre terminaba rindiéndose al ritmo de Jarnad.

—Mi más sincero pésame, Eydis —dijo Harold, con una leve inclinación—. Imagino que estás abrumada. No debe ser fácil organizar todo esto con Jarnad como aliado.

—Acepto tus condolencias —suspiró ella—. Y sí, es una locura. El monje insiste en mover el altar por la posición de la luna. ¡Como si las fases lunares fueran más importantes que mi lista de invitados!

—Estoy justo aquí, señora Vicker —replicó una voz grave y serena tras ella.

El monje se acercó con paso medido. Era un hombre regordete, aunque alto, casi tanto como Jarnad. Su túnica negra, adornada con bordes plateados y motivos de lunas, le daba un aire entre lo lúgubre y lo sofisticado. Su cabello, largo y bien cuidado, caía hasta los hombros. El medallón de una luna menguante descansaba sobre su pecho.

—Y recuerde —añadió con calma— que nuestras tradiciones son las que nos dan identidad.

Gretta, curiosa, se adelantó unos pasos, ignorando la mirada de advertencia de su padre.

—¿Es usted el monje que casará a Dallia? —preguntó con genuino interés.

Harold sintió cómo se tensaban sus hombros. Nada bueno salía nunca de esa voz curiosa.

—Así es, bella joven —respondió el monje, con una sonrisa amable—. Lindo collar, por cierto.

—¿Y por qué Dallia no puede casarse bajo la tradición del sol? —preguntó sin dudar, ignorando el cumplido.

Harold se llevó una mano al rostro. La belleza y los rizos no eran los únicos dones heredados de Loretta.

—Gretta, por favor —intervino—. Sé más prudente, y dirígete a él como maestro Velario.

—¿Velario? Qué nombre tan extraño, si soy honesta.

—¡Gretta! —Harold alzó el tono, ya al borde de la exasperación.

Jarnad, mientras tanto, se mordía los labios para no reír; disfrutaba cada segundo del intercambio. El monje también parecía divertirse.

—Demasiado honesta, sin duda —respondió el maestro Velario con un gesto conciliador hacia Harold—. No pasa nada, buen hombre. La curiosidad es algo bueno, hoy en día los jóvenes no dedican mucho interés en las enseñanzas.

Hizo una breve pausa y continuó con tono didáctico.

—No soy "el monje" sin más, pequeña, sino un Monge Velario, encargado de los asuntos rurales de la tradición lunar, como la ceremonia que esta familia celebrará pronto. La tradición del sol busca imponer su luz y desterrar la oscuridad, forzándola a...

Mientras aquel monje trataba, con buena voluntad pero vagas posibilidades, de educar a su hija en las tradiciones, Harold recordaba con un sentimiento —que no era para nada nostalgia— su juventud en Lysvarelle, allá en la casa principal Rizz. Ocasionalmente la familia recibía la visita de "monjes solares", con sus túnicas de color marrón casi dorado y sus medallones con el diseño de un sol radiante, siempre mostrados con altanería. En definitiva, mucho más arrogantes que este monje sonriente y bonachón. ¡Cierto!, su madre, Dianne Rizz, también lo corregía por dirigirse a ellos de forma tan mundana.

Dichas visitas se volvieron más frecuentes luego de la muerte por vejez de Hollen Rizz, quien fuese el jefe de familia en aquel entonces, cuando Harold tenía nueve años. El cargo fue tomado por su único hijo con vida, Rokko Rizz, quien aún ostentaba dicho título desde entonces.

—Nosotros, en cambio —continuaba el maestro Velario—, reconocemos que la oscuridad también forma parte de la vida. No intentamos eliminarla, solo ofrecerle un reflejo de luz para que no se pierda del todo.

Gretta lo escuchó con atención, pensativa, y tras un momento añadió:

—Creo entenderlo, señor monje… pero eso no responde mi pregunta.

Harold cerró los ojos. "Definitivamente, no está hecha para el tacto", pensó, conteniendo el impulso de suspirar.

El monje sonrió con genuina paciencia, como siguiendo el ritmo de la interacción.

—Verás, señorita —dijo con voz serena—, la tradición del sol reserva su bendición para los nacidos en Solangea.

—¡Ancianos petulantes! —refunfuñó Jarnad, callado de inmediato por Eydis con un pellizco bien colocado.

—Pero nosotros, los Velarios —continuó el líder religioso con un temple admirable—, creemos que toda alma tiene derecho a la luz, venga de donde venga. Al fin y al cabo, la luna no pregunta a quién ilumina.

La charla se vio interrumpida nuevamente, primero como un roce repentino.

Una tos leve empezó a brotar desde el pecho de Harold. Al principio solo se filtraba entre las risas y las voces; luego, empezó a aumentar su intensidad, hasta cambiar incluso el sabor del aire. La sonrisa de Jarnad, que había sido amplia y despreocupada hacía apenas segundos, se deshizo en un instante. Harold se dobló ligeramente del torso y el pan que llevaba bajo el brazo cayó al suelo con un golpe sordo. Eydis apretó una mano contra su pecho y llevó la otra a su boca.

La tos entonces se volvió brusca, seca y áspera; Harold se vio obligado a apoyar una mano sobre su propia rodilla para evitar caer. Por un momento, todo lo que se escuchaba alrededor era aquella tos cruel y, sin duda, dolorosa, llenando los vacíos. Solo fueron unos segundos, pero cada segundo taladraba con el peso de una sospecha sostenida desde hacía algún tiempo por los Vicker, y recién brotando en el corazón de Gretta.

Gretta sintió algo agrio subirle por el pecho. ¿Miedo? Sí, algo así se sentía… pero de otro color. No como cuando olvidaba una tarea, ni cuando mamá la reprendía por alguna travesura. Ni siquiera como aquella vez en que una grulla listural la siguió desde el establo hasta la puerta de la cocina.

Esto se sentía más… verdadero. Y era horrible.

—¿Papá…? —su voz se quebró apenas.

La mirada en los ojos de su hija le dolió más que cualquier síntoma. No sabría decir si menos que aquel abrazo de despedida a su madre, que llevaba casi cuarenta años detenido en el tiempo.

—¿Está usted bien? —preguntó el maestro Velario, dando un paso adelante. Su tono seguía siendo amable, pero podía ver en las reacciones del resto que había algo más allí, algo que no se decía pero se intuía.

Harold levantó la mano en un gesto de que ya había pasado, aunque le tomó un momento más enderezar la espalda.

—Estoy bien… estoy bien —dijo, obligando la voz a sostenerse—. No me miren así. Es solo la brisa de la tarde. ¿De verdad creen que una tos va a derribar al viejo olmo?

El intento de humor cayó pesado. Lo que dolía no era saber si el olmo resistía o no esa tos… dolía saber que todo árbol, un día, cede. Pero que nunca lo acepta.

—Harold… —murmuró Jarnad, en un tono que muy pocos le conocían.

—Lo sé, viejo amigo —respondió este rápidamente. Si aquel era o no el momento para escuchar a Jarnad, el que Gretta estuviera presente hacía toda la diferencia—. Y te lo agradezco. A todos… —sonrió abiertamente al sentir que recuperaba algo de control—. Pero no quiero que empiecen a tratarme como si fuera un anciano frágil. Esta espalda aún aguanta, y eso no cambiará fácilmente.

El silencio, aunque seguía espeso, comenzó a ceder. Como padres, Jarnad y Eydis entendían la intención de Harold de evitar que la angustia se instalara en su hija.

Jared, por su parte, aunque no tenía claro el panorama, extendió la mano hasta alcanzar la de Gretta. Esta vez su intención no era romántica. No sabía qué decir, ni si debía decir algo… Posiblemente era mejor no hacerlo. Pero sentía ese nudo incómodo que dejan los secretos de los adultos, como si callar fuera más saludable que preguntar. Le irritaba estar perdido… pero más le dolía ver a Gretta así.

Ella no apartó la mano.

Y Harold, al ver ese gesto, tuvo la sensación de que aquel muchachito que tomaba la mano de su pequeña entendía mejor lo esencial, eso que tantos adultos empeñados en hacer "lo correcto" suelen olvidar. Qué extraña es la miopía del deber.

—Bien, creo que es hora de irnos —acotó Harold, al notar que su pequeño público tardaba en recuperar el ritmo—. Aún tengo un pendiente en el faro antes de volver a casa —giró hacia su hija, todavía algo inquieta—. ¿Nos vamos?

—Cuida esa garganta, viejo olmo —añadió Jarnad, ya menos tenso—. Ponte una bufanda, o algo.

Harold asintió sin más y tomó la mano de Gretta, la que aún tenía libre. La otra se deslizó fuera de la de Jared con suavidad, como si ella nunca hubiera notado que él se la había tomado. Pero la calidez quedó en la mano del chico, como un pequeño regalo para esa noche.

...

Unos minutos más tarde, iluminados por la luna creciente, llegaron por fin al faro. Kyrel era una de apariencia mujer joven; a la vista, quizá, unos treinta años muy bien preservados. Vestía ropa cómoda, botas medianas de cuero, y una espada falcata reposaba en su cintura. Con ese conjunto y el cabello suelto parecía una pirata recién llegada a la costa.

—Qué tal, mosalbete. Veo que hoy traes a la soñadora —exclamó Kyrel mientras salía a recibirlos, envuelta en el estoicismo que siempre la acompañaba—. ¿Eso es para mí?

—La cuota a pagar por una audiencia con la inigualable Kyrel —respondió Harold, extendiéndole la cantimplora.

—¿Qué traes ahí, papá? —preguntó Gretta apenas notando el recipiente.

—Solo un poco de vino, Gretta. Esta mujer no me atiende si no le traigo bebida.

—Ah, ya veo… ¿Mosalbete? —replicó la chica, con un dejo de celos inesperadamente evidente y un gesto con sus sejas—. Pero si mi papá es mucho mayor que tú.

—Es un chiste que tengo con tu papá —contestó marcando esas dos palabras con una musicalidad burlona—. Ya te contaré en algún momento —dijo Kyrel, desviando la mirada hacia el cuello de la muchacha—. Oye… lindo collar.

El comentario terminó en un vistazo rápido hacia Harold, cargado de una curiosidad que no se tomó la molestia de disimular.

—Me lo regaló Jared —respondió Gretta, antes de fijarse en la espada—. Qué interesante forma tiene tu hoja.

Como invitada por las palabras de la joven, Kyrel extrajo su falcata con un movimiento limpio y a contraluz. Era evidente que no era solo un adorno: sabía usarla. La espada era antigua, pero estaba impecablemente cuidada; el filo bien atendido, el reflejo de la luna deslizándose por sus relieves como un brillo místico. La empuñadura tenía detalles dorados minimalistas y, en el pomo, un grabado circular con dos letras: N.V.R.

Gretta acercó la mano para tocarla, pero se detuvo un instante, buscando el permiso de Kyrel con la mirada.

—Adelante, ricillos —concedió la guardiana del faro.

Gretta la sujetó con precaución. Pesaba más de lo que aparentaba. Había algo en Kyrel—ese aire rebelde y libre que llevaba como una segunda piel—que la fascinaba. Incluso podría decirse que la admiraba. El estoicismo Le sentaba muy bien… aunque los modales que su padre insistía en inculcarle despertaban en ella un cierto recelo, más bien una inquietud. "Los modales hacen a la persona, no al revés" era una de las muletillas favoritas de Harold, y estaba claro que aquel estilo de vida bohemio no entraba en ninguno de sus "parámetros adecuados", o almenos en el perfil que deseaba para su futuro.

Pero qué difícil era mantener la compostura frente a alguien como Kyrel.

—¡Qué olor tan fuerte! ¿Qué es? —preguntó Gretta, arrugando un poco la nariz.

—Aceite de clavo —respondió Kyrel al recuperar la espada.

—Mamá tiene aceite de clavo y no huele así —comentó Gretta, más como un pensamiento suelto que como una corrección—. ¿Puedo explorar tu faro?

Cambió de tema con la agilidad que la caracterizaba. Kyrel le concedió el permiso con un leve movimiento de cabeza, sin perder aquel tono despreocupado. Ambos adultos la vieron desaparecer tras la puerta, y entonces regresó ese pinchazo de nostalgia que le oprimía el pecho a Harold. Lo cortó de inmediato una leve tos —esta vez sí logró contenerla—. Kyrel la notó de reojo, pero no comentó nada.

—Tú nunca cargas tu espada, Kyrel —rompió él al fin el silencio.

—Solo es por precaución.

—¿Precaución? Tal vez no soy tan viejo… pero tampoco tan ingenuo.

Kyrel giró apenas el rostro, calibrando cuánto debía decir.

—Encontré… algo —respondió al fin—. Pero no pude confirmar nada.

Esperó, dándole espacio a Harold para reaccionar. El viejo olmo guardó silencio.

—El tiempo se acerca —continuó—. Es posible que empiece a atraer visitas indeseables.

Harold no pudo evitar cerrar los ojos un instante. No por "las visitas": eso ya lo sabía. Era la otra verdad, la que se escurría entre sus dedos.

—En solo unos días será luna llena —añadió Kyrel, con un tono que contenía una advertencia.

—Hermes vendrá para el cumpleaños de Gretta. No será necesario que estés presente —dijo Harold con calma forzada.

—Tendré que insistir —replicó Kyrel, ahora con más peso en cada palabra.

—Pero debes vigilar —reafirmó él—. Nunca se sabe qué traerá la marea.

—Tengo mis prioridades —respondió ella, cortante—, y lo sabes.

Aquello zanjaba cualquier discusión. Harold pensó en replicar, pero sabía que sería inútil.

—Sabes que eres bienvenida en casa cuando quieras, Kyrel —dijo al fin, con un matiz de resignación—. Solo espero que entiendas mis intenciones.

—Las entiendo, Harold. Y estoy segura de que tú comprendes mis razones mejor que nadie.

Él asintió. Poco podía hacerse ya.

—Ánimo, mosalbete —dijo Kyrel, dándole un empujón amistoso, casi como si hablara con un chiquillo—. Solo es otra noche. Todo estará bien.

Harold le lanzó una mirada incrédula. Kyrel respondió con una sonrisa confiada y dio un par de pasos hacia el faro.

—Como te dije —concluyó—, solo es precaución.

Harold prefirió quedarse afuera a respirar aire fresco. Claro que la brisa del mar no le afectaba en absoluto, pero… ¿qué más podía decir? Ya era la excusa habitual para aquella tos cada vez más frecuente. Mejor aferrarse al papel antes que enfrentar la verdad.

Mientras tanto, Gretta, ya en lo más alto del faro, observaba el mar iluminado por la luna creciente, la serenidad qué transmitía era acogedora. Gretta hechó una ojeada alrededor, el lugar estaba sorprendentemente ordenado y limpio; para ser tan estoica, Kyrel era bastante aseada. Realmente no se lo esperaba. Su sorpresa fue mayor al descubrir una maceta con un pequeño rosal cuyas flores empezaban a teñirse de azul.

—Descubriste mi secreto, soñadora —dijo Kyrel mientras subía por las gradas de caracol—. Espero que no se lo digas a nadie.

—Quién lo diría… tienes un lado sensible —intentó mofarse Gretta, aunque el tono le salió más tierno que burlón.

—Aquí es muy solitario, y estas rosas son buena compañía —respondió Kyrel, rematando con un guiño.

Desde aquel punto tan alto, el mundo se desplegaba como un mapa nocturno. Tierra adentro podía verse su casa y los graneros; la débil luz encendida le recordó que su madre los esperaba con la cena. También podía distinguir el pueblo y la mayoría de sus calles. La casa de Jared se alzaba en un punto más elevado, y Gretta alcanzó a notar a algunos sirvientes aprovechando la luz de la luna para adelantar los preparativos. Incluso, al final del mercado, se adivinaba el camino que llevaba a la caleta de las Conchas.

Mucho más cerca del faro, un largo y amplio muelle se adentraba en el mar. Y allí, en el extremo, la figura de una anciana sentada en una silla llamó de inmediato la atención de Gretta.

—Es la anciana del muelle —dijo al reconocerla.

Kyrel se acercó a la ventana para ver mejor.

—Se sienta ahí casi todos los días por las tardes.

—¿Sabes desde hace cuánto? —preguntó Gretta, sintiendo un nudo de pena por aquella mujer.

—Muchos años ya —respondió Kyrel—. Desde mucho antes de que yo llegara al pueblo.

Por la forma en que lo dijo, era evidente que conocía bien la historia.

—La gente la llama "la loca del muelle" —susurró Gretta—. A mí no me gusta llamarla así.

—Hay muchas cosas en el pasado y en la mente de esa anciana, ricillos… cosas que pocos podrían comprender. Incluso podría llamarse locura, sí… pero no la clase de locura que la gente cree. Quizá sea, en realidad, la persona más lúcida de este pueblo.

Gretta guardó aquellas palabras en el corazón. Si venían de Kyrel, no podían ser vacías.

Al rodear el faro, Gretta alcanzó a ver a su padre esperándola afuera, con la vista clavada en el cielo. La figura de Harold, firme pese al cansancio, con la bolsa de pan colgando de la mano, le provocó un cálido sentimiento de tranquilidad. Había algo en él —esa resiliencia silenciosa, esa luz propia que seguía encendida aunque nadie la mirara— que siempre la hacía sentir a salvo.

—Gracias, Kyrel… —dijo con una sonrisa antes de despedirse.

Bajó las gradas sin prisa. Desde lo alto, la farera agitó la mano en un gesto despreocupado; Harold respondió con una serenidad que contrastaba con la inquietud reciente. Luego extendió la mano hacia su hija, un gesto sencillo, cotidiano… tan cotidiano que Gretta no pensó en su valor. Pero llegaría el día en que daría cualquier cosa por tenerlo al alcance una vez más.

Uno, dos, tres pasos…

Vámonos a casa.

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