LightReader

Chapter 20 - Capítulo 19

[Garren]

Las riendas de las bestias de carga crujían en mis manos mientras avanzábamos por el camino helado. El madero de la carreta vibraba con cada bache y mi espalda resentía el peso de todo lo que había acumulado en mis viajes. A veces pienso que llevo demasiado conmigo… cosas, recuerdos, deudas y promesas. Todo mezclado en este hogar rodante que nunca se detiene del todo.

Han pasado casi siete meses desde que el hijo adoptivo de Liana y Roderic despertó su magia. Lo he visto solo un par de veces en ese tiempo, y aunque fueron encuentros breves, no logro quitármelo de la cabeza.

La primera vez… fue desde la distancia. Apenas regresaba al pueblo, una parada rápida antes de salir otra vez, cuando Roderic me habló de un chico que habían encontrado en el río. Me lo describió con frialdad de soldado: flechas incrustadas en el cuerpo, quemaduras, heridas imposibles de sobrevivir para alguien común. Y, sin embargo, ahí estaba. Vivo.

Recuerdo que lo vi alzando tres costales como si fueran nada, cargándolos en la carreta. Tres, al mismo tiempo, con una facilidad que no correspondía al cuerpo de un muchacho de diecisiete años. Sus movimientos tenían algo… extraño, demasiado firme, demasiado medido. No era la fuerza en sí lo que me desconcertó, sino la naturalidad con que lo hacía, como si esa fuerza le perteneciera desde siempre.

Fue entonces que Liana me dijo que le habían dado el nombre de Eiren. Un nombre nuevo para un muchacho sin pasado. Yo asentí, pero por dentro… no dejaba de darle vueltas.

La segunda vez fue distinta. La tarde antes del ataque en el almacén. Lo vi de cerca esa vez. Y era otro chico. No tan oscuro como la primera impresión. Más bien… humano, vulnerable. Me acuerdo especialmente de cómo llamó a Liana "mamá". Con una naturalidad tan pura que me sorprendió. Y lo más curioso: no era solo él, era ella también. Liana lo miraba como si siempre hubiera sido suyo, con esa ternura que no admite duda.

Roderic, que no es hombre fácil de conmover, también lo trataba como hijo. Y Miriel, Alenya y Joren… los vi alrededor de él, riendo, discutiendo como hermanos de sangre. Había una unión real, no una impostura.

Yo los observaba y, aunque no dije nada, dentro de mí surgía una mezcla extraña. Fascinación y desconfianza al mismo tiempo. ¿De dónde había salido realmente ese muchacho? ¿Qué llevaba en su interior para haber sobrevivido a tanto? ¿Qué clase de fuego o hielo corría por sus venas para que la familia más noble que conozco lo acogiera sin titubeos, como si siempre hubiera pertenecido allí?

La carreta dio un salto cuando una rueda mordió una piedra y mis pensamientos se sacudieron. Apreté las sogas, respiré hondo y dejé que las bestias retomaran el paso. Pero el rostro del chico seguía ahí, detrás de mis ojos. Ese muchacho que ahora llamaban Eiren, y que yo… todavía no logro comprender.

El recuerdo de aquel día volvió como un golpe helado.

Yo mismo cargué a Joren casi inconsciente de regreso al pueblo, sudando y maldiciendo en silencio por no haber podido evitar que el chico terminara así. Lo dejé a salvo, y cuando regresó Roderic… la imagen que vi me dejó marcado.

Roderic traía a Eiren en brazos, y era un espectáculo que no voy a olvidar jamás: su hijo adoptivo estaba cubierto de hielo, como si la magia se le hubiera salido del cuerpo a borbotones, congelándolo incluso a él. Cuando por fin logramos estabilizarlo y volvimos al almacén, lo que vi fue… un desastre, sí, pero también algo que me heló la sangre de pura impresión.

Parte de la zona estaba congelada por completo. Uno de los muros exteriores tenía una gruesa capa de escarcha, como si hubiera pasado un invierno entero en un solo instante. Los árboles, el suelo, los arbustos… todo estaba atrapado bajo agujas y estacas de hielo. Y la bestia… aquella maldita bestia, estaba empalada y petrificada en una tumba de cristales helados.

No era un despertar común. Ni de lejos.

He visto algunos despertares de plebeyos. Cuando alguien recibe la llamada "bendición", ocurre de forma espontánea, y a veces caótica, pero nunca con un poder tan excesivo. Explotan, gritan, hacen algún destrozo, sí… pero lo de Eiren fue otra cosa. Fue demasiado. Caótico, desbordado, sí, pero también… hermoso. En su crudeza había una forma extraña de armonía, como si la magia misma estuviera gritando con vida.

Entre los nobles, claro, la cosa es distinta. Cuando despiertan, suele haber un espectáculo, pero controlado. Fogonazos de fuego, ráfagas de viento, chispas en el aire… un despliegue imponente pero con límites. Lo de Eiren no tuvo límites. Era exclusivo. Un fenómeno tan fuera de lo común que, sinceramente, hasta a mí me costaba ponerle palabras.

Y luego estaba lo que Keny había dicho aquella vez: que había sentido el maná de Eiren, incluso antes de todo eso. Su conclusión fue clara, y yo acabé por compartirla: ese muchacho ya tenía su magia despierta desde antes, aunque por la amnesia no lo supiera. Seguramente Liana y Roderic también llegaron a pensarlo en algún momento. Quizás incluso el propio Eiren lo sospechaba.

Lo que sí me sorprendió fue verlo a él mismo buscarme. Un chico que parecía llevar tanto peso sobre los hombros, viniendo a preguntarme si tenía algo que pudiera ayudarlo a controlar su magia. Lo hizo con una humildad que me desarmó. Yo, que no soy maestro ni erudito, me vi de pronto revisando mis cosas, pensando qué podía ofrecerle.

Y entonces recordé aquel libro. Lo encontré en un monasterio abandonado durante uno de mis viajes. Un tomo viejo, de tapas raídas, lleno de símbolos, acertijos y metáforas que yo nunca entendí. Ni siquiera pude sacarle una enseñanza útil. Era como leer poesía escrita por alguien que había enloquecido a medias. Aun así, se lo di. No tenía nada que perder y quizás… él vería lo que yo no podía.

Keny, por su parte, sin conocerlo ni la mitad que yo, también le entregó su propio diario. Sus notas personales sobre el uso de su magia de fuego, aunque Eiren usara hielo. Eso me hizo pensar. Si hasta un aventurero curtido como Keny veía en ese chico una chispa especial, ¿por qué yo no?

Ahora, con casi siete meses desde aquel despertar, no puedo dejar de preguntarme qué ha logrado con esos textos. ¿Habrá descifrado algo? ¿Habrá encontrado sentido donde yo no pude? Tengo expectativas, no lo niego. Muchas. Quizás demasiadas.

Lo curioso es que no sé nada. No tengo idea de qué ha pasado en el pueblo, de cómo ha crecido el muchacho, de qué tanto ha avanzado. Y sin embargo, mientras sujeto estas sogas y escucho el crujir de la carreta, no dejo de pensar que, de una forma u otra, ese chico va a dejar huella.

Una huella helada, sí, pero imborrable.

El crujido de las ruedas en la nieve y el resoplido de las bestias llenaban el silencio cuando escuché la voz de uno de esos aventureros que se habían enganchado conmigo en el camino.

—Oiga, maestro —me dijo, acomodándose la capa con una sonrisa nerviosa—, ¿cuánto falta para llegar al pueblo?

No aparté la vista del camino, seguí tirando de las sogas, dejando que el frío me mordiera los dedos antes de contestar.

—Un par de horas. Si el clima no empeora, antes del anochecer estarán viendo las primeras chimeneas.

El grupo murmuró con alivio, algunos acomodando sus mochilas y mantas. Yo aclaré la voz y añadí:

—Eso sí, se quedan siempre y cuando no hagan estupideces. La gente de ahí es tranquila. No quiero ni verlos causar problemas a otros, ¿entienden? Si esperan un sitio donde romper botellas, levantar bronca en la taberna o asustar a los críos, mejor sigan derecho.

La que parecía la líder del grupo, una mujer de cabello castaño recogido y mirada firme, me sostuvo la mirada unos segundos antes de asentir.

—Puede estar seguro de que no lo haremos. No somos de esos.

—Eso espero —respondí, ajustando las riendas con un tirón seco.

No pasó ni medio minuto antes de que el otro, el más hablador, el que ya llevaba media jornada intentando sacar conversación de cualquier piedra, soltara su entusiasmo.

—¡Ah, pero díganos, maestro! ¿Qué clase de pueblo es ese? ¿Grande? ¿Pequeño? ¿Hay buena taberna, buena cerveza? Porque si vamos a descansar, yo quiero hacerlo como se debe.

Rodé los ojos sin mirarlo. Ese tipo era como un grillo en verano: imposible de callar.

—Es un pueblo grande. Pacífico. —Guardé silencio un instante y luego añadí, sin darles más cuerda de la necesaria—. No es mi lugar de origen, pero tengo buenos amigos ahí. Siempre me reciben bien.

—¿Amigos, eh? —el hablador me dio un codazo como si fuéramos camaradas de toda la vida—. Eso explica por qué lo nombra con tanto cuidado. Ya me imagino, gente buena, de esas que se alegran de ver al viajero volver.

No pude evitar que se me escapara una media sonrisa cansada.

—Eso. La gente del pueblo me conoce, siempre les llevo algo de mis viajes. Sal, telas, herramientas, lo que pueda cargar en la carreta.

—¡Ah, un hombre de mundo! —rió el otro, palmoteando al aire—. ¡Con razón lo respetan!

El parlanchín no pudo contenerse mucho tiempo, y de nuevo soltó su pregunta con esa mezcla de curiosidad y nerviosismo que siempre parecía acompañarlo.

—Oiga, maestro —dijo mientras se recostaba contra la carreta, las botas hundiéndose un poco en la nieve—, ¿hay magos en ese pueblo? ¿O algún pueblerino que se haya animado a salir de ahí a… entrenar o algo así?

Lo miré un instante, ajustando la carga en las sogas, sin apurarme en contestar.

—No hay magos —dije firme, con la voz suficiente para que supiera que no iba a revelar más de lo necesario. Luego añadí, suavizando un poco—. Pero sí han habido jóvenes que lograron salir del pueblo y entrenar en academias o lugares de instrucción. Hace un año, por ejemplo, una joven logró ingresar a una academia para formarse como soldado.

El parlanchín frunció el ceño, claramente queriendo arrancar más información, y yo continué:

—Claro, hay posibilidades de que otros este año o después también lo intenten. Ya sabes cómo es… el destino es bastante aleatorio. Algunos lo intentan, otros no, y algunos simplemente… fracasan.

—¡Vamos, vamos! —el parlanchín no pudo evitarlo, su voz sonaba casi como un grito de entusiasmo—. ¿Y cómo entrenan? ¿Qué tipo de magia? ¿Combate cuerpo a cuerpo? ¡Dígame, maestro! ¡Quiero saberlo todo!

Antes de que pudiera soltar otra sarta de preguntas, la líder del grupo, con esa expresión firme que parecía atravesar el aire helado, le puso la mano en el hombro y lo interrumpió.

—Basta, Kyot. —su voz era suave pero autoritaria, y de inmediato hizo que el parlanchín bajara la mirada—. Siento tus preguntas de ese tipo, lo sé, pero no podemos detenernos en eso. Ya sabes cómo eres: adicto a las peleas contra magos.

—¡Pero…! —intentó protestar, pero ella lo miró directamente, y se detuvo—. Hemos tratado de quitarte esa maña más veces de las que puedo contar, y es casi imposible.

El silencio se hizo un momento mientras los demás aventureros intercambiaban miradas, y el parlanchín solo se encogió de hombros, murmurando:

—Siempre termino haciendo la misma pregunta… lo siento.

—No hay problema —respondí, mi voz más baja, cargada de una leve advertencia—. Solo recuerda que hay lugares donde tus ganas de pelear podrían meterte en problemas. No todos los que usan magia lo hacen por diversión.

El parlanchín asintió, un poco apenado, y la líder añadió con un toque de humor que logró relajar el ambiente:

—Además, si sigues así, terminaremos usándote a ti como primer obstáculo cuando entrenemos. Te aseguro que no te va a gustar.

—¡Hey! —protestó, medio riéndose mientras me lanzaba una mirada de "¡ya verás!"—. No me hagas eso.

Solté un suspiro mientras volvía a ajustar las sogas, y sentí cómo el sol empezaba a levantarse por el horizonte.

***

Después de varias horas de viaje, más rápido de lo que había calculado inicialmente, finalmente comenzamos a ver el pueblo en el horizonte. Las primeras chimeneas humeantes aparecieron entre los árboles, pequeñas columnas de humo que ascendían lentamente hacia el cielo grisáceo del invierno.

—Ahí estamos —dije, señalando el humo que se levantaba sobre los tejados—. Ese es el pueblo.

Los aventureros voltearon en dirección a mi dedo, algunos entre sorprendidos y otros emocionados por ver por fin la civilización después de tantos días de viaje.

El parlanchín no pudo contener un silbido.

—Vaya… —murmuró, con los ojos muy abiertos—. Es más grande de lo que imaginaba.

La carreta empezó a descender por la colina, y el sonido de las ruedas sobre las piedras de la calle marcaba cada crujido y golpe. Finalmente, las ruedas tocaron la calle principal del pueblo. La sensación de solidez bajo la carreta contrastaba con el movimiento inestable del camino de tierra que habíamos recorrido hasta ahora.

La gente del pueblo que caminaba por ahí nos vio y comenzó a saludarnos. Algunos niños se detuvieron para mirar la enorme carreta y las bestias de carga, mientras los adultos nos devolvían los saludos con una sonrisa o un gesto de cabeza. Yo respondí a cada uno, saludando de vuelta, manteniendo la calma pero atento a cualquier detalle extraño.

—Vamos a ir directamente a la posada del pueblo —les indiqué al grupo—. Ahí podrán descansar, comer algo caliente y dejar sus pertenencias.

La líder asintió, su expresión firme pero relajada por fin:

—Está bien, nos llevas allí. No nos detendremos más de lo necesario.

Los demás aventureros se acomodaron en la carreta y algunos comenzaron a mirar a su alrededor, curiosos con cada casa, cada puesto, cada chimenea humeante que veían pasar. Mientras avanzábamos por la calle, pude notar algunas miradas curiosas y otras de reconocimiento hacia mí, pero nada que sugiriera sorpresa o alarma. Todo estaba tranquilo… por ahora.

Nos detuvimos frente a la posada después de unos minutos recorriendo la calle principal del pueblo. El aire helado del invierno se colaba entre las capas de ropa del grupo, pero la chimenea de la posada ya soltaba un humo cálido y acogedor que hacía que todos se relajaran un poco.

—Aquí es —dije, bajando las riendas de las bestias de carga—. Descansen bien. Saldré en unos días, así que disfruten de su estancia mientras tanto.

La líder del grupo asintió, con una sonrisa ligera:

—Tenga por seguro que lo haremos. Y… espero volver a verlo, Garren. Quizá en otro viaje, o en alguna locura más.

El parlanchín no perdió tiempo en agregar:

—¡Sí! ¡Cuente con que volveremos para ver más de esas maravillas que siempre encuentra!

—Está bien —les respondí—. Me alegra escuchar eso. Disfruten, y cuídense.

Con un último gesto, ellos entraron en la posada, dejando la puerta abierta tras de sí. Escuché el crujir de las tablas bajo sus pies y los saludos al posadero mientras se acomodaban, y me aseguré de que todo estuviera en orden antes de retomar mi marcha.

Mi destino era el espacio que había comprado en el pueblo para estacionar mi casa rodante. No era mucho, pero era suficiente para mis bestias de carga y mis pertenencias. Con cuidado, guié la carreta hasta allí, deteniéndome en un terreno lo bastante amplio para maniobrar. Una vez allí, solté a las bestias y las conduje hasta unos corrales que había preparado: amplios, resistentes, seguros para ellas y para mi carga.

Con las bestias acomodadas, me estiré un momento, sintiendo cómo el cansancio del viaje se disolvía lentamente en mis músculos. Después, crucé la puerta de mi casa rodante. El aroma familiar de madera, cuero y pergaminos viejos me envolvió de inmediato.

Los tesoros que había recolectado en mis viajes, desde pequeños artefactos hasta libros antiguos, y piezas curiosas de lugares remotos, estaban allí, perfectamente organizados. Cada objeto tenía su historia, su valor, y cada uno me recordaba los caminos recorridos, los peligros sorteados y las maravillas que había visto.

Sostuve una botella de licor entre mis dedos, dándole vueltas lentamente mientras pensaba en colocarla de vuelta en la repisa. Di media vuelta hacia la puerta de mi casa rodante, pero antes de cerrarla, una voz masculina resonó desde afuera.

—¿Garren? —preguntó, cargada de sorpresa y algo de incredulidad.

Fruncí el ceño y miré hacia la voz. Lo que vi me dejó por un momento sin aliento. Allí estaba, más alto, más… brillante, por así decirlo. Su cabello negro destacaba con un mechón plateado que parecía haberse extendido un poco más desde la última vez que lo vi. No llevaba abrigo, solo un camisón de manga larga. No se veía azul ni temblaba de frío, y de alguna manera, parecía completamente natural para él.

—Eiren… —dije finalmente, mi voz más baja de lo que esperaba.

—Sí —respondió él, con una sonrisa ligera y un tono que dejaba entrever que estaba tan sorprendido como yo.

Me acerque, y cuando tome sus brazos con firmeza, aún sosteniendo la botella, sentí un calor que no esperaba. Su cuerpo irradiaba una temperatura extraña, cálida como un día de verano normal, a pesar de que afuera hacía frío.

—Por los dioses… —dije, aún asimilando su presencia—. Te has hecho más alto en estos siete meses… y… ¿por qué diablos no estás abrigado?

—No lo sé —respondió con naturalidad, encogiéndose de hombros—. Parece que mi magia de hielo me da cierta tolerancia al frío. Realmente no lo siento.

—Es desconcertante —comenté, dejando escapar un suspiro—. Nunca había visto a alguien soportar el frío de este modo.

—Ya me he acostumbrado —dijo él, con una expresión que mezclaba molestia, frustración y diversión—. Pero… tengo que decirlo: el libro que me diste fue una maldita basura. Al principio no entendí nada. Todos esos apuntes, nodos… ¿¡qué diablos son los nodos!?

Me reí un poco, pero admití con sinceridad:

—Yo tampoco lo sé. Nunca he visto nodos en ningún mago.

—Pues me tomó meses entenderlo —continuó, con un dejo de orgullo y enfado a la vez—. Y finalmente lo hice. Entendí cada maldita instrucción. Esos nodos… ¡los tuve que crear yo! Desde cero, porque no había ninguno en mi cuerpo. No existían. No había nada de esto antes. Y… maldita sea, ¿sabes cuántas veces terminé congelando la habitación, medio muerto con fiebre helada? Mis padres y mis hermanos se asustaban cada vez que acababa enfermo después de cada entrenamiento.

Lo miré con curiosidad, dejando que sus palabras calaran. Finalmente pregunté:

—¿Cómo que los creaste?

—Sí —respondió con firmeza—. Los creé yo.

—Entonces… ¿entendiste todo el libro? —insistí, queriendo confirmar algo que empezaba a parecer imposible.

—Todo —afirmó, con un brillo en los ojos—. Incluyendo muchas modificaciones que tuve que hacer. Al volver a leerlo, finalmente supe a qué se referían esas notas sin significado. Era como un idioma extraño, pero lo entendí, y lo adapté a mi manera.

Me quedé en silencio por un momento, dejando que el peso de sus palabras se asentara.

—Eiren… —dije finalmente, con la voz grave—. Esto… es más allá de todo lo que esperaba. No tenía idea de que pudieras hacer algo así.

Él solo sonrió, con ese toque de orgullo mezclado con la naturalidad de quien sabe que hizo algo extraordinario, aunque todavía no comprendiera del todo las consecuencias o la magnitud de lo que había logrado.

—No lo sé, Garren —dijo suavemente—. No sé si esto es normal o si alguien más lo puede hacer. Solo sé que funcionó. Y yo… lo entendí.

Observé cómo sus ojos brillaban con determinación, el mechón plateado moviéndose suavemente con el viento.

—Basta de mí por ahora —dijo Eiren, relajando un poco los hombros—. Pero… ¿qué haces aquí?

—Hice un viaje corto esta vez —respondí, apoyándome en el marco de la puerta—. Me encontré con un grupo de aventureros que iban más al Oeste, y bueno… el pueblo quedaba justo en el camino. Ahora mismo iba a visitar a tus padres.

Eiren arqueó una ceja y sonrió levemente, todavía un poco cansado pero con cierta determinación.

—Acabo de terminar mi entrenamiento —dijo—. También voy para mi casa.

—Entonces vamos juntos —propuse inmediatamente—. Así me cuentas todo lo que has hecho en estos meses.

Eiren dudó un instante, mirándome como evaluando si confiar o no, pero finalmente asintió con la cabeza:

—Está bien. Te contaré… —dijo, con esa mezcla de seriedad y curiosidad que siempre lo caracterizó.

Sonreí por dentro. Finalmente podría escuchar, de primera mano, lo que había logrado. Después de todo, esos meses eran un misterio incluso para mí, y ahora tendría la oportunidad de comprender un poco más a Eiren y, quizás, entender el verdadero alcance de lo que había creado con su magia.

—Perfecto —dije, dando media vuelta hacia la calle—. Entonces vayamos, y que comience la historia de estos meses.

Eiren tomó aire, ajustando su suéter ligero mientras lo miraba con cierto desdén juguetón:

—No esperes que sea una historia corta —advirtió—. Vas a necesitar tiempo.

—Tiempo tengo —respondí con una sonrisa—. Y créeme, después de lo que me vas a contar, seguro valdrá la pena.

Ambos salimos de la casa rodante, y mientras caminábamos hacia el pueblo, podía sentir que lo que Eiren estaba a punto de contarme no sería simplemente sobre magia o entrenamiento… sino sobre cómo se había convertido en algo que nadie más podría comprender completamente.

More Chapters