[Eiren]
El aire del bosque estaba en calma, pero todo a su alrededor parecía recién despertado de una tormenta. Los árboles frente a mí —seis, tal vez siete— estaban completamente cubiertos por una gruesa capa de hielo azul cristalino. Cada rama, cada hoja, cada grieta en la corteza brillaba con una luz tenue, reflejando el sol que apenas se filtraba entre las nubes.
Solté el aire despacio, dejando escapar un suspiro que se transformó en una pequeña nube de vapor. Bajé la mano, y con ella, la presión del mana que me rodeaba se disipó poco a poco. Sentí cómo el ambiente, antes gélido y cortante, comenzaba a recuperar su temperatura habitual… cálido para mí, pero lo suficientemente frío para que los demás temblaran.
El suelo bajo mis pies, que antes era tierra cubierta de nieve, ahora era una plancha de hielo tan pulida que se reflejaban los árboles congelados sobre su superficie.
—Por los dioses… —escuché la voz emocionada de Garren detrás de mí—. ¡Eiren, esto es una locura!
Me giré un poco, viendo cómo él caminaba con torpeza sobre el hielo, tambaleándose pero sin perder la sonrisa. Sus ojos brillaban como los de un niño viendo magia por primera vez.
—No puedo creerlo —dijo, agachándose frente a uno de los troncos congelados—. ¡Mira esto! La textura, la densidad del hielo… parece tallado por un escultor.
Mientras tanto, a unos metros, mi padre se sostenía del brazo de mi madre, intentando no resbalar.
—¡Por favor, dime que esto no va a romperse bajo nuestros pies! —gruñó Roderic con voz tensa.
Liana, conteniendo una risa, lo ayudaba a mantenerse firme.
—Solo no te muevas tanto —le respondió, aunque ella también se aferraba a él con fuerza.
Más atrás, Alenya y Miriel hacían lo posible por no caer. Miriel patinó unos centímetros y soltó un gritito, aferrándose al brazo de su hermana.
—¡Eiren, esto no es justo! ¡Nos vamos a romper la cabeza! —protestó, mientras Alenya reía sin poder evitarlo.
Joren, por su parte, estaba apoyado en un árbol aún sin congelar, observando todo con una mezcla de asombro y resignación.
—Hermano, si un día decides abrir una pista de patinaje, ya tienes la mitad del trabajo hecho —dijo con tono burlón.
Yo me quedé un momento mirando mis manos, sintiendo el ligero ardor que dejaba el mana tras dispersarse. No dolía. No me quemaba por dentro como antes. Era cansancio, sí, pero nada más.
Después de siete meses de entrenamiento, y dos desde que logré estabilizar la tercera variable, ya no terminaba con fiebre ni con escalofríos. Solo agotado, como después de una larga carrera.
Me arrodillé sobre el hielo, dejando que mis dedos tocaran la superficie lisa. Aún vibraba con energía mágica residual; sentía cómo los nodos bajo mi piel se acomodaban, cerrando el flujo poco a poco, equilibrándose por sí solos. Esa parte seguía fascinándome: antes tenía que forzarlos a detenerse, ahora lo hacían de manera natural, como si mi cuerpo ya supiera qué hacer.
Garren se acercó hasta quedar a mi lado, aún con una sonrisa amplia.
—¿Sabes, Eiren? —dijo mientras observaba los árboles congelados—. He visto magos del hielo en el norte. Gente que entrena toda su vida con maná helado. Pero ninguno... ninguno ha logrado congelar el entorno de este modo sin usar un círculo o una runa. Esto… —sacudió la cabeza— es como ver a la naturaleza misma obedecer una orden.
—No exageres tanto —respondí con una sonrisa cansada—. Apenas puedo mantenerlo unos minutos antes de que se disipe.
—Eso es lo más aterrador de todo —replicó él riendo—. "Apenas unos minutos" y dejaste el bosque convertido en una escultura.
Miriel, que aún se sostenía de Alenya, gritó desde donde estaban:
—¡Mamá, mira! ¡Puedo ver mi reflejo en el suelo!
—¡Y tu caída también, si no te quedas quieta! —le respondió mi madre, aunque no pudo evitar reír.
La risa de todos se mezcló con el crujido del hielo. Yo me incorporé lentamente, girando la muñeca para liberar un poco la tensión acumulada.
El bosque parecía detenido en el tiempo, silencioso, como si todo respirara con calma después del despliegue.
Garren me dio una palmada en el hombro.
—Parece que lo tienes más que dominado.
—No del todo —dije, mirando los árboles—. Pero… por primera vez, no siento que la magia esté peleando conmigo.
—Eso significa que estás en el punto en que deja de ser un enemigo y empieza a ser una extensión de ti —comentó mi padre, orgulloso.
Asentí.
—Supongo que sí.
Joren me observaba desde su sitio, cruzado de brazos. El vapor que escapaba de su boca se confundía con la neblina que el frío había dejado suspendida entre los árboles.
—Deberías ponerle nombre a eso —dijo al fin, señalando con la barbilla hacia los árboles congelados—. Si vas a seguir destruyendo parte del bosque cada mañana, al menos dale un título.
—¿Un título? —pregunté, arqueando una ceja.
—Sí —respondió con media sonrisa—, algo como "El Despertar del Invierno" o "La Maldición de la Escarcha".
Garren soltó una carcajada, aún con los guantes cubiertos de escarcha.
—"La Maldición de la Escarcha" suena demasiado trágico, pero "Despertar del Invierno"... eso suena bien. Tiene fuerza, ¿no crees?
Rodé los ojos.
—No estoy poniendo nombres a lo que hago.
—Como quieras, Neyreth de la Escarcha Eterna —dijo Garren, medio en broma, mientras agitaba una mano hacia el bosque helado.
El sonido de ese nombre en su voz me cortó el aliento.
Mis músculos se tensaron antes de que pudiera evitarlo. Por un segundo, todo el ruido —el viento, el crujir del hielo, las risas— desapareció.
Mi madre levantó la cabeza de inmediato, su mirada pasó de mí a Garren en un instante.
—Garren… —dijo con voz suave, pero con un tono de advertencia.
Él parpadeó, confuso al principio, hasta que recordó lo que había dicho la noche anterior.
—Ah… lo siento, Eiren. Fue solo una broma. No pensé…
Negué con la cabeza despacio, intentando suavizar la tensión.
—Está bien… —murmuré, aunque el pecho me dolía de una forma difícil de describir.
El viento sopló entre los árboles congelados, haciendo que las ramas emitieran un sonido como de cristales que se rozan entre sí. Por un momento, todo se sintió distante. Ajeno.
Ese nombre… Neyreth.
Desde que lo recordé, había algo en él que me inquietaba. No sabía si era mío o de alguien más, pero cada vez que lo escuchaba, sentía una punzada en lo más profundo, como si algo dentro de mí respondiera a medias, recordando un eco sin dueño.
Garren se acercó unos pasos, todavía incómodo.
—No era mi intención. Es solo que… ese nombre suena tan distinto, tan… no sé, como si te quedara.
Asentí apenas.
—Tal vez lo hacía —dije con una sonrisa débil—. Pero no ahora.
Se hizo un silencio breve, roto solo por el sonido de las botas de Joren sobre el hielo.
—Bueno —intervino él, buscando cambiar el tema—, como sea que lo llames, esto está mejorando. Aunque el bosque empiece a odiarte por congelarlo cada mañana.
Eso arrancó una risa leve del grupo, disipando la tensión poco a poco.
El aire volvió a sentirse más cálido, o quizá era solo mi respiración volviendo a su ritmo normal.
Garren se quedó a mi lado, observando los árboles cubiertos de hielo, los reflejos danzando sobre el suelo congelado.
—Sabes —dijo en voz baja—, cada vez que veo esto, me pregunto hasta dónde podrías llegar si sigues dominándolo.
—Hasta donde el hielo me deje —respondí, sin apartar la vista del paisaje.
Él rió, una risa suave, pensativa.
—Sí… o hasta donde el mundo te obligue a hacerlo.
Sus palabras quedaron flotando en el aire, más frías que el viento.
Miré mis manos, aún temblorosas por el flujo residual del maná. No era debilidad. Era el eco de algo vivo. Algo que por fin empezaba a moverse al mismo ritmo que yo.
Por primera vez en mucho tiempo, no sentí que el hielo me devorara.
Alcé la mano despacio, dejando que el maná fluyera como un suspiro que se disolvía entre mis dedos.
El aire se volvió cálido al instante.
El hielo del suelo comenzó a derretirse con un sonido leve, casi como si respirara. Pequeños riachuelos se formaron entre las raíces congeladas y la nieve recuperó su tono natural, un blanco mate que brillaba bajo la luz del sol.
Los árboles, sin embargo, no todos volvieron a la normalidad. Algunos seguían cubiertos de escarcha, otros aún relucían con una capa de cristal azulada que tardaría días en desaparecer.
—Eso debería bastar —murmuré, bajando la mano. El vapor salía de mi boca con cada respiración, y el cansancio se hizo notar en mis brazos.
Mi madre se adelantó un poco, con esa sonrisa serena que siempre usaba cuando quería disimular preocupación.
—Entonces, ¿la demostración ya acabó? —dijo, cruzándose de brazos—. Porque si es así, es hora de regresar a casa.
Su tono tenía esa mezcla entre cariño y autoridad que ni la magia podía desafiar.
Solté un suspiro y asentí, limpiándome el sudor de la frente.
—Sí, mamá. Ya terminé.
Garren se estiró con un gruñido, frotándose las manos mientras se acercaba.
—Bueno, eso fue algo digno de ver antes del desayuno. —Sonrió—. No todos los días uno presencia cómo un chico congela medio bosque antes del mediodía.
Papá, que seguía observando los árboles con cierta admiración, se giró hacia él.
—Y bien, Garren… ¿cuánto tiempo piensas quedarte esta vez?
El mercenario se llevó una mano al mentón, pensativo.
—Quizá una o dos semanas —respondió—. Quiero descansar un poco, dejar que mis bestias de carga recuperen energía. Caminamos mucho estos meses, y aunque son resistentes, no quiero matarlas del cansancio.
Joren soltó una carcajada.
—Con la casa rodante que traes y todos tus tiliches ahí adentro, debieron cansarse desde la primera vez que jalaron esa cosa.
Garren lo miró fingiendo ofensa, pero terminó riendo.
—¡Oye! Mis bestias son fuertes y están bien alimentadas. No todos podemos viajar con lo que llevamos puesto, ¿sabes?
Papá rió también, mientras mamá negaba con la cabeza, sonriendo de medio lado.
—Eso lo dices hasta que venga otro invierno como este —agregó Joren, metiéndose las manos en los bolsillos—. Quiero ver qué tan fuertes son cuando el frío les congele hasta el hocico.
—Créeme, chico —replicó Garren con una sonrisa confiada—, he pasado por inviernos peores. Aunque sí… —miró alrededor, viendo aún el vapor que se elevaba de la nieve derretida—, admito que este lugar tiene un aire distinto.
El silencio volvió un momento mientras el viento soplaba, arrastrando un leve aroma a pino.
El hielo crujía a lo lejos.
Y por un instante, todo se sintió tranquilo.
Miriel y Alenya aún no habían salido, pero seguramente ya estarían despiertas.
Quizá nos mirarían desde la ventana, riendo de vernos empapados de vapor y escarcha.
—Bueno —dijo mamá finalmente, dándole una palmada a papá en el brazo—, si todos ya se desahogaron de admirar el desastre, vamos a casa. El desayuno no se servirá solo.
Garren soltó una última risa y se encogió de hombros.
—Vamos entonces, antes de que el "Despertar del Invierno" vuelva a decidir que quiere practicar otro hechizo.
Rodé los ojos, aunque no pude evitar sonreír.
El nombre seguía rondando en mi cabeza.
Despertar del Invierno… Neyreth de la Escarcha Eterna.
Ambos sonaban como ecos de un pasado que apenas comenzaba a recordar.
***
El sonido del viento quedó atrás cuando entramos en la casa.
El cambio de temperatura se sintió como un abrazo tibio: el olor a madera, a pan recién horneado y a resina de las velas impregnaba el aire.
—Voy a preparar el desayuno —anunció mamá, dejando su abrigo sobre una silla—, pero voy a necesitar un par de manos.
Alenya y Miriel, que acababan de cerrar la puerta, se miraron entre ellas y hablaron al mismo tiempo:
—¡Nosotras ayudamos!
Mamá sonrió, encantada.
—Perfecto. Entonces ustedes pelan las papas y me alcanzan la harina. Nada de probar el pan antes de que esté, ¿entendido?
—Sí, mamá —respondieron las dos en coro, corriendo hacia la cocina.
Mientras tanto, papá, Joren, Garren y yo nos acomodamos en la sala. El fuego de la chimenea crepitaba suavemente, y un par de tazas aún humeantes descansaban sobre la mesa.
Garren se dejó caer en el sillón, estirando las piernas con un suspiro de satisfacción. Su capa todavía tenía rastros de escarcha.
—Por fin un techo que no se mueve —dijo entre risas.
Papá le pasó una manta vieja.
—Te servirá más que esa capa empapada.
Garren la aceptó, agradecido, y en cuanto posó la vista sobre la mesa, notó el libro que descansaba en el centro: el mismo tomo oscuro, de tapas gastadas y letras doradas medio borradas.
—Ah, el dichoso libro —dijo, tomándolo con cuidado, como si pesara más de lo que aparentaba. Lo sostuvo un momento, observando las páginas—. Siete meses y todavía sigo sin entender ni la mitad de lo que dice.
Le dio un par de golpecitos al lomo con el dedo.
—Mira esto: "El agua que fluye como el viento, pero que no debe fluir como el agua." —Bufó—. ¿Qué diablos se supone que significa eso? Ni los monjes que escribían borrachos en las tabernas soltaban semejantes acertijos.
Joren se rio desde el sillón.
—Suena más a poema que a hechizo.
Garren asintió, riendo también.
—Exacto. Luego está esa parte que habla del "nodo que no existe, pero que crea el flujo del que depende todo lo existente". —Sacudió la cabeza—. Te juro que me pasé una semana entera leyendo esto cuando lo encontré en el monasterio, y al final me rendí. No entendí nada entonces, y ahora, sabiendo lo que hiciste con él… lo entiendo aún menos.
Yo sonreí apenas.
—Bueno… yo sí le entendí, al final. Me tomó meses, y varios sustos, pero lo hice.
Papá soltó una risita breve, mirando a Garren.
—Diría que eso es ganancia.
—Ganancia y milagro —replicó Garren—. Porque si ese libro le sirvió a alguien, es porque nació para romperse la cabeza con esos garabatos.
—Había pensado en hacer una transcripción —dije entonces, mirando las páginas abiertas—. Algo más… legible, con notas claras y sin esos acertijos. Quizá así otros podrían entender el método.
Papá, que había estado observando el fuego, levantó la mirada hacia mí con gesto serio.
—Recuerda lo que te dijo Garren ayer, hijo.
Me quedé en silencio unos segundos.
—Lo sé, pero…
—No es solo precaución —intervino Garren, apoyando el libro en sus rodillas—. Es sentido común. Mira, ese texto lo encontré en un monasterio medio destruido, en ruinas. No tenía registros, ni sellos reales, ni signos de escuela mágica alguna. Nadie sabía que existía, y créeme, si lo abandonaron, debió ser por una razón.
—¿Crees que es peligroso? —preguntó Joren, inclinándose un poco hacia adelante.
Garren soltó un gruñido bajo, pensativo.
—No sé si peligroso, pero… tiene algo raro. Hay conocimiento antiguo que se esconde por una causa. Y hay magia que se entierra porque nadie debería volver a tocarla. —Me miró—. No digo que sea tu caso, pero si realmente lograste entenderlo y hacerlo funcionar, guarda eso para ti. No lo copies, no lo compartas. No sabes quién podría intentar usarlo… ni con qué intención.
El fuego de la chimenea reflejaba luces anaranjadas en las tapas del libro, haciéndolo parecer casi vivo.
Mi padre asintió lentamente.
—Tiene razón. Podría servirte en el futuro, o podría traer problemas. A veces, lo desconocido es mejor dejarlo como está.
Suspiré, bajando la mirada hacia las páginas.
—Lo entiendo…
—Bien —dijo Garren, aliviado—. Mira, puede que ese monasterio solo haya sido víctima del tiempo, o puede que alguien se haya asegurado de borrar su existencia. No podemos saberlo, y precisamente por eso no vale la pena tentar al destino.
Papá rio con suavidad.
—Hablas como un sabio, Garren.
—No, hablo como alguien que casi muere una vez por abrir un cofre sin runas —respondió con una carcajada—. No todo lo viejo es un tesoro, Roderic. A veces son trampas con paciencia.
Todos reímos un poco, y por primera vez en mucho tiempo, la casa se sintió cálida no solo por el fuego, sino por la compañía.
Desde la cocina, el sonido del cuchillo cortando pan y las risas de Alenya y Miriel llenaban el aire.
El aroma a pan recién tostado empezó a llegar, y el libro volvió a quedar sobre la mesa.
Cerrado, pero no olvidado.
Garren lo miró una última vez antes de recostarse en el sillón.
—Sea lo que sea, ese libro te eligió, chico. O tal vez tú lo elegiste a él. Pero no dejes que nadie más meta las manos en eso, ¿entendido?
—Entendido —respondí, con una pequeña sonrisa.
**
El olor del pan recién horneado y del té hirviendo llenaba la casa mientras nos sentábamos alrededor de la mesa de la cocina. El sol entraba por las ventanas, derritiendo los últimos restos de escarcha en los bordes y creando un ambiente cálido, familiar. Miriel y Alenya se movían con rapidez, sirviendo los platos y ayudando a mamá mientras yo permanecía sentado, todavía con la sensación de que el hielo del bosque parecía recorrer mis venas, aunque suavemente.
Garren estaba recargado en el respaldo de una silla, con las manos cruzadas sobre el pecho, observándonos mientras masticaba un trozo de pan. Joren se servía té, mientras papá y mamá comenzaban a repartir el desayuno.
—Bien —dijo Garren, alzando una ceja mientras tomaba un sorbo de su bebida—. Antes de que se nos enfríe todo esto, tengo algo que proponerles.
Todos lo miramos, expectantes.
—Este mes estaré haciendo un par de viajes cortos —continuó—. Primero hacia el sur, para revisar algunos caminos, y luego al este. Y Eiren… —volteó hacia mí, con esa mirada que mezcla curiosidad y evaluación—, quiero que vengas conmigo esta vez.
Mi cuerpo se tensó apenas un segundo. Miré hacia mamá y papá, buscando una señal de apoyo o de advertencia, y encontré a papá frunciendo el ceño, pensativo.
—¿Yo? —dije finalmente, dejando escapar un suspiro—. No sé si… no quiero dejar el pueblo ahora. Hay cosas que todavía… tengo que manejar aquí.
Garren se inclinó un poco hacia adelante, apoyando un brazo sobre la mesa.
—Lo sé, lo sé —dijo con calma—. Pero esto no es un paseo de diversión. Es importante. No solo por ti, sino también por lo que podrías descubrir. Y… —miró a papá con un gesto de complicidad— tu carta, Eiren. La carta que Keny te dio hace siete meses para entregar al visconde Vion.
Mis ojos se abrieron levemente. La carta estaba guardada en mi bolsillo, todavía intacta, aunque el tiempo de validez comenzaba a correr: si quería llegar a la academia antes de cumplir veinticinco años, no podía dejar pasar demasiado tiempo.
—Sí… —susurré, tocando el sobre de pergamino que llevaba conmigo—. Pero aún tengo… mis dudas. No sé si quiero ir.
Miriel, que estaba sirviendo el té, giró su rostro hacia mí con una seriedad poco habitual en ella.
—Eiren —dijo, con esa voz firme que rara vez utilizaba—. Ya hablamos de esto hace meses. No puedes descubrir quién eres si te quedas solo aquí. Hay un mundo allá afuera. No puedes quedarte atrapado entre estas paredes y pensar que así sabrás tu pasado o controlar tu futuro.
—Ella tiene razón —dijo papá, inclinándose un poco sobre la mesa—. La carta de Keny no estará vigente para siempre. Si quieres usarla, este es el momento. El visconde Vion podría ofrecerte el patrocinio que te permita entrar a una academia noble.
—¿Pero y si no quiero ir? —pregunté, apartando la mirada de todos, sintiendo un nudo en el estómago—. No sé si quiero… salir y enfrentar cosas que ni siquiera recuerdo.
Garren soltó una risa suave, casi como un suspiro.
—Esa es precisamente la razón por la que debes ir. —Se inclinó hacia mí, bajando la voz un poco—. No se trata solo de la academia, ni de las reglas, ni siquiera de Keny. Se trata de ti. Descubrir quién eres, y no solo por lo que recuerdas… sino por lo que eres capaz de hacer.
—Capaz de hacer… —repetí, recordando el frío de aquel bosque, la sangre, los nodos, la magia que había despertado sin querer y sin control total. Un escalofrío me recorrió la espalda.
—Sí —intervino Garren, firme—. Sé que tienes miedo de lo que tu pasado pueda decir de ti. Y no me equivoco al suponer que no quieres dejar que nadie más sepa. Pero si hay algo allá afuera que puede ayudarte a comprenderlo, a controlarlo… no puedes quedarte aquí esperando a que las respuestas lleguen solas.
Papá asintió, calmado pero serio.
—Tu madre y yo no te obligaremos a ir. Pero si quieres avanzar, si quieres entender tu magia y tu pasado… este viaje puede ser la llave. La carta todavía tiene tiempo. Antes de cumplir veinticinco años aún hay margen, aunque cada día que pasa reduce esa ventana.
—Seis años —susurré para mí, tocando el sobre con cuidado—. Aún hay margen, pero… ¿lo suficiente?
—Más que suficiente —dijo Garren, sonriendo—. Pero si te quedas aquí demasiado tiempo, no tendrás ni la oportunidad de decidir por ti mismo. Y créeme… este viaje no es un paseo cualquiera. Hay peligros. Cosas que podrían obligarte a ir, aunque tú no quieras. —Sus ojos se iluminaron un momento—. Cosas que podrían incluso cambiar tu forma de ver tu pasado.
Miriel se acercó un poco más, apoyando una mano en mi brazo.
—Eiren… solo piénsalo. No tienes que decidir ahora. Pero si lo haces, no será solo por Keny, ni por la academia. Será por ti. Por lo que eres, y por lo que aún puedes llegar a ser.
El silencio se instaló en la cocina. Solo los sonidos del desayuno y el fuego de la estufa acompañaban la tensión.
—Está bien… —dije finalmente, casi para mí mismo—. Lo pensaré.
Garren asintió con una sonrisa satisfecha, como si supiera que ya había dado un primer paso.
—Eso es todo lo que pido por ahora. Piensa, Eiren. Piensa bien. Y cuando estés listo… iremos.
Papá, mientras servía un poco de té para sí mismo, agregó con calma:
—Y recuerda… tu familia siempre estará aquí, sin importar lo que decidas. Nadie dice que tengas que ir solo.
Joren rodó los ojos, pero no pudo ocultar un pequeño gesto de aprobación.
—Sí, bueno… y no te olvides de que si vas, al menos me debes un relato sobre lo que veas allá afuera. Nada de secretos.
Todos reímos un poco, aunque la tensión no se disipó del todo. Sabía que la decisión no era solo sobre la academia o el viaje; era sobre descubrir quién era realmente… y enfrentar el peso de lo que había hecho y lo que podía llegar a hacer.
