[Eiren]
La mañana llegó con un cielo despejado, y la ciudad ya despertaba con el bullicio de los comerciantes y viajeros en las calles. Me dirigí al servicio de mensajería con la carta que había escrito a mi familia. Al dejarla, sentí una mezcla de alivio y nostalgia: finalmente había enviado noticias de mi viaje, aunque sabía que tardaría días, tal vez semanas, en llegar.
—Entonces, está hecho —dije mientras dejaba la carta en manos del mensajero.
—Sí, joven —respondió el encargado, tomando la carta con cuidado—. Llegará tan pronto como sea posible.
Salí del edificio y sentí la brisa fría en el rostro. Ahí estaba Leo esperándome con el grupo, los caballos ya listos para retomar el camino hacia el este.
—Bueno, parece que este es el momento —dijo Leo, acercándose y ofreciéndome una sonrisa cálida—. Difícil separarnos otra vez, ¿eh?
Asentí, conteniendo un pequeño nudo en la garganta.
—Sí… extraño cómo, después de tanto tiempo separados, se siente… extraño y hermoso al mismo tiempo volver a verlos —dije, tratando de sonar firme.
Leo rió suavemente, dando unas palmaditas en mi hombro.
—Si nos encontramos una vez, seguro que volveremos a hacerlo. Y esta vez espero que puedas regresar con tu familia, Neyreth. Pero mientras tanto, te deseo suerte con tu patrocinio con el conde Vion. Estoy seguro de que tienes un gran futuro por delante.
—Gracias, Leo —respondí con sinceridad—. Espero volver a verlos, y cuando lo haga, prometo contarles todas mis historias. Quiero que conozcan mejor a Neyreth y a Eiren, a todos los míos.
—Eso espero —dijo otra voz detrás de él.
—Y no olvides enviarle saludos al médico si lo ves. Seguro se alegrará mucho al saber que siguo vivo después de todo.
—Lo haré —dijo con una leve sonrisa—. Le mandaré rus saludos.
Leo inclinó la cabeza y respiró hondo, como queriendo guardar aquel momento en la memoria.
—Y no olvides, Neyreth: pase lo que pase, este mundo es grande, pero los caminos siempre se encuentran.
Asentí, dejando que sus palabras se grabaran en mi mente.
—Sí… lo recordaré. Gracias por todo, Leo. Por cuidarme, por recordarme.
—Siempre, mocoso —dijo, dándome una última palmada—. Ahora ve, cumple tu camino. Cuando volvamos a encontrarnos, quiero escuchar todo.
Me incliné ligeramente en señal de respeto y gratitud.
—Hasta entonces. Y cuídense, todos ustedes.
Leo sonrió, y antes de montarse en su caballo, agregó:
—Y recuerda… aunque hoy nos separemos, estoy seguro de que nos volveremos a encontrar. Hasta ese día, Neyreth.
—Hasta ese día —respondí, viendo cómo el grupo se alejaba por los caminos que serpenteaban fuera de los muros de la ciudad.
Mientras los observaba desaparecer en la distancia, sentí un ligero alivio mezclado con determinación. No había tiempo para pausas ahora; aún quedaba un largo camino hacia el este. Pero este reencuentro inesperado me había dado un respiro que no sabía que necesitaba. Mis ánimos se elevaron; las fuerzas volvían, y con ellas, la certeza de que podía continuar con mi viaje.
—Vamos… —susurré para mí mismo, montando mi caballo—. El Este me espera.
Con un último vistazo hacia el horizonte, ajusté las riendas y partí, dejando atrás la ciudad, los recuerdos y las sonrisas de quienes me habían acompañado por un momento, llevando conmigo la promesa de volver a encontrarlos algún día.
***
[????]
Habíamos llegado a un pueblo más en nuestro recorrido. El carruaje se detuvo frente a la plaza principal, y Mariela fue la primera en abrir la puerta. Se inclinó ligeramente, su cabello rubio recogido en un moño impecable, el estoque ajustado a la cintura. A su alrededor, una docena de soldados nos acompañaba, vigilando cada rincón mientras la gente del pueblo nos observaba. Algunos se inclinaban en señal de respeto, otros retrocedían para ceder el paso.
—Mariela —dije, mi voz baja pero firme—. ¿Estás segura de que aquí encontraremos algo?
Mariela asintió, firme a mi lado.
—Por supuesto, mi señora. Según la información que reunieron los exploradores y yo, hace unos años hubo un altercado en esta zona. Se dice que se creó hielo de una manera poco común…
La miré fijamente, buscando cualquier indicio de duda, pero ella se mantuvo serena. Se hizo a un lado y comenzamos a caminar, descendiendo del carruaje hacia la calle principal del pueblo, avanzando hacia la casa del jefe local.
Al vernos llegar, el hombre se inclinó ligeramente, pero su mirada reflejaba curiosidad.
—¿Puedo saber quiénes son? —preguntó, con un tono respetuoso.
—Soy la duquesa Luneth Vyrenthal, del norte —respondí con voz clara.
***
[Duques Luneth Vyrenthal]
El jefe se inclinó un poco más, mostrando deferencia.
—Siento la ofensa hacia la duquesa Vyrenthal… pero, ¿qué hace en esta parte del noroeste?
—Estoy buscando a alguien —dije, manteniendo mi tono firme pero sin hostilidad—. Pero primero debemos ir a un lugar más privado. No quiero causar problemas entre su gente.
El hombre asintió sin vacilar.
—No es ningún problema, duquesa. Sígame hasta mi humilde hogar.
Caminamos en silencio durante unos minutos. Mariela permanecía alerta, vigilando los alrededores mientras yo observaba cada detalle del pueblo, buscando cualquier señal de lo que podía ser relevante. Al llegar a la casa del jefe, él abrió la puerta y me hizo pasar.
—Siento que no sea un lugar cómodo —dijo—. Es lo mejor que puedo ofrecerle.
—No importa —respondí—. Solo paso de entrada por salida. Necesito saber si, en algún momento, un niño de unos nueve años llegó a este pueblo, alguien que haya usado magia de hielo por aquí.
El hombre frunció el ceño, incómodo.
—Me temo que no tengo ese conocimiento, duquesa.
—Entonces —insistí—. No pregunto por algo reciente. Quiero saber si alguien con cabello plateado y ojos celestes pasó por aquí hace años.
El jefe me miró confundido, frotándose la barbilla.
—No… no recuerdo a ningún niño con esa descripción. Este pueblo está en ruta a cualquier camino que se desee tomar, así que vienen muchas personas: aventureros, comerciantes, viajeros… pero nadie como lo describe.
—¿Y sobre la magia de hielo que mencioné? —pregunté, inclinándome ligeramente, consciente de cada palabra.
—Bueno —dijo, suspirando—, pasan muchos magos por aquí, y sí, he visto a algunos usar hielo. Pero ninguno coincide con la descripción que me da.
Hice una pausa, dejando que sus palabras calaran, mientras Mariela permanecía rígida a mi lado.
—Entonces… el nombre de Neyreth no es conocido aquí —dije, bajando apenas la voz.
El hombre frunció el ceño, pensativo, y algo en su expresión hizo que ambas nos tensáramos.
—Neyreth… —murmuró, como si el nombre despertara un recuerdo—. Si me permite, podría revisar algunos registros. Siempre vienen personas a descansar a la posada que tenemos aquí, y tenemos un registro de los nombres y algunos detalles sobre cómo se veían.
Una chispa de esperanza brilló en mí.
—Adelante —dije con firmeza—. Puede tomarse todo el tiempo que necesite, mientras encuentre lo que le pido.
El hombre asintió y se inclinó levemente hacia su asistente.
—Cuídelas y cumpla cualquier deseo que tengan —ordenó, señalándonos a Mariela y a mí.
—Gracias —respondí, mientras Mariela se inclinaba ligeramente, manteniendo su postura de guardia—. Esto significa mucho.
El asistente se retiró rápidamente, y yo me senté en el borde de la mesa, observando cada gesto del jefe mientras comenzaba a revisar los registros. Mariela permanecía de pie detrás de mí, los ojos atentos a cada movimiento, lista para actuar en caso de que algo amenazara nuestra seguridad.
—Esto podría tomar un tiempo —dijo el jefe, hojeando las hojas—. Ha pasado mucho tiempo desde cualquier registro que mencione nombres y descripciones tan específicas.
—Lo sé —respondí—. Pero cualquier información que pueda obtener será valiosa.
El hombre asintió, con una seriedad que mostraba que entendía la importancia de mi búsqueda.
Mariela apoyó una mano ligera sobre mi hombro, como si también quisiera transmitirme tranquilidad.
—Mi señora —susurró—. Encontraremos a Neyreth. Lo prometo.
Asentí, con el corazón latiendo más rápido de lo habitual. Por primera vez desde que partí, sentí que podía estar un paso más cerca de él.
El jefe regresó poco después, cargando cinco enormes libros empastados en cuero, con los bordes gastados por el tiempo. Los dejó sobre la mesa con un suspiro.
—Aquí tenemos los registros de los últimos años, duquesa —dijo, limpiándose el sudor de la frente—. Algunos datan de casi una década atrás.
—Bien —respondí, apoyando las manos sobre la mesa—. Mariela, ayúdelo a revisar.
—Como ordene, mi señora. —Mariela se inclinó y enseguida se acercó al escritorio del jefe, abriendo con cuidado el primer tomo.
Mientras ellos empezaban a revisar, la asistente del jefe entró con una bandeja de plata. Encima, una simple taza de té humeante. Se inclinó respetuosamente.
—Perdón, duquesa. Esto es lo único que podemos ofrecerle en este humilde lugar. Espero que no sea de su desagrado.
Tomé la taza con una leve sonrisa.
—Aun siendo duquesa, no soy tan exigente como la gente cree. —Di un sorbo pausado; el sabor era amargo, fuerte, pero reconfortante—. Agradezco el gesto.
Pasaron unos minutos. Diez, veinte, cuarenta. Luego una hora. El sonido de las páginas al pasar era lo único que llenaba la habitación, junto con el ocasional suspiro de frustración de Mariela o el jefe.
Yo me mantenía de pie, mirando por la ventana, tratando de controlar la ansiedad que me subía por el pecho. Cada pueblo, cada pista falsa... y aun así seguía buscando.
Entonces, el jefe alzó la voz:
—¡Espere! —dijo, enderezándose con un libro abierto en las manos—. Creo que lo encontré.
Mariela y yo giramos al mismo tiempo.
—¿El nombre que mencioné? —pregunté.
—Sí, "Neyreth". Está aquí escrito, justo en este registro.
El hombre extendió el libro hacia Mariela, y ella lo tomó con cuidado antes de entregármelo.
Tomé el pesado tomo entre mis manos. El olor del papel viejo me golpeó mientras mis ojos recorrían la lista de nombres hasta encontrarlo.
Neyreth.
Fecha: hace casi diez años.
Descripción: niño, unos diez años, cabello negro, ojos negros, una pequeña cicatriz cerca de la ceja izquierda.
Recorrí las líneas con el dedo, cada palabra hundiéndome un poco más. Finalmente cerré el libro con un golpe seco.
—No es él —dije en voz baja.
Mariela me miró, confundida.
—¿Está segura, mi señora?
—Completamente. —Inspiré hondo—. Neyreth tiene cabello plateado y ojos celestes, como los míos. Y no tiene ninguna cicatriz en la ceja. Sus rasgos son más… suaves.
Apreté los dientes, sintiendo una punzada de frustración mezclada con algo más profundo, un nudo que me apretaba el pecho. Le devolví el libro a Mariela.
El jefe me observó, algo incómodo.
—Lamento no haber sido de más ayuda, duquesa. Pero… quizá esto le sirva. —Tomó otro papel que había separado del libro—. Aquí hay un reporte adicional, hecho por el dueño de la posada de aquel tiempo.
Alcé la mirada.
—¿Un reporte?
—Sí. Al parecer, la posada fue atacada una noche. —El jefe bajó la voz—. Un grupo de personas encapuchadas, todas vestidas de rojo, llegó buscando información.
Mi respiración se detuvo por un instante.
—¿Encapuchados… de rojo? —repetí, dando un paso al frente.
El hombre asintió.
—Eso dice el informe. El dueño aceptó dinero a cambio de hablar, pero después de eso… —Hizo una pausa, tragando saliva—. Esa misma noche atacaron una de las habitaciones. Cuando fueron a ver lo que había ocurrido, el cuarto donde se hospedaba el niño estaba completamente destrozado. Pero no encontraron ningún cuerpo. Los encapuchados desaparecieron… y el niño también.
Mariela y yo nos miramos, tensas.
—¿Y está seguro de eso? —pregunté, con la voz temblorosa por la mezcla de ira y esperanza.
—Sí, duquesa. Nadie sabe qué ocurrió. Fue hace casi una década. Nadie vio nada; era de noche y llovía. Pero… —El hombre dudó un segundo—. En las montañas, hacia el norte, hubo un derrumbe poco después. Cuando fueron a investigar, encontraron varios cadáveres.
—¿Cadáveres? —murmuró Mariela, apretando la empuñadura de su estoque.
—Sí. Bestias y hombres… vestidos con capas rojas. Como los que le mencioné.
Yo di un paso atrás, sintiendo que el corazón me golpeaba el pecho.
—Los mismos —susurré—. Los mismos que atacaron aquella noche.
Mariela asintió, entendiendo lo que pensaba.
—Entonces… si ellos murieron allí, es posible que…
—Que él haya escapado —completé, con voz tensa pero decidida.
Miré al jefe nuevamente.
—¿Después de eso, alguien más vino al pueblo? ¿Alguien buscando información o reportando algo extraño?
El hombre negó.
—No, duquesa. Nadie.
Sentí una corriente fría recorrerme la espalda.
—¿Y no encontraron el cuerpo de ningún niño? —pregunté, sin poder ocultar la ansiedad en mi voz.
—No, ninguno —respondió el jefe—. Solo de cuatro o cinco hombres. Ningún niño, se lo aseguro.
Cerré los ojos un momento, dejando que un suspiro tembloroso escapara de mis labios. No sabía si llorar o reír.
—Entonces… sigue vivo —murmuré para mí misma.
Mariela me observó con una leve sonrisa.
—Lo sabía, mi señora. Siempre lo supe.
—Gracias —dije, girando hacia el jefe—. Espere unos días. Recibirá una recompensa por su ayuda.
El hombre se inclinó profundamente.
—No es necesario, duquesa. Si lo que le he dicho le sirve de algo, entonces me doy por bien servido.
Asentí, con un leve gesto de respeto.
—Ha hecho más de lo que cree.
Me di la vuelta, caminando hacia la salida. Antes de cruzar la puerta, el jefe me llamó.
—Duquesa… ¿puedo preguntar a quién busca con tanto empeño?
Me detuve. Giré solo lo suficiente para que mi voz resonara clara:
—A mi hijo.
El silencio llenó la habitación. Luego seguí caminando.
Mariela apresuró el paso tras de mí, saliendo a la calle.
—Mi señora —dijo, sujetando las riendas del caballo—. ¿Desea que regresemos hacia las montañas? Tal vez encontremos alguna pista allí.
Negué lentamente con la cabeza.
—No. Si sobrevivió, no se quedó allí. —Miré al horizonte, al camino que se extendía hacia el este—. ¿Dónde está el siguiente pueblo?
—A una semana de aquí, mi señora —respondió Mariela—. Un poco más al Oeste.
—Entonces iremos hacia allá. —Subí al carruaje y miré por la ventana—. Tal vez alguien sepa más… y si él sigue vivo, no estará quieto.
Mariela montó a su caballo, haciendo una seña a los soldados para que retomaran la formación.
El carruaje se puso en marcha lentamente, dejando atrás el pueblo mientras el viento movía mis cabellos plateados. En mi pecho, la punzada de frustración se mezclaba con una chispa que no sentía hacía años: esperanza.
***
[Eiren]
Ya habían pasado varios días desde que dejé aquella ciudad… y desde el reencuentro con Leo.
Todavía me costaba creerlo. A veces, mientras cabalgaba, la mente me traía de vuelta sus risas, sus historias exageradas, el modo en que me abrazó al verme como si el tiempo no hubiera pasado.
Supongo que tenía razón: el mundo es grande, pero los caminos siempre se cruzan.
Pensar eso me hacía sonreír, aunque fuera apenas un poco.
Y mientras el sol de la mañana se filtraba entre las nubes, pensé en la carta. Quizás ya estaría en camino, viajando en alguna carreta o en manos de un mensajero que no sabía que llevaba dentro un trozo de mi alma, mis palabras hacia ellos…
Hacia mi familia.
Ojalá llegue, pensé. Ojalá realmente llegue.
El viento era templado. El invierno ya se iba, y la tierra comenzaba a despertar.
Cabalgaba sin prisa, dejando que el caballo marcara su propio ritmo. No tenía razones para apurarlo; aún quedaba mucho camino antes de llegar al este.
El campo se extendía abierto, verde en algunos tramos, cubierto aún por restos de nieve en otros. En los bordes, la escarcha se derretía lentamente, dejando correr pequeños arroyos cristalinos que parecían ríos diminutos escapando de las montañas.
Le palmeé el cuello al caballo.
—¿Cómo vas, amigo? —pregunté con voz tranquila.
El animal soltó un relincho corto, casi como si me respondiera con fastidio contenido.
Reí por lo bajo.
—Sí, sí… lo sé, también estás cansado de tanto andar. Pero te prometo que cuando lleguemos al próximo pueblo descansarás bien. —Le di otro golpecito suave—. Y comerás mejor que yo, lo juro.
El caballo volvió a resoplar, como si aprobara el trato.
A lo lejos, un hilo de humo se levantaba en el horizonte.
Frené ligeramente las riendas, observando con atención.
Parecía provenir de un pequeño claro entre los árboles, no muy lejos del camino.
—Un campamento… —murmuré.
Me quedé mirándolo unos segundos.
Podría acercarme, quizá preguntar si sabían algo del camino al este… pero decidí que no.
Si eran viajeros, querrían descansar; y si no lo eran, mejor no tentar al destino.
Desvié un poco la ruta, bordeando el claro a buena distancia.
Saqué el mapa del bolso lateral de la montura y la brújula de mi abrigo.
Los abrí sobre la silla, sujetando con una mano el borde del papel para que el viento no lo arrugara.
Según el mapa, hacía unos días que había dejado atrás la ciudad del sureste… todavía seguía en esa región, siguiendo la línea de las montañas que se alzaban como un muro grisáceo a lo lejos.
Por la posición del sol y el curso de los arroyos, debía de estar avanzando bien.
—Veamos… —murmuré, deslizando el dedo por el mapa—. Si estoy aquí, y las montañas quedan al norte, el siguiente pueblo debería estar… —bajé el dedo hacia la esquina—. Aquí, más al este.
Levanté la vista.
El camino continuaba hasta perderse entre colinas suaves, cubiertas de hierba y restos de nieve.
Suspiros de humo se alzaban muy lejos, señal de que había civilización más adelante.
Guardé el mapa y la brújula.
—Bueno… —dije, ajustando las riendas—. Sigamos, viejo amigo. Aún falta bastante para llegar al territorio del conde Vion.
El caballo relinchó, avanzando con paso firme mientras el sol se alzaba un poco más en el cielo.
El viento traía olor a tierra húmeda y a ramas recién brotadas, ese aroma de los días que comienzan a ser cálidos después del invierno.
Y aunque todavía quedaba mucho por andar, sentía dentro de mí una calma extraña… la sensación de estar avanzando, de que, por fin, mis pasos tenían dirección.
O eso creo hasta que el grito llegó como un eco desgarrado que rompió el silencio del campo.
Al principio creí que lo había imaginado —el viento a veces juega con los oídos—, pero el estallido de maná que siguió me borró toda duda.
Fue tan claro que lo sentí en la piel, como un golpe de energía que vibró desde el aire hasta los huesos.
—¿Qué demonios…? —murmuré, girando hacia el claro donde antes había visto humo.
Y entonces, una explosión de fuego se alzó en el horizonte, lamiendo los árboles y pintando el cielo con una llamarada naranja.
Sin pensarlo, tiré de las riendas.
El caballo se alzó en dos patas con un relincho agudo, y luego salió disparado cuesta abajo.
—¡Vamos, rápido! —grité, inclinándome hacia el cuello del animal.
El aire me cortaba la cara, las hojas pasaban volando a los costados. Cerré los ojos un segundo y canalicé maná hacia mi cuerpo; los nodos comenzaron a girar, conectándose entre sí.
De inmediato, la sensación cambió: el mundo se iluminó en distintas tonalidades, las corrientes de maná se hicieron visibles, moviéndose en direcciones caóticas.
Había muchas presencias.
Demasiadas.
No una sola fuente poderosa, sino varias pequeñas, agitadas y violentas, mezcladas con otras más débiles… distintas.
—…un grupo. —apreté los dientes—. Maldición.
Apreté las riendas, y el caballo respondió acelerando más.
Otra explosión.
Otro grito.
Esta vez más cerca.
Me levanté un poco sobre los estribos, preparando un hechizo. La energía se acumuló en mi palma derecha, y sentí los nodos del hielo activarse.
El aire se volvió más frío a mi alrededor.
Cuando crucé el último tramo de árboles, el claro se abrió frente a mí, y la escena me golpeó como un puñetazo en el pecho.
Un grupo de encapuchados de negro, al menos una docena, se movían en formación desordenada. Algunos portaban armas cubiertas de símbolos, otros lanzaban hechizos a distancia.
Frente a ellos, tres soldados con armaduras plateadas intentaban mantener una línea de defensa, protegiendo a un hombre, una mujer y una niña que se refugiaban detrás.
El suelo estaba chamuscado, los cuerpos de dos soldados yacían inmóviles a un costado.
—Tch… —solté el aire, poniéndome de pie sobre la montura.
Alcé la voz con toda la fuerza que tuve:
—¡Oigan, malnacidos!
Los encapuchados giraron la cabeza.
Ese segundo bastó.
Salté.
Uno de ellos, rápido, levantó la mano. Un círculo mágico terroso giró en el aire y disparó una lanza de piedra hacia mí.
—¡Hah! —grité, torciendo el cuerpo. La lanza pasó rozando mi costado.
Extendí mi brazo, y el hechizo que había preparado salió disparado.
Un estallido de hielo puro impactó contra el suelo entre ellos, extendiéndose como una ola gélida. Uno de los encapuchados no alcanzó a reaccionar; el hielo subió por sus piernas, su torso, su cuello— hasta dejarlo convertido en una estatua.
Caí al suelo, rodé y frené con la mano.
El aire era denso, cargado de humo y polvo.
Creé dagas de hielo, una en cada mano, y corrí hacia ellos.
El primer enemigo, un hombre corpulento con un hacha de guerra, se interpuso. Nuestras armas chocaron con un golpe seco, el acero contra el cristal helado.
—¡No te metas en esto! —rugió el hombre, empujándome hacia atrás.
El impacto levantó polvo. El tipo golpeó el suelo con el mango del hacha, y una estaca de tierra emergió donde yo estaba. Salté hacia atrás justo a tiempo.
Pero no tuve respiro.
Otro encapuchado apareció detrás de mí, espada en mano, el aire girando a su alrededor por un hechizo de refuerzo físico.
—¡Atrás! —giré, cruzando mis dagas justo a tiempo para detener su ataque.
El golpe fue tan fuerte que me lanzó varios metros.
Rodé por el suelo, apreté los dientes y clavé una daga para detener el impulso.
El hombre aterrizó frente a mí, enderezándose con una sonrisa bajo la capucha.
—No sé quién eres, muchacho, pero acabas de cometer un error enorme —dijo con voz áspera—. Meterte donde no te llaman te costará la vida.
Me puse de pie, respirando hondo.
Los tres soldados plateados aún resistían, aunque sus movimientos eran torpes, el cansancio evidente. Las tres personas detrás de ellos —la mujer, la niña y el hombre— se veían aterradas.
—¿Eso crees? —respondí, girando las dagas en mis manos—. Pues mira qué casualidad… también me dijeron eso las últimas bestias que intentaron matarme.
El encapuchado rió, una risa hueca.
—¿Bestias? Esto no es un bosque, idiota. Aquí no hay monstruos… solo nosotros.
—Sí —dije, dejando que el maná se acumulara otra vez en mis brazos—. Pero eso es justo lo que los monstruos dicen antes de morir.
Un murmullo recorrió el grupo de encapuchados.
El hombre del hacha avanzó de nuevo, y otros dos lo siguieron.
Sentí el pulso de los nodos en mi pecho, como un latido acelerado.
La temperatura bajó bruscamente.
—…bien —susurré, alzando una de las dagas—. Entonces empecemos.
El aire se congeló.
Y el claro, que segundos antes ardía en fuego y caos, comenzó a llenarse de escarcha, de un frío que no era natural.
