En Konoha, el color rojo no era común.
Para Naruto, su cabello no era una característica estética; era un blanco en su espalda.
Una melena carmesí, densa y vibrante, que gritaba "Uzumaki" a un mundo que había olvidado lo que eso significaba, pero que instintivamente rechazaba lo diferente.
A los seis años, en su primera semana en la Academia Ninja, Naruto ya había aprendido que su cabello rojo atraía dos cosas: miradas de odio y empujones en los pasillos.
Pero esa tarde, el rojo que importaba no estaba en su cabeza.
Estaba en el suelo.
Sucedió durante el recreo, detrás del edificio principal de la Academia.
Naruto estaba allí no por elección, sino porque era el único lugar donde podía comer su onigiri sin que nadie se lo tirara al suelo.
Sin embargo, no estaba solo.
Dos niños mayores estaban acorralando a un compañero de clase de Naruto, un chico civil delgado y pálido.
—¡Dámelo! —gritó uno de los mayores, empujando al pequeño.
El chico tropezó.
Fue una caída torpe, de cara contra el borde de hormigón de un macetero.
El sonido fue húmedo y seco a la vez.
Crack.
El niño se llevó las manos a la cara y empezó a aullar.
Cuando separó las manos, la sangre brotó de su nariz rota como un grifo abierto.
Era mucha sangre.
Demasiada para un cuerpo tan pequeño.
Manchó su camisa blanca, sus manos, el suelo gris.
Naruto, agazapado a unos metros, sintió que el pánico le helaba el estómago.
Su mente de seis años no pensó en ayudar.
Pensó en las consecuencias.
Hay sangre. Van a venir los maestros. Me verán aquí. Verán mi pelo rojo. Dirán que fui yo. Dirán que el monstruo lo atacó.
El miedo era irracional, pero absoluto.
Naruto sabía que, pasara lo que pasara, él siempre era el culpable por defecto.
Los abusones huyeron al ver la sangre, dejando al niño herido llorando y ahogándose en su propia hemorragia.
Naruto se quedó paralizado.
Miró el charco rojo que se expandía.
El olor a hierro golpeó sus fosas nasales, y su propia sangre, la que corría bajo su piel, dio un vuelco.
Para, pensó Naruto, desesperado, mirando el flujo incesante. ¡Para ya! ¡Si sigues sangrando van a venir! ¡Cállate y deja de sangrar!
No era una petición médica.
Era una súplica egoísta nacida del terror puro.
Naruto extendió una mano temblorosa hacia el niño, sin tocarlo, como si quisiera empujar la realidad lejos de él.
—Detente... —susurró.
El mundo se volvió sordo por un instante.
No hubo chakra visible.
No hubo el brillo verde del Iryō Ninjutsu.
No hubo sellos manuales.
Simplemente, hubo una orden.
La sangre que caía de la nariz del niño no llegó al suelo.
Se detuvo en el aire, a medio camino.
Fue una visión imposible.
Las gotas líquidas se congelaron en el espacio, vibrando violentamente.
Luego, desafiando cualquier ley física, retrocedieron.
No volvieron a entrar en la nariz —eso habría sido grotesco—, sino que se aglomeraron justo en la ruptura de los vasos sanguíneos.
La sangre líquida se oscureció instantáneamente, volviéndose casi negra, sólida y densa.
En menos de un segundo, se formó un tapón hermético.
Un coágulo artificial, forzado por una voluntad invisible.
El niño herido dejó de llorar, atragantándose con la sorpresa.
Se tocó la nariz.
Ya no salía nada.
Ni una gota.
Naruto bajó la mano, temblando.
Sintió un dolor agudo detrás de sus ojos y una debilidad repentina en las piernas, como si acabara de correr diez kilómetros.
Dentro de la jaula, Kurama se puso de pie de un salto.
Sus nueve colas golpearon el suelo acuoso con agitación.
El Zorro había visto a humanos usar chakra durante milenios.
Había visto ninjutsu elemental, ilusiones, curaciones.
Todo eso requería moldear energía, mezclar lo físico y lo espiritual.
Pero esto... esto había sido diferente.
Naruto no había usado chakra para manipular la sangre.
Naruto había usado su linaje para dominarla.
—No fue una técnica —gruñó Kurama, con una mezcla de inquietud y respeto—. El mocoso no "pidió" que la sangre parara. Se lo ordenó.
El Kyūbi reconoció el sabor de aquel poder.
Era antiguo.
Era anterior a las aldeas ocultas.
La sangre ajena había obedecido a Naruto no porque él fuera fuerte, sino porque su propia sangre tenía una jerarquía superior.
Era como un rey dando una orden a un soldado de otro ejército.
—Esto no es ninjutsu —comprendió Kurama—. Es soberanía biológica.
En el patio, el silencio se rompió con la llegada de un maestro chūnin.
—¡¿Qué está pasando aquí?! —gritó el adulto.
Vio al niño en el suelo, manchado de sangre seca, pero sin ninguna herida activa.
Luego vio a Naruto, con su cabello rojo brillante, de pie junto a él, pálido y sudando.
—¡Tú! —El maestro señaló a Naruto con acusación—. ¡¿Qué le has hecho?!
Naruto no esperó a explicar.
No podía explicarlo.
Ni siquiera él entendía por qué se sentía tan cansado, o por qué sentía esa extraña conexión pulsante con la costra oscura en la nariz de su compañero.
Dio media vuelta y echó a correr, su cabello rojo ondeando como una bandera de peligro.
—¡Vuelve aquí, Uzumaki!
Naruto corrió hasta que sus pulmones ardieron.
Se escondió en un árbol, jadeando, mirándose las manos.
No tenían sangre.
Pero las sentía pesadas.
Por primera vez, Naruto intuyó que lo que llevaba dentro no era solo una capacidad para curarse a sí mismo.
Era algo que podía extenderse.
Algo que podía tocar a otros.
Y eso, más que cualquier otra cosa, le dio un miedo terrible.
Porque si podía ordenar a la sangre que se detuviera... ¿Podría también ordenarle que saliera?
Kurama, en la oscuridad, sonrió.
La respuesta era sí.
