La primera lección que Naruto Uzumaki aprendió en la Academia Ninja no estaba en los libros de texto.
La lección fue: El centro de atención es la zona de muerte.
Con su cabello rojo cayendo sobre sus hombros como una señal de advertencia brillante, Naruto no tenía la opción de ser invisible físicamente.
Su mera presencia gritaba diferente.
Su apellido gritaba peligro.
Si intentaba ser el mejor, lo odiarían por arrogante.
Si intentaba ser serio, lo temerían por sospechoso.
Así que Naruto eligió la única opción táctica que le quedaba para sobrevivir a seis años de encierro educativo:
Ser el peor.
El aula 3-B olía a tiza y hormonas infantiles.
Iruka Umino estaba frente a la pizarra, explicando los fundamentos del chakra básico.
Naruto, sentado en la última fila junto a la ventana, sentía ese equilibrio en sus propias venas.
No necesitaba estudiarlo.
Su sangre, densa y reactiva, zumbaba bajo su piel cada vez que Iruka mencionaba la palabra "energía".
Él sabía cómo se sentía el flujo.
Era como tener agua caliente corriendo por dentro.
Pero cuando Iruka se giró y preguntó: —Naruto, ¿puedes decirme qué es lo más importante para moldear chakra?
Naruto sintió la respuesta correcta en la punta de la lengua ("La calma y el ritmo cardíaco"). Pero su instinto de supervivencia le cerró la garganta.
No podía ser listo.
Los listos son peligrosos.
Naruto echó su silla hacia atrás, puso los pies sobre la mesa y soltó una risa estridente y hueca.
—¡Comer mucho ramen para tener fuerza! —gritó, agitando los brazos—. ¡Dattebayo!
La clase estalló en carcajadas.
Iruka suspiró, decepcionado, y mandó a Naruto a sentarse bien.
El niño obedeció, manteniendo la sonrisa idiota pegada en la cara.
Pero debajo de la mesa, sus manos estaban apretadas hasta que los nudillos se pusieron blancos.
Ríanse, pensó Naruto, solo en su cabeza, mientras su sangre pulsaba con irritación. Si se ríen, no me tienen miedo. Si creen que soy un tonto, nadie mirará dos veces.
En la profundidad del sello, Kurama observaba en silencio.
El Kyūbi no podía hablar con el niño —el sello aún era demasiado denso, la mente de Naruto demasiado inmadura—, pero podía sentir la farsa.
Veía cómo el ritmo cardíaco de Naruto se mantenía extrañamente estable mientras actuaba como un bufón.
Veía cómo el sistema nervioso del niño reprimía la inteligencia natural y los reflejos superiores de su linaje.
—Desperdicio... —pensó la bestia, recostando su enorme cabeza sobre sus patas.
Kurama notaba la lucha biológica.
El cuerpo de Naruto, diseñado genéticamente para la eficiencia, quería responder correctamente.
Quería moverse con gracia.
Naruto tenía que luchar activamente contra su propia fisiología para parecer torpe.
Era una actuación lamentable, pero el Zorro tuvo que admitir que era efectiva.
El "Uzumaki de pelo rojo" se estaba convirtiendo en el "payaso de la clase". Y a los payasos nadie los mata.
La farsa continuó en el patio de entrenamiento.
Toca práctica de shuriken.
Naruto tomó el arma de metal.
Su agarre fue perfecto por instinto.
Su brazo se tensó, calculando el peso, el viento, la distancia.
Su sangre ajustó su postura milimétricamente.
Iba a dar en el centro.
No, se corrigió Naruto mentalmente. Falla.
En el último microsegundo, Naruto forzó su muñeca a torcerse.
Fue un movimiento antinatural, doloroso, que no sintio.
El shuriken voló desviado y golpeó el poste de madera, lejos de la diana, rebotando cómicamente hacia el césped.
—¡Uy! —exclamó Naruto, rascándose la nuca—. ¡Se me resbaló!
Los niños se rieron.
—Es inútil —murmuró un chico del clan Inuzuka. —¿Cómo puede ser de un clan ninja? —susurró otro.
Naruto fue a recoger su arma.
Mientras se agachaba, su rostro se quedó vacío por un instante.
Odiaba fallar.
Su sangre odiaba la imperfección.
Sentía un picor bajo la piel, una necesidad física de lanzar de nuevo y clavar el acero en el centro.
Se tragó el orgullo y volvió a sonreír.
Sin embargo, el disfraz de Naruto tenía una falla.
Funcionaba contra la gente normal.
No funcionaba contra quienes estaban entrenados para mirar.
Dos filas atrás, Hinata Hyūga no se reía.
La heredera del clan Hyūga era pequeña y tímida, siempre intentando ocupar el menor espacio posible.
Pero tenía la herencia de su clan: una capacidad de observación que iba más allá de la vista normal.
Aunque no tenía el Byakugan activado, Hinata notó algo que los demás pasaron por alto.
Vio la tensión en el brazo de Naruto antes de lanzar.
Vio cómo su muñeca se había movido a propósito para desviar el tiro.
—Lo hizo queriendo... —pensó Hinata, confundida.
Ella miró la espalda de Naruto, ese cabello rojo intenso que parecía absorber la luz del sol.
Mientras los demás veían a un niño torpe y ruidoso, Hinata veía una contradicción.
Vio que cuando Naruto se reía, sus ojos no se arrugaban de verdad.
Vio que sus hombros siempre estaban altos, en guardia defensiva.
Hinata conocía esa postura.
Era la misma que ella adoptaba frente a su padre cuando intentaba no ser golpeada.
Era la postura de alguien que espera dolor.
—Él se esconde... —comprendió la niña.
Hinata sintió una extraña punzada en el pecho.
No era amor; era reconocimiento.
Ella se escondía en el silencio y la invisibilidad.
Naruto se escondía en el ruido y el color.
Pero ambos estaban fingiendo ser menos de lo que eran para sobrevivir al mundo que los rodeaba.
Cuando sonó la campana del final de las clases, Naruto salió corriendo el primero, gritando algo sobre ir a molestar al Hokage, atropellando sus propios pies en el proceso.
Hinata se quedó atrás, recogiendo sus cosas lentamente.
—Él es fuerte —susurró para sí misma, mirando la puerta vacía.
Nadie más en Konoha lo sabía.
Naruto pensaba que estaba completamente solo en su secreto.
El Zorro en su interior callaba.
Pero esa tarde, una niña de ojos pálidos había visto a través de la máscara.
Y por primera vez, la soledad de Naruto tuvo un testigo silencioso.
