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Chapter 2 - Capítulo 2: El Cultivo de la Estirpe de Hierro

La Casa del Cordero no era más que un humilde edificio de madera encajado en un valle de Elbaf, pero bajo la mirada de Malfurion Stormrage, aquel lugar se sentía como una jaula de cristal esperando ser reclamada. Al entrar, el contraste era casi cómico: por un lado, los niños huérfanos corrientes, pequeños y asustadizos; por el otro, dos titanes en miniatura que hacían que las vigas del techo crujieran solo con su presencia.

​Madre Carmel caminaba delante de ellos, ocultando su sorpresa tras una máscara de benevolencia. Sus ojos, expertos en tasar el valor de la carne humana para el mercado negro del Gobierno Mundial, no podían dejar de posarse en Malfurion. El niño no caminaba, se deslizaba con una gracia depredadora. A diferencia de Linlin, cuya fuerza era un desborde caótico, Malfurion controlaba cada fibra de su ser. Su musculatura, perfectamente definida bajo su piel bronceada, parecía vibrar con una energía latente, como si sus tendones fueran cuerdas de un arco tensado al máximo.

​— Aquí estarán a salvo, mis pequeños —decía Carmel, su voz destilando una miel sintética que a Malfurion le producía náuseas—. En este hogar, todos somos una familia bendecida.

​"Familia", pensó Malfurion, mientras sus ojos verdes escaneaban las debilidades estructurales del edificio y las rutas de escape. "No tienes idea de lo que es una verdadera familia, traficante".

​Las semanas siguientes fueron un despliegue de voluntad y disciplina. Mientras Linlin se distraía jugando con los otros niños, intentando encajar a pesar de que su mera fuerza accidental destrozaba juguetes y muebles, Malfurion se convirtió en su tutor silencioso. Él no permitía que ella se entregara a la pereza o al simple juego. Bajo el pretexto de "ejercicios de respiración", Malfurion empezó a enseñar a Linlin a compactar su fuerza, a sentir la "voz" de sus propios músculos de hierro.

​Pero era por la noche cuando el verdadero trabajo comenzaba.

​Cuando la luna de Elbaf se alzaba sobre las copas de los árboles gigantes, Malfurion salía por la ventana sin hacer el menor ruido. Se internaba en lo más profundo del bosque, donde la naturaleza era tan salvaje que incluso los gigantes evitaban entrar. Allí, Malfurion se despojaba de su camisa, revelando un torso que parecía esculpido en obsidiana. Su entrenamiento era una tortura que solo un físico como el suyo podía resistir.

​Hundía sus pies profundamente en la tierra, activando su Mori Mori no Mi. No para crear plantas, sino para absorber. Extraía los minerales más puros del suelo de Elbaf: hierro, carbono, trazas de diamantes volcánicos ocultos a kilómetros bajo la superficie. Sentía cómo esos elementos viajaban por sus raíces hasta sus piernas, integrándose en su estructura ósea y su torrente sanguíneo. Sus huesos, ya densos, empezaron a adquirir una dureza que desafiaba las leyes de la biología. Cada vez que golpeaba un árbol de Adán, el sonido no era madera contra madera, sino un eco metálico, un choque de densidades que hacía que las aves nocturnas huyeran.

​— Mi cuerpo es el bosque, y el bosque no se quiebra —susurraba Malfurion, mientras sus puños se cubrían de una corteza negra y brillante, un precursor natural del Haki de Armamento que su conocimiento del futuro le permitía visualizar y atraer antes de tiempo.

​Unas noches después de su llegada, Malfurion decidió que era hora de asegurar el tablero. Se deslizó en la habitación de Madre Carmel con la sutilidad de una sombra vegetal. La mujer dormía profundamente, con una sonrisa de codicia en su rostro arrugado. Malfurion se cernió sobre ella, su figura proyectando una sombra que parecía la de un demonio astado debido a su cabello revuelto.

​Extendió su mano derecha sobre la frente de la mujer. De sus dedos no brotaron ramas, sino filamentos microscópicos, casi invisibles a la luz de la luna. Eran las Semillas Parásitas.

​— No eres digna de ser la "Madre" de Linlin —susurró Malfurion, sus ojos verdes brillando con una luz fría—. Pero serás una excelente herramienta.

​Los filamentos se introdujeron con una suavidad quirúrgica a través de los poros de la piel de Carmel, buscando los conductos nerviosos, enredándose alrededor de su médula espinal y echando raíces en los lóbulos de su cerebro. Carmel se agitó levemente en sueños, una expresión de confusión cruzando su rostro, pero la sedación natural de las plantas de Malfurion la mantuvo sumergida en el sueño.

​A partir de ese instante, Carmel ya no le pertenecía a sí misma. Cada pensamiento de traición hacia ellos sería detectado por Malfurion a través de la red neuronal que acababa de plantar. Ella seguiría enviando informes al CP0, sí, pero solo los informes que Malfurion dictara. Ella pediría fondos, pediría recursos y, sobre todo, protegería la imagen de Linlin ante el mundo, mientras Malfurion seguía cultivando su poder en las sombras.

​Al día siguiente, Malfurion llevó a Linlin a un claro del bosque. La niña estaba frustrada porque había roto accidentalmente la mano de uno de los otros huérfanos durante un juego.

​— Linlin, mírame —le dijo Malfurion, tomando sus enormes manos entre las suyas. La diferencia de tamaño era notable, pero la presión que Malfurion ejercía era tal que Linlin se sentía pequeña ante él—. No te sientas mal por ser fuerte. Te sientes mal porque no sabes dónde termina tu fuerza y dónde empieza el mundo.

​Malfurion cerró los ojos y, a través de su contacto, compartió una parte de su energía vital con ella. Linlin sintió un calor inmenso recorrer su columna.

​— Somos dioses en un mundo de cristal, Linlin. Nuestro destino no es jugar con los demás, sino construirlos. Mi cuerpo protegerá tu mente, y tu fuerza será mi brazo ejecutor. A partir de hoy, entrenaremos juntos. Tu piel se volverá tan dura que ni el fuego de un dragón la quemará, y tus sentidos serán tan agudos que oirás el latir del corazón de la isla.

​Linlin lo miró con una devoción ciega. En ese momento, la química entre ambos se transformó. Ya no era solo compañerismo; era una simbiosis divina. Ella era el martillo y él era el arquitecto. Se sentaron juntos bajo el sol de Elbaf, dos pequeños monstruos con la mente de conquistadores, mientras a lo lejos, la Madre Carmel salía del orfanato con una mirada ligeramente vacía, dispuesta a cumplir las órdenes que Malfurion acababa de plantar en su mente.

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