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Chapter 17 - Capítulo 16

[Liana]

Entré sin llamar —no porque quisiera, sino porque no podía esperar— y al verme a través de la penumbra supe que estaba peor de lo que esperaba. La sábana se pegaba a su pecho por el sudor frío, sus manos todavía tenían restos de escarcha que el fuego de la chimenea no había podido quitar del todo.

—¡Por todos los santos, Eiren! —solté al cruzar la habitación, siendo más dura de lo que sentía—. ¿Qué demonios estabas pensando ayer?

Él tosió, con esa voz rasposa que ya me era demasiado familiar, y trató de sonreír torpemente.

—Lo sé, lo sé… mamá, perdón —dijo bajito—. Solo quería…

Me acerqué sin más ceremonias. Lo observé: ojos vidriosos, mejillas pálidas, respiración trabada. Cada vez que intentaba hablar se le cortaba la voz. Me dolió verlo así. Me armé de paciencia, porque no era la primera vez.

—Ayer llegaste hecho un guiñapo —le reproché, aunque el regaño era más cosa de costumbre que de ira—. Pasaste la noche vomitando frío y temblando. ¿Y tú qué haces? Te vas al bosque a jugar a quien congela más fuerte. ¿Quién te va a volver a traer del otro lado cuando te pases de listo?

Eiren hundió la cara en la almohada.

—No lo hice por… por presumir. Prometí controlarme y… lo intenté, mamá. De verdad lo intenté.

Me crucé de brazos y saqué del bolsillo una pequeña ampolla envuelta en paño: el tercer estabilizador. El frasco brilló con una luz tenue cuando lo mostré.

—Ya llevamos tres desde ayer —dije con voz dura—. Uno en la tarde, uno al anochecer y este ahora. ¿Crees que los frascos crecen en los árboles? Keny fue generosa, pero no es farmacia del pueblo. ¿Me escuchas?

Él asintió con la cabeza, apenas. Sus labios temblaron.

—Sí… lo sé. No quería llegar a esto.

Me acerqué y le tomé la muñeca con la firmeza que uso cuando le quito algo peligroso a un niño. Su pulso estaba rápido pero débil.

—Tranquilo —le ordené, aunque mi mano apretaba la suya con intención de mantenerlo—. Esto es para calmar la tormenta dentro de ti. Tómatelo despacio.

Él abrió los ojos, la súplica mezclada con culpa.

—¿Me vas a regañar otra vez? —preguntó, intentando sonar desafiante y fallando.

—Te voy a pegar con la vista hasta que te portes bien —contesté seca, y él soltó una risita ronca.

Le quité el tapón al estabilizador. El aroma era fuerte, herbáceo y amargo. Metí el gotero en su boca temblorosa y bebió a sorbos pequeños. Se le notó alivio casi inmediato, como si la corriente que lo zarandeaba dentro se calmara un poco.

—¡Uf! —exhaló—. Gracias, mamá.

Yo me senté al borde de la cama, mirándolo con esa mezcla que conozco de memoria: rabia, cansancio y un cariño que no cabe en palabras.

—Esto no se repite —dije, más suave—. ¿Me oíste? Nada de inventos, nada de "variaciones" hasta que lo controles del todo. Te lo prohibo. Y no me vengas con cuentos de que "es un avance significativo". No quiero avances que terminen en cuatro días de fiebre. Lo aprendes sentado, leyendo, haciendo ejercicios sencillos. Punto.

Él intentó protestar, pero su voz quedó en un hilo.

—¿Y si lo dejo ahora? —preguntó—. ¿Si no practico me olvidaré y volveré a ser un inútil?

Le agarré el mentón y lo obligué a mirarme a los ojos.

—No. No te vas a olvidar. Lo que te va a pasar es que aprendes con menos costo. Si sigues rompiéndote por gloria, no tendrás magias hermosas para nadie. Tendrás huesos rotos y remordimientos.

En ese instante la puerta se entreabrió y Roderic asomó la cabeza. Me lanzó una mirada rápida que decía "¿está bien?" y yo asentí. No hacía falta dramatizar: el hombre sabía a qué atenerse.

—¿Comida? —preguntó él, en voz baja.

—Caldo y quejarse —contesté—. Y que no se acerque nadie con cuentos de heroísmo. Y guarda el arco; su espada queda fuera hasta que yo lo diga.

Roderic entró un paso y puso la mano en el hombro del chico, con esa ternura torpe suya.

—Hijo —musitó—. Escúchala. Y si vuelves a intentar variaciones como la de ayer sin contarnos, te encierro en el granero hasta que te salga barba.

Eiren soltó una carcajada débil entre mocos y fiebre. Su resistencia se iba deshaciendo en ese humor absurdo que le había nacido. Me relajé un poco ante esa risa.

—Bien —dijo él—. Me quedo quieto. Pero si me aburro, te prometo que haré copos de nieve con la lengua.

Lo miré con reproche y a la vez con alivio. Le acomodé otra manta, esta vez más gruesa, porque aunque a él le pareciera calor, yo no iba a arriesgarme a que el frío del cuarto le pegara más.

—Voy a preparar el caldo —anuncié—. Tú te quedas en cama. Roderic, vigila el fuego de la cocina; no confíes en ese muchacho cuando te diga que "sólo un poco de práctica".

Roderic asintió y se retiró con pasos pesados, respetando el silencio que la casa pedía para esas horas.

Cuando la puerta se cerró, volví a inclinarme sobre Eiren y, sin tantos aspavientos, lo abracé. Fue un abrazo corto, rígido, la caricia de madre que no quiere ceder del todo.

—Cuatro estabilizadores nos quedan —murmuré en su oído, mitad broma, mitad advertencia—. Si te pasas de listo otra vez, te gasto todos.

Él me devolvió la sonrisa más sincera que había visto esa semana.

—Entonces los cuidaré —respondió—. Y mamá… lo siento.

—Lo sé —dije—. Y por eso te castigo. Pero también te cuido.

Le di un beso en la frente frío como su propia magia, y me fui a la cocina a preparar el caldo, con la mente en su respiración y en el cartel clavado en el patio que anunciaba su entrenamiento. Mientras removía la olla, repetí la misma idea una y otra vez: vigilar, no prohibir, sostener. Porque de eso se trata ser madre: regañar, contener y, en el límite, volver a creer.

El viento se colaba por las rendijas de la puerta cuando la empujaron para entrar. Joren fue el primero en aparecer, cargando con un haz de leña sobre el hombro, la nieve pegada a su abrigo y al cabello. Tras él venían Alenya y Miriel, las dos arropadas hasta las orejas, con las mejillas rojas por el frío. El golpe de aire helado llenó la casa antes de que cerraran.

—¡Madre! —llamó Joren, dejando caer la leña junto al fogón—. ¿Cómo está Eiren?

Me giré desde la cocina, donde removía el caldo con paciencia. Les lancé una mirada rápida, viendo la inquietud en sus ojos.

—Enfermo, por supuesto —respondí, con ese tono que mezcla reproche y resignación—. ¿Cómo crees que estaría después de lo de ayer? Ya saben cómo se ha estado comportando desde que despertó su magia.

Joren frunció el ceño, quitándose los guantes.

—No entiendo por qué se esfuerza tanto. Podría entrenar de a poco, pero siempre termina excediéndose.

—Porque es terco —murmuró Miriel, sacudiéndose la nieve de la capa y acomodándola en el perchero—. Y porque no sabe parar.

Alenya, que había entrado más despacio, se quitó la bufanda y se acercó a la mesa. Sus ojos brillaban con esa mezcla de curiosidad y preocupación que siempre tenía cuando se hablaba de magia.

—He estado preguntando a los magos que pasan por el pueblo —dijo de pronto, mientras se sentaba—. Soldados, aventureros, incluso ese viejo que comercia con amuletos… Ninguno hace lo que hace Eiren. Ninguno. Y no siento que lo suyo sea normal.

Miriel asintió con fuerza, apoyando las manos sobre la mesa.

—No sé nada de magia, madre. Pero también pienso que no es normal. No con lo que dijo Keny cuando lo vio por primera vez hace meses. ¿Recuerda? Esa cara suya… no era solo sorpresa, era miedo.

El cucharón se detuvo en mi mano, quedándose suspendido sobre la olla humeante. Inspiré lento antes de hablar, mirando a cada uno.

—Es verdad. Su padre y yo lo hemos pensado mucho. —Tragué saliva, porque poner en voz alta lo que siempre me rondaba era como abrir una herida—. Eiren… creemos que ya poseía su maná, y que había despertado su magia mucho antes de ese día en el almacén. Solo que por la amnesia no lo sabía.

—¿Cómo? —preguntó Joren, con el ceño aún más fruncido.

—Recuerden —continué, con firmeza—. Desde que lo encontramos siempre fue distinto. Esa fuerza, esa velocidad, esa agilidad extraña… no eran normales. Claro que ahora podemos decir que eran producto de su magia, pero… también creemos que fue entrenado. Que su cuerpo aprendió cosas que su memoria olvidó.

Alenya se inclinó hacia adelante, interesada.

—Pero cuando lo encontramos, apenas respiraba —recordó—. Tenía quemaduras, heridas, flechas en el cuerpo. Parecía que había estado días en el río.

—Exacto —asentí—. Y quizá fue su magia la que no lo dejó morir. Recuerden esos días: la habitación donde lo pusimos se helaba, y su sudor se convertía en escarcha. Eso no era fiebre común, era el maná desbordándose. Cuando después lo vimos usar magia, todo encajó. No era un despertar, era un retorno. Su magia siempre estuvo ahí… solo que dormida. Muy, muy escondida.

El silencio llenó la cocina, roto solo por el burbujeo del caldo. Entonces Alenya, distraída, recostó la cabeza en sus brazos sobre la mesa. Su voz salió suave, casi como si hablara consigo misma.

—¿Y si Eiren tiene familia biológica? —murmuró—. ¿Y si lo siguen buscando?

El cucharón tembló en mi mano y se detuvo a mitad de un movimiento. Me quedé rígida, mirando el vapor que se elevaba de la olla. Mis labios se apretaron solos.

—Ojalá… y sí —dije al fin, con voz baja, casi quebrada.

Las tres miradas se clavaron en mí. Yo continué, obligándome a sonar firme aunque por dentro se me encogía el corazón.

—Si tiene una madre, un padre, hermanos… deseo que estén vivos. Y deseo que lo sigan buscando.

Alenya levantó la cabeza, sorprendida.

—¿De verdad, madre?

Asentí.

—Sí. Porque nadie debería perder a un hijo, ni un hijo perder a su familia.

Pero en mi interior, mientras removía el caldo otra vez, me repetí la verdad que siempre me dolía. Que si algún día alguien llegaba a la puerta reclamando a Eiren como suyo, y si él decidía irse… yo no lo detendría. Nunca lo haría. Él tiene derecho a saber quién fue y de dónde vino.

Apreté más fuerte el cucharón, intentando ocultar el temblor de mis manos. Porque aunque lo aceptara, aunque lo hubiese dicho mil veces para convencerme, la sola idea me desgarraba.

Miriel, con su inocencia, lo dijo sin filtro:

—Pero madre… si él se va, ¿qué pasará con nosotros?

No respondí. No podía. Solo seguí removiendo el caldo, dejando que el vapor empañara mis ojos y que mis labios se cerraran en un silencio que hablaba más que cualquier palabra.

***

[Eiren]

¿Qué es esto…?

¿Por qué estoy viendo esto…?

Mis pies se mueven solos, rápidos, demasiado rápidos, pero mi respiración es tranquila, cadenciosa, como si no hubiera fatiga alguna. El frío me cala hasta los huesos, y sin embargo, mi maná fluye constante, envolviendo mi cuerpo en una capa de calor artificial. No debería sentir el frío. No debería. Y aun así lo siento, mordiendo mi piel, recordándome que sigo vivo.

Miro mis manos: dos dagas, largas, afiladas, forjadas enteramente de hielo. El reflejo de la luna se quiebra en su filo helado, y allí, en la curvatura del cristal gélido, me observo. Ojos cafés enrojecidos por la falta de descanso, hundidos bajo ojeras que parecen marcas de guerra. Un cabello negro, enredado, salvaje, apenas contenido por la máscara de hielo que cubre mi rostro. Sólo mis ojos quedan expuestos, brillando con un fulgor extraño, febril.

El suelo nevado cruje bajo mis botas. Derrapo, deslizo mi cuerpo en un ángulo imposible, y entierro una de mis dagas en la nieve endurecida para cambiar mi trayectoria. De inmediato, decenas de púas de hielo emergen del suelo como si el bosque entero se alzara en mi defensa. Escucho los gritos, ahogados en un instante, cuando las estacas atraviesan cuerpos. Un ejército entero se convierte en siluetas congeladas, sus movimientos interrumpidos para siempre. Pero no todos… no todos mueren. Veo figuras que sobreviven, tambaleantes, corriendo hacia mí.

El aire se tensa. Mi cuerpo actúa antes de que piense. Corro. Me lanzo contra ellos a una velocidad que rompe la nieve bajo mis pies. Las dagas destellan, y entonces sólo hay carne desgarrada, gargantas abiertas, cuerpos que se congelan en el mismo segundo en que mis cuchillas los tocan. Sus ojos quedan atrapados en un último instante de horror, cristalizados para siempre.

Un desnivel. Salto sin pensarlo. Caigo rodando en la nieve, sintiendo cómo el hielo se clava en mi piel como agujas diminutas. Me levanto de un impulso y sigo corriendo. Árboles, rocas, pendientes… nada importa. Mi mirada lo abarca todo, mis ojos analizan cada sombra, cada posible amenaza.

A mi izquierda, algo se mueve. Un soldado. Su armadura negra está hecha pedazos, oxidada, rota, como si hubiera peleado contra un ejército entero. Falta un brazo. El casco está quebrado y por la hendidura puedo ver un ojo verde que me observa con un odio insondable. Su armadura gotea sangre, y al mismo tiempo está cubierta de escarcha: una mezcla de calor y frío luchando en su cuerpo. En su única mano sana sostiene una lanza, pero no es una lanza común… está envuelta en fuego negro, un fuego que parece devorar la luz misma.

Da un salto. Y desaparece.

La oscuridad del bosque lo traga.

Un movimiento a mi derecha. Otro enemigo. Lo siento antes de verlo. La presión del aire cambia. Viento. Un mago. Su hechizo se desata como un rugido invisible, pero yo levanto una de mis dagas y libero una explosión de hielo. El aire se quiebra en cristales que giran a mi alrededor. El viento pierde fuerza, se convierte en apenas una brisa inútil, y corro hacia él. Trazo un tajo amplio y el hielo se extiende por el suelo como un río congelado que curva y serpentea directo hasta él. El mago apenas tiene tiempo de gritar. Lo atravieso en diagonal, mi daga de hielo abriéndolo en dos mientras su cuerpo se congela y cae pesadamente.

Levanto la vista.

Algo no está bien.

Mis ojos buscan instintivamente.

Y entonces lo veo.

La luna. En su centro, una silueta negra, cayendo como un cometa. Es el soldado. El de la armadura rota. Su salto lo elevó hasta los cielos, y ahora desciende directo hacia mí, su lanza envuelta en aquel fuego repulsivo, oscuro, imposible de sofocar.

Giro sobre mis talones y corro hacia él. Mis brazos se rodean de hielo, mis dagas se vuelven prolongaciones de mí mismo. Nos encontramos en medio de la noche. El choque retumba como un trueno. El hielo contra el fuego. El frío contra la podredumbre ardiente de esa lanza.

El impacto me sacude hasta los huesos. Mi hielo se derrite bajo el fuego negro, chisporroteando como carne quemada. Pero no cedo. Aumento mi maná. Siento la nieve alrededor responder a mi llamado, levantarse como una ola blanca. Mi voluntad se impone, mi magia sofoca el fuego, lo aplasta, lo consume.

El soldado grita, un rugido inhumano. Lo escucho llamarme, con una voz distorsionada, quebrada:

—¡Frostfallen!

Su cuerpo empieza a resquebrajarse. El hielo lo atrapa desde los pies hasta la cabeza, agrietando su armadura, devorando su carne, silenciando su llama oscura. El fuego negro se extingue en chasquidos, sofocado bajo toneladas de escarcha. Finalmente, con un crujido ensordecedor, el soldado estalla en pedazos de hielo que vuelan por el aire, brillando como fragmentos de luna.

Respiro.

Tranquilo.

Demasiado tranquilo.

El frío… lo sigo sintiendo.

Y en ese instante sé que este recuerdo no es un simple sueño. Es algo que viví. Algo que fui.

El eco de ese grito —Frostfallen— no desaparece. Permanece vibrando en mi cabeza mientras sigo corriendo, como si no pudiera escapar de él. No es un insulto. No es un título de gloria. Es… algo que pesa. Algo que me ata.

Mis pasos retumban en la nieve, ligeros, certeros. No siento cansancio, aunque cada movimiento debería desgarrar mis músculos. No jadeo, aunque mi cuerpo debería estar exigiendo aire. Estoy… demasiado sereno. Y esa calma me aterra más que el frío.

Las dagas siguen en mis manos, brillando con un fulgor azul y plateado. Me observo en ellas un instante, en medio del caos, y veo mi reflejo distorsionado. Mis ojos… no son los que recuerdo. No son míos. Brillan con un fulgor helado, como si no hubiera nada humano en ellos.

La tierra tiembla. Algo más se aproxima. A través del crujir de la nieve escucho armaduras, escucho pasos, escucho órdenes gritadas en lenguas que mi mente reconoce aunque mi corazón las niegue. Vienen más. Siempre vienen más.

El aire se quiebra. Flechas. Cientos. Miles. Se oscurece el cielo y descienden sobre mí como enjambres negros. Mi instinto no me deja pensar: alzo las dagas, libero un rugido, y un domo de hielo surge a mi alrededor, vasto, transparente, indestructible. Las flechas chocan, se rompen, se congelan antes siquiera de alcanzarme. Caen al suelo como lluvia muerta.

La cúpula se abre con un estallido y yo avanzo, con la nieve empujándome, levantándome, obedeciéndome. No camino: vuelo sobre ella, como si el mismo invierno me llevara en brazos. El campamento enemigo se revela frente a mí, hogueras que iluminan cientos de sombras, lanzas, espadas, estandartes desgarrados por la ventisca.

No siento miedo. Solo una calma antinatural, la misma que congela mi pecho y mi voluntad.

Corro. La primera línea de soldados apenas tiene tiempo de gritar antes de que mi hielo los atraviese. Columnas afiladas brotan del suelo, empalando decenas a la vez, levantando cuerpos que se congelan en el aire, esculturas grotescas que se rompen con el peso de su propia sangre helada.

Sigo. Cadenas de hielo emergen de mis brazos, como serpientes cristalinas, atrapando gargantas, torsos, piernas. Un tirón, y escucho huesos quebrarse bajo la fuerza del hielo. Gritos. Pánico. El calor de sus hogueras no basta para derretirme, no basta para detenerme.

Entonces, entre ellos, aparece otra figura. No como los demás. Un caballero de armadura completa, intacta, negra como la noche, caminando lentamente, sin prisa. En su casco no hay grietas, solo un resplandor rojo que me observa, juzgándome. Su espada es tan grande que arrastra la nieve, y en su filo chisporrotea el mismo fuego negro que ya enfrenté antes, pero más denso, más vivo, como si estuviera hambriento.

Lo reconozco. No sé cómo, pero lo reconozco. He luchado contra él antes. Lo he visto caer… y lo he visto volver a levantarse. Una y otra vez.

Mis pasos se detienen.

Él alza la espada.

El choque es inevitable. Mi hielo contra su fuego. Mi silencio contra su rugido. Mi calma contra su furia.

Me lanzo hacia adelante. La nieve explota bajo mis pies. Mis dagas chocan contra su espada y el mundo estalla en luz y oscuridad, en calor y frío. El sonido es insoportable, como si la montaña entera se partiera en dos.

Siento cómo su fuego derrite mis dagas, siento cómo mi hielo se apodera de su espada. Ninguno cede. La presión es tal que la nieve misma alrededor comienza a evaporarse y volver a caer en forma de cristales más puros, más cortantes.

Y en medio de ese choque, el caballero habla. Su voz no es humana. Retumba en mi cabeza como un eco de algo antiguo:

—¿Hasta cuándo cargarás con este invierno, Frostfallen?

Mi corazón se detiene. Mi mente grita. ¿Por qué me llaman así? ¿Por qué todos me ven como algo más, como algo que no soy…?

Pero mi cuerpo no responde. Mi cuerpo lucha. Mi cuerpo mata.

Y yo… yo solo observo mientras mi cuerpo se mueve.

El filo negro y mis dagas de hielo crujen, cada choque lanza ondas que parten los árboles a nuestro alrededor. La nieve ya no parece nieve, sino fragmentos de vidrio que vuelan en todas direcciones. El calor de su fuego me derrite la piel, pero en lugar de quemarme, me endurece. El frío en mi interior responde, me cierra las heridas, me mantiene de pie.

El caballero empuja. Yo resisto. Mis rodillas se hunden en la nieve, mis brazos tiemblan, pero mi mana se expande, creciendo más allá de lo que puedo controlar. Los nodos dentro de mí laten, duelen, se quiebran como si fueran cadenas a punto de romperse.

—Frostfallen… no eres humano. Eres un castigo.

La voz me taladra los huesos. Quiero negarlo, quiero gritar que no lo soy. Pero mis labios se congelan, y lo único que escapa de ellos es vapor blanco.

Él gira su espada, me empuja hacia atrás con un golpe que me hace volar varios metros. Ruedo por la nieve, me levanto de un salto y corro de nuevo hacia él. No pienso. No siento. Solo avanzo.

Mis dagas vuelven a tomar forma en mis manos. Lo golpeo una vez, dos veces, veinte veces. Cada tajo va acompañado de lanzas de hielo que se clavan alrededor, cerrando cualquier escape. El caballero recibe mis golpes como una montaña, pero su fuego negro no disminuye. Cada vez que mi hielo lo cubre, el fuego rompe, derrite, corrompe.

Un tajo suyo me roza el costado. Mi carne debería abrirse, pero lo único que brota es vapor. Mi sangre misma se congela antes de tocar el aire. Me tambaleo, pero no caigo.

Nos lanzamos uno contra otro. Otra vez. Otra vez. Hasta que el suelo mismo se abre, hasta que la montaña se queja del peso de nuestra batalla.

Finalmente, logro atravesar su defensa. Mis dagas se cruzan contra su cuello y lo atrapan en una prisión de hielo que se expande, grieta tras grieta, cubriendo su cuerpo entero. El fuego negro ruge, pero mi frío lo sofoca, lo ahoga, lo extingue.

El caballero cae de rodillas, congelado, inmóvil. Sus ojos rojos siguen brillando a través del casco, incluso cuando la escarcha cubre cada rincón de su armadura.

—Frost... fallen… —susurra, mientras su voz se quiebra en cristales.

Y entonces estalla.

La armadura se rompe en mil pedazos, estallando como un espejo helado. Los fragmentos vuelan por el aire, se clavan en la nieve y se apagan como brasas muertas.

Respiro. Mis hombros tiemblan. El mundo alrededor está en silencio absoluto. Ni un cuervo. Ni un grito. Solo el crujir del hielo derrumbándose sobre sí mismo.

Pero no siento alivio. No siento victoria. Porque mis manos siguen firmes, mis dagas intactas, y dentro de mí… el frío sigue creciendo.

El recuerdo se vuelve borroso en ese instante.

El silencio se rompe con algo más lejano: un murmullo, una voz femenina, suave, desesperada.

—Eiren… despierta…

La nieve desaparece. El fuego desaparece. Todo se disuelve. Y yo me hundo en la oscuridad, arrastrando aún conmigo ese título, esa maldición que no pedí: Frostfallen.

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