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Chapter 18 - Capítulo 17

[Eiren]

Me desperté jadeando, el pecho ardiéndome como si hubiera corrido durante horas.

La habitación estaba congelada. Literalmente. El caldero con el fuego que solía mantenerse encendido a un costado de mi cama estaba convertido en un bloque de hielo; incluso el vapor que debería salir de mi respiración se volvía escarcha al instante.

Respiraba por la boca, áspero, ronco, casi con un silbido en la garganta. La saliva me caía por un lado, y cada bocanada de aire dolía como cuchillas entrando en mis pulmones. Me pegué contra la pared, temblando, buscando algo que me dijera que esto era real, que no estaba todavía atrapado en… en eso.

—¡Eiren! —la voz de mi madre, quebrada, temblorosa.

—¡Hijo! —la de mi padre, más grave, pero con el mismo filo de miedo.

Pero yo no los veía. No. Mi mente seguía allá, en el bosque, en el combate, con la sangre congelándose al tacto de mis dagas. Los gritos, el fuego negro, los soldados que caían uno tras otro.

"Frostfallen..."

Un sollozo me arrancó de golpe de la garganta. Cerré los ojos con fuerza, pero las imágenes seguían, pegadas a mí como espinas.

Y entonces… Pah.

Una bofetada en mi mejilla.

El dolor físico fue como un ancla. Abrí los ojos de golpe. La visión regresó a la realidad. El sol se filtraba por la ventana, aunque el vidrio estaba completamente congelado y rajado por la presión del hielo. El suelo estaba cubierto de escarcha hasta las patas de la cama.

Frente a mí, mi madre me sujetaba por los hombros. Su rostro… pálido, desencajado, los ojos abiertos de par en par y húmedos. Mi padre estaba detrás de ella, con la misma expresión de terror contenida, los puños apretados sin saber qué hacer.

—¡Eiren! —me sacudió ella, la voz quebrada—. ¿Qué demonios te pasa? ¿Por qué gritas así? ¿Qué… qué es todo esto?

Me di cuenta de que estaba gritando, todavía, como si mi pecho quisiera arrancarse. La casa temblaba, los tablones crujían, la ventana seguía cubriéndose de hielo hasta oscurecer la luz.

—¡Respira, hijo, respira! —la voz de mi padre se quebró, como pocas veces lo había escuchado.

Y entonces… la escuché.

Esa otra voz.

"No te sueltes… por favor, no te sueltes… ya te tengo… hijo, ya te tengo…"

Mi corazón dio un vuelco. La imagen me golpeó con fuerza: la lluvia cayendo sin tregua, la roca del acantilado resbalando bajo mis dedos, y ella… esa mujer de cabellos plateados, ojos azules casi blancos, sujetándome con ambas manos mientras yo colgaba del vacío.

La misma visión de siempre, cada vez que enfermaba.

La misma que me perseguía desde que desperté en este pueblo.

Y con ella, otra sensación: algo tirando de dentro de mí. Como si mis entrañas fueran cadenas que alguien intentaba arrancar. No lo sentía desde hacía meses, desde que mi magia había despertado por completo.

—Eiren… —mi madre me sacudió de nuevo. Su voz estaba cargada de pánico—. Dime algo, por favor.

Miré sus ojos. Vi sus lágrimas. Vi las arrugas de miedo en su rostro. Y mi corazón… no lo soportó.

Me lancé hacia ella y la abracé con toda la fuerza que tenía. Sentí sus brazos rodearme, dudosos, temblorosos. Pegué mi rostro a su hombro, y mi corazón golpeaba tan fuerte que podía jurar que ella lo sentía, como si fuera a explotar.

—Soy un asesino… —murmuré, con la voz rota, apenas audible al principio.

—¿Qué? —mi madre se tensó de inmediato—. No, hijo… no, no digas eso.

—¡Soy un asesino! —grité esta vez, la garganta desgarrándome—. ¡Yo… yo los maté, todos! ¡Con mis manos, con mi hielo, los corté, los…!

Las palabras se ahogaban entre sollozos. Me aferré aún más a ella, como si soltarla significara caer otra vez al vacío.

—Hijo, escucha —mi padre se inclinó hacia mí, su voz dura, pero también temblando—. Estás enfermo, estás confundido, esto no es real…

—¡Sí lo es! —le grité, los ojos abiertos, suplicando—. Yo… lo vi, lo sentí, lo hice… sangre, fuego, hielo… ¡Yo lo hice!

El silencio se hizo pesado. Solo mi respiración agitada llenaba la habitación, el eco de mis palabras rebotando en las paredes congeladas.

Mi madre me apretó con más fuerza, acariciando mi cabello, aunque su mano temblaba tanto como la mía.

—Eiren… hijo mío… no importa lo que hayas soñado, lo que hayas recordado, lo que sea que te atormente… —su voz se quebró—. No eres un asesino. Tú eres mi hijo. ¿Me oyes? ¡Mi hijo!

—Fui un asesino… —repetí, apretando más fuerte los dedos contra la tela del vestido de mi madre—. Puedo sentirlo… no es un sueño, ¡no lo es!

Mi voz temblaba, se quebraba, pero las palabras salían solas, como vómito ardiente:

—La sangre… todavía la siento en mis manos. Está en mi cara, en mi ropa… puedo escuchar cada grito… cada súplica… —cerré los ojos con fuerza, y las imágenes volvieron a estallar en mi mente—. Y el último aliento de todos ellos. Yo… yo se los arranqué. ¡Eso fui! ¡Eso era antes de perder mis recuerdos!

El silencio que siguió fue sofocado. Solo el crujido del hielo expandiéndose por las paredes llenaba el aire. Mi padre me miraba fijo; podía sentir su peso incluso sin levantar la vista.

—¿Entonces…? —su voz grave cortó la tensión—. ¿Estás diciendo que ya recuperaste la memoria?

Negué con la cabeza de inmediato, todavía con el rostro enterrado en el hombro de mi madre.

—No… no la recobré… —mi garganta se cerraba, cada palabra era un esfuerzo—. Es solo… un recuerdo. Un recuerdo demasiado largo… demasiado real.

—¿Qué viste exactamente? —insistió mi padre, y su tono, aunque duro, se quebró apenas al final.

—Un bosque nevado… —dije al fin, tragando saliva, temblando mientras hablaba—. Estaba corriendo. Luchando. Mi cuerpo se movía como… como si no me costara nada. Cada paso, cada salto, cada corte… fluía. Tenía dagas en las manos, dagas de hielo… —respiré hondo, sollozando—. Personas caían frente a mí. Mi magia explotaba en todo el campo.

Mi madre me acariciaba el cabello, pero sus dedos se tensaron cuando seguí hablando:

—Uno de ellos… tenía fuego negro. ¡Negro! —la rabia y el miedo se mezclaron en mi voz—. Me lanzó con su lanza, me empujó hasta casi aplastarme con ese poder. Y yo… yo respondí. Usaba mi magia como nunca antes la he usado aquí. Controlaba el hielo… como si no tuviera límite. Y aun así… —cerré los ojos de golpe—. Lo maté. Lo maté como a los demás.

Mi padre apretó los labios. Vi el leve temblor en su mandíbula.

—¿Y la mujer? —preguntó mi madre de repente, en voz baja, con un miedo que casi no le conocía—. ¿La viste también? ¿La mujer de la que hablabas antes… la de los ojos azules?

Me quedé en silencio, paralizado. Pero no podía negarlo.

Asentí, despacio.

—Sí… —susurré—. Ella estaba allí. No… no en la pelea, pero… la escuché. La volví a escuchar. La lluvia, el acantilado… —la voz se me quebró en un grito sofocado—. Me sujetaba la mano, me llamaba, me gritaba que no me soltara.

—¿Y qué dijo, Eiren? —mi madre me sacudió suavemente, con los ojos húmedos—. ¿Qué te dijo esa mujer?

—Me llamó hijo… —las palabras me dolieron en el pecho, como clavos—. Me llamó hijo, una y otra vez… Y… y me dijo un nombre.

Me aferré más fuerte a ella, como si al soltarla todo se rompiera.

—Neyreth… —susurré con la voz quebrada—. Así me llamó. Neyreth.

Mi madre se quedó rígida. Sentí cómo su respiración se detuvo por un instante. Mi padre bajó la mirada, y su sombra se alargó en la escarcha de la habitación.

—Entonces… —mi madre murmuró, casi como un rezo—. Esa mujer… podría ser…

—Mi madre… —terminé por ella, las lágrimas saliendo calientes, helándose al instante en mis mejillas.

Nadie habló después. Solo el sonido de mi llanto, el crujido de la escarcha avanzando por las paredes y los latidos frenéticos de mi corazón llenaban la habitación.

***

[Roderic]

Nunca olvidaré esa imagen. Eiren estaba aferrado a Liana como si de ella dependiera el seguir respirando. Su rostro estaba hundido en el hombro de su madre, los dedos crispados en su túnica, temblando como un niño pequeño al que le arrancaron los sueños. Su llanto era ronco, entrecortado, desgarrador.

—Tengo miedo… —su voz apenas salió, apagada contra Liana—. Estoy aterrado, no sé qué me está pasando… no sé qué me pasó antes…

Mi corazón se apretó. Verlo así, tan frágil, era un golpe que ningún campo de batalla me había dado nunca.

—Eiren… —murmuré, acercándome, arrodillándome junto a ellos.

Él negó con la cabeza, apretándose más contra ella.

—No quiero recordar… no quiero… —se le quebró la voz, y entonces la dijo, la palabra que me heló—: Tengo miedo de descubrir que fui… que soy… un monstruo.

Liana me miró por encima de su hombro, sus ojos cargados de lágrimas, pero también de un dolor silencioso que me pedía que hiciera algo, que dijera algo.

Me incliné hacia ellos, apoyando mi mano firme sobre el cabello revuelto de ese muchacho que yo había elegido como hijo.

—Escúchame, Eiren —dije con un tono que no admitía dudas, aunque dentro de mí también rugiera la incertidumbre—. Si lo que temes es que fuiste un monstruo… entonces serás un monstruo al que yo decidí llamar hijo.

Se tensó, como si mis palabras hubieran chocado contra esa barrera de miedo que lo asfixiaba. Se apartó un poco de Liana, apenas lo suficiente para mirarme con los ojos enrojecidos y húmedos.

—¿Cómo… cómo puedes decir eso? —balbuceó—. ¿Cómo puedes llamarme hijo sabiendo lo que soy… lo que fui? Siento la sangre… siento cada grito en mi cabeza. ¡No puedo borrarlos! ¡No puedo!

Tragué saliva, obligándome a no vacilar.

—Porque no eres solo eso —respondí con firmeza—. No eres solo lo que fuiste. Eres lo que eliges ser hoy, aquí, con nosotros. Yo vi a un joven que estaba medio muerto en la nieve, sin nada, sin nadie. Y aún así, ese joven luchó por vivir, por levantarse, por encontrar un lugar. Ese joven es Eiren, mi hijo.

Él apretó los labios, el temblor de su cuerpo no cedía.

—Pero… si vuelvo a serlo… si vuelvo a perderme en esa sangre… —se le quebró la voz otra vez—. No quiero hacerles daño. No quiero ser ese monstruo en esta casa.

Mi pecho ardía, y sin darme cuenta, apreté con más fuerza mi mano en su hombro.

—Mírame, Eiren. —Esperé a que lo hiciera, aunque fuera con los ojos vidriosos, temblorosos, como un niño al borde de romperse—. El miedo que tienes ahora… los monstruos no sienten eso. El remordimiento, el dolor, la duda… son de alguien que tiene corazón.

Liana lo abrazó con más fuerza, susurrando entre lágrimas:

—Tu padre tiene razón, amor… el verdadero monstruo no teme. El verdadero monstruo no llora así.

—Pero yo… yo los escucho —repitió Eiren, casi como un lamento—. Cada aliento, cada súplica… los escucho como si aún estuvieran vivos, como si yo todavía los estuviera matando…

Lo tomé del mentón, obligándolo a fijar sus ojos en los míos.

—Entonces déjame decirte esto. Si algún día esos recuerdos intentan tragarte, yo estaré ahí para recordarte quién eres ahora. Y si un día temes volverte contra nosotros, entonces seré yo quien te detenga… porque soy tu padre, y es mi deber.

Él me miró con un terror que poco a poco se confundió con un temblor distinto: el de alguien que quería creer, pero no sabía cómo.

—Yo no merezco esto… —susurró, rompiéndose de nuevo.

Lo atraje hacia mí, abrazándolo junto a Liana. Sentí su cuerpo helado, encogido entre ambos, como si pudiera desaparecer si lo soltábamos.

—Mereces todo esto —le respondí al oído, apretando mis palabras como juramento—. Y aunque no lo creas, aunque te convenzas de lo contrario… seguirás siendo mi hijo. No importa lo que digan esos recuerdos.

El silencio se llenó solo de su llanto, del leve sollozo de Liana, y del rugido de mi propio corazón que no dejaría que ese muchacho se perdiera en la oscuridad que tanto temía.

Me quedé sentado en la silla al lado de su cama, observando cómo el color volvía lentamente a sus mejillas. Sus labios aún temblaban, pero el estabilizador ya estaba surtiendo efecto. El hielo había desaparecido casi del todo, y la habitación empezaba a sentirse como un lugar habitable otra vez.

Liana permanecía junto a él, con la mano sobre la de nuestro hijo, como si al soltarlo fuera a desvanecerse. No la culpaba; yo mismo tenía la misma sensación en el pecho.

—Se durmió —dijo ella al fin, en un susurro.

Asentí, acomodándome en la silla.

—Sí… pero no fue un sueño cualquiera lo que lo despertó.

—Lo sé. —Liana me lanzó una mirada cansada—. Esos recuerdos… cada vez parecen más reales.

Me pasé la mano por el rostro, sintiendo el peso de la vigilia en mis ojos.

—No parecen recuerdos. Lo son. No habla como alguien que imagina, Liana. Habla como alguien que estuvo ahí.

Ella apretó la mano de Eiren con más fuerza.

—Entonces… significa que antes de llegar a nosotros, vivió cosas que ningún muchacho de su edad debería haber vivido.

Guardé silencio un momento, mirando la ventana cerrada y el reflejo tenue de la nieve cayendo afuera.

—Y que alguien, en algún lugar, lo está esperando. O lo está buscando.

Las palabras quedaron suspendidas entre nosotros, pesadas, peligrosas.

—¿Crees que… su verdadera familia aún exista? —preguntó Liana, con un hilo de voz.

Me incliné hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas.

—No lo sé. Lo único que sé es que si vienen a buscarlo… él tendrá que elegir.

Ella bajó la mirada hacia el muchacho dormido, acariciándole la frente con un gesto que partía el alma.

—Y si decide irse…

No terminé de escucharla. Me levanté, acerqué una manta más gruesa y la extendí sobre él.

—Entonces será su decisión. Pero mientras tanto, es mi hijo. —Miré a Liana con firmeza—. Nuestro hijo.

Ella asintió, aunque sus ojos seguían llenos de temor.

El fuego en el caldero chisporroteó al avivarse, y el silencio de la habitación volvió a instalarse. Solo se oía la respiración pesada de Eiren, que, aunque irregular, era un alivio después del caos de hacía unos minutos.

Me quedé allí, en vela, escuchando. Porque aunque el mundo entero pudiera reclamarlo algún día, yo no pensaba dejarlo solo mientras aún me llamara padre.

****

[?????]

Me quedé de pie frente al cuadro, como siempre. Seis figuras enmarcadas en una sonrisa que el tiempo había convertido en un puñal. Ahí estaba yo, con mi cabello recogido con torpeza, mi esposo con esa mirada firme, nuestra hija mayor, los mellizos juguetones… y él.

Él, con esa sonrisa que aún escucho en mis pesadillas. El que no pude salvar.

Mi mano rozó la tela como si pudiera sentir su calor en la pintura, pero lo único que me devolvió fue la aspereza fría del lienzo. Un dolor agudo me recorrió la espalda, justo donde aquella herida me había marcado. No sangraba, pero cada vez que recordaba esa noche, ardía como si acabara de recibir el golpe.

—Buenas tardes, maestra —la voz femenina me sacó del trance. La reconocí al instante; no necesitaba girarme. Su presencia siempre era ligera, casi invisible, como una sombra leal.

—Sal —dije, sin moverme del cuadro—. Sal y búscalo.

Hubo un silencio. Sentí cómo vacilaba, respirando detrás de mí.

—¿Maestra…? ¿Salir? Pero… el gran maestro…

—¡Mi esposo nada! —la interrumpí con dureza, apretando los puños hasta que los nudillos crujieron—. No me interesa lo que él piense. Soy yo quien te lo ordena.

Me giré entonces, clavando mis ojos en los suyos. Ella agachó la cabeza, como una sirviente obediente, pero sus labios temblaban.

—Maestra… todos dicen que… que él está muerto.

Mi pecho se encogió, pero mi voz salió firme, casi cortante:

—No está muerto. Lo sé. Lo siento. Y mientras lo sienta, nadie me hará creer lo contrario.

—Pero… —ella dio un paso atrás, insegura—. Los hombres del maestro notarán mi ausencia. Si descubren que he salido del territorio, irán tras de mí. Tienen órdenes de detenerme… por mandato directo del gran maestro.

—Entonces muévete rápido. —La corté de nuevo, avanzando hacia ella con un fulgor en los ojos que no recordaba tener desde hace años—. Muévete antes de que puedan alcanzarte. Si eres tan buena como dices, no podrán seguirte.

Ella tragó saliva, asintiendo despacio.

—¿Y si… y si realmente no lo encuentro? ¿Y si…?

Me incliné hacia ella, con la voz quebrándose en un susurro.

—Tráeme algo. Lo que sea. Una señal. Una prueba de que vive… o una razón de por qué no ha vuelto a casa.

Su mirada se encontró con la mía, y por un instante comprendí lo que pensaba: que estaba loca, que me aferraba a un fantasma. Quizá lo esté. Quizá mi herida no me dejó vivir en paz, ni dejarlo ir. Pero no me importa.

—Muévete en silencio —añadí, con la firmeza de una sentencia—. No dejes rastros. Si alguien pregunta, nunca estuviste aquí.

Ella inclinó la cabeza profundamente.

—Sí, maestra.

La vi marcharse, ligera como el viento. Y yo me quedé otra vez sola, mirando el cuadro. Acaricié la figura del muchacho que nunca debió irse, con un nudo en la garganta.

"Espérame… hijo mío. No importa cuánto me llamen loca, yo sé que estás ahí afuera."

—Mientras este lazo exista… —murmuré, mi voz quebrándose apenas un instante—, no dejaré de buscarte.

Apoyé la mano sobre el marco, sintiendo el relieve de la madera bajo mis dedos. No era suficiente, nunca lo era.

—Eres mi heredero —continué en un hilo de voz, pero cargado con toda la firmeza que aún me quedaba—. No porque los demás no lo sean en sangre, sino porque tú y yo… tú y yo estamos atados de una manera distinta.

Mis dedos se cerraron con fuerza, como si pudiera atrapar su esencia allí, entre pinceladas secas y polvo acumulado por los años.

—Tus hermanos… —mis labios temblaron al decirlo—. Los amo. Pero ninguno de ellos comparte este lazo contigo. Ninguno. Yo lo siento, ¿me oyes? Siento tu alma en la mía. Y mientras lo sienta, aunque me llamen loca, aunque digan que son delirios, no voy a detenerme.

El dolor fantasma en mi espalda ardió, recordándome la herida que casi me arranca la vida aquella vez. Casi… pero no lo logró.

—Me arrancaron todo menos esto —susurré, dejando que una lágrima resbalara sin darme cuenta—. Este lazo. Este lazo que me une a ti, mi hijo. Mi Neyreth.

El eco de mis palabras se apagó, pero el juramento quedó ahí, grabado entre el lienzo y mis huesos.

Me quedé allí, inmóvil, con la mano sobre el marco, como si al soltarlo él pudiera desvanecerse del todo. Todos creen que murió aquella noche, todos lo vieron caer, todos lo dieron por perdido. El ataque, el caos, la sangre, y luego el vacío del precipicio tragándoselo como si nunca hubiera existido.

Todos… menos yo.

Yo sentí el tirón.

No una vez, no en un delirio pasajero, sino tantas veces que ya no podía llamarlo casualidad. Como un hilo invisible tensándose en lo profundo de mi pecho, recordándome que él y yo nunca fuimos dos almas separadas del todo.

Me mordí el labio, la mirada fija en sus ojos pintados.

—Cinco meses y medio… —susurré, dejando que las palabras se escaparan como un secreto compartido solo con aquel retrato—. Fue entonces. El tirón más fuerte de todos. Me arrancó el aire, me dobló las rodillas. Sentí tu dolor, tu miedo… pero también tu vida.

Me llevé la mano a la espalda, allí donde el recuerdo de la herida ardía como un hierro candente. Un dolor fantasma, sí, pero tan real que me recordaba lo que nos unía.

—Ese día supe que seguías vivo. Aunque el mundo me llame loca, aunque me encierren en susurros y miradas de lástima, yo lo sé. —apreté los dientes, dejando que la rabia se mezclara con la pena—. No me importa que los demás digan que el precipicio fue tu tumba. No lo fue. No pudo serlo.

El eco de mi voz rebotó en las paredes, más firme de lo que me esperaba.

—Ese tirón me lo dijo, hijo mío. Estás ahí afuera, perdido, herido, quizá confundido… pero vivo.

Mis dedos temblaron sobre la madera del marco, y la pintura parecía mirarme con un reproche suave, como si él mismo estuviera esperando que cumpliera mi palabra.

—Y aunque tenga que desangrarme de nuevo… aunque tenga que enfrentarme a mi esposo, o al propio destino… —mi voz se quebró en un murmullo—, voy a encontrarte.

Un silencio denso cayó sobre la habitación. Solo el crujido de la madera, el viento colándose por alguna rendija, y mi respiración temblorosa.

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