Tres días después - Camino militar hacia el Este
La columna militar se extendía como una serpiente de hierro y carne a través del paisaje desolado. Han Xun había perdido la cuenta de cuántos eran exactamente —su mente de ingeniero intentó calcular basándose en la densidad y longitud de la formación, pero seguía siendo difícil desde su posición en la retaguardia— pero estimaba al menos mil hombres, quizás más.
El peso del saco en su espalda era constante, un recordatorio punzante de su nueva realidad. Cincuenta jin de arroz, aproximadamente treinta kilos según su conversión mental rápida. Para su cuerpo de diez años, era como cargar a otra persona completa sobre su espalda.
Sus pies sangraban.
No era una observación dramática, simplemente un hecho. Las sandalias de paja que le habían dado se habían desintegrado el primer día, y desde entonces había estado caminando descalzo sobre piedras, raíces y barro. La sangre se mezclaba con el polvo del camino, dejando pequeñas marcas oscuras que desaparecían bajo las pisadas de los que venían detrás.
No pienses en el dolor. Piensa en otra cosa. Cualquier cosa.
Era su mantra desde que comenzó la marcha. Pensar en el dolor solo lo hacía peor. En cambio, usaba su mente de ingeniero para analizar, categorizar, memorizar todo lo que veía.
La estructura del ejército, por ejemplo.
En el frente marchaban los soldados de infantería pesada, equipados con armaduras de cuero endurecido y escamas de bronce, portando lanzas largas y escudos rectangulares. Eran los veteranos, podía notarlo por cómo se movían: eficientes, conservando energía, manteniendo formación incluso en terreno irregular.
Formación de tortuga, probablemente. O su equivalente de esta época. Diseñada para resistir cargas de caballería y proyectiles.
Detrás de ellos venían los arqueros, identificables por los arcos largos que llevaban al hombro y los carcaj llenos de flechas. Eran más jóvenes en promedio, menos cicatrizados, pero sus movimientos también eran disciplinados.
Alcance efectivo de esos arcos... probablemente unos 200 metros máximo. Menos si hay viento. La precisión a esa distancia debe ser terrible sin miras modernas.
Luego estaba la caballería, un grupo más pequeño de quizás cincuenta jinetes que flanqueaban la columna, moviéndose adelante y atrás como perros pastoreando ovejas. Sus caballos eran pequeños comparados con los que Han Xun recordaba de su vida anterior —más parecidos a ponis— pero robustos, adaptados al terreno difícil.
Caballería ligera. Exploradores y hostigadores, no carga frontal pesada. Eso tiene sentido, los estribos efectivos aún no se inventan por... ¿cuántos siglos más?
Y finalmente, en la retaguardia, estaban ellos: los porteadores. Treinta y dos niños de edades entre diez y quince años, cada uno cargando suministros, además de los carros de bueyes que transportaban las armas y equipamiento más pesado.
Eran, Han Xun se dio cuenta con una claridad sombría, completamente prescindibles. Si llegaba un ataque, ellos serían abandonados. Si la comida escaseaba, ellos comerían último. Si alguien tenía que morir para retrasar al enemigo...
No pienses en eso. Observa. Aprende.
A su lado caminaba el niño que había visto llorando el primer día. Se llamaba Liang, había aprendido. Tenía once años, un año mayor que Han Xun, pero parecía más joven por lo desnutrido que estaba. Su familia había sido ejecutada por no pagar impuestos, y él había sido perdonado solo porque era lo suficientemente joven para servir.
"¿Cuánto más?" jadeó Liang, su voz apenas un susurro.
Han Xun miró hacia el horizonte. El sol estaba bajando, tiñendo el cielo de un naranja enfermizo. Llevaban marchando desde el amanecer con solo dos paradas breves para agua.
"Pronto," mintió. No tenía idea de cuándo pararían, pero Liang necesitaba esperanza más que verdad en este momento. "Mira el sol. Pronto será muy oscuro para marchar con seguridad."
"Mis pies..."
"Los míos también. Pero si te detienes, te golpean. Sigue caminando. Solo... sigue caminando."
Era un consejo que se había estado repitiendo a sí mismo durante tres días. Seguir moviéndose. No importa el dolor, no importa el cansancio. El momento en que te detienes es el momento en que mueres.
Ya habían perdido dos niños.
El primero, un chico de la aldea vecina cuyo nombre Han Xun nunca supo, había colapsado el segundo día. Simplemente se había caído, como una marioneta con las cuerdas cortadas. Un soldado lo había revisado, había gruñido algo sobre "débil", y la columna había seguido adelante.
Han Xun había mirado atrás una vez. El niño seguía tirado ahí, inmóvil. No sabía si estaba muerto o simplemente exhausto, y esa incertidumbre lo carcomía más que saberlo con certeza.
El segundo niño había intentado escapar durante la noche. Los gritos habían despertado a todo el campamento. Los soldados lo habían encontrado rápido —¿a dónde iba a ir un niño de doce años en territorio desconocido?— y lo habían traído de vuelta.
El castigo había sido público y educativo.
Han Xun cerró los ojos, tratando de bloquear la memoria, pero estaba grabada en su retina como hierro candente. Los gritos. La sangre. La forma casual con la que el soldado había limpiado su espada después.
Este no es un mundo de héroes y aventuras. Este es el infierno, y acabo de llegar.
"¡Alto!"
La orden resonó desde el frente de la columna. El ejército se detuvo con una precisión que hablaba de entrenamiento exhaustivo. Los porteadores, menos disciplinados, chocaron entre sí en una masa desorganizada antes de finalmente quedarse quietos.
Han Xun dejó caer su carga con cuidado —si dañabas los suministros, te golpeaban— y se permitió caer de rodillas. El alivio de no tener peso en su espalda fue tan intenso que casi lloró.
No llores. No muestres debilidad. Los débiles mueren aquí.
A su alrededor, los otros niños colapsaban de maneras similares. Algunos realmente lloraban, sollozos silenciosos de agotamiento y desesperación. Los soldados los ignoraban, más preocupados por establecer el perímetro del campamento.
"Ustedes," un soldado señaló al grupo de porteadores. Era uno que Han Xun había visto antes, un hombre delgado con ojos de comadreja llamado Ju. "Recojan leña. Necesitamos fogatas antes de que oscurezca. Muévanse."
Nadie se movió inmediatamente. Era físicamente imposible. Sus cuerpos simplemente no respondían.
Ju se acercó, su mano descansando casualmente en el mango de su espada. "Dije. Muévanse."
Han Xun se obligó a ponerse de pie. Cada músculo protestó, pero lo hizo. "Sí, señor."
Los otros gradualmente siguieron su ejemplo, arrastrándose hacia arriba con gemidos y quejidos. Ju los observó con una expresión que podría haber sido desprecio o simplemente indiferencia —era difícil saberlo— antes de señalar hacia un bosquecillo cercano.
"Ahí. Y si alguno intenta escapar, los perros los encontrarán. Y entonces desearán que los hubiera encontrado yo primero."
No era una amenaza vacía. Han Xun había visto los perros de guerra: bestias grandes, hambrientas, entrenadas para rastrear y atacar. Eran casi tan aterradores como los propios soldados.
El grupo se dispersó hacia el bosque, moviéndose como zombies. Han Xun caminó junto a Liang, quien apenas podía mantenerse derecho.
"Necesitamos un plan," murmuró Han Xun una vez que estuvieron lo suficientemente lejos de los soldados.
"¿Plan?" Liang lo miró con ojos vidriosos. "¿Plan para qué? Estamos muertos. Es solo cuestión de tiempo."
"No. No lo estamos." Han Xun mantuvo su voz baja pero firme. "Escúchame. Sí, esto es brutal. Sí, algunos de nosotros probablemente morirán. Pero no todos. Y nosotros no vamos a estar en ese grupo."
"¿Cómo puedes...?"
"Porque voy a ser listo al respecto." Han Xun se agachó, recogiendo ramas caídas. Sus manos temblaban, pero las obligó a trabajar. "Mira alrededor. ¿Qué ves?"
Liang miró confundido. "¿Árboles?"
"No. Mira realmente. ¿Qué tipo de madera? ¿Está seca? ¿Está húmeda? ¿Cuál quemará mejor?"
"Yo... no sé."
"Exacto. Nadie sabe. Pero si aprendes, si te vuelves útil, entonces no eres solo otro niño prescindible. Eres un recurso." Han Xun seleccionó cuidadosamente ramas secas, evitando las que estaban en contacto con el suelo húmedo. "Los soldados necesitan fuego para cocinar, para calentarse. Si somos buenos consiguiendo leña, si somos rápidos, si no causamos problemas... sobrevivimos un día más."
"¿Y luego?"
"Luego sobrevivimos otro día. Y otro. Hasta que encontremos una verdadera salida."
Era un plan terrible, lleno de huecos y suposiciones optimistas. Pero era mejor que rendirse, y Han Xun se aferraba a él como un náufrago a madera flotante.
Trabajaron en silencio durante varios minutos, acumulando brazadas de leña. Otros niños hacían lo mismo alrededor de ellos, algunos llorando silenciosamente mientras trabajaban.
"¿Por qué me ayudas?" preguntó Liang de repente.
Han Xun se detuvo, considerando la pregunta. ¿Por qué lo hacía? En su vida anterior, había sido bastante solitario. Amigos, sí, pero nadie realmente cercano. Había estado demasiado enfocado en su carrera, en sus proyectos.
Pero aquí... aquí la soledad significaba muerte. Y tal vez, solo tal vez, había algo en esta nueva vida que le daba la oportunidad de ser diferente. Mejor.
"Porque juntos tenemos mejor oportunidad," dijo finalmente. Era pragmático, pero también honesto. "Y porque... porque nadie más lo hará."
Regresaron al campamento con sus cargas de leña. Los soldados ya habían establecido un perímetro rudimentario, con centinelas apostados en puntos estratégicos. Las fogatas comenzaban a encenderse, pequeños puntos de luz contra el crepúsculo creciente.
Un soldado veterano —uno con varias cicatrices en los brazos y una presencia que exigía respeto— estaba supervisando la distribución de comida. Han Xun observó cuidadosamente el proceso.
Los soldados recibían raciones completas: mijo hervido, algo de carne seca, y té. Los porteadores recibían... menos. Mucho menos. Un cuenco de mijo aguado y nada más.
Lógica de recursos. Los soldados luchan, necesitan fuerza. Los porteadores solo cargan. Somos prescindibles hasta que dejamos de ser útiles, entonces somos descartables.
Pero observó algo más: los soldados que habían hecho un buen trabajo ese día —los exploradores que habían encontrado un camino mejor, los que habían sido especialmente eficientes estableciendo el campamento— recibían porciones ligeramente más grandes.
Meritocracia brutal. No se basa en quién eres, sino en qué produces.
Era horrible en su inhumanidad, pero también... predecible. Y lo predecible podía ser manipulado.
Comió su ración lentamente, obligando a su estómago rugiente a aceptar el alimento poco a poco. Atiborrarse significaba vomitar, y vomitar significaba perder las calorías que desesperadamente necesitaba.
"Oye, tú."
Han Xun levantó la vista. Era el soldado veterano con las cicatrices, mirándolo con una expresión indescifrable.
"Sí, señor?" Han Xun mantuvo su voz respetuosa, sus ojos bajos.
"Te vi recogiendo leña. Fuiste rápido. Y trajiste madera seca, no las ramas mojadas que esos otros idiotas intentaron traer."
"Gracias, señor."
El soldado gruñó. "No es un cumplido, es una observación. ¿Tu nombre?"
"Han Xun, señor."
"Bien, Han Xun. Mañana, tú y... ¿cuál es tu amigo?"
"Liang, señor."
"Tú y Liang van a trabajar conmigo. Voy a enseñarles cómo armar una tienda apropiadamente. Los soldados están hartos de que ustedes, niños inútiles, colapsen todo cada noche."
Era presentado como un castigo, pero Han Xun reconoció la oportunidad instantáneamente. Estar cerca de un veterano significaba aprender. Aprender significaba volverse útil. Útil significaba sobrevivir.
"Sí, señor. Gracias, señor."
El veterano lo estudió por un momento más largo, sus ojos entrecerrados. "Eres listo para ser un niño campesino. Eso es bueno. La inteligencia te mantendrá vivo más tiempo que la fuerza en este negocio." Se alejó, pero luego se detuvo y miró hacia atrás. "Mi nombre es Wei Ting. Recuérdalo."
"Sí, señor Wei Ting."
Cuando el soldado se fue, Liang se acercó a Han Xun, sus ojos grandes. "¿Qué fue eso?"
"Eso," Han Xun tomó otro sorbo de su mijo aguado, "fue nuestro primer paso fuera del fondo."
La noche cayó completamente, y con ella llegó el frío. Los porteadores se apiñaron alrededor de las fogatas, compartiendo lo poco calor que había. No se permitían mantas para ellos —esas eran para los soldados— así que se amontonaban como animales, usando calor corporal para sobrevivir.
Han Xun se quedó despierto mucho después de que los otros se durmieran, mirando las estrellas a través del humo de las fogatas. Las constelaciones eran las mismas, o al menos similares, lo que le confirmaba que seguía en su propia historia, solo... desplazado en el tiempo.
Dos mil doscientos años.
He retrocedido dos mil doscientos años.
Y en algún lugar en el futuro de este mundo sangriento, Qin unificará China. El Primer Emperador construirá su tumba con miles de soldados de terracota. La Gran Muralla se extenderá por miles de kilómetros.
Pero antes de eso... habrá guerra. Tanta guerra. Millones morirán. Ciudades enteras serán borradas.
Y yo estoy aquí, en medio de todo esto, con el cuerpo de un niño de diez años y ningún poder mágico para salvarme.
Un pensamiento lo golpeó entonces, frío y claro:
¿Y si este es mi propósito? ¿Y si reencarne aquí no para cambiar el mundo, sino simplemente para sobrevivir en él? ¿Para ver si un hombre moderno puede realmente sobrevivir en el infierno de la historia?
No tenía respuesta. Solo tenía mañana, y el día siguiente, y el siguiente después de ese.
Se acurrucó más cerca del fuego, cerrando los ojos.
En sus sueños, vio camiones y luces de la ciudad y vida fácil.
Se despertó con hambre, frío, y el sonido de tambores de guerra en la distancia.
La marcha continuaba.
Continuará...
