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Chapter 19 - Capítulo 18: Graduación

La niñez es un escudo. 

Mientras eres un niño, el mundo te permite ser débil, torpe e ignorante.

Pero esa noche, en el bosque, con el Pergamino de los Sellos abierto sobre sus rodillas, Naruto Uzumaki sabía que su escudo estaba a punto de caducar.

Mizuki le había mentido. 

Le había dicho que robar el pergamino era un examen secreto. 

Naruto sabía que era mentira desde el primer momento. 

Su sangre había detectado la malicia en las feromonas de Mizuki, un olor acre y metálico.

Pero Naruto había ido de todos modos. No porque fuera tonto. Sino porque Kurama le había dicho que en ese pergamino había una técnica que justificaría su existencia.

—Ahí está —dijo el Zorro, leyendo a través de los ojos de Naruto. —El Kage Bunshin no Jutsu.

Naruto leyó la descripción. 

Distribución equitativa de chakra. 

Creación de entidades sólidas. 

Requiere reservas masivas.

Naruto sonrió. No la sonrisa de payaso. La sonrisa real, pequeña y afilada. —No es una ilusión —comprendió—. Es fisicalidad pura. Es fuerza bruta disfrazada de técnica.

Era perfecto. 

Era la única técnica de clonación que su sangre densa y su chakra inestable podían soportar. 

Y lo mejor: era tan ruidosa y llamativa que nadie sospecharía que el usuario era un asesino silencioso.

Cuando Iruka apareció, herido y desesperado, y Mizuki reveló su verdadera naturaleza, Naruto estaba escondido detrás de un árbol.

Mizuki soltó su gran discurso: —¡Nadie te quiere! ¡Tú eres el Zorro Demonio! ¡Mataste a los padres de Iruka!

Naruto, agazapado en las sombras, sintió una profunda decepción. —¿Eso es todo? —pensó—. ¿Ese es el gran secreto?

—Los humanos aman el drama —bostezó Kurama. —Actúa sorprendido, cachorro. Dales el espectáculo.

Naruto se llevó las manos a la cabeza, temblando visiblemente. —¡No...! ¡No puede ser! —gritó, forzando a su voz a romperse.

Pero su ritmo cardíaco no subió de 55. 

Sabía lo que era desde los ocho años. 

La "verdad" de Mizuki era noticias viejas.

La situación cambió cuando Mizuki lanzó el shuriken gigante para matar a Iruka. 

Iruka se interpuso. 

La sangre del maestro salpicó el suelo del bosque.

El olor llegó a la nariz de Naruto. 

Hierro. 

Calor. 

Vida.

Su propia sangre reaccionó violentamente. 

Sintió el tirón en el estómago. 

Sangre derramada. 

Sangre que pide respuesta.

Naruto sintió el peso de la chokutō en su espalda, oculta bajo la chaqueta naranja. 

Su mano derecha se movió hacia el mango por instinto.

Si desenvainaba ahora, podría matar a Mizuki en dos segundos. 

Un corte limpio en la carótida. 

O mejor, podría usar el mandato sanguíneo para coagular la sangre de Mizuki en su corazón y provocarle un infarto.

Sería fácil. Sería silencioso.

—¡NO! —rugió Kurama. —Si usas la espada, si usas la sangre... Iruka lo verá. La aldea lo sabrá. Tu máscara se romperá para siempre. Serás clasificado como amenaza rango S antes del amanecer.

Naruto detuvo su mano a milímetros de la empuñadura.

Mizuki se reía, preparando el segundo ataque. 

Iruka estaba sangrando, protegiendo al "monstruo".

Naruto tuvo que elegir. ¿Salvar a Iruka como él mismo, o salvarlo como el personaje que había creado?

Retiró la mano de la espada. 

Cruzó los dedos en forma de cruz.

—Si no puedo usar calidad... —susurró Naruto, con los ojos brillando no por el Ketsuryūgan, sino por pura determinación fría—. Usaré cantidad.

—¡¡TAJŪ KAGE BUNSHIN NO JUTSU!!

El bosque explotó en humo blanco. No fueron diez clones. No fueron veinte. Fueron mil.

Naruto vertió su chakra masivo en la técnica, usándola como una válvula de escape para toda la presión que no podía liberar con su sangre.

Los clones llenaron los árboles, el suelo, el cielo. Todos ellos llevaban la misma expresión de ira exagerada y ruidosa. Todos ellos gritaban.

—¡Si le pones una mano encima a mi sensei, te mato! —gritaron mil voces al unísono.

Mizuki retrocedió, aterrorizado. Iruka miró con asombro.

Naruto, el original, estaba oculto entre la multitud. Nadie vio que él no estaba gritando. Nadie vio que estaba evaluando los ángulos de ataque de sus clones como un general moviendo peones sacrificables.

La paliza fue brutal. Fue caótica. Fue, a ojos de todos, la rabieta de un niño con demasiado poder.

Mizuki cayó inconsciente, golpeado por mil puños torpes.

Naruto disipó los clones. Jadeó, fingiendo agotamiento. Pero en realidad, se sentía ligero. Su secreto seguía a salvo.

El amanecer llegó al bosque. Iruka, vendado y sonriente, le entregó su propia banda ninja.

—Felicidades, Naruto. Te gradúas.

Naruto tomó el metal. Vio su reflejo en la placa. El remolino de la Hoja.

Se la ató a la frente. El metal estaba frío contra su piel.

—Se acabó el juego, cachorro —dijo Kurama. Su tono ya no era de maestro, sino de compañero de armas. —Hasta hoy, eras un niño civil jugando a esconderse. A partir de hoy, eres un ninja.

—Te mandarán a misiones. Te obligarán a matar. Encontrarás enemigos que no caerán con trucos de payaso.

Naruto se ajustó el nudo de la banda. —Lo sé.

Miró a Iruka, que lloraba de orgullo. 

Iruka no sabía nada. 

No sabía que Naruto tenía una espada en la espalda. 

No sabía que hablaba con el demonio que mató a sus padres. 

No sabía que la sangre de Naruto estaba esperando, latente, una orden para despertar.

El Ketsuryūgan seguía dormido, enterrado en lo profundo de su genética, esperando el trauma adecuado.

Naruto sonrió su sonrisa falsa, cerrando los ojos en medias lunas. —¡Lo logré, Iruka-sensei! ¡Voy a ser Hokage!

Pero por dentro, el pensamiento fue otro.

Ya no soy un niño. 

Ahora soy un arma con licencia. 

Y nadie sabe que estoy cargada.

Naruto Uzumaki echó a andar hacia la aldea. 

La infancia había muerto en ese bosque. 

El peligro real acababa de empezar.

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